Velázquez: A 400 años
de su nacimiento
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El
día 6 de junio de 1599 nacía en Sevilla
el más importante pintor de todos los tiempos,
Diego de Silva y Velázquez, de quien se conmemora
ahora el cuarto centenario con dos exposiciones antológicas
irrepetibles en Sevilla y Madrid.
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Velázquez es un pintor inquietante. De
un lado, fue un hombre frío, distante, impenetrable y hasta
hermético y de otro, se trata del "el pintor de la
verdad" en la más amplia acepción del termino.
Alguien capaz de sentir, captar y traducir al lienzo cualquier
materia, cualquier detalle, convirtiéndolo en un objeto
luminoso y palpable. Desde un punto de vista popular, esta percepción
de la maestría de Velázquez es tan notable que ha
dado lugar a la increíble paradoja de escucharse a menudo
ante ciertos atardeceres madrileños que el cielo tiene
colores velázqueños. La frase es interesante. Cuando
los madrileños, al mirar las cumbres de la sierra de Guadarrama,
sienten esas tonalidades como algo visto en una pintura de Velázquez
y comentan que "son sus colores", no sólo emiten
el mayor elogio que probablemente pueda recibir un pintor,
sino que de alguna manera están poniendo el dedo en la
llaga.
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Las Lanzas o La rendición
de Breda (1634)
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Las Meninas (1656)
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Para empezar, porque siendo un artista desinteresado
por la naturaleza, Velázquz acredita una capacidad tan
portentosa para trasladar al lienzo la atmósfera que el
pueblo ha elaborado inconscientemente una analogía mediante
la cual son las montañas, las nubes y el sol del crepúsculo
los que imitan a Velázquez, anticipando un compromiso estético
que Oscar Wilde reflejaría dos siglos después en
una de sus deliciosas frases: "la naturaleza imita al arte".
Menos equivoco, Teophile Gautier sentía algo similar al
exclamar ante las Meninas: "¿Pero donde está
el cuadro?", como si ese lienzo que tenía frente a
él no fuera un cuadro sino un trozo de vida. Pero el dicho
popular contiene además una verdad esencial para comprenderlo.
En efecto, lo primero que quiso Velázquez fue plasmar lo
visible con toda la perfección posible. Pero una vez conseguido
(tenía apenas veinte años cuando pintó el
Aguador de Sevilla), dedicó el resto de su vida a una empresa
mucho más difícil: plasmar no sólo lo visible,
sino también su visión de lo visible, llenando sus
cuadros de sugerencias y discursos elaborados a través
de dobles y hasta triples mensajes. Y todo ello sin renunciar
un ápice a la perfección previa. De ahí la
lógica de esa doble lectura aparentemente contradictoria
que enfrenta su enorme facilidad de comunicación con su
distancia. Hagánlo. Únicamente es preciso mirar
con algún detalle cualquiera de sus obras. Al hacerlo,
si visualizamos únicamente lo que está representado,
no cabe duda que sus figuras y temas son fáciles de comprender. |
Pero si se desea avanzar un poco más, si se consigue superar
la superficie de la tela para penetrar en sus verdaderas preocupaciones,
se comprueba lo contrario, y de la misma manera que al pintar
el aire (la atmósfera, la tercera dimensión( consigue
degradar los tonos para dejar las formas abiertas a la luz, sin
cortornear, ni subrayar; también sus mensajes están
cargados de intenciones ocultas y deambulan entre insinuaciones
y medias verdades, mezclando comentarios eruditos y retóricos
con simples advertencias y moralejas. Aunque hay ejemplos por
docenas, basta con reseñar uno de los mecanismos favoritos
del pintor sevillano, los espejos, para comprender su posición
como artista. Porque es ahí, justo donde su teórico
realismo debería ser más objetivo (el espejo no
juzga, solo reproduce( cuando se rebela frente al naturalismo,
alterando las leyes de la reflexión, penetrando y distorsionando,
jugando a enfrentar la reproducción fiel de la mayoría
de sus objetos con reflejos falsificados. Así, ni el de
la Venus del Espejo puede reflejar la cara de la Venus (por otro
lado tan contradictoria con la perfección del cuerpo(,
ni el del fondo de las Meninas debería mostrar a los reyes
asistiendo a su cuadro. Ejemplo paradigmatico del gran arte, del
que ofrece varias lecturas, y en cada una de ellas se expresa
con el mismo nivel de perfección, Velázquez es uno
de los pintores más complejos de la historia. No es casual
que su naturalidad, su realismo, nos pasmen de la manera en que
lo consigue, ni tampoco que Manét le describiera como "el
pintor de los pintores". De hecho su normalidad es una mera
apariencia.
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Si otros pintores tratan de un modo
teatral y retórico sus temas, por debajo de ese Velázquez
que parece ser simplemente el gran retratista de la realidad,
trasuntan los discursos más refinados y ocultos; sólo
él fue capaz de esconder, bajo el aspecto inacabado y aparentemente
neutro de sus cuadros, las verdades mas profundas. Y de ahí
que exija al espectador un enorme esfuerzo para comprender sus
inquietudes y obsesiones, o más simplemente, desentrañar
sus mensajes. Y es que Velázquez, al elegir agazaparse
tras sus lienzos, no sólo anticipaba el ideal estético
de Flaubert, según el cual, el yo creador debe quedar absorto
en la creación, sino que actuaba como el otro gran solitario
del Siglo de Oro español, Cervantes.
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Las hilanderas (1648)
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La fragua de Vulcano (1630)
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Por debajo de los cuadros
de Velázquez o las páginas del Quijote subyace un
mismo afán: perseguir la ilusión de lo real, lo verosímil,
lo que es más verdadero aún que la verdad. Hoy está
claro, si el Quijote no fuera sino un trozo de vida copiado de la
realidad estaría anticuado desde que se escribió,
también lo está que las Meninas sea mucho más
que una instantánea de la familia real o las Hilanderas un
apunte del natural de la fabrica de tapices de Santa Bárbara.
De esta manera, pudo convertir su pintura en un propósito
mental, como si quisiera decirnos: "Los objetos existen únicamente
en la imaginación, y como fenómenos ópticos,
son simples portadores de luz y color". |
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