Consideraciones críticas sobre algunos límites del arte político de España


Martín Santos Yubero (detalle de foto tomada de: http://escuelafotosevilla.blogspot.com)

Guillermo Cano Rojas

En cada hombre duerme un profeta, y, cuando se despierta,
el mal crece un poco más en el mundo.
Cioran

Las consideraciones que aquí proponemos tienen en cuenta algunas de las limitaciones que el arte político, especialmente el activista, están manifestando en el contexto español. Este texto está orientado hacia un público amplio, si bien especialmente lo está hacia una actual generación de agentes artísticos -artistas, comisarios, docentes, críticos y teóricos- que tienen una conciencia política y social pero que no se sienten identificados o representados entre los planteamientos y modos de hacer de las diversas politizaciones del arte. Visibilizar estas limitaciones surgen de una actitud concreta: evidenciar y poner sobre la mesa algunas de las contradicciones y paradojas manifestadas en la práctica y ejercicio de estas profesiones y que participan de otras contradicciones más profundas y de mayor alcance en el seno de la sociedad. Para hacer más perceptible este clima, puntualizamos que estas consideraciones críticas tienen como objeto al artista de izquierdas, tomado como una denominación genérica, más que como una forma de referirnos a una militancia o ideología concreta. La derecha artística, por su parte se adapta y sobrevive en la idea de autonomía del arte, sobre un arte que existe en un mundo al margen del Mundo y levantado sobre los pilares del historicismo, las poéticas formalistas y una supuesta apoliticidad. Luego no hay aspectos novedosos que merezcan una especial atención en esta ocasión.

Fernando ArrabalFernando Arrabal (Foto de:/www.c1n3.org)

En el contexto del arte Occidental y durante el siglo XX, hemos visto como se han ido produciendo variaciones y cambios en relación al artista de izquierdas. Desde el artista como productor descrito por Walter Benjamin durante las vanguardias históricas, pasando por el modelo de artista de la resistencia y de la contracultura durante la década de los sesenta, hasta el modelo de artista activista que tendrá lugar desde finales de los años setenta hasta la actualidad. Estos cambios han supuesto modificaciones en las estrategias y luchas de los artistas, así como en los objetivos perseguidos y en los medios empleados. Este esquema, que desde luego está aquí simplificado y necesariamente admite matices, no es aplicable del mismo modo en algunos países europeos como Austria o en algunos países del Este, a causa de sus regímenes políticos; y especialmente en España, donde los cuarenta años de dictadura del régimen franquista (1939-1975) han supuesto especificidades propias. Del mismo modo que las libertades quedaron seriamente restringidas, la actividad política de oposición contaba con un alto precio; junto a muchas cunetas de este país, en descampados, o a las afueras de los cementerios hay fosas comunes con los fusilados por el régimen. Naturalmente hubo cierta actividad de crítica y oposición a través de los artistas, pero ésta fue absolutamente clandestina, practicada en sordina y sin posibilidad de gran alcance. Antonio Gamoneda, uno de los poetas españoles más independientes, ha contado cómo durante estos años tuvieron que decidir entre sus tácticas de resistencia, decantándose por la clandestinidad política en lugar de la literatura y la poesía social, porque éstas no eran más que una forma de resistencia menor.

Grupo FormaGrupo Forma (Manuel Marteles, Paco Rallo, Fernando
Cortés, Joaquín Jimeno y Paco Simón).
La fotografía,
tomada en el estudio del grupo Forma en 1974,
rememora, irónicamente los modelos de academia
decimonónicos. Forma parte de una sesión destinada a
integrar la portada del catálogo Grupo Forma +
Jimeno. Galería Atenas, 1974. 
Fotografía: Pepe Rebollo

(información tomada de: http://joaquinpacheco-
arte.blogspot.com)

Durante el tardofranquismo (1968-1975) se produjo desde las artes una mayor actividad de oposición política mediante la organización de asociaciones y colectivos de carácter crítico. Entre los ejemplos individuales, hay que citar a Fernando Arrabal como uno de los artistas y creadores que consiguió llevar a la conciencia internacional la complejidad y la brutalidad de lo que aquí se vivió. Fue el único artista declarado persona non grata y exiliado oficial por la dictadura a causa de su propio trabajo artístico; ni siquiera el poeta Rafael Alberti, ya que éste lo fue debido a su militancia en el Partido Comunista, y no por su trabajo creativo. Tras la muerte de Franco y tras el breve periodo de transición, España constituyó una democracia que le permitió salir de su aislamiento cultural y abrirse sin censura hacia la actividad cultural internacional. Esta incorporación lo fue a un panorama donde ya se habían dado las principales experiencias y cambios determinantes de la cultura contemporánea, y, en cierta forma, supuso la elaboración de un arte en diferido donde se importaban prácticas, experiencias y teorías de otros contextos.

