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Lisbet Fernández: Un
puente de terracota
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Lisbet Fernández (Camagüey, Cuba, 1974)
expuso en la recientemente inaugurada Galería
Myto su muestra La casa de las luces. Compuesta principalmente
por siete grupos escultóricos esta muestra adquiere
una singular presencia en el ámbito de la plástica
mexicana contemporánea fundamentalmente por su
aproximación al mestizaje y a una visión
latinoamericana lanzada en momentos en los que confluyen
en este país diversas voces de autores que coinciden
en muestras cuya mirada esta vez mira al sur del continente.
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En La casa de las luces Fernández hace una directa aproximación
a la niñez no sólo desde lo que sus obras representan
(todas ellas son niños y niñas en diversas actitudes),
sino también poniendo el acento en la fragilidad de la
infancia. Esta se recalca indudablemente con la simultánea
delicadeza del material, una fina terracota sobre la que ha
pintado nuevos colores de piel, cabello, ropajes e incluso ha
perforado como en “Lluvia”, en donde vemos un niño
suspendido en lo alto del muro y del que se supone sale agua
de los orificios en su pecho y manos.
Su cercanía conceptual con autores como Kiki Smith, Jake
y Dinos Chapman e incluso Abigail Lane, hacen de Lisbet Fernández
una creadora inscrita en las corrientes plásticas contemporáneas
que prestigian el uso del cuerpo y su reproducción tridimensional.
Aunque todas las obras de esta muestra viajan por este camino,
es especialmente destacable “El Aliado”. Se trata
de una obra en la que un niño enfrenta un figura trivalente
que representa un oso. En un primer nivel y tomando en cuenta
el título de la obra, tenemos la representación
soviética que por tantos años tuvo una presencia
real en la cotidianidad política y social de Cuba. Un
segundo nivel está dado por la remembranza del oso de
peluche, juguete infantil que, llevado en este caso a dimensiones
extraordinariamente grandes, no omite su referencia al juguete
infantil. Por último, el tercer nivel está dado
por referencia a la historia familiar y a la significación
educativa que se supone los niños reciben por parte de
sus mayores (maestros o parientes); en los ojos del oso, Lisbet
Fernández ha ubicado un retrato de su abuelo que es quien,
desde esas órbitas oculares ajenas, mira al niño
que está pacientemente sentado frente a esta inquietante
figura.
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El Aliado (detalle)
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La alteración de las dimensiones
de este oso (pieza de más de un metro de alto), nos recuerda
los inquietantes bebés de Ron Mueck que, de corpulencia
enorme y plagados con detalles de realismo avasallador, contrastaban
con la figura igualmente realista de su padre muerto, pieza en
este caso que sorprendía justamente por sus dimensiones
reducidas, como las de un niño.
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“Ama de llaves” es igualmente una de las obras
en las que Lisbet Fernández lleva a buena distancia
su comentario sobre el mestizaje latinoamericano. Una joven
sentada en flor de loto sobre hileras de llaves en punta (en
algo recuerda las acciones de los faquires), deja caer sus
manos suavemente a sus costados. Sobre su cabeza hay un confuso
arreglo de pelo que se debate entre el tocado oriental con
todo y los palitos que lo atraviesan y una enorme boñiga
que corona su cabeza. Sus cejas, arqueadas y delicadamente
delineadas, nos hablan de una adolescencia prematura que,
apoyada por el título de la pieza, pone en evidencia
una infancia perdida en aras de la sobre vivencia laboral.
¿Se trata aquí de niños cuya vida ha
sido trasmutada por una juventud forzada? ¿Es la idealización
de la infancia? ¿De la identidad de los niños
y su ser ellos representantes de “lo inocente”?
La mirada de la niña de pie junto a su compañero
parecería indicar eso, sin embargo, el niño
de playera azul de la pieza “Al oído” nos
dice desde su posición y actitud que no, que el juego
todavía es posible y que la curiosidad se sacia simplemente
parándose en las puntas de los pies y atisbando algo
que los espectadores ignoramos.
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El ama de llaves (detalle)
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La presencia en La casa de las luces de “A partes iguales”
es si acaso una de las más reveladoras maneras que ha
escogido Lisbet Fernández de poner la mirada sobre el
viejo tema de las relaciones entre América Latina y Europa.
Tomada directamente del cuadro de Velásquez, una de las
Meninas se ha corporeizado.
Vemos en su mitad derecha su espléndido traje característico
y multicitado ya en la historia de la pintura contemporánea
por autores como Saura, Gironella, Cuevas y muchos más.
En la mitad de la izquierda vemos a la niña despojada
del pomposo vestido y a éste cortado por el centro mostrándonos
las crinolinas, fondos y toda bajotela necesaria para hacerlo
ampuloso. El contraste de la desnudez del cuerpo en su lado
izquierdo con el derecho es brutal.
La niña, originalmente rubia (así aparece en
la portada del catálogo), recibió un nuevo tinte
de pelo para la inauguración de La casa de las luces
y fue así que el público la vio trigueña
y ahora con unas tijeras clavadas en el piso, a su lado izquierdo,
el de la desnudez. La pieza lleva por título “A
partes iguales”.
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A partes iguales
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Aunque la muestra estaba complementada por algunas
telas, estas eran francamente prescindibles en tanto que el trabajo
escultórico tiene derivaciones importantes que su obra
bidimensional no. La meditación y los alcances del trabajo
en terracota dejan una huella profunda en lo que se refiere al
fraseo de un diálogo latinoamericano cada vez más
permeado por voces muy parecidas entre sí. La escultura
y la aproximación de Fernández al asunto del mestizaje,
de la infancia y del puente tendido entre lo caribeño y
lo producido en los altiplanos vale la pena ser tomado en cuenta.
En su localismo está su riqueza así como en su comentario
crítico algunas de las maneras más decorosas de
marcar una diferencia subyacente entre los latinoamericanos. Disimilitud,
paradójicamente, aglutinante de voces y expresiones nuevas.
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A partes iguales (detalle)
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El
aliado |
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