Respete las Señales. Obra de Antonio Luquín

Replica21

Santiago Espinosa de los Monteros

(o las venturas de una ciudad que se desparrama ella misma ya que el agua que antes
contenía ha desaparecido irremediablemente y ahora le ha quedado mucho lugar para extenderse…)

 

Antonio LuquínLos tentáculos del pulpo, 2000,
óleo sobre tela 80 x 100 cm.

Si es verdad que las ciudades y concentraciones urbanas han sido un tema socorrido por pintores y fotógrafos, también es cierto que su constatación por lo general se ubica más en la reconstrucción bucólica del entorno o en su mera exaltación como espacio ideal. Con sus formas y sus colores, su traza y su caos, nos cuenta un fragmento de la historia que se complementa, sin trabajo alguno, con la de las experiencias urbanas personales que todos tenemos en nuestro haber.

Desde hace algunos años el trabajo de Antonio Luquín ha viajado por la ciudad, se ha metido en ella, la ha recreado y la ha destruido, le ha hecho parecer un espacio cinematográfico y la ha adelantado varias decenas de años en lo que podría ser una suerte de predicción futurista que se respira de manera singular en sus trabajos. La destrucción del entorno urbano parecía profética sobre todo cuando tomaba como modelos a muchos de los edificios que aún están ahí, vivos, en uso y con su particular estética.

Existieron en los cuadros de Luquín muchas vertientes de lecturas no sólo urbanas, sino también plásticas. Su obra era un conjunto amplio de elementos que, al reunirse, proponían ese caos terriblemente abigarrado y en el que sucedían cosas al momento en que el espectador se enfrentaba a ellos: cascarones de automóviles antiguos volaban por los aires; los edificios se plegaban al suelo como si quisieran escuchar más de cerca a la ciudad; hordas de pingüinos turistas deambulaban por las calles en un paisaje glaciar; enormes rocas y tanques metálicos amenazaban con caer y aplastarlo lo poco que aún quedara en pie.

Antonio LuquínPantitlán transfer 1,2000,
óleo sobre tela 105 x 90 cm.

A su modo y con sus medios, hizo un homenaje a la ciudad. Fueron pocos los que entendieron eso, al grado que hubo quien le envió cartas solicitándole explicaciones de porqué había utilizado en uno de sus cuadros este o aquel edificio, e inquiriéndolo sobre cuáles eran los motivos por los que utilizaba el emblema arquitectónico de tal o cual despacho para con él ilustrar el caos urbano en que vivimos. Luquín respondió en su momento a quienes le inquirieron, pero no sólo por escrito, sino produciendo más obra, seleccionando más edificios, más espacios urbanos que a su ojo le decían que eso que tenía delante de sí, debía ser constatado y plasmado en un cuadro. En esta época, la luz era sórdida, casi no existía, había un sol que no llegaba, los edificios eran caóticos; la ciudad también porque tampoco recibía luz. Había un sol fatigado, cansado de alumbrar lo que ya no le reflejaba. Ahora todo está iluminado, hay luz, un sol que toca sin problema la ciudad que aparece como estrenando espacios en su periferia.

Lo último de la producción de Luquín nos muestra una ciudad que pocas veces nos detenemos a mirar. Si antes inventó espacios urbanos a partir de realidades que él deformaba para hacerlas caóticas y a un tiempo dejarlas reconocibles, ahora nos enfrenta a una parte de la ciudad que en su vastedad, en su amplitud y en su involuntaria ironía, nos dice también mucho de esas extensiones que hemos ido ganando. O ¿debería decir perdiendo?

En este punto no es posible dejar de lado el gran sentido de humor y vena crítica de Luquín. Los títulos que ha dado a sus obras son prueba de este sarcasmo. La serie de los Transfer es si acaso una evocación directa no sólo al libro de John Dos Pasos "Manhatan Transfer" y de manera tangencial al grupo de cantantes que llevaba ese nombre, sino también a los enormes puentes neoyorquinos hoy célebres por su ingeniería y por las historias a que han dado lugar.

Antonio LuquínAv.Hangares s/n, 2000. óleo sobre tela
80 x100 cm.

Antonio LuquínAutopista Texcoco-Chernobyl, Km 18,
2000, óleo sobre tela 120 x 150 cm.

