Ricardo Mazal: Declaración de identidad

Santiago Espinosa de los Monteros

mazal-mankusRicardo Mazal es uno de esos raros ejemplos en donde el trabajo no es virtuosismo de juventud ni moda estridente. Cuando sus obras irrumpieron en el mundo de las galerías, se discutía con más fiereza que fundamentos, el arcaiquísimo tema de si la pintura ha muerto o no. Mazal pintaba, así a secas. Él se encontraba ajeno, o al menos así lo parecía, a cuanta diatriba se desarrollara en torno a la sobrevivencia o defunción de la bidimensionalidad pictórica.

Lejos de preocuparse por estas peroratas, sabía que aquello a lo que se estaba enfrentando era, pese a los detractores y enterradores de la pintura, un lenguaje del que deseaba conocerlo todo, abarcarlo todo, habitarlo como se habita un idioma para hacerlo propio y a la vez espejo de lo que nos sucede en el interior. Se enfrentaba a la pintura no sólo con el ánimo de demostrar su enorme vitalidad (lo que sin proponérselo viene haciendo desde entonces), sino con el de simplemente ejercerla, lo que en su uso la valida y explica.

ricardo mazalSofía en la hamaca, 2005.

Su trabajo abstracto nace de la realidad, aquella en la que hay figuración, cierto, pero en la que se encuentra también el complejo mundo de las sensaciones interiores, ese que es capaz de producirnos cosas desde su subjetividad emocional y que deriva en obras que narran de manera clara eventos quizá difíciles de explicar de otra manera.

El primer encuentro que tuve con la pintura de Ricardo Mazal fue en la Galería de Arte Mexicano (GAM), en 1988, cuando esa histórica institución estaba aún en la calle de Milán 18. Recuerdo que había telas de formatos medianos a mayores y mirar ese trabajo acompañado por Mazal se convirtió en una experiencia enriquecedora. Apenas un año antes de esa muestra Ricardo había participado en su primera exposición colectiva. Se trataba de un pintor que sacaba la cara a los 37 años y que indudablemente no tenía prisa alguna por devorarse el mundo en dos mordidas. Aunque bien conocía los recovecos del acontecer visual de México en la década de los ochenta, vivía evidentemente despreocupado y al margen de esa vastedad de actividades.

Quizá por ello su pintura desde entonces integra una mirada que, aunque atenta a la producción de los otros, es profundamente individual y con enorme personalidad. De ahí que a la luz de los años sea difícil hermanarlo con sus coterráneos y coetáneos. Desde aquella primera exposición en la GAM vivía ya en Barcelona. En esos momentos sucedían las grandes exposiciones de autores que ya gozaban de gran reconocimiento como Tápies, Hernández Pijuán, Guinovart. Sus ojos estaban puestos en ellos pero también en las enormes telas de Cy Twombly, de Franz Kline, de Emilio Vedova (a decir de Mazal el Kline italiano...), y de otros autores que venían algunos de la escuela de Nueva York, y otros de una postguerra que generaba obras llenas de energía y vitalidad refrescante como Gerhard Richter, George Baselitz y Anselm Kiefer fundamentalmente.

ricardo mazalFebrero 28