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Nadie es profeta en su cómic.
Obra de Alberto Ibáñez
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Alberto Ibáñez encontramos una potente mezcla
de los íconos culturales contemporáneos
haciendo una explosiva colisión con imágenes
pertenecientes a otras épocas y culturas. Una narrativa
poco complaciente se nos presenta en una pintura de espléndida
cocina y en la que nada es accidental. Los oscuros paisajes
que están de fondo no son la gratuita concesión
para que las figuras en primer plano puedan verse de manera
más contundente, sino la señal de que es
en ese mundo tétrico donde existen estos seres
otrora inofensivos. |
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Se trata aquí de la infancia replanteada. Un inicio
de vida en la que se está rodeado de seres con personalidades
ambiguas o simplonas en el mejor de los casos, es una niñez
en la que los héroes y los protagonistas acaban por desgastarse
encerrados en sus precarias y provisionales personalidades sólo
expresables, ya lo hemos visto, en los cercados escenarios que
sus autores les han construido para que en ese rango limitado
de acción, desarrollen los libretos asignados.
Alberto Ibáñez sabe de estas estrechas fronteras
que han quedado cortas a muchos personajes de la cultura infantil
y ha decidido, como quien libera una manadas de rinocerontes
largamente encerrados, ponerlos a interactuar con elementos
simbólicos que, al menos en los parlamentos que se les
habían diseñado ex profeso, no estaban contemplados.
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Morfeo", 1999. 140 x 180 cm
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Estamos ante personajes todos que han generado millones de dólares
en ganancias a sus creadores en aras de la fabricación
de una iconografía infantil con una intensa presencia en
medios y comercios y que, por prescindibles, paradójicamente
se vuelven invulnerables persistiendo así en nuestra más
íntima cotidianidad.
Conviven ahora personajes de diferentes edades como son el Ratón
Miguelito (rescatado en la obra de Ibáñez en una
de sus más antiguas representaciones, muy parecida a la
de 1928 cuando hizo su debut), junto con los de más reciente
cuño como son el gato Garfield y el dinosaurio Barnie.
Sin importar los años de nacidos de unos y otros, su labor
como elemento que significa algo en la cultura contemporánea,
les permite pasar de ser un mero símbolo anecdótico
dotado de personalidad y protagonistas de historias más
o menos similares, a replantear, a partir de su propio significado,
un entorno en el que ellos ya habitan.
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Se trata ahora de personajes que coexisten con ambientes en
los que destaca la adversidad y el caos ecológico dando
pie a nuevos códigos de relación con un mundo
en el que ellos existían sólo en forma de muñecos,
tiras cómicas o programas de televisión. A ese
mundo de imágenes, desde ahora, pertenecen todos estos
personajes en su forma emblemática.
Sin duda "Eclipse (La veladora)" y "Anatomía
del espíritu II" son dos de las piezas más
representativas en cuanto a una denuncia de la devastación
ecológica. En el primero, una tímida (¿o
temerosa?) Blanca Nieves preside la escena en la que un paisaje
fabril elimina con su humo, eclipsándolo, al sol y a
su luz. Ella misma llamada por Ibáñez la veladora,
posee el doble sentido de su misión: cuidar la fábrica
por las noches y de manera simultánea tener ella misma
la posibilidad de arder y consumirse si se enciende el pabilo
que tiene sobre su cabeza. De esta manera Ibáñez
nos aleja de la posibilidad de darle personalidad humana a esta
celebridad de los cuentos, y a un tiempo la hace interactuar
con un paisaje terriblemente real.
En "Anatomía del Espíritu II", si acaso
una de las piezas más elocuentes en cuanto a su significación,
encontramos al conocido Pinocho parado junto a un árbol
mutilado del que sólo vemos, en silueta, el tronco que
ha dejado de existir. Su observador, su actual compañero,
el histórico títere al que un hada decidió
dar vida y movimiento y que rescató al carpintero Gepetto
de su obsesiva y neurótica soledad es, a no dudarlo,
el receptor directo de esa madera que hoy le falta al árbol.
Sin ser culpable de la tala, Pinocho se ha convertido en cómplice
del fallecimiento que, a partir de su muerte, ha otorgado cuerpo
y vida a este otro personaje de madera.
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Uno de los personajes más multicitados de manera indirecta
es José Guizamo Zamora, a quien conocemos más por
su seudónimo de Walt Disney. De su autoría vemos
aquí a Blanca Nieves y a dos de sus diminutos seguidores,
al Ratón Miguelito, al Pato Donald y al Tío Rico,
legión de personajes a quienes les hemos abierto la puerta
de nuestra atención para que nos contaran siempre las mismas
historias. Ya no más. Ahora el Tío Rico nos ha confirmado
lo que ya intuíamos al ver su obscena e insultante riqueza:
se limpia con billetes
El enano de Blanca Nieves, "Dormilón", se ha
convertido gracias al ensamblaje de almohadas, en "Morfeo".