Estos "transfers" no son ni libros ni canciones ni están en Nueva York. Para salir de dudas y entrar a realidad, son la serie de los "Pantitlán Transfer"... En ellos Luquín retrata los puentes vehiculares que han inundado las zonas conurbadas de la ciudad de México con su imponente estructura y, en algunos casos, hasta con dejos de una búsqueda estética más ingenieril que arquitectónica que delatan los ojos de quienes los han edificado. Como ejemplo de esto está "Pantitlán Transfer 3", en donde Luquín descubre una perforación gigante que va de una estructura a otra, cruzando el puente de lado a lado por la parte inferior. El puente, cierto, ahí está, pero es Luquín el que lo rescata y en su pintura, lo repropone.

No estamos ya en la ciudad lacustre que tan bellamente nos describió Bernal Díaz del Castillo. Cinco siglos después algunos arquitectos la siguen añorando y buscan afanosamente volver a ella como única solución al problema de la sequía. Es por ello que la exposición se llama "El fondo desecado del lago" en directa alusión a la vida lacustre de la ciudad de México que ya no existe más.

La ciudad de la que nos habla Luquín es esa urbe nueva, la de los grandes espacios, la monumental e implacable por sus vacíos y sus grandes zonas hasta hace poco libres de la mano del hombre y hoy tomadas para guardar o sostener lo que ya no necesitamos o que podríamos, potencialmente, reciclar. Son los últimos predios a la vista, los que están en internet para subastarse o verse como se mira el "peep show" urbano: con interés morboso de ser testigo de lo que agoniza y se renueva: "ultimopredio.com", "predio1.com" son sólo dos de las direcciones de navegación que nos llevarán, directo y sin escalas, a la ciudad insólita que aún delante de nosotros, nos pasa las más de las veces desapercibida.

Acostumbrados por años a que todo es desechable, hemos decidido guardar los enormes restos de los camiones cisterna para potencialmente reutilizarlos en fundiciones nuevas, venderlos por kilo o tal vez sólo dejarlos ahí para que Luquín los pinte con su impecable factura. Decenas, cientos de veces hemos pasado junto a la caja abandonada del camión de volteo o el viejo Volvo de los años sesenta que sus dueños se obstinan en conservar en el terreno baldío frente a su casa. La estética rescatada en los cementerios de "pipas", cobra en manos de Luquín un sentido singular y se convierten en el objeto recién rescatado al tiempo que marca su destino irremediable: "Carretera Texcoco - Chernobyl"

Antonio LuquínMinarete en el desierto 2, 2000,
óleo sobre tela 60 x 40 cm.

Esa colección de objetos en desuso, esas señales de movimiento hoy detenido, son los objetos que narran la nueva megalópolis en la que vivimos. "Obedezca las señales" es la profecía patibularia, junto a la carretera que nos mete o saca de la monstruosa ciudad. Esas señales son los puentes "transfer", los tinacos minaretes a los que los modernos fundamentalistas suben a llamar a los fieles a rezo; la nueva zona habitacional de interés social agazapada detrás de un conjunto de árboles solidarios. Esas son en realidad las señales que deben obedecer la avioneta vista a medias y el enorme avión Delta estacionado en el aeropuerto; los grafiteros ausentes y los autos que no quisieron posar para Luquín; los dueños del remolque abandonado que ahora da cuenta del "Pequeño Sarajevo" que es nuestro entorno.

Esa es la nueva ciudad que, asombrados, estrenamos de a poquito en poquito todos los días, 'sin prisa pero sin pausa' hasta que el paisaje muda, se deforma, lo plano se habita. ¿A quién se le han arrancado estas tierras? Nos devoramos a nosotros mismos y nos comemos las entrañas de un paisaje que nos reflejaba en su quietud hoy alterada.

Solicito a quien mire la muestra que haga un recorrido memorioso por las fragancias urbanas recibidas en los últimos años y complete las visiones. Así los puentes de Pantitlán, las pipas abandonadas, el lago seco, el aeropuerto, olerán a diesel, productos químicos y preponderantemente el dulzón olor del gas; turbosina combinado con estiércol de las tres o cuatro rancherías que se han quedado atrapadas en la vastedad de la megalópolis. Eso es sólo una parte de lo visual de esto que es "El fondo desecado del lago". Por lo demás baste, insisto, con respetar las señales.

 

El Fondo Desecado del Lago/  exposición Galería Praxis Junio 2000

 

 

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Fecha de publicación: 10.06.2000