| |
| |
De
la legitimidad y la simulación: el caso de Damien Hirst |
A finales del 2000 Damien Hirst (Bristol, 1964) exhibió
en la Gagosian Gallery de Chelsea en Nueva York su última
muestra espectacular, la cual tuve oportunidad de visitar. Después
de un largo periodo (casi cuatro años) de no montar una
exposición individual Hirst regresaba a escena con un trabajo
que, ya usual en él, intentaba darle un puñetazo
a la mirada y sensibilidad del espectador. Theories, Models,
Methods, Approaches, Assumptions, Results, and Findings daba
la bienvenida con Hymn, una monumental escultura del torso
abierto de un hombre, mostrando músculos y órganos
internos pintados a la manera de una monografía escolar
(adquirida por el famoso coleccionista Charles Saatchi en un millón
de dólares) que, en visión retro, evocaba a The
Visible Man de Renwal, aquel mono transparente al cual (oh,
añorada infancia) se le ponían y quitaban los órganos.
La presencia de esta pieza fungía como mordaz provocación donde
la espectacularidad -uno de los ejes principales de la estética
D.H.- incitaba al público a sacudirse la habitual, y muy contemporánea,
conciencia de lo políticamente correcto. La muestra, integrada
también con algunas piezas clones de obras anteriores (como el
caso de The History of Pain, una base cuadrada, tipo cama,
de la que sobresalían filos de cuchillos, con una salida de aire
caliente sobre la que flotaba una pelota, copia deslavada de la
pieza multicolor The History of Fame), contó con las mismas
obsesiones icono-anímicas del autor: muerte, vulnerabilidad, sarcasmo,
propiciación del asco y la incomodidad, decadencia del cuerpo.
Sus ya conocidas vitrinas-celdas, fabricadas de aluminio y vidrio,
se encontraban presentes con piezas como Adam and Eve (Banished
from the Garden), a cuyo alrededor los espectadores ponían
cara de desconcierto, repulsión y, a la vez, fascinación. En cada
una de las vitrinas se exhibían dos planchas de morgue con los
cuerpos cubiertos, en una de las esquinas un sándwich a medio
comer determinaba la atmósfera; en otra, pequeños huesos con sangre
seca se encontraban colocados como si hubieran sido ingenuamente
dispuestos. Otra vitrina, con espejo al fondo, contenía cápsulas
y pastillas puestas a la manera de un relicario de objetos sacros,
con un orden riguroso semejando la memoria de una enfermedad colectiva.
|

Damien Hirst: Himno, 2000
|
Después de transitar por la muestra, al espectador se
le presentaban dos opciones: salir saciado (oh, ese bien común
llamado morbo...) y con una sonrisa cómplice, o bien preguntarse
¿es esto arte o sólo falsa provocación? La
estética D.H. -lo digo en siglas en honor a la tentación
minimal y aséptica presente en el autor- no permite medias
tintas y, de hecho, Hirst lo sabe: los efectos impuestos (secundados
las más de las veces por la sensiblería y chabacanería
del público) son más un juego de sugerencias -en
algunos casos más bien evidencias- donde el espectador
se convierte en pieza vehicular de un engranaje de simulación.
|

