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Transformaciones / Galería de
Arte
Contemporáneo y Diseño
2002
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La pintura de Alberto Castro Leñero tiene jugosidad
matérica y vibrante pincelada, manejando medios de óleo
y acrílico sobre soportes de madera o lienzo. Expande sus
posibilidades expresivas desde la contención de la técnica.
Maneja una febril insistencia en el formato vertical volcándose
en una convergencia entre las formas de la naturaleza y el cuerpo
humano. Alberto se muestra como fecundo explorador de la realidad
con la que después elabora nuevas imágenes. Resulta
un artista prolífico y productor incansable.
Al abordar la obra de Alberto se crean dos tensiones. Una atrapa
sensual y notoriamente, efectiva, y otra intelectual que remonta
hacia la lectura de la obra, su interpretación. Es un objetivo
en vano. La obra no permite entenderse desde este punto. Es ejemplo
de consistencia en la realización e implicación
en los propios elementos técnicos y materiales que constituyen
la obra. No se instala en la polémica o cuestionamiento
de lo que es pintar hoy. Busca un sentir que es que es el decir
propio que va más allá de los conceptos verbales.
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Figura azul, 1999, 360 x 160 cm.
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Su pintura, reducida a la actividad y expresión
tradicional con los elementos y soportes tradicionales sabe
y logra inquietar la mirada del espectador. Aunque en nada de
esto último constituye su objetivo. Su compulsión
a pintar es la que le dirige. Ese motor interior que le impulsa
a representar la naturaleza, a indagar en la realidad que le
rodea, atraparla con medios gráficos, desde el video
al lápiz. Gestar ideas desde ligeras incisiones o trazos
en una servilleta de papel. Siempre presto a colocarse sobre
el lienzo y desentrañar el misterio que anticipa. Arrancar
con entusiasmo y aterrizar sutilmente el pincel sobre el lienzo.
Sorprenderse en el juego de la superficie y el motivo. En Alberto
Castro Leñero, los motivos se centran en torno a la figura,
principalmente femenina, que ordena el espacio de la pieza.
Sus modelos adquieren posturas inusuales, contorsiones, alardes
de flexibilidad que sirven de excusa para jugar con la forma.
Alberto se vuelca reiteradamente en el cuerpo
humano. La figura humana ha sido un motivo de representación
permanente en la historia del arte desde las pinturas primitivas
en las cavernas. En el periodo de finales del siglo XIX y comienzos
del XX hubo un gran cambio pasando del interés de la
representación de gestos y posturas de la figura al interés
en la forma de la figura como elemento de composición
pictórica. Se prestó atención a la relación
de la figura con el tratamiento del fondo. Cuando la obra consistía
de una sola figura, el trabajo de composición de ese
cuerpo era la composición de la obra y abarca componer
no tan sólo la figura, sino los espacios negativos que
conforman el espacio exterior silueteado de la figura. La representación
tradicional fue reemplazada por el concepto y la idea con las
vanguardias históricas llegando a hacer uso del propio
cuerpo humano como obra en el "Body Art".
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Forma nudo, 2000, 180 x 240 cm.
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Cuando Alberto inicia su itinerar
expositivo comienza en esos años Ochenta un retorno a la
pintura a través de maneras expresionistas subjetivas y
emocionales. Esta vuelta a la materia y representación
pictórica etiquetada como neoexpresionista es liderada
por artistas que Alberto considera fundamentales en su pintura
como Terry Winters en USA y José Manuel Broto en España.
Su obra también muestra reminiscencias con la voluptuosidad
pictórica y la descomposición de los planos de alguna
etapa de Julian Schnabel.
La intención de Alberto Castro Leñero ha estado
centrada en el aspecto físico del arte en vez de la desmaterialización
del objeto de arte que se impone en los Noventa donde el cuerpo
humano se convierte en lugar donde convergen prácticas
artísticas. Se recupera el cuerpo para abordar una pluralidad
de experiencias actuales como la manipulación genética,
la cosmética, la sexualidad, la enfermedad y el placer.
Alberto permanece en esa óptica fructífera y compulsiva
de la sensualidad formal pictórica.
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Su producción y su vida se cifran
en la conjugación. Con-jugar es "jugar con". Es
envolverse en el ámbito lúdico de la creación.
Lúdico es la acepción del desenvolvimiento del juego.
El juego no se reduce al jugador. La estética ha desarrollado
una teoría que enlaza el juego con la experiencia del arte
y la creatividad en cuanto que jugar es "poner en juego"
posibilidades de acción, ejercitar la libertad. Gadamer,
en su esfuerzo por la compresión de las realidades (Hermenéutica),
analiza a fondo en Verdad y Método la idea de juego y se
esfuerza en liberarla de interpretaciones anteriores. La actividad
lúdica supera la relación sujeto-objeto y de esta
superación arranca su importancia y seriedad.
El juego es serio. "La seriedad propia del juego procede de
su interior, de la dialéctica juego-jugador, de la inmersión
activo-receptiva del jugador en el campo de posibilidades de acción
que abre cada juego con su normativa peculiar" afirma Alfonso
López Quintás en Estética de la creatividad.
Los límites que las reglas imponen promueven el lugar donde
se forja el destello ambital del placer del juego. Este involucramiento
que arrastra las energías del participante es la característica
de los actos creativos. Lo que Mihaly Csikszentmihalyi denomina
"Fluir", esa fuerza fluida que nos arrastra desde el interior
y que hace perder la noción de tiempo y lugar, porque realmente
se ha creado un nuevo espacio y marcado nuevos parámetros
de tiempo. Esto es parte de jugar...
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Y en Alberto puede comprobarse la seriedad de su juego, su implicación
en la pintura, su pasión y su placer. El resultado: El
goce de pintar. No puede evadirse de él para volver una
y otra vez. Alberto se transforma cuando "juega" y la
obra también. Su acción pictórica es genuinamente
relacional-ambital. El sujeto de la experiencia ya no es la subjetividad
del que realiza la obra, sino la obra misma. La obra de arte adquiere
un modo de ser propio en cuanto da lugar a un modo de experiencia
que transforma al que lo realiza.
No en balde esta última colección de obra viene
a llamarse "transformaciones". Y esto no sucede tan
sólo en el artista sino que se transfiere al espectador.
Puede percibirse por el espectador sensible a la vibración
que la realidad del cuadro emana. Esto era manifestado de un modo
especial por algún artista admirando la obra de Alberto
Castro Leñero ya que sentía el impulso de ponerse
a pintar. Es la reacción envolvente y contagiosa del juego.
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El observador se siente empujado a participar en ese continuo
intercambio de líneas de energía que crea la iluminación.
El propio Alberto no puede sustraerse a la acción generada
por el cuadro mismo aún concluida la tarea iniciada y
vuelve sobre las piezas retrabajándolas. Para él,
puestos en juego las posibilidades, el juego artístico
parece continuar sin fin. Lo atrae, lo reclama a seguir jugando
en su superficie. No puede sustraerse a la tentación
de volver a poner el pincel y trazar esos matices, intensificar
esa materia, cuajar más la densidad de esa zona. El cuadro
mismo, el juego en el que se involucró, es el que lo
fuerza.
Es como estar jugando varias partidas de ajedrez sin fin y siempre,
en algún momento, una de las partidas te requiere. Es
una constante vital en la que vive el artista. Se realiza a
sí mismo por la acción de crear, de jugar e involucrar
su persona en este encuentro con la materia que destila la energía,
el resplandor vital, que es el goce de vivir, el goce de pintar.
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Estructura tubercular, 2000, 200x100cm.
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