Por un lado, esta transferencia cultural representó un claro enriquecimiento y una necesaria diversificación de la actividad artística, y por tanto una apertura más que deseable. Por otra parte, este deslumbramiento ha ido generando dislocaciones y fracturas entre el arte y su medio social e histórico, de manera que podría hablarse de un cierto malestar social del arte que aquí, por cuestiones de espacio, sólo nos es posible dejarlo apuntado, aunque matizaremos que está producido por otras muchas razones que exceden a las propias contradicciones del arte político; el mismo arte existe polarizado en nuestra  sociedad; o bien se encuentra sobredimensionado y magnificado a través de cuestiones como la noción de genio, la de artista nacional que contribuye al bien común, o sus justificaciones como actividad cultural que contribuyen al desarrollo social; o bien, en el otro extremo, está infravalorado como lo demuestra el hecho de que cada vez más esté debilitado en el ámbito de la enseñanza, o jerarquizado negativamente en los presupuestos estatales en relación a otras actividades humanas que resultan más prioritarias e importantes. En esta atmósfera hay que situar las artes políticas españolas desde la década de los noventa hasta la actualidad.

Marina AbramovicMarina Abramovic descansa acurrucada
en las cocinas de la universidad Laboral,
levantada en el franquismo.(Foto:
http://miespaciodecultura.blogspot.com)

Desde finales de los años ochenta y comienzos de los noventa hubo una emergencia activista en relación a distintos asuntos sociales y políticos. Se trataba de artistas, grupos y colectivos cuyos trabajos eran producidos mediante autogestión, exhibidos en los circuitos periféricos a los oficiales, y con una clara pretensión de formar redes. Pero no sólo hablamos de artistas, también de comisarios y críticos que con cierto espíritu crítico denunciaban las exclusiones del sistema. En su conjunto, estas primeras y precarias condiciones de existencia y sus originarias pretensiones han ido dando paso a una progresiva institucionalización de sus agentes y sus temas; la autogestión ha sido desplazada por subvenciones desde fondos públicos y privados procedentes de museos, galerías, centros culturales, o bien departamentos universitarios. Sirva de ejemplo la institucionalización de cierto feminismo; siendo el movimiento de mujeres heterogéneo --feminismo de la diferencia, ecofeminismo, feminismo constructivista, feminismo radical-- y no habiendo contado históricamente en España con una organización política consolidada, su incorporación a las instituciones ha ido produciendo divisiones y conflictos en su propio seno. Desde mediados de los años noventa surgió el término de femócratas para aquellas feministas que conformaban parte de la burocracia y de las instituciones, y que por tanto limitaban la autonomía y autodeterminación del movimiento, evidenciando en algunos casos oportunismo y arribismo. El ejemplo es aplicable a otros ámbitos, y en la medida en la que se ha producido esta institucionalización hemos asistido a una intensificación de modas y promociones elitistas, endogamias en concursos y premios, a luchas de poder por privilegios en el acceso a recursos que son públicos, así como a una falta de rigor y de acierto en muchas propuestas académicas y culturales.

Puede decirse que el proceso descrito, producido por enfoques y tendencias muy distintas y a veces abiertamente encontradas, ha tenido un denominador común, una tendencia general que perfila y da forma a la actividad artística y cultural en España de los últimos años: realizar políticas culturales. De este modo, en la izquierda política se ha pasado de un materialismo reductivista, donde cualquier hecho cultural y social se pensaba únicamente en términos materiales y económicos, de acuerdo a la tradición marxista, hasta un determinismo cultural. Este determinismo precisamente surgió como un antídoto al materialismo reductivista, pues este no dejaba apreciar otros fenómenos de la cultura.