Damien Hirst: Bella y galáctica
serigrafía, 2001
|
2. A star is
born
En
1989, Damien Hirst convocó, curó y organizó
Freeze, una exposición que conjuntó a jóvenes
estudiantes del Goldsmithís College de Londres. Armada
de manera profesional y con el apoyo de Charles Saatchi, dicha
exposición dio comienzo a la vertiginosa carrera como curador
y artista emergente de Hirst. Prudente es señalar que, en tal
muestra, Hirst sólo expuso pinturas y, en palabras del
también pintor y crítico de arte Matthew Collings,
su propuesta pictórica era bastante convencional (y aburrida,
añadiría yo). Al año siguiente el mecenas y primer promotor
del artista, Saatchi, habría de avalar y organizar la muestra
que fundaría a la hoy conocida generación de los
"Young british Artists" (YbA o brit pack). Como punta de
flecha, Hirst fue lanzado al Olimpo del arte contemporáneo;
dos años después Saatchi le encargaría la primera
pieza con la que causaría revuelo: The Physicall Impossibillity
of the Idea of Death in the Mind of Someone Living, una enorme
vitrina llena de formol con un tiburón flotando dentro
(por la cual Saatchi pagó 45 mil libras y, las malas lenguas
aseguran, fue idea del propio Saatchi). En 1994, su pieza de una
oveja en formol fue comprada por 250 mil libras. Para 1995 las
famosas piezas de Mother and Child, Divided, una vaca y
un becerro cortados en partes y montados en vitrinas (entre las
que el espectador podía transitar) lo catapultaron no sólo
a conseguir el preciado premio Turner, sino a posicionarlo en
la mira de la escena global del arte contemporáneo.
|
| 
Damien Hirst: La imposibilidad física
de la muerte
en la mente de alguien vivo, 1991 |

Damien Hirst:"Away From The Flock",
1994
|
3.
Las partes y los juicios
Partes.- Ha sido portada de casi todas
las revistas de prestigio dedicadas al arte actual. Ha filmado
un corto: Hanging Around, at the Hayward. Creó un grupo de música
con Alex James del grupo Blur y Keith Allen -Fat Les-,
que posicionó el tema "Vindaloo" en segundo puesto del
hit parade inglés. Ha sido restaurantero, abrió Pharmacy y remodeló
el Quo Vadis. Ha hecho publicidad para British Airlines.
Ha publicado un libro autobiográfico: I Want to Spend the Rest
of My Life Everywhere with Everyone, One to One, Always, Forever,
Now. Ha expuesto en los foros de mayor relevancia del circuito
del arte de vanguardia, -en 1993 la Bienal de Venecia se rindió
a sus pies. Escribe (para aquellos fans adictos a su persona,
obra y megalomanía) un extraño y muy simpático diario en www.diaryland.com.
Es famoso, global y rico.
|
| 
Damien Hirst: Escena del video "The
Country House Music",
del grupo Blur, 1995 |

