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Artistas, deportes y video
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Mireya Masó,
El tercer descubrimiento. |
BIDA
2001 es la Bienal Internacional del Deporte en el Arte que se
expone en un rectorado de la Universidad de Valencia vestido
con un falso césped, preludio del torneo que vamos a
seguir (por el suelo de todas las dependencias copadas por esta
bienal, y su acceso). No sé si han conseguido reflejar
el mundo del deporte pero sí han dado con la medida del
ruido que éste nos impone desde los mass-media, porque
todo les ha quedado absolutamente audiovisual. |
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Sólo una de las obras expuestas exigía
de la inauguración para su disfrute, obra de Julio Jara,
auxiliado por un grupo de emigrantes sin papeles que, mientras
JJ lamentaba una serie flamenca por distintos palos propios
de este cante, los emigrantes, en función de albañiles
no especializados, elevaban una minúscula chabola de
ladrillo, ante la autoridad gubernativa que en ese momento inauguraba
la cosa; ahora se puede ver la chabolita levantada hasta la
altura de las cejas, la secuencia fotográfica testimonio
de la hazaña, puesta a secar alrededor de la chabola,
y una grabación sonora memoria del lamento. Siempre pasa
con las performances, mejor no llegar tarde.
En frente, muy cerca, otra obra quiere resolver los significados
con idénticas maneras sin lograrlo, Campanilla presenta
un entorno de musculación resuelto con objetos domésticos,
para que la señora de su casa pueda hacer gimnasia, o
por la gimnasia que ya hace a diario, va acompañada de
un vídeo doméstico, en su pleno sentido.
Antes podemos encontrar en una cabina la pieza de Valcárcel
Medina quien se limita a reflejar, a través de una grabación
sonora, una partida de billar, la mejor pieza de las expuestas
en esta bienal, huye, como es costumbre en el autor, de todo
oropel, para encerrarte en la esencia de un deporte; algunos
lamentamos el empleo de césped artificial por las paredes,
algo bastante impropio de VM, tal vez recurso de los comisarios,
Marta Moriarty y Antonio Areán, para mantener la identidad
corporativa.
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Domingo Sánchez Blanco,
Autorretrato.
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Ana Laura Aláez, Magic stripes.
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A la altura de VM, aparece la otra obra destacable
de esta bienal, Darío Corbeira consigue editar un suplemento
especial, y gratuito, del diario deportivo español Marca,
donde asistimos a la permanente identidad entre la competición
deportiva y la artística; además de gracioso y acertado,
cierto.
La representante española en la Bienal
de Venecia, Ana-Laura Aláez, participa con cabina y proyección
de vídeo (en su caso doble), con música del dúo
Silvania (responsables de que las piezas de ALA no caigan, combinan
a la perfección los logros de Brian Eno y Autechre), en
su proyección podemos ver un desarrollo en gimnasia rítmica
que la otra proyección ralentiza y somete al detalle, el
esteticismo que le es común.
A su lado João Onofre, nos enfrenta
a un juego entre absurdo e infantil, también en cabina
y con vídeo-proyección (en esta bienal he terminado
odiando el vídeoproyector y la cabina) que presenta un
juego de sube y baja en el que el peatón sube, a hacer
el pino, a lo alto de un semáforo, si verde, sube, si rojo,
baja y espera, casi en repetición del dibujo del peatón
en el semáforo. Antes están los "pesos muertos"
de Roderick Buchanan, bolsas dejadas por el suelo y por según
su peso.
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Domingo Sánchez Blanco presenta su capa de boxeador
que es su traje performero para retar a los artistas de las ciudades
que reciben una de sus performances, durante la que DSB boxea
contra el artista que acepte el guante y, sobre el ring, dirimen
la calidad artística. No es el único que trae el
boxeo a esta exposición, claro la larga prosapia dada de
Arthur Cravan se nota, Salla Tykkä, cabina y vídeo-proyección,
Ana Busto, cabina, vídeo-proyección, fotografías
y espejos en un intento de reproducir un gimnasio; también
cabina y vídeo-proyección, aunque ya no boxeo, en
la obra de Javier Codesal y Álex Francés (me interesa
más AF en solitario). Eugenio Ampudia, aunque recurre a
la cabina y la vídeo-proyección lo hace para salirse
de lo común y enfrentarnos a una síntesis tipográfica
de extraño interés.
Domingo Sánchez Blanco presenta su capa de boxeador que
es su traje performero para retar a los artistas de las ciudades
que reciben una de sus performances, durante la que DSB boxea
contra el artista que acepte el guante y, sobre el ring, dirimen
la calidad artística. No es el único que trae el
boxeo a esta exposición, claro la larga prosapia dada de
Arthur Cravan se nota, Salla Tykkä, cabina y vídeo-proyección,
Ana Busto, cabina, vídeo-proyección, fotografías
y espejos en un intento de reproducir un gimnasio; también
cabina y vídeo-proyección, aunque ya no boxeo, en
la obra de Javier Codesal y Álex Francés (me interesa
más AF en solitario). Eugenio Ampudia, aunque recurre a
la cabina y la vídeo-proyección lo hace para salirse
de lo común y enfrentarnos a una síntesis tipográfica
de extraño interés.
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Carmen Cámara, La increíble
mujer menguante.
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Para salirme de la rutina de la cabina y la vídeo-proyección
tendría que llegar a Carmen Cámara, con dos grandes
carteles adecuando la realidad cinematográfica de la peor
ciencia ficción al deporte con sus versiones del Hombre
de 50 pies o El Increíble Hombre Menguante, ahora mujer
y bien uniformada para el ejercicio deportivo, aunque sus carteles,
como sucede con la obra de Yamandú Canosa, unos paneles
expositivos, lucen poco, tal vez por la proliferación de
cabinas audiovisuales, como, otra más, la de Dora García
y, también, la de Juan Luis Moraza; un recurso, el de la
cabina audiovisual, del que escapan Pedro Mora y su máquina
de tortura, que no entiendo, o la pelota de fútbol pendular
de Mireia Masó, que no consigo disfrutar.
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Roderick Buchanan, Deadweight |
En cualquier caso, un abuso de la cabina audiovisual que sufre
las mismas carencias de la sala cinematográfica, donde
el arte se protege, con la oscuridad y el silencio, de no se sabe
qué enemigo pero, en cualquier caso, con acusada fragilidad,
preámbulo de la primera edición de la Bienal de
las Artes de Valencia.
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Alex Codesal y Javier Francés, Padre hembra.
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