| Respete las Señales.
Obra de Antonio Luquín |
(o las venturas de una ciudad que se
desparrama ella misma ya que el agua que antes contenía
ha desaparecido irremediablemente y ahora le ha quedado
mucho lugar para extenderse
)
Si es verdad que las ciudades y concentraciones
urbanas han sido un tema socorrido por pintores y fotógrafos,
también es cierto que su constatación
por lo general se ubica más en la reconstrucción
bucólica del entorno o en su mera exaltación
como espacio ideal. Con sus formas y sus colores, su
traza y su caos, nos cuenta un fragmento de la historia
que se complementa, sin trabajo alguno, con la de las
experiencias urbanas personales que todos tenemos en
nuestro haber.
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Desde hace algunos años el trabajo de Antonio Luquín
ha viajado por la ciudad, se ha metido en ella, la ha recreado
y la ha destruido, le ha hecho parecer un espacio cinematográfico
y la ha adelantado varias decenas de años en lo que podría
ser una suerte de predicción futurista que se respira
de manera singular en sus trabajos. La destrucción del
entorno urbano parecía profética sobre todo cuando
tomaba como modelos a muchos de los edificios que aún
están ahí, vivos, en uso y con su particular estética.
Existieron en los cuadros de Luquín muchas vertientes
de lecturas no sólo urbanas, sino también plásticas.
Su obra era un conjunto amplio de elementos que, al reunirse,
proponían ese caos terriblemente abigarrado y en el que
sucedían cosas al momento en que el espectador se enfrentaba
a ellos: cascarones de automóviles antiguos volaban por
los aires; los edificios se plegaban al suelo como si quisieran
escuchar más de cerca a la ciudad; hordas de pingüinos
turistas deambulaban por las calles en un paisaje glaciar; enormes
rocas y tanques metálicos amenazaban con caer y aplastarlo
lo poco que aún quedara en pie.
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Los tentáculos del pulpo, 2000 óleo
sobre tela 80 x 100 cm
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Pantitlán transfer 1,2000
óleo sobre tela 105 x 90 cm.
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A su modo y con sus medios, hizo un homenaje a
la ciudad. Fueron pocos los que entendieron eso, al grado que
hubo quien le envió cartas solicitándole explicaciones
de porqué había utilizado en uno de sus cuadros
este o aquel edificio, e inquiriéndolo sobre cuáles
eran los motivos por los que utilizaba el emblema arquitectónico
de tal o cual despacho para con él ilustrar el caos urbano
en que vivimos.
Luquín respondió en su momento a quienes le inquirieron,
pero no sólo por escrito, sino produciendo más obra,
seleccionando más edificios, más espacios urbanos
que a su ojo le decían que eso que tenía delante
de sí, debía ser constatado y plasmado en un cuadro.
En esta época, la luz era sórdida, casi no existía,
había un sol que no llegaba, los edificios eran caóticos;
la ciudad también porque tampoco recibía luz. Había
un sol fatigado, cansado de alumbrar lo que ya no le reflejaba.
Ahora todo está iluminado, hay luz, un sol que toca sin
problema la ciudad que aparece como estrenando espacios en su
periferia. |
Lo último de la producción de Luquín
nos muestra una ciudad que pocas veces nos detenemos a mirar.
Si antes inventó espacios urbanos a partir de realidades
que él deformaba para hacerlas caóticas y a un tiempo
dejarlas reconocibles, ahora nos enfrenta a una parte de la ciudad
que en su vastedad, en su amplitud y en su involuntaria ironía,
nos dice también mucho de esas extensiones que hemos ido
ganando. O ¿debería decir perdiendo?
En este punto no es posible dejar de lado el gran sentido de humor
y vena crítica de Luquín. Los títulos que
ha dado a sus obras son prueba de este sarcasmo. La serie de los
Transfer es si acaso una evocación directa no sólo
al libro de John Dos Pasos "Manhatan Transfer" y de
manera tangencial al grupo de cantantes que llevaba ese nombre,
sino también a los enormes puentes neoyorquinos hoy célebres
por su ingeniería y por las historias a que han dado lugar.