Ha dejado de ser un enano para convertirse en una pieza que pasa
de los 170 centímetros. Y uno más del ejército
de perversitos que acompañan a Blanca Nieves es el Tontín
que vemos en "Papando moscas". Frente a la biblioteca
intocada, una copa de vino tinto recién servida y una lámpara,
este personaje se entretiene más con el vuelo del insecto
que con la posibilidad de acceder a uno de los sillones y, en
reposo, disfrutar de lo que le rodea.
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Uno de los cuadros capitales de esta exposición retoma
nuevamente la imagen de un personaje de Disney, esta vez el Pato
Donald en traje de baño y subido en una claraboya para
ponerse a salvo de la inundación marcada con la línea
blanca que Ibáñez utiliza para indicar esta presencia
/ no presencia de lo que está ante nosotros y, de manera
onírica, también ante los personajes. Detrás
de la escena, una gigantesca botella de Coca Cola está
recién destapada y, al tiempo que vuela por los aires el
tapón se inunda la escena del líquido negro en una
imagen que ya es común en las fachadas de los estanquillos
comerciales de la ciudad y en los espectaculares que, igualmente,
inundan despiadadamente nuestro mundo visual. Donald y Coca Cola
compiten por sobrevivir cuando, en estricto, ambos son productos
de un comercialismo despiadado y feroz que, a los años,
se ha instalado en nuestra vida como uno más de los seres
queridos con los que diariamente convivimos.
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Para dar cuerpo a su discurso, Ibáñez
hace algunas citas de autores que al integrarlos a su pintura realizan
una suerte de complemento temático y conceptual. Así,
tenemos en "Ciclos (Así es la vida)", las vacas
como de un cuadro de Holbein; en "El comedor de patatas"
las papas y hasta el título de una obra de Vincent van Gogh
y en "El baño" la conocida ola de Katsushika Hokusai.
Esta suerte de honesta y abierta invitación a su pintura
nos hablan no sólo de la admiración que Ibáñez
tiene por los pintores de quienes toma ciertos elementos, sino que
al permitirnos conocer sus muy personales preferencias nos sitúa
ante obras legendarias ya convertidas en referencias obligadas que
nos vuelven a decir una vez más que eso que vemos, es justamente
una vaca, una papa o una ola.
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Entre las correspondencias cuyas coordenadas se cruzan de manera
más intensa y constante está "La libertad guiando
al pueblo". Alberto Ibáñez toma el título
del mismo cuadro de Eugène Delacroix pintado en 1830, sólo
que en su caso más que citar al francés de manera
temática y conformarse con realizar una evocación
de la conocida mujer que alzaba heroica una bandera, ahora vemos
a Oliva, la eterna pareja de Popeye vestida de largo.
En su mano derecha lleva una antorcha y en la izquierda el libro
de las leyes en la misma posición en la que se encuentra
la Estatua de la Libertad en Staten Island de Nueva York. A la
izquierda del cuadro una lata de espinacas Campbell's ha sido
abierta y vaciada por un Popeye que ya no vemos en la escena.
Esta alegoría de señales que se entrelazan unas
con otras hacen de esta obra uno de los más acabados frutos
del discurso de Ibáñez.
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El ensamblaje de estos elementos ya es
otra historia. Un gato tomando una ducha está a punto de
ser devorado por una gigantesca ola; Garfield abre los brazos a
un cerebro en tanto las patatas sobre un plato nos las evocan; las
pacíficas vacas se han convertido en el símbolo del
reciclaje indicado sutilmente por unas flechas esquemáticas
que indican la conocida ruta de la naturaleza y su constante renovación
y por último, Oliva y una lata de sopa que nos remite al
legendario Andy Warhol y su intenso e implacable cuestionamiento
hacia lo comercial y los valores, justamente, de la libertad de
la que la sociedad norteamericana se ufanaba con tanta arrogancia
sin percatarse del onanismo en el que minuto a minuto caían.
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Sin duda, una de las presencias más
contundentes en la obra pictórica de Alberto Ibáñez
es la de David Salle. Sin copiarle, sin citarle e incluso apartándose
de la temática que caracteriza al pintor norteamericano,
Ibáñez, como Salle, yuxtapone imágenes que,
al encontrarse, crean un discurso nuevo producido por la simple
unión de los elementos que ahora conviven en la misma pieza.
De Liliana Porter retoma una iconografía
de modelos que al estar diseñados para formar parte de
un mercado de consumo masivo, contienen ya también una
manera expresiva previamente asignada que es reutilizada al otorgarles
nuevos significados en función de aquello que decían
antes de ser retrabajados en las nuevas obras plásticas.
La selección de los personajes
de Ibáñez, sin embargo, no es como en el caso de
Salle las mujeres extraídas de las más desbocadas
revistas pornográficas, sino los aparentemente ingenuos
e inofensivos personajes de películas y programas infantiles
que son tan terribles y fieros como el más temible de los
forajidos. Su hermandad entonces radica más en la forma
de situar esa especie de "fantasmas" que al hacer presencia
a manera de simple dibujo, se convierten en evocación sin
densidad pero de gran contundencia justamente por su transparencia
y sencillez en la manera de haber sido delineadas.
