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Cuando a uno le preguntan sobre la belleza sucede que el
interlocutor en turno espera que la respuesta verse acerca
del espíritu helenístico, la languidez bucólica
del romanticismo, los altos vuelos del alma o la congestión
visual de una obra de arte o bien el estremecimiento ante
la lectura de un poema. Este es mi caso y no. Para mí
la belleza reside en estos grandes tópicos pero también
en lo fugaz, en lo pequeño, en lo cotidiano. Belleza
es, para esta fanática de la brevedad, una cóncava
silueta que se define como sobaco y, sobre todo, el masculino.
La curvatura y los vuelos de sus rizados vellos combinado
con un olor que emula la más profunda significación
de lo que es la testosterona comprueba que la belleza puede
encontrarse en un resquicio, en una parte oculta del cuerpo.
La axila es una provocación a la grandilocuencia, el
sudor sus perladas emanaciones es la prueba que
el cuerpo produce belleza hasta en sus más nimias manifestaciones.
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