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Mira lo que ví (o
los mejores momentos de la Pesadilla Azteca)
Obra de Hervé Di Rosa
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"Cuál
sería mi asombro al descubrir, en mis primeras
visitas a México, aquellos
maravillosos anuncios pintados, y las fachadas decoradas
de los comercios". (1)
Hervé Di Rosa.
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Cuando veo a Hervé Di Rosa desplazarse dentro de su
casa me produce la sensación de que, en cierta manera,
viaja nerviosamente de un país a otro. Francés,
hablando un español que día a día se perfecciona,
Hervé prefiere no tomar asiento durante las reuniones.
Tal vez con los años aprendió que levantarse y
sentarse con tanta frecuencia es más cansado que quedarse
de pie y poder así rápidamente ir por un libro,
contestar el teléfono, servir un vaso de agua de jamaica
o desnudar la correspondencia.
Todo esto sin dejar de hablar, de hacer preguntas, de verter
ideas y de contar anécdotas salpicadas de varias lenguas;
y es que así le han sucedido a él las cosas. Mientras
muestra imágenes de trabajos suyos hechos en los años
anteriores, su voz está siempre detrás de cuanta
pieza ha realizado en otros países. Afloran paisajes,
pinturas halladas en muros de un barrio, se mezclan en la misma
jerarquía la arena del desierto, las figuras de Ocumicho
y los iconos rusos. Es por eso que visitar la casa de Hervé
Di Rosa es visitar el mundo.
Obra gráfica, telas, piezas hechas minuciosamente con
cables telefónicos, exvotos, Judas y Saras, viejos carteles
de cine, baratijas aún en los exhibidores de cartón,
putitas de Oaxaca y cientos de figuras más habitan a
su lado. Su peculiar antología me remite siempre a los
dibujos de historietas, a los fantásticos monstruos que
se inventan en la niñez, y no sólo esa invención
me atrae, sino la mirada fresca retenida desde sus primeros
años de dibujante. La enorme "Pesadilla Azteca"
vigila todo en su casa, llena de personajes bajo su aterrador
dominio, todos los que cupieron en el reducidísimo espacio
de una tela de apenas dos por dos metros.
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Al mirar la obra reproducida en los más de diez
libros que se han editado a partir de su trabajo, se entiende
buena parte de aquello que él ha escogido para que lo acompañe
por la vida. No es gratuito que en su obra exista ese trazo casi
humorístico que nos presenta personajes con estructuras
dibujísticas más propias de los comics que del dibujo
académico y ortodoxamente estructurado.
En la segunda mitad de la década de los setenta, apareció
la familia de Les Renés, personajes nacidos todos de la
imaginación más desbocada. A mediados de los ochenta
Di Rosa los retira de su obra pictórica, hasta que entre
1998 y 2002 reaparecen en el dibujo animado que Hervé creó
y realizó junto a un enorme equipo técnico televisivo.
Es la primera vez que un artista contemporáneo crea un
dibujo animado en el esquema de las exigentes producciones que
imponen las televisoras a quienes diseñan programas para
ellas. Se trató de 26 episodios de 26 minutos cada uno.
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Producida por Carrère y el afamado Canal
Plus de Francia, esta serie está orientada originalmente
para púberes y adolescentes, por lo que es generosa tanto
en actitudes sexuales de la cotidianeidad de un grupo de camaradas,
como en un lenguaje coloquial y audaz. Desde entonces no había
regresado la familia de Les Renés a la producción
plástica de Hervé, sino hasta ahora que los encontramos
habitando aventuradamente los árboles de la vida de Metepec.
Ese regreso, en un juego estructural y conceptual completamente
distinto al que los trajo al mundo, les confiere nueva vigencia
como creaciones que el autor, reiteradamente, ha mantenido en
su trayectoria.
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Ya varios autores han documentado los años
previos a su estancia mexicana, así como las andanzas de
este creador y su producción en los sitios que le han albergado.
