El Goce de la Pintura

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Ramón Amela

Alberto Castro LeñeroFigura azul, 1999.

La pintura de Alberto Castro Leñero tiene jugosidad matérica y vibrante pincelada, manejando medios de óleo y acrílico sobre soportes de madera o lienzo. Expande sus posibilidades expresivas desde la contención de la técnica. Maneja una febril insistencia en el formato vertical volcándose en una convergencia entre las formas de la naturaleza y el cuerpo humano. Alberto se muestra como fecundo explorador de la realidad con la que después elabora nuevas imágenes. Resulta un artista prolífico y productor incansable.

Al abordar la obra de Alberto se crean dos tensiones. Una atrapa sensual y notoriamente, efectiva, y otra intelectual que remonta hacia la lectura de la obra, su interpretación. Es un objetivo en vano. La obra no permite entenderse desde este punto. Es ejemplo de consistencia en la realización e implicación en los propios elementos técnicos y materiales que constituyen la obra. No se instala en la polémica o cuestionamiento de lo que es pintar hoy. Busca un sentir que es que es el decir propio que va más allá de los conceptos verbales.

Su pintura, reducida a la actividad y expresión tradicional con los elementos y soportes tradicionales sabe y logra inquietar la mirada del espectador. Aunque en nada de esto último constituye su objetivo. Su compulsión a pintar es la que le dirige. Ese motor interior que le impulsa a representar la naturaleza, a indagar en la realidad que le rodea, atraparla con medios gráficos, desde el video al lápiz. Gestar ideas desde ligeras incisiones o trazos en una servilleta de papel. Siempre presto a colocarse sobre el lienzo y desentrañar el misterio que anticipa. Arrancar con entusiasmo y aterrizar sutilmente el pincel sobre el lienzo. Sorprenderse en el juego de la superficie y el motivo. En Alberto Castro Leñero, los motivos se centran en torno a la figura, principalmente femenina, que ordena el espacio de la pieza. Sus modelos adquieren posturas inusuales, contorsiones, alardes de flexibilidad que sirven de excusa para jugar con la forma.

Alberto Castro LeñeroCorpus I, 1999.

Alberto se vuelca reiteradamente en el cuerpo humano. La figura humana ha sido un motivo de representación permanente en la historia del arte desde las pinturas primitivas en las cavernas. En el periodo de finales del siglo XIX y comienzos del XX hubo un gran cambio pasando del interés de la representación de gestos y posturas de la figura al interés en la forma de la figura como elemento de composición pictórica. Se prestó atención a la relación de la figura con el tratamiento del fondo. Cuando la obra consistía de una sola figura, el trabajo de composición de ese cuerpo era la composición de la obra y abarca componer no tan sólo la figura, sino los espacios negativos que conforman el espacio exterior silueteado de la figura. La representación tradicional fue reemplazada por el concepto y la idea con las vanguardias históricas llegando a hacer uso del propio cuerpo humano como obra en el "Body Art".

Cuando Alberto inicia su itinerar expositivo comienza en esos años Ochenta un retorno a la pintura a través de maneras expresionistas subjetivas y emocionales. Esta vuelta a la materia y representación pictórica etiquetada como neoexpresionista es liderada por artistas que Alberto considera fundamentales en su pintura como Terry Winters en USA y José Manuel Broto en España. Su obra también muestra reminiscencias con la voluptuosidad pictórica y la descomposición de los planos de alguna etapa de Julian Schnabel.

La intención de Alberto Castro Leñero ha estado centrada en el aspecto físico del arte en vez de la desmaterialización del objeto de arte que se impone en los Noventa donde el cuerpo humano se convierte en lugar donde convergen prácticas artísticas. Se recupera el cuerpo para abordar una pluralidad de experiencias actuales como la manipulación genética, la cosmética, la sexualidad, la enfermedad y el placer. Alberto permanece en esa óptica fructífera y compulsiva de la sensualidad formal pictórica.

Alberto Castro LeñeroForma 2, 1999.

