La obra de la artista nacida en Kansas es ya parte del medio mexicano. Por su contenido, por su inclinación a la narración, el uso de fotografías como base de su trabajo, y la reinterpreta ción que hace de la familia y la sensualidad femenina, la pintura y dibujo de Carla son imprescindibles para comprender el arte mexicano de los 80 y los 90.
En esta ocasión los ecos de las imágenes nos llevan a las imágenes que recuerdan a aquellas que fotografiara Lewis Carroll el siglo pasado en Inglaterra. Las obras demuestran los intereses temáticos de la artista, que integra retratos de niños y niñas soñadores, inocentes, con imágenes de un jardín exuberante, y dibujos femeninos de mujeres que descubren su cuerpo. Exaltaciones de la infancia, con el misterio dibujado en la cara, afirmaciones de una identidad que va más allá del tiempo o las fronteras políticas.
Carla Rippey y un nutrido grupo de fotógrafas mexicanas han explorado la sensualidad femenina, sus diferentes papeles en la vida doméstica y la interioridad. La intimidad de la vida privada, el calor de la piel y la calidez de la mirada son las constantes que Carla ha incorporado a la visión femenina del arte.