De entre todas aquellas palabras que sobre él se han escrito,
rescato, por su precisión en el relato del trabajo de Di
Rosa y de su actitud ante el mundo, las de Michel Bonneau, director
de ESTHUA, de la Universidad de Angers: "Cuando conocí
a Hervé Di Rosa tuve el sentimiento inmediato de su actitud
de artista abierto al mundo, de su curiosidad por las otras culturas,
de la atención que brinda a las minorías, al extranjero,
al viajero. En su diversidad, la obra de Hervé Di Rosa,
originada en sus viajes y sus intercambios en los cuatro puntos
cardinales, ilustra perfectamente el encuentro entre las culturas
y el respeto del otro en su diferencia; en una palabra, su vocación
de reconocer la alteridad como valor, su mirada sobre el mundo
me parecieron acordes a nuestros objetivos". (2)
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Sin duda alguna, señalar su vena de creador
incluyente le ubica en una de las posturas más singulares
de la producción plástica contemporánea.
Y esa actitud de abrazar el entorno y hacerlo propio le ha obligado
a ser de una sola vez pintor marginal y de la marginalidad. Ahí
está su perspicacia. En sus trayectos se advierte que la
elección geográfica lo ha mantenido alejado de los
grandes y glamorosos centros de producción plástica
–o que al menos no lo son en el sentido que marcan las directrices
absolutistas de las ferias, las grandes corrientes comerciales
o los curadores de moda.
Está en cambio profundamente cerca de los
otros espacios, aquéllos cuya cultura milenaria les ha
permitido crear una estética propia, o bien adecuar algunas
maneras de ver ajenas a las suyas y tamizar para sí las
propuestas de los países de los que se importan arquetipos
que vienen siendo, a final de cuentas, digeridos de distinta manera
en cada sitio al que arriban. Di Rosa tiene muy claro que aquello
que sucede en los mercados, en las casas de los barrios, en el
interior de un taxi, en el portal colorido de un puesto de revistas
y en las paredes de la improvisada taquería sobre la acera
de una calle transitada, es justamente lo que más le dice
de ese lugar en el que se encuentra.
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La periferia de pronto pasa a ser, en el ojo de
Hervé Di Rosa, el centro. Es a su interés al que
llama poderosamente la atención esa forma singular de adecuar
para sí la información visual del entorno. Digamos
que la Iconósfera (3) es asimilada por él al retomar
no sólo los colores, los estilos y hasta la manera de decir
con todo eso que llega a sus manos, sino también al procesar
de manera sustancial esa información para contar con ella,
en su lenguaje y con sus reglas (aderezadas de su singular sentido
del humor), las historias de las que nadie se quiere enterar.
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Como ejemplo de esto tenemos "Casa
y Gente", en abierta referencia no exenta de ironía
a la elegante y exclusiva publicación mensual "Casas
y Gente", en la que por lo regular se pasa lista a-todo-color-y-con-buen-papel
a los más exquisitos espacios habitados por el jet set
y a las maneras sofisticadas (generalmente costosas) de llevar
su vida. El cuadro de Hervé en cambio nos da cuenta de
un atraco en una casa habitación satirizando abiertamente
una de las más terribles realidades de la megalópolis
mexicana. Al igual que esta obra, "Asalto en Taxi" y
"Asalto a la camioneta lujosa" se alejan temáticamente
de las preocupaciones de la mayoría de los creadores mexicanos
contemporáneos (o residentes en el país), quienes
han preferido dejar de lado uno de los tópicos más
relevantes en las preocupaciones de la sociedad mexicana, que
son justamente la incontrolable delincuencia y la inseguridad
ciudadana. (4) Y así como atiende los asuntos de una realidad
cruda y depauperada, rescata para sí lo que para muchos
es un arte menor: la artesanía. Di Rosa se extraña
de que los artistas mexicanos no hayan echado mano de modo frecuente
de esa riqueza para incorporarla a su obra. Sin duda, por ello
México ha sido una de las sedes que de manera más
especial y directa ha tocado su trabajo. Hervé ha coqueteado
con esas imágenes y al mismo tiempo eligió entablar
un diálogo con ellas. En esa elección se encuentran
las expresiones más puras de la imaginería colectiva
con las que ha intimado, y a las que se acerca siempre con el
respeto que siente por algunas de las expresiones populares más
arraigadas en México. (5)
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Tal vez uno de los ejemplos más elocuentes de esto es
la utilización de los marcos de Olinalá (6) hechos
ex profeso para sus obras. Él mismo ha dicho: "Son
más importantes los marcos que las obras; la pintura
es rápida, es una obra rápida, pero los marcos
son joyas". Se trata de una serie de dieciséis piezas
de las cuales, asegura, en ocho de ellas el marco es más
importante que la obra, mientras que en las ocho restantes su
trabajo está a la par del marco, es decir, plásticamente
más elaborado y relevante.