Su producción y su vida se cifran en la conjugación. Con-jugar es "jugar con". Es envolverse en el ámbito lúdico de la creación. Lúdico es la acepción del desenvolvimiento del juego. El juego no se reduce al jugador. La estética ha desarrollado una teoría que enlaza el juego con la experiencia del arte y la creatividad en cuanto que jugar es "poner en juego" posibilidades de acción, ejercitar la libertad. Gadamer, en su esfuerzo por la compresión de las realidades (Hermenéutica), analiza a fondo en Verdad y Método la idea de juego y se esfuerza en liberarla de interpretaciones anteriores. La actividad lúdica supera la relación sujeto-objeto y de esta superación arranca su importancia y seriedad.

El juego es serio. "La seriedad propia del juego procede de su interior, de la dialéctica juego-jugador, de la inmersión activo-receptiva del jugador en el campo de posibilidades de acción que abre cada juego con su normativa peculiar" afirma Alfonso López Quintás en Estética de la creatividad. Los límites que las reglas imponen promueven el lugar donde se forja el destello ambital del placer del juego. Este involucramiento que arrastra las energías del participante es la característica de los actos creativos. Lo que Mihaly Csikszentmihalyi denomina "Fluir", esa fuerza fluida que nos arrastra desde el interior y que hace perder la noción de tiempo y lugar, porque realmente se ha creado un nuevo espacio y marcado nuevos parámetros de tiempo. Esto es parte de jugar...

Y en Alberto puede comprobarse la seriedad de su juego, su implicación en la pintura, su pasión y su placer. El resultado: El goce de pintar. No puede evadirse de él para volver una y otra vez. Alberto se transforma cuando "juega" y la obra también. Su acción pictórica es genuinamente relacional-ambital. El sujeto de la experiencia ya no es la subjetividad del que realiza la obra, sino la obra misma. La obra de arte adquiere un modo de ser propio en cuanto da lugar a un modo de experiencia que transforma al que lo realiza.

No en balde esta última colección de obra viene a llamarse "transformaciones". Y esto no sucede tan sólo en el artista sino que se transfiere al espectador. Puede percibirse por el espectador sensible a la vibración que la realidad del cuadro emana. Esto era manifestado de un modo especial por algún artista admirando la obra de Alberto Castro Leñero ya que sentía el impulso de ponerse a pintar. Es la reacción envolvente y contagiosa del juego.

Alberto Castro LeñeroEstructura tubercular, 2000.

El observador se siente empujado a participar en ese continuo intercambio de líneas de energía que crea la iluminación. El propio Alberto no puede sustraerse a la acción generada por el cuadro mismo aún concluida la tarea iniciada y vuelve sobre las piezas retrabajándolas. Para él, puestos en juego las posibilidades, el juego artístico parece continuar sin fin. Lo atrae, lo reclama a seguir jugando en su superficie. No puede sustraerse a la tentación de volver a poner el pincel y trazar esos matices, intensificar esa materia, cuajar más la densidad de esa zona. El cuadro mismo, el juego en el que se involucró, es el que lo fuerza.

Es como estar jugando varias partidas de ajedrez sin fin y siempre, en algún momento, una de las partidas te requiere. Es una constante vital en la que vive el artista. Se realiza a sí mismo por la acción de crear, de jugar e involucrar su persona en este encuentro con la materia que destila la energía, el resplandor vital, que es el goce de vivir, el goce de pintar.

Pero hay algo más en su discurso que solamente la pintura. Se mueve en un nivel propositivo y cautivador del lenguaje pictórico tradicional, la materia y la forma. Trata dos planos significativos que contrastan y nos acercan a un mundo interior que se debate tenso dentro de las limitaciones. Parece proyectarse a salir, pero la composición busca una salida del formato, se vuelca sobre sí misma y se reafirma dentro de sus coordenadas limitantes. Esta manipulación de las formas humanas convoca a nuestra propia transformación como elementos participantes de la naturaleza.

Alberto Castro LeñeroForma nudo, 2000.

 

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Fecha de publicación:30.05.2001