Velázquez: A 400 años de su nacimiento

Replica21

Pedro Jesús Fernández

El día 6 de junio de 1599 nacía en Sevilla el más importante pintor de todos los tiempos, Diego de Silva y Velázquez, de quien se conmemora ahora el cuarto centenario con dos exposiciones antológicas irrepetibles en Sevilla y Madrid.

Diego VelázquezLas Lanzas o La rendición de Breda (1634).

Velázquez es un pintor inquietante. De un lado, fue un hombre frío, distante, impenetrable y hasta hermético y de otro, se trata del "el pintor de la verdad" en la más amplia acepción del termino. Alguien capaz de sentir, captar y traducir al lienzo cualquier materia, cualquier detalle, convirtiéndolo en un objeto luminoso y palpable. Desde un punto de vista popular, esta percepción de la maestría de Velázquez es tan notable que ha dado lugar a la increíble paradoja de escucharse a menudo ante ciertos atardeceres madrileños que el cielo tiene colores velázqueños. La frase es interesante. Cuando los madrileños, al mirar las cumbres de la sierra de Guadarrama, sienten esas tonalidades como algo visto en una pintura de Velázquez y comentan que "son sus colores", no sólo emiten el mayor elogio que  probablemente pueda recibir un pintor, sino que de alguna manera están poniendo el dedo en la llaga.

Para empezar, porque siendo un artista desinteresado por la naturaleza, Velázquz acredita una capacidad tan portentosa para trasladar al lienzo la atmósfera que el pueblo ha elaborado inconscientemente una analogía mediante la cual son las montañas, las nubes y el sol del crepúsculo los que imitan a Velázquez, anticipando un compromiso estético que Oscar Wilde reflejaría dos siglos después en una de sus deliciosas frases: "la naturaleza imita al arte". Menos equivoco, Teophile Gautier sentía algo similar al exclamar ante las Meninas: "¿Pero donde está el cuadro?", como si ese lienzo que tenía frente a él no fuera un cuadro sino un trozo de vida. Pero el dicho popular contiene además una verdad esencial para comprenderlo. En efecto, lo primero que quiso Velázquez fue plasmar lo visible con toda la perfección posible. Pero una vez conseguido (tenía apenas veinte años cuando pintó el Aguador de Sevilla), dedicó el resto de su vida a una empresa mucho más difícil: plasmar no sólo lo visible, sino también su visión de lo visible, llenando sus cuadros de sugerencias y discursos elaborados a través de dobles y hasta triples mensajes. Y todo ello sin renunciar un ápice a la perfección previa. De ahí la lógica de esa doble lectura aparentemente contradictoria que enfrenta su enorme facilidad de comunicación con su distancia. Hagánlo. Únicamente es preciso mirar con algún detalle cualquiera de sus obras. Al hacerlo, si visualizamos únicamente lo que está representado, no cabe duda que sus figuras y temas son fáciles de comprender.

Diego VelázquezLas Meninas (1656).

Pero si se desea avanzar un poco más, si se consigue superar la superficie de la tela para penetrar en sus verdaderas preocupaciones, se comprueba lo contrario, y de la misma manera que al pintar el aire (la atmósfera, la tercera dimensión( consigue degradar los tonos para dejar las formas abiertas a la luz, sin cortornear, ni subrayar; también sus mensajes están cargados de intenciones ocultas y deambulan entre insinuaciones y medias verdades, mezclando comentarios eruditos y retóricos con simples advertencias y moralejas. Aunque hay ejemplos por docenas, basta con reseñar uno de los mecanismos favoritos del pintor sevillano, los espejos, para comprender su posición como artista. Porque es ahí, justo donde su teórico realismo debería ser más objetivo (el espejo no juzga, solo reproduce( cuando se rebela frente al naturalismo, alterando las leyes de la reflexión, penetrando y distorsionando, jugando a enfrentar la reproducción fiel de la mayoría de sus objetos con reflejos falsificados. Así, ni el de la Venus del Espejo puede reflejar la cara de la Venus (por otro lado tan contradictoria con la perfección del cuerpo(, ni el del fondo de las Meninas debería mostrar a los reyes asistiendo a su cuadro. Ejemplo paradigmatico del gran arte, del que ofrece varias lecturas, y en cada una de ellas se expresa con el mismo nivel de perfección, Velázquez es uno de los pintores más complejos de la historia. No es casual que su naturalidad, su realismo, nos pasmen de la manera en que lo consigue, ni tampoco que Manét le describiera como "el pintor de los pintores". De hecho su normalidad es una mera apariencia.

Si otros pintores tratan de un modo teatral y retórico sus temas, por debajo de ese Velázquez que parece ser simplemente el gran retratista de la realidad, trasuntan los discursos más refinados y ocultos; sólo él fue capaz de esconder, bajo el aspecto inacabado y aparentemente neutro de sus cuadros, las verdades mas profundas. Y de ahí que exija al espectador un enorme esfuerzo para comprender sus inquietudes y obsesiones, o más simplemente, desentrañar sus mensajes. Y es que Velázquez, al elegir agazaparse tras sus lienzos, no sólo anticipaba el ideal estético de Flaubert, según el cual, el yo creador debe quedar absorto en la creación, sino que actuaba como el otro gran solitario del Siglo de Oro español, Cervantes.

Por debajo de los cuadros de Velázquez o las páginas del Quijote subyace un mismo afán: perseguir la ilusión de lo real, lo verosímil, lo que es más verdadero aún que la verdad. Hoy está claro, si el Quijote no fuera sino un trozo de vida copiado de la realidad estaría anticuado desde que se escribió, también lo está que las Meninas sea mucho más que una instantánea de la familia real o las Hilanderas un apunte del natural de la fabrica de tapices de Santa Bárbara.  De esta manera, pudo convertir su pintura en un propósito mental, como si quisiera decirnos: "Los objetos existen únicamente en la imaginación, y como fenómenos ópticos, son simples portadores de luz y color".

Diego VelázquezLa fragua de Vulcano (1630).

Diego VelázquezLas hilanderas (16489.

 

Comentarios

Comenta esta nota.
Envía tu mensaje en la sección CONTACTO

 

Fecha de publicación: 20.02.2001