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El Valor y el Vértigo de
la Pintura. Daniel Lezama |
Hoy en día la pintura ha sido relegada
a un plano ambiguo entre el desprecio, porque se quiere asumir
que ya no es una forma contemporánea de expresión,
y la condescendencia, porque es lo único que entienden
los públicos no especializados como lenguaje de investigación
plástica. Al mismo tiempo, ningún sistema artístico
de representación puede reclamar el sitio de importancia
que tuvo la pintura los últimos quinientos años.
¿De dónde se deriva esta ambigüedad
que provoca la pintura? Para los distribuidores y promotores
de lo que se cree que debe ser la vanguardia plástica:
directores de museos de arte, curadores, críticos y dueños
de galerías de arte contemporáneo, la pintura
se ha convertido en algo asequible para el ojo en tiempos donde
las narrativas significativas se encuentran concentradas en
los videojuegos, el cine, la televisión y los medios
de comunicación masiva, incluida la red electrónica.
¿Es cierto esto? Error. La pintura es probablemente uno
de los medios contemporáneos más eficientes
para plantearnos problemas de representación, narrativas
simbólicas, discursos filosóficos y crítica
de la realidad. Esto no invalida la importancia que tienen la
fotografía, el cine y cualquier forma de grabado, el
videoarte y sobre todo, la literatura como elemento de lectura
bidimensional. En todas estas formas de representación
también se evocan los mitos, la pasión y las emociones
humanas pero el conjuro de la obra única e irrepetible
que convoca la pintura la mantiene en ese estado de atracción
y rechazo permanente.
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La muerte del Tigre de Santa Julia,
óleo sobre tela
2.70 x 1.95 mts, 2000
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El caso de Daniel Lezama
es ejemplo de cómo un artista puede tener éxito entre
sus pares y al mismo tiempo ser un perfecto desconocido para el
público en general. Sus obras han sido rechazadas frente
a las obras de pintores mediocres en los principales concursos de
artes plásticas; no obstante ha sido merecedor de diversas
becas. Daniel Lezama es uno de los pocos creadores que rescatan
al lenguaje pictórico de su inercia y ambigüedad, con
un conjunto de obras contundentes. Cabe decir que apenas tiene treinta
y un años y cinco de estar ejerciendo el deber de la pintura.
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Conocí la obra de Daniel en su primera exposición
individual en el Centro Cultural San Angel, en 1997, y me pareció
terriblemente pretenciosa. Era una serie titulada El velo de Maya,
que la componían diez lienzos de gran formato. El pintor
había forzado una representación teatral del drama
del mundo, donde la pareja ejercitaba diversos juegos sexuales,
desde la seducción hasta el hartazgo. Unas pesadas cortinas
reducían el campo del cuadro y centraban a los personajes
actuantes. Me parecía que Lezama quería ofrecer
diferentes guiños a los pintores maestros que le gustaban,
sobre todo en el tratamiento de la figura humana.
El nivel de pretensión era patente pero también
el esfuerzo real por intentar un discurso distinto a los pintores
cercanos en edad y en búsquedas visuales.
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La mansión en la colina,
1999.Oleo sobre tela 1.95 x 2.40 mts.
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La paleta era reducida y eso le daba más expresividad
a las obras, el drama era mucho más metafísico de
lo que revelaban los escarceos entre las parejas. Había
otra pintura que no pertenecía a la serie y que demostraba
una nueva dirección en la que Daniel se quería aventurar. Teatro de lo real (La ronda) hacía más patente el
elemento teatral de la pintura; no obstante en el cuadro, la pareja
ya no estaba rodeada por los cortinajes pesados. Aparecía
un extraño telón de fondo, dado que el pintor quería
simular un paisaje natural en donde se está dando el cortejo
entre un hombre y una mujer desnudos en posiciones muy incómodas,
como si bailaran un vals.
Daniel me solicitó, en junio de 1998, que le escribiera
el texto del catálogo de su exposición en los Países
Bajos y acepté sin saber a ciencia cierta si me gustarían
los cuadros nuevos de la serie Doce escenas. Amablemente me invitó
a su antiguo estudio de la calle de Mesones en el centro de la
ciudad, y me mostró tres o cuatro cuadros en proceso así
como fotografías de lo ya pintado o seleccionado. La exposición
estaba conformada por ocho cuadros nuevos, dos de El velo de Maya y dos de la serie El teatro de lo real, exhibida en la Academia
de San Carlos. Escribí una cuartilla en la que intentaba
comparar a Daniel con Gustave Courbet en la utilización
de la realidad y convertirla en un asunto pictórico. Al
final, sólo el título reflejaba esa intención: Bon jour, Monsieur Lezama!
