Jonathan Barbieri: Donde se Pierde el Alma

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Santiago Espinoza de los Monteros

Jonathan BarbieriJonathan Barbieri: El Rebozo rojo, 2001.

Tengo presente un viejo grabado que recuerdo me impactó especialmente. Es de José Guadalupe Posada. En él vemos dos personajes vestidos de manera andrajosa afuera de una cantina. Ambos sostenían en sus manos un tarro de pulque y, al tiempo que departían, brindaban enfundados en un cuerpo al que el alcohol ya le había causado algunos estragos.

Recuerdo esa imagen justamente porque encerraba una contradicción curiosa: los bebedores estaban a las puertas de la taberna, sobre la calle, no dentro del recinto en el que seguramente hubieran llevado a cabo las mismas acciones advertidas por el grabador. Había en esa imagen otra parte de la historia constatada. Y es por ello tal vez que a los años vista me regresa la escena, posiblemente porque en el fondo desearía que los personajes estuviesen dentro de la cantina, o tal vez acompañarles, aunque fuera de pie y en la banqueta… Creo que el trabajo pictórico de Jonathan Barbieri, no sólo por sus cualidades temáticas, toca de manera tangencial esa vieja escena en el grabado de principios de siglo al que me refiero. La diferencia estriba en que Barbieri, al ponernos como espectadores frente a quienes asisten a la cantina “La pierde almas” nos hace cómplices y parroquianos involuntarios de lo que ahí sucede.

Así, desnudos de alma, los presenta y los pone ante nuestros ojos como ni ellos mismos se ven entre sí. Tal vez no lo saben, pero son los dueños de un mundo que creyeron privado e íntimo y que ahora, pese a ellos tal vez, les tenemos en las manos como en otras tardes nos tuvo la vieja imagen de dos hombres, brindando en la vía pública, justo afuera de una cantina.

Jonathan BarbieriJonathan Barbieri: El Hijo del Pueblo, 2001.

Recuerdo que en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca estuvieron expuestas dos obras de Jonathan Barbieri. Su presencia ahí rompía con mucho de lo expuesto en esa ocasión. Se trataba de un par de trabajos cuya composición totalmente ortodoxa me recordaba algunas piezas de pintores flamencos. Dentro de este armazón interior, digamos que en apariencia “tradicional”, se desarrollan temas de gran actualidad como el que protagonizan siete personajes bebiendo en torno a una mesa. Uno de ellos por cierto, de cabello rojo, es a mi parecer tomado de un autorretrato del joven Picasso. De no ser así, es cuando menos una evocación no sé si voluntaria o accidental de la obra a que me refiero.

En la escena que se lleva a cabo en un bar, decía, está un hombre con un balazo en la sien, otro con un tajo abierto en el cuello, uno más al que se le han cubierto los ojos para conservar su identidad y otros más con las características ojeras con las que suelen representarse los cadáveres. Sobre ellos, una libélula / demonio / hombre ensangrentado vuela cerca de las aspas del ventilador al tiempo que cae sobre los parroquianos.
Como si fuese continuación de esa obra, estaba otra pieza en la que se aprecia una mesa con huesos humanos, una botella, un zapato, vasos de tequila, colillas y nadie sentado en ella. ¿Se han ido? No, más bien se han vuelto a morir. La desesperanza que me produjo esta pieza fue mayor y apuradamente se mitigó cuando conocí fotografías de algunas obras de Barbieri realizadas en épocas anteriores. Se trataba de trabajos de la primera mitad de la década de los noventa en los que los personajes seleccionados llevaban a cabo las más insólitas acciones posibles.

Jonathan BarbieriJonathan Barbieri: The attendant, 2001.

En esa serie de obras los personajes interactuaban en espacios cerrados y apenas abiertos por ventanas en las que los cuerpos se veían en ocasiones fragmentados. Sus posturas, los ambientes en los que habían sido situados, las corpulencias que denotaban individuos con una historia más de corte europeo o sajón replanteaban y trastocaban algunos de los patrones estéticos más afincados en el gusto norteamericano pero ahora en aparente franca desventaja espiritual y psíquica ante los observadores.

Las coyunturas y los relatos son absurdamente sugestivos. Dos hombres ríen a carcajadas (¿se burlan?) de un tercero que está frente a un micrófono, otro intenta alcanzar con una rama sin hojas la cabeza mutilada de un cerdo. Y las sillas, siempre las sillas a partir de las cuales se suceden las historias de sedentarismo mientras alguien las ocupa o de acción al verlas abandonadas, ausencia de la cordura de quien no pudo mantenerse en ellas para sobrellevar un infierno interior y cremarse en él o un paraíso por el cual andar a placer. Un hombre corre a su derecha como si quisiera escapar de la escena. Mientras sus ojos tocan algún punto fuera de la composición en la que desde hace tanto ella convive con su singular mascota, una mujer tiene delante a un pequeño mono atado a su silla.