ARCO MadridMercados del arte. Imagen de la Feria ARCO en
Madrid 2008 (Foto: Gabriela Galindo)

Esta politización de la cultura ha tenido lugar mediante temas como la representación del sujeto, la política de las diferencias, la visibilidad de los agentes artísticos, la gestión política de las desigualdades o la construcción de la Historia [1]. Como hemos apuntado anteriormente, esta incorporación de motivos y preocupaciones ha sabido revelar ángulos muertos del arte, pero en poco tiempo ha generado los suyos propios: paradójicamente, muchos de estos temas y enfoques autodenominados “radicales”, “disidentes”, “críticos” o “revolucionarios” son llevados a cabo en colaboración y con apoyo financiero de los bancos a través de su Obra Social [...]. Ante estas situaciones, ¿hasta qué punto son éticos este tipo de proyectos subvencionados por bancos, donde se nos habla sobre las desigualdades o la pobreza en el mundo al mismo tiempo que estos bancos desahucian a los más desfavorecidos socialmente? En España se producen más de doscientos desahucios al día; muchos de ellos son de familias inmigrantes o bien de personas ancianas. Hasta hace poco estas contradicciones no eran consideradas, pero en estos momentos de crisis mundial donde la misma banca ha tenido el papel protagonista, -aunque no exclusivo-, ya no es posible disimular u ocultar estas verdades. Y la cultura, al margen de todas la definiciones que demos de ella, no ha dejado de ser un mercado, y por tanto de estar sujeta a leyes del mismo. La sobre valoración del pensar la cultura al margen de sus condiciones materiales de existencia y sus temáticas no ha resuelto los divorcios entre el arte y su sociedad, aunque haya intermitentes reconciliaciones momentáneas. No es descabellado considerar que existe una proporción directa de alejamiento entre el arte que se define así mismo como social o político y la sociedad ante la que se presenta.

La cultura son sus miembros, los valores que sostienen y, sobre todo, los usos que hacen de los valores a través de procesos de socialización. Entonces, ¿cómo podemos comprobar y determinar de una manera realista el verdadero impacto y alcance del arte político, es decir, pensarlo más allá de sus justificaciones enunciadas en las introducciones de los catálogos de exposiciones, en las presentaciones de sus eventos o de las declaraciones de intención del artista o del curador? En realidad es difícil de responderlo, y lo es por varias razones: no hay estudios o investigaciones que determinen estos parámetros de un modo que sea verificable y constatable. En segundo lugar, porque hasta el momento hay algo profundamente absurdo en todo ello; alguien quiere denunciar y suprimir la pobreza del mundo y en lugar de construir una casa o de ceder su dinero, escribe un libro, realiza una performance, propone un desfile, o plantea una retrospectiva de las ideas de alguien -generalmente ya muerto-.

Protestas en EspañaUn maniqui con un cartel que dice: "Jóvenes sin futuro"
en la Puerta del Sol de Madrid el 18 de mayo de 2011.
También se prohibieron hoy las manifestaciones del
movimiento ciudadano convocadas en Oviedo y Gijón, en
el norte del país, así como Granada, Almería y Sevilla,
en el sur. Detalle de foto de: AFP / Pierre-Philippe Marcou

Estas razones son en sí demoledoras, y lo que deben demoler son esquemas irreales y pretenciosos, así como las bases de un cinismo e hipocresía que no necesitamos. Es preciso superar estas limitaciones mediante dosis de realismo, y en este sentido, demolido lo banal y lo innecesario, se reconoce en las artes políticas una potencia: ser condición de posibilidad para que puedan darse otros cambios. Y su condición de posibilidad inminente radica en su capacidad para modificar nuestra percepción de las cosas, esto es, llevar a la esfera pública formas de pensar y de sentir que cuestionan o exceden la cultura tal y como es representada por el poder, expandiendo otros objetivos políticos, e introduciendo en el espacio simbólico hegemónico y mayoritario otros modos de comprender las relaciones sociales y de dotar de sentido a la existencia individual. Que las artes políticas puedan guardar en sí esta semilla de cambio y desenterrar energías que permanecen latentes, es, en realidad, algo extensible a todas las formas de arte; se trata de una propiedad que las singulariza en relación a otras actividades humanas: intensificar la vida.

Para finalizar nos gustaría dejar apuntadas dos medidas concretas en esa dirección: renunciar a colaborar con entidades bancarias mientras éstas no asuman su parte de responsabilidad en la crisis mundial, y dotar de un carácter rotativo los puestos institucionales públicos, no sobrepasando periodos de dos o tres años para directores de museo, gestores culturales, jefes comisarios y puestos similares. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Desde el ámbito institucional cada vez se adelantan más en presentar con un carácter histórico obras, artistas y movimientos. De este modo, hay algunas prácticas artísticas -como la poesía visual- donde los mismos artistas son los que teorizan el medio, hacen la crítica, y se historizan.

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Fecha de publicación: 16.10.2011