| Diferentes
y atractivas texturas y materiales que van de lo realista figurativo
a lo densamente abstracto donde hay que subrayar la jugosidad representativa
de Jonathan Barbieri y la abstracción de James Brown. Se
aprecian en el quehacer pictórico diversas aplicaciones de
filtros y esquemas explorados, formulas comerciales, que no desmerecen
en su presentación.
Ante una masificación
de obras tan dispares en un principio cabe preguntarse ¿Hay
alguna idea que pueda reunir a todas estas manifestaciones además
de ser producidas en el mismo ámbito geográfico? ¿Algo
que marque los parámetros bajo los que se pueda encontrar
una identificación estética en todos estos
universos y propuestas pictóricas? ¿Una individualidad
en la diversidad? ¿Existe una identificación con la
región? ¿Existe una idiosincrasia en Oaxaca? ¿Un
espíritu que contagia? Desde luego, y ante la contemplación
de esta muestra no puede deducirse la existencia de una homogeneidad
identificadora, pero sí la existencia de una vibración
creativa persiguiendo la fusión de lo humano, la naturaleza
y los mitos. Esta imbricación de las dimensiones vivenciales
pulula en las expresiones artísticas tan distantes entre
sí desde el Minimalismo al naïf.
La muestra pone de relieve
el grado de calidad extendido en la región. Un análisis
sociológico revela cómo el oaxaqueño siente
el apremio de afirmarse en sus costumbres repudiando lo extraño.
Este rechazo funciona como un mecanismo que impulsa las tradiciones
domésticas y los ritos familiares. Unos cuantos autores identifican
su quehacer pictórico con los mitos y leyendas del lugar
produciendo un estilo de realismo mágico y fantástico
envueltos en la luminosidad, los colores y sabores de la tierra.
Artistas como Sergio Hernández, Álvaro Santiago y
Francisco Toledo han sobresalido en esta actitud. |