Jonathan BarbieriJonathan Barbieri: Vencidas, 2001.

Pero pocas imágenes tan inquietantes como The Attendant (1991). Dentro de un espacio delimitado por tres muros visibles, un hombre al centro de la escena trapea con un mechudo un suelo de brutales trazos de pincel que sus pies descalzos parecerían tratar de apaciguar. Detrás de él un hombre sentado está encorvado de cara al muro, sin mirarlo. A la derecha de la figura principal, en la pared, una pequeña ventana sirve de marco para el rostro de un hombre que mira con atención desde afuera a quien realiza la faena del aseo. En primer plano, frente a nosotros, una silla vacía.

Como en el grabado de principios de siglo con dos hombres en la acera fuera de la cantina, la obra de Barbieri contiene también una fuerte carga de exterioridad. Me refiero a las situaciones que se dan en su obra y de la que sus personajes son los protagonistas; al verles instalados en una melancolía profunda, en la locura galopante de una mirada ida, en la risa desbocada, en sus heridas sangrantes, sus peleas, los juegos de pulso o simplemente bebiendo, descubrimos que esa aparente intimidad descubierta deja de serlo para convertirse en evidencia de lo ahora externo. Se ha mutado lo intrínseco por los extrínseco, el adentro y el afuera tienen entre sí la clara frontera de lo que se convirtió en evidencia.

Este tipo de estructura interior en la obra de Barbieri se repite con frecuencia en las obras de la serie “La pierde almas”. En ella encontramos al igual que en sus trabajos anteriores una ordenación netamente escenográfica en la que nadie estorba la vista del otro. Todo es visto; cada cual hace su papel sin interrumpir al de junto. Aunque esto parecería sólo un recurso formal de composición, va mucho más allá de la estricta necesidad estructural de la obra para situarse en una urgencia expresiva del Barbieri como autor, pero sobre todo como preciso y discreto observador de espacios, en este caso, de una cantina.

Vale apuntar aquí la estrecha relación del boceto con la obra definitiva que, en muchos casos, ha nacido de apuntes al natural. Tal es el caso por ejemplo de “Vencidas”, pieza que nació de un apunte realizado sobre pergamino y cuya delicadeza no resta fuerza a la escena que en él se constata. Aunque por necesidad del recurso pictórico y por evolución y modificación lógica de una idea en el transcurso de su realización, “Vencidas” sufrió cambios. Dos claros ejemplos son el cuervo que es estrujado por el personaje del lado izquierdo mientras juega con su contrincante; el bombillo de luz que ha sido sustituido por un círculo rojo que ahora indica más la presencia de una zona de fuerza que una fuente lumínica; los personajes del fondo han sido también mutados y en todos los casos cambiadas sus posturas.

Parecería fría esta lectura casi analítica, sin embargo, es imprescindible para el entendimiento de la manera particular en la que Jonathan Barbieri aborda su obra. Si bien ahora cuando se ponen sobre el banquillo de los acusados las técnicas y maneras tradicionales de acercarse a la pintura (y a la pintura misma…), encontramos que un importante contingente de creadores visuales abordan su cotidianidad expresiva de esta manera. Y más allá, aquello que ven, eso que nos hacen ver, lo que dicho con su lenguaje nos comparten, son momentos de una vida constatada y que ahora como espectadores nos tocan. Da lo mismo si conocemos la cantina “La pierde almas”, más aún si somos parroquianos de ella o de cualquier otra; lo que importa es que a través de la obra de Barbieri somos una suerte de testigos de privilegio que por su conducto nos acercamos a ese mundo que plásticamente está en su obra constatado con su personal lenguaje.

Jonathan BarbieriJonathan Barbieri: El Borracho con
Ángel Guardián
, 2001.

Aunado a él, los trabajos literarios de Ulises Torrentera y Guillermo Fadanelli ponen el énfasis en esa otra vertiente progenitora de las urban legends que al poco de ser acuñadas se convierten en historias incuestionables. Ya nadie pone en tela de juicio aquello que por medio de la literatura se ha contado. Si era historia, tenía el pecado de origen de haber sido puesta en los oídos de los demás por algún reconstructor de hechos. Pero es creación y por ello su verdad está intrínseca en cada línea.

¿Alguien duda que el ángel guardián del bebedor exista realmente? Las imágenes, como las palabras que acompañan esta historia, tienen tanta corpulencia como los recuerdos que podamos tener de largas horas en una cantina. Recuperada la memoria, sé que el alma regresa a su lugar y viaja como sobre dos caballos galopando juntos. Creación paralela, imágenes y palabras tejen una historia que levanta de manera solemne un acta de extravío del alma. Nada mejor para dar con ella que ir directo al sitio en el que la vimos por última vez.

 

 

 

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Fecha de publicación: 10.12.2001