No es gratuito que el Museo Internacional de Arte Modesto
(MIAM), en Sète, Francia, ideado por él en 1992,
haya inaugurado su espacio expositivo en el año 2000
con la exposición "México!, México!",
muestra que recogía innumerables objetos seleccionados
por Hervé en sus estancias en este país, así
como cromos, exvotos, máscaras y obras de creadores contemporáneos
mexicanos de la relevancia de Eduardo Abaroa, cuya propuesta
plástica mereció un lugar en el MIAM, gracias
a la curaduría de Ana Elena Mallet.
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Massimo Schuster, autor del espectáculo "La Reina
de Saba" para el que Hervé hizo las marionetas en
Addis Abeba en mayo de 1996, escribió: "Hervé
es ante todo un observador, un ladrón de instantes, un
desmenuzador de actitudes y momentos fugaces, un devorador del
otro. Un viajero también, acostumbrado, desde Ghana hasta
Bulgaria y desde Benin hasta Vietnam, pasando por Las Vegas,
a impregnarse de los modos de expresión más diversos
para hacer de ellos… ‘Di Rosas’." (7)
Ahora marionetista, antes muralista o fabricante de rostros
maravillosos y sorprendentes con madera y piedras, Di Rosa tiene
claro que esa apropiación de lo otro es parte de la obra.
Por ello, en eso que él define como Arte Modesto están
igualmente las pequeñas cerámicas de perritos
y bebés, y las abundantes imágenes de anatomía
corporal que muestran el sistema sanguíneo, el muscular
o el óseo. Esta parte didáctica de las figuras
diagramáticas del cuerpo humano, como en otras épocas
lo fueron las estampas de los pájaros, las bicicletas,
el ganado y hasta imágenes de herbolaria, conviven en
su trabajo junto a los personajes que, cercanos a la historieta,
hacen un remedo y a la vez una evocación de la realidad.
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Desde mucho antes de tener un enfrentamiento
directo con las más puras creaciones del arte popular mexicano
o la vena religiosa que en ellas pervive, Di Rosa ya había
iniciado una suerte de intuitiva excursión plástica
en este camino, lo que puede verse en trabajos previos a su estancia
mexicana. Pongo por caso el asunto de la emulación del
exvoto (sin serlo, excepto en su parte evocativa), que se aprecia
en obras como "Giuonata" (8), fresco de 100 x 100 cm
hecho en Córcega en 1997–1998. Aquí vemos
un hombre cuya cabeza está abierta a nuestros ojos. En
diversas escenas, un demonio actúa y es constatado por
Hervé al tiempo que narra los pensamientos de este personaje.
En la rueda de la fortuna contemporánea vemos los que en
su opinión son objetos simbólicos prototípicos
de la cultura contemporánea: un teléfono móvil,
una pistola, el signo de pesos, una computadora… (9) Otra
pieza que merece mención en este sentido es "La vida
de los pobres", (10) realizada durante su estancia en Bulgaria
utilizando el mismo formato de los retablos. A diferencia de los
del siglo XII, éstos narran en diversas escenas las más
brutales realidades actuales de los ex países soviéticos,
como el desempleo, el alcoholismo, la explotación y, por
supuesto, la enfermedad. Este carácter narrativo, cercano
incluso a la moraleja detrás de la historia contada, no
le abandonará en su trayectoria y detonará vistosamente
en los trabajos producidos en su más reciente etapa mexicana.