Damien Hirst: Dios, 1996 |
Juicios.
Cada sociedad
genera a sus creadores, los alienta (paradójicamente a veces a
través de la negación) a cuestionarse las estructuras filosóficas
y espirituales de su tiempo y contexto. Tal invitación no suele
ser permisiva, abierta, sino que por el contrario sólo la opresión
detona la gestación de los discursos estéticos. Sin embargo, el
arte puede ser sólo arte de apariencias, más próximo al golpe
de la imagen, que suele ser a la medida de la sociedad que la
dimensiona, no a la profundidad de la obra en sí. Arte condenado
a la superficie (y a un diálogo emocional llano) que no logra
ahondar ni crear metáforas ni arraigo estético. Tal vacuidad es
parte del discurso D.H.: el conocimiento de la respuesta anímica
del espectador provee al artista la capacidad de crearle sensaciones
de incomodidad y de náusea. Sobre todo cuando la sociedad actual
se debate en líneas de percepción básicamente maniqueas.
|
Habrá que tomar
en consideración el árbol genealógico del cual proviene Hirst,
donde sobresalen dos influencias primeras, Francisco de Goya y
Francis Bacon, quienes le han enseñado que, en lo grotesco y el
horror, pervive cierta dimensión de belleza. La transubstancia
de las cosas, de los significantes, es otro de los ejes que permea
la estética de D.H. Réplicas idolátricas de la vulnerabilidad
y la decadencia humanas, las piezas del artista sugieren una alteración
de las partes, un orden nuevo donde "la imagen es la semejanza
de otra cosa a la que representa su ausencia", como diría Torquemada.
Esta ausencia, en el caso de Hirst, intenta reiterar el estímulo
al desencadenamiento de reacciones encontradas en el espectador.
La obra de Damien Hirst aprovecha la capacidad de escandalizarse
de los ciudadanos de occidente que tienen, insisto, conciencias
políticamente correctas. Más que un artista con un imaginario
exorbitante, Hirst parece un creador ingenuo -piénsese en las
imágenes de la Coatlicue o Xipe Totec como un botón de imágenes
agudas de lo que en realidad es el horror y sus encarnaciones.
Las minimalistas y muy asépticas atmósferas de sus vitrinas-celdas,
cuidadas hasta en el último detalle (demasiado aluminio, demasiada
transparencia, demasiado blanco) son espejismos, imágenes virtuales
que se basan en títulos conceptuosos y rimbombantes, en ideas
en las que un twist o giro sobre el objeto hacen creer
en un significado poliédrico pero que, finalmente, son pobres
en profundidad y metáfora.
Ante lo dicho surge la pregunta
¿por qué a Damien Hirst se le considera un parteaguas
en el escenario del arte contemporáneo? Aquí salta
el asunto de la legitimidad, Hirst antes de ser avalado por la
crítica y por el marco de las instituciones (museos, bienales,
galerías) fue avalado por el gusto subjetivo -y por el
dinero- de Charles Saatchi quien adquirió desde un principio
obras de D.H. a precios estratosféricos para el promedio
de los precios de los artistas de su generación (YbA).
Dinero y buen manejo de los media. ¿Qué pasaría
si Teresa Margolles, Carlos Ranc, Sofía Taboas o Yoshua
Okón contaran con tal mecenas? De seguro tendríamos
estrellas globales del arte, digo, aparte de Gabriel Orozco. Damien
Hirst no sabe dibujar, no pinta bien, no se mete en el lenguaje
directo de los materiales (no se ensucia, ni se mancha, no huele
a thiner o aguarrás, vaya, hasta sus piezas pasan en altos
niveles por las manos de otros, herreros, carpinteros, etc.);
es el ideal contemporáneo de un artista del siglo XXI,
y a lo que debería acceder: popularidad, fama, reflectores
mundiales, dinero, un verdadero global artist victim. Regenteado
como un producto publicitario el propio Hirst ha confesado estar
harto de su posición.
|

Damien Hirst: Mil años, 1990

Damien Hirst: Elementos aislados
y nadando en la misma
dirección con el propósito de entender, 1994

Damien Hirst: Nosotros tenemos estilo,
1993
|
El entorno en el que se ha desarrollado
su obra (Londres) es ejemplo de una proclividad a lo moralino,
aséptico y a lo evidente, Hirst, bajo tal horizonte, sí
ha creado un discurso de sublevación y refrescamiento visual.
Europa se encuentra en un franco momento de agotamiento, ello
se refleja en sus diversas tendencias artísticas y en el
endiosamiento de nuevos ídolos, héroes de galerías
y subastas, pero de todo ello ¿qué quedará?,
¿quién o quiénes serán mirados (y
admirados) con tal arrobamiento como a un Bosco, un Duchamp o
a los mismos Goya y Bacon?
|
|

Damien Hirst: Te amo, te amo. 1997 |
|
Hirst es un emblema de los límites entre la simulación
y la legitimidad, entre la vacuidad y el arte. Quizá es el pionero
de un lenguaje sintético que, al haberse dejado seducir por los
excesos, ha perdido su sustancia fundacional y poética pero que,
al mismo tiempo, es un lenguaje menos elitista y público, global.
Habrá que dejar manifestarse a los signos, a su complejidad y
esperar una nivelación donde la vitalidad del arte no se confunda
con la literalidad de las formas. Un arte donde más que evidencias
persistan las sugerencias. Un arte que no sea sólo simulación
de sí mismo sino alusión real del entramado del mundo. Un arte
vivo, sanguíneo.
Vaya -Mr. Hirst, señoritos
y señoritas artistas-, menos ruido y más nueces por favor.
|
|