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Estos "transfers" no son ni libros
ni canciones ni están en Nueva York. Para salir de dudas
y entrar a realidad, son la serie de los "Pantitlán
Transfer"... En ellos Luquín retrata los puentes
vehiculares que han inundado las zonas conurbadas de la ciudad
de México con su imponente estructura y, en algunos casos,
hasta con dejos de una búsqueda estética más
ingenieril que arquitectónica que delatan los ojos de
quienes los han edificado. Como ejemplo de esto está
"Pantitlán Transfer 3", en donde Luquín
descubre una perforación gigante que va de una estructura
a otra, cruzando el puente de lado a lado por la parte inferior.
El puente, cierto, ahí está, pero es Luquín
el que lo rescata y en su pintura, lo repropone.
No estamos ya en la ciudad lacustre que tan bellamente nos
describió Bernal Díaz del Castillo. Cinco siglos
después algunos arquitectos la siguen añorando
y buscan afanosamente volver a ella como única solución
al problema de la sequía. Es por ello que la exposición
se llama "El fondo desecado del lago" en directa
alusión a la vida lacustre de la ciudad de México
que ya no existe más.
La ciudad de la que nos habla Luquín es esa urbe
nueva, la de los grandes espacios, la monumental e implacable
por sus vacíos y sus grandes zonas hasta hace poco
libres de la mano del hombre y hoy tomadas para guardar o
sostener lo que ya no necesitamos o que podríamos,
potencialmente, reciclar. Son los últimos predios a
la vista, los que están en internet para subastarse
o verse como se mira el "peep show" urbano: con
interés morboso de ser testigo de lo que agoniza y
se renueva: "ultimopredio.com", "predio1.com"
son sólo dos de las direcciones de navegación
que nos llevarán, directo y sin escalas, a la ciudad
insólita que aún delante de nosotros, nos pasa
las más de las veces desapercibida.
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Av.Hangares s/n,2000 óle
sobre tela 80 x100 cm

Autopista Texcoco-Chernobyl, Km 18,
2000 óleo sobre tela 120 x 150 cm
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Acostumbrados por años a que todo es desechable, hemos
decidido guardar los enormes restos de los camiones cisterna para
potencialmente reutilizarlos en fundiciones nuevas, venderlos
por kilo o tal vez sólo dejarlos ahí para que Luquín
los pinte con su impecable factura. Decenas, cientos de veces
hemos pasado junto a la caja abandonada del camión de volteo
o el viejo Volvo de los años sesenta que sus dueños
se obstinan en conservar en el terreno baldío frente a
su casa. La estética rescatada en los cementerios de "pipas",
cobra en manos de Luquín un sentido singular y se convierten
en el objeto recién rescatado al tiempo que marca su destino
irremediable: "Carretera Texcoco - Chernobyl"
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Esa colección de objetos en
desuso, esas señales de movimiento hoy detenido, son los
objetos que narran la nueva megalópolis en la que vivimos.
"Obedezca las señales" es la profecía
patibularia, junto a la carretera que nos mete o saca de la monstruosa
ciudad. Esas señales son los puentes "transfer",
los tinacos minaretes a los que los modernos fundamentalistas
suben a llamar a los fieles a rezo; la nueva zona habitacional
de interés social agazapada detrás de un conjunto
de árboles solidarios. Esas son en realidad las señales
que deben obedecer la avioneta vista a medias y el enorme avión
Delta estacionado en el aeropuerto; los grafiteros ausentes y
los autos que no quisieron posar para Luquín; los dueños
del remolque abandonado que ahora da cuenta del "Pequeño
Sarajevo" que es nuestro entorno.
Esa es la nueva ciudad que, asombrados,
estrenamos de a poquito en poquito todos los días, 'sin
prisa pero sin pausa' hasta que el paisaje muda, se deforma, lo
plano se habita. ¿A quién se le han arrancado estas
tierras? Nos devoramos a nosotros mismos y nos comemos las entrañas
de un paisaje que nos reflejaba en su quietud hoy alterada.
Solicito a quien mire la muestra
que haga un recorrido memorioso por las fragancias urbanas recibidas
en los últimos años y complete las visiones. Así
los puentes de Pantitlán, las pipas abandonadas, el lago
seco, el aeropuerto, olerán a diesel, productos químicos
y preponderantemente el dulzón olor del gas; turbosina
combinado con estiércol de las tres o cuatro rancherías
que se han quedado atrapadas en la vastedad de la megalópolis.
Eso es sólo una parte de lo visual de esto que es "El
fondo desecado del lago". Por lo demás baste, insisto,
con respetar las señales.
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