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Ya en este país ha realizado
exvotos muy a la manera de los pequeños que conocemos pintados
generalmente sobre lámina. Los suyos, inundados con sus
personajes ahora mexicanizados y su ocasionalmente acre humor
europeo, conservan, al ser piezas que no tienen marco y que al
igual que los tradicionales cuentan historias de salvaciones,
emancipaciones del peligro y documentación del milagro
por el que merecieron su hechura, el carácter de contemporáneos
reivindicadores de la fe. Y es que la fe para él es creer
que una historia es real a partir de que es contada; sin importar
lo que narre, ya está ahí. Reseñar el mundo,
verlo y compartirlo visualmente, constatar lo hecho por él
y por el otro (por el otro y por él…), es parte de
ese trabajo de cotejar la existencia y su transcurrir a partir
de la acumulación de imágenes y objetos de toda
ralea.
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Sin embargo, la propuesta plástica de Hervé Di
Rosa no termina en la recopilación de imágenes
y la recomposición, con su personal lenguaje pictórico
y objetual, de lo que buenamente se va encontrando en el entorno
al que asiste. Es importante aclarar que su obra tampoco es
sólo aquélla que ha quedado en el muro o se centra
en la evocación de piezas prototípicas de la artesanía
mexicana (o de las expresiones populares de otros países),
sino que hay que anotar, para redondear su postura y su toma
de posición ante el arte contemporáneo, los trayectos,
los recorridos que él ha realizado y sin cuya existencia
la lectura de su obra queda incompleta.
Esa travesía, ese ir y venir, ese buscar (documentado
además por su fotógrafo y amigo Pierre Schwartz),
es indudablemente parte sustancial de la obra y la propuesta
conceptual de este creador. "Mi obra es también
la relación que tengo con los objetos", ha dicho
Hervé. Yo agregaría que es también la que
tiene, silenciosamente, con los creadores del mundo que no aspiran
a ser los grandes artistas y que por ello, ya lo vemos, sin
duda lo son.
Museo
de Hacienda
Antiguo Palacio del Arzobispado
del 14 de noviembre de 2002
al
13 de febrero de 2003
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- Sensacional de diseño mexicano, varios
autores, Trilce Ediciones en coedición con el Consejo
Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2001. El
texto de Hervé Di Rosa corresponde al Epílogo
(pg. 331).
- En ocasión de la inauguración
del Campus Saint Serge, en Bons Baisers de Partout!, Hervé
Di Rosa, Angers, Verano 2001.
- Iconósfera es un término que
debo a la investigadora y performancera mexicana Maris Bustamente.
- Entre los pintores que han abordado abundantemente
el tema de la realidad urbana de México desde una plataforma
neofigurativa, se encuentran Arturo Guerrero y Marisa Lara con
su serie "Amantes del Circuito Interior"; Barry Wolfyd
con algunas de las más divertidas escaramuzas entre narcos,
policías y ladrones, que se pelean en el cuadro "The
man who road into town"; y por último el grabador
Joel Rendón quien, no sin humor, sitúa en sus
piezas escenas incidentales de persecuciones, crímenes
y caos urbano.
- Es importante recordar aquí un trabajo
que se hizo en sentido opuesto en 1992, comandado por la promotora
cultural Mercedes Iturbe, quien encargó a los artesanos
de Ocumichu interpretar los momentos más relevantes de
la historia de la Revolución Francesa y verterlos en
sus ya conocidas cerámicas.
- La artesana que realiza los marcos es María
Elena Ayala Mejía, hija a su vez de dos artesanos connotados
en su localidad: el famoso "rayador" de Olinalá,
Margarito Ayala Navarrete, y la señora María Elena
Mejía Mondragón, quien fue invitada por Hervé
Di Rosa a permanecer durante varios días en su casa para
llevar a cabo el trabajo de hechura de los marcos, todos ellos
ad hoc al tema de las pinturas del artista y diseñados
por él.
- Massimo Schuster, Addis Abeba, Etiopía,
mayo 1996, en Hervé Di Rosa en Ethiopie, catálogo
realizado por Hervé Di Rosa y Frédéric
Le Roux, United Printers Addis-Abeba, en junio de 1996.
- Giuonata, 1997–1998 (Córcega,
Francia), Fresco, 100 X 100 cms.
- Wheel of Contemporary Fortune, (Sudáfrica)
1999, Cable telefónico. 80 cms.
- La Vie des Pauvres, (Sofía, Bulgaria),
1993, hoja de oro y témpera sobre madera, 110 X 140 cms.
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