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A su retorno de Europa, Daniel Lezama pintó un lienzo
de gran formato: El jardín existencial, el cual demostraba
todos sus aciertos como pintor hasta ese momento y algunas de
sus inmadureces. Pintado dentro de la galería donde sería
exhibido, el lienzo mide 185 X 480. Es una alegoría sobre
el deseo y la obligación. Si en Doce Escenas había
continuado con la exploración del trampantojo (*), iniciado
en El teatro de lo real, en este jardín el falso telón
jugaba un papel protagónico fundamental porque rodeaba
todo el escenario, como si fueran dos telones distintos. Algunas
de las figuras exteriores están ¡juzgando! lo que
ocurre en el escenario central. Incluso, el aparente telón
donde se encuentra la justicia no logra integrarse al cuadro general
como debiera.
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El Valle, óleo/tela 1.95x2.70
mt., 1998
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Daniel Lezama había explorado hasta sus últimas
consecuencias el trampantojo y la teatralidad que puede ofrecer
el espacio pictórico. Este esfuerzo épico no lo
dejaba satisfecho. La figura humana se había vuelto cada
vez más tersa en su representación y había
dejado de interpretar las fuerzas cósmicas como alguna
vez lo hiciera en El velo de Maya. A partir de ahí desaparecen
los chorreados de pintura y el grado de complejidad para encarnar
¡la realidad!. Lezama había tocado un callejón
sin salida; o un punto de partida. Fue entonces que pintó El valle, en el cual el trampantojo es el valle de México.
El artista simplifica el número de figuras actuantes y
alguien ha levantado el telón rojo para que veamos el atardecer
sobre el valle entre la tormenta y la calma.
El retrato de Iris Chávez es una obra intermedia entre
su producción de 1996 y finales de 1998. Es un desnudo
realista contundente con un paisaje selvático detrás,
la figura descansa sobre un mundo rodeado de nubes, una de ellas
rinde homenaje a la calavera de Los embajadores de Holbein. El
tono reposado y la maestría para tratar la figura femenina
anuncia nuevas perspectivas en el discurso plástico de
Daniel.
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Daniel siempre pintó el cuerpo humano como un anhelo renacentista
de que éste sea la medida del universo, como dijera Hamlet:
¡el hombre (o la mujer) en su perfección imitan a
los ángeles!, de ahí la obsesión particular
en retratar niños, jóvenes, hombres maduros vestidos
o desnudos y las mujeres; ¡Dios mío! la sensualidad
de las mujeres que Daniel retrata o recrea imaginariamente no
tiene parangón en este país y eso que el gastado
lenguaje de la pintura realista y/o costumbrista se ha fincado
en pintar mujeres desnudas.
El primer cuadro de la temprana madurez de Daniel Lezama como
pintor es La giganta, de principios de 1999.¿Es real o
es un sueño? ¿Son las nubes parte del trampantojo?
No, es un retrato imaginario cuyo pariente esté tal vez
en Goya. Daniel quemó aquí sus naves con su pasado,
todo lo demás fueron etapas de aprendizaje.
Luego vendría Dos mujeres, en el que desapareció
todo el fondo. Daniel carga de sentido el cuadro al obligarnos
a intervenir éticamente en la narrativa y preguntarnos
qué ha hecho la joven para recibir la reprimenda. Una luz
casi manetiana ilumina de la esquina inferior izquierda hacia
su punto opuesto.
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La conversación, óleo/tela
1.65x1.90 mt., 1999
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Mónica de pie;
òleo sobre tela; 50 x 40 cms; 1999
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Para Daniel El valle seguía
siendo teatral y demasiado directo. Al pintar La Anunciación
en el Cerro del Judío desaparece el trampantojo que
servía como pretexto pictórico en aquel lienzo,
y obliga a actuar las figuras estáticas, creando
una obra maestra sin paralelo. Aquí el viejo es el ángel
de la Anunciación, la virgen se ausculta el cuerpo ante
el maravilloso suceso, un perro se lame el pene mientras una niña
juega con un aparente papalote y un niño en primer plano
corre. El cuadro vibra con singular fuerza porque ahora el valle
de México es un paisaje real al fondo del cuadro y mientras
que la mitad del cuadro preludia la tormenta, la otra yaß la sufre.
Otra vez la iluminación incrementa el dramatismo de la Anunciación, porque salvo el ángel y el perro, todos
los demás están de espaldas. El nacimiento del amor,
la versión de 1999, es una obra similar en la que
Daniel coloca a los personajes en un círculo y no podemos
ver el rostro del muchacho acuclillado. La sensualidad radica
en áquello que no podemos ver pero sí intuir. Los
colores cálidos y las nubes cobijan el encuentro del amor.
En estas obras recientes, Daniel Lezama
ha comenzado a explorar sus demonios. Todos los nuevos lienzos
tienen que ver con encuentros entre adolescentes. Una conversación
puede dar pie a una compleja ronda de seducción o unos
niños desnudos que juguetean inocentemente; en realidad
se están conociendo sexualmente. De El velo de Maya a La
conversación el proceso de maduración de la pintura
ha sido vertiginoso, si tomamos en cuenta que sólo median
cuatro años entre un punto y otro. |
* Nota del Editor. Trampa con que se
engaña a la vista, haciendo que vea lo que no es.
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