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La ironía y la utilización igualmente de personajes
que no han pasado de habitar sencillas cerámicas decorativas
es también uno de los importantes recursos expresivos de
Ibáñez. Tanto en "La gran travesía"
como en "Paraíso perdido II", la sátira
se mezcla con el humor negro y la discordancia en la convivencia
de los elementos que se encuentran dentro del cuadro. Así,
es posible que un bebé amparado apenas por la visera de
su cachucha navegue sobre su salvavidas de goma en forma de pato
en un mar de nopales de agresivas y amenazantes espinas. O que
una pareja de niños salga de un bosque sombrío en
su pequeño auto con radiador en forma de corazón
y crucen una puerta virtual como si abandonasen a partir de ahí
la opción que tuvieron de ser los míticos Adán
y Eva. A partir de su existencia en este cuadro, conocemos a la
nueva pareja pecadora recién expulsada del edén.
Para la escultura Ibáñez ha escogido otro camino.
Si en su obra pictórica abundan el detalle y la ubicación
precisa de cada uno de los elementos con los que se nos quiere
hacer llegar una escena, en su escultura se han abreviado notablemente
cada una de las formas llegando a simplificaciones sorprendentes
que, no obstante su sencillez y suavidad de sus contornos, nos
dan cuenta clara de los personajes de quienes se trata en cada
una de las piezas.
En ese afán de buscar el ocultar información obvia
sobre los personajes representados, Ibáñez ha decidido
"esconder" algunas piezas como "Extinción"
ubicándola sobre un piso de concreto pulido evitando que
resalte. Sin desaparecer en su totalidad, este pequeño
dinosaurio se mimetiza con el entorno en el que ha sido situado.
Ya Nadine Ospina, aunque con diferente intención, había
utilizado a Mickey Mouse y a Bart Simpson para darles vida en
piedra tallada evocando, de manera directa, la estatuaria precolombina
y realizando así una inteligente sustitución iconográfica
de seres otrora míticos con los contemporáneos personajes
actores de historietas.
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Al igual que en su pintura, los nombres otorgados a las esculturas
de Alberto Ibáñez juegan un papel fundamental para
su completa lectura. Tres "Pablo Mármol" han
sido situados sobre el conocido podium de premiación de
primero, segundo y tercer lugar. Siguiendo la tradición
de los trofeos, cada uno de ellos lleva el color que le corresponde
al sitio obtenido en la contienda. El que estén situados
en un podio pone en claro una vez más en el discurso de
Ibáñez el desenfrenado afán por la competencia.
Se trata de "La conversión de Pablo" que, parafraseando
la historia cristiana nos enfrenta a un personaje cuya conversión
es, simplemente, la del latón en cromo (simulando plata)
y en cobre (simulando bronce) Para más desdicha del recién
convertido, ha dejado de ser también Mármol de cuerpo
y apellido.
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Uno más de los temas que habitan la obra de Ibáñez es el de la competencia, entendida ésta no sólo como en el caso de los "Pablos" que se encuentran compartiendo un podium de premiación, sino también en el sentido de ascenso social. Sobre esto tenemos la espléndida pieza "Compromiso" donde una sexy Betty Boop nos muestra el liguero de su pierna mientras que un anillo de compromiso y una vieja plancha para ropa la acompañan.
También hay que hacer referencia en este tema a las parejas
de novios que, por lo demás, pueden mezclarse de muchas
formas como si lo importante no fuera el quién se ha
emparejado con quién y de qué manera, sino el
hecho de haber "llegado" a portar el traje de novio
y novia y lo que socialmente significa como parteaguas en las
vida de hombres y mujeres que, por otra parte, son obligadamente
anónimos.
Si los protagonistas de las tiras cómicas y las personalidades
que se les habían otorgado ya estaban al borde de su
irremediable agotamiento, esta exposición es el último
clavo del ataúd en la vigencia de actores sólo
con posibilidades de supervivencia dentro de argumentos con
esquemas que ya se encontraban hasta el extremo constreñidos
por una realidad que minuto a minuto les sofocaba con mayor
inclemencia.
Nada les quedaba a estos personajes sino plegarse al nuevo
escenario en el que Ibáñez les ha puesto a trabajar
con parlamentos nuevos y rutinas atípicas en sus tradicionales
actuaciones. Una fresca y conciliadora manera de relacionarnos
con estos nuevos interlocutores está frente a nosotros.
Se les ha terminado su candorosa actitud y sustituido por
un carácter más real y sujeto a las terribles
reglas de un entorno que, al tiempo que no da tregua, abre espacios
de coexistencia incluso entre seres imaginarios que vivían
antes sólo de manera implícita y otros reales
que, un tanto cansados de verles siempre tan iguales, decidimos
adoptarles para que miren y vivan de cerca ese otro espacio
en donde el aire sí se ensucia, la virginidad se pierde
y la inocencia es como la jaula que tiene atrapado al maldito
Piolín en el cuadro que se llama "Gato encerrado".
No cabe duda: nadie es profeta en su cómic.
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