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Narraciones Incompletas
de José Bedia
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Un espíritu viaja en un mar verde. El resplandor
amarillo lo rodea. El remo de doble paleta nos hace
pensar en los delgados kayak de solitarios navegantes.
Su remo, en cada caída deja marcado con una estela
de oro y luz el punto de entrada al agua. Otras embarcaciones
han hecho lo mismo y su transcurrir por la superficie
ha quedado acotado de la misma manera. Como si fuese
un juego de espejos, el cielo nos recuerda el mar cristalino
del Caribe, inquieto en su imitación de la luz
y sereno en su transcurrir por zonas de baja profundidad.
¿Es el idílico litoral añorado
el que transmutado, como una aparición, hace
las veces de cielo? Un mar peligroso aguanta la embarcación
que se subleva a la quietud. La obra es de José
Bedia y se llama “Mientras le alcancen las fuerzas”. |
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Después de diez años, este artista
cubano nacido en La Habana en 1959 y actual residente de Miami,
regresa a exponer a la Ciudad de México Narraciones Incompletas
en la Galería Nina Menocal, donde en 1990 inició
uno de los más sólidos itinerarios de la plástica
latinoamericana contemporánea.
Aunque ha recurrido de manera decidida en muchas
otras ocasiones a la aplicación generosa del color, no
deja de llamar la atención el regodeo que se descubre en
su trabajo relativo a la colocación de plastas cromáticas
sobre la tela. Sin que lo sea, por su atrevimiento parecería
que esta actividad es algo nuevo en su obra, no sólo en
su uso sino también en el sentido designado para cada tono
y cada trazo.
Los chorreados fueron muy socorridos en 1989 en piezas como “La
Creación” y “Carreras opuestas” por ejemplo.
En “Nfumbi, spirit of the dead (Ghost)” de 1995, usó
inclusive sus dedos para esparcir la pintura. Igualmente recurrió
al salpicado para crear una figura de un hombre sentado al que
vemos de perfil, salpicado que se repitió sistemáticamente
en algunas de sus instalaciones en las que los muros recibían
directamente generosas cargas de pigmentos. En la exposición
Narraciones Incompletas que ahora me ocupa, apreciamos “En
el límite que constantemente se desmorona” que es
una pieza de alguna manera heredera de aquella manera singular
de pintar la tela. Temática y compositivamente los colores
verdes de esta obra acentúan el dramatismo de un hombre
que se acerca peligrosamente al abismo mientras detrás
de él viene un auto, simbolizando quizá la civilización
que de a poco en poco nos lleva a nuestra propia extinción.
“Divino Mendigo” es si acaso una de
las obras más potentes y, junto con "Aproximaciones
bien intencionadas", de especial complejidad compositiva.
En la primera, un personaje ubicado al lado derecho de la escena,
recargado en una muleta, extiende sus brazos a una descomunal
vasija redonda sobre la que Bedia ha multireproducido sus conocidos
perfiles casi minimalistas tanto sobre pequeñas manchas
negras similares a las que salen del frasco de aerosol, como sobre
la propia vasija. Al fondo, contradiciendo el tratamiento cromático
agreste del resto de la pieza, un mendigo pequeño ha sido
realizado con especial minuciosidad.
La temática de José Bedia, cercana desde hace tanto
a la cultura afroantillana y a la de los indios de Sonora, a quienes
visita fielmente cada año, tiene en esta ocasión
una vena más de crítica política. Ya en 1991
cuando la Cuarta Bienal de La Habana, le tocó vivir en
carne propia la censura oficial al mostrar la exposición
Final del Centauro (a decir de muchos en expresa referencia a
Fidel Castro), a la que las autoridades culturales evitaron llevar
invitados especiales, que duró en los muros sólo
cinco días y que debió bajarse con el pretexto de
que iban a pintar las salas. Bedia descolgó sus obras,
las enrolló y regresó a México
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Por los caminos
de las cabras
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En esta vertiente y además de ser
una de las piezas más inquietantes de la exposición,
“De regreso” se inscribe en esta ruta de trabajos
que hacen un claro y pertinente comentario social. Un hombre
que da largos trancos (acción común en los personajes
de Bedia que suelen andar a pasos largos), está a punto
de entrar a un terreno cuyo acceso principal nos evoca la estructura
de un laberinto. Dentro se encuentra un perro atado que ladra.
Custodia tal vez la casa y la iglesia que están igualmente
en el terreno. Ambas comparten unos árboles de follaje
redondo, pequeño y alto. El sol en el horizonte está
a punto de quedar fuera de la escena.
Detrás del hombre vemos sus propias pisadas que nos indican
su trayecto, andanza lejana de la que ahora somos testigos.
Estos pies, usuales en los códices y tan socorridos en
las antiguas culturas de los habitantes mesoamericanos, de las
comunidades del norte de México y de Estados Unidos,
indican no sólo trayecto sino también distancia.

Esfuerzo y bendición
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Contrastando de manera decisiva con esa suerte de puesta en escena
desbordante de actividad que es "De regreso", la sedente
“Han estado ahí desde siempre” guarda más
una extraña relación con íconos del pasado,
en esta ocasión con las figuras de la Isla de Pascua que
miran unidireccionalmente al mar. Ahora, acompañadas por
delgados y ágiles personajes (¿espíritus?)
a sus pies, se ven más imponentes y de corporeidad enorme
al compararles con sus singulares y diminutas escoltas.
Dos piezas más con un comentario social claro son “Bajo
la divina pastora” y “Aprendiendo con la hierba de la
Virgen". Ellas nos ubican ante el hecho de que el hombre debe
nuevamente ser el alumno de la naturaleza. Subyugarse a ella y acaso
de ese modo salvarla de la depredación sistematizada que
por siglos hemos venido llevando a cabo. Bedia escogió estas
plantas por sus cualidades alucinógenas y su capacidad para
internarse en nuestro subconsciente y darnos las luces necesarias
para ver al mundo desde otra óptica.
En otra tesitura y recordándonos de manera más directa
sus anteriores trabajos, “Esfuerzo y bendición”
que trata de una mujer sentada en una delicada silla de alambrón
pariendo a un hijo cuyas dimensiones son similares a las suyas,
nos impide olvidar uno de los temas más intensos del idioma
de las artes plásticas de todos los tiempos; la dación
de vida pero ahora con una peculiaridad: quien llega, es decir el
recién nacido, lo hace en su edad adulta.
“Lección silenciosa” continúa con esa
tradición de enseñanza de vida a partir de la transmisión
no sólo de conocimientos sino de la energía que Bedia
ha representado como un hilo de oro que brota delicadamente de los
senos de una gran figura femenina en dirección a un hombre-conejo
Ignoro si “Pretende que son alas”, pieza que muestra
cuchillos clavados en un cuerpo alterado y de violentos cromatismos,
haya nacido de la apreciación de Bedia de la obra del venezolano
Carlos Zerpa “Only wait for a strong wind”, de 1983,
compuesta por 186 cuchillos de acero inoxidable que forman una imponente
ala de ave. Fuere esto o su desconocimiento de aquella, la relación
conceptual entre ambas es absoluto.
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Al final hay un paso
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Divino mendigo
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Narraciones Incompletas más que ser una
exposición exaltadora del regreso de José Bedia
a México (regreso que, dicho sea de paso, viene a cerrar
un ciclo de ausencias y frases inacabadas en su relación
con el arte mexicano de finales de la década de los ochenta
y principios de los noventa), nos permite mirar el trabajo de
uno de los creadores latinoamericanos más sólidos
y acceder, a través de su obra, a una mirada singular de
que analiza puntillosamente otras culturas.
Retomando el título de su obra “Al
final hay un paso”, digamos que esta muestra es más
un homenaje al trayecto que a lo perpetuo. El tema de la llegada
adquiere la misma intensidad que el de la partida. Ese estar yendo
hace que tomemos conciencia de las tantas maneras que existen
de ir, de transterrarnos y retraernos, viajar de una idea a otra
estando en ambas y quedarse en una al tiempo que en las demás...
No serán completas las narraciones a las que alude el título
de la muestra porque la obra de Bedia no es una cuenta saldada.
Habrá más. |
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Mientras le alcencen las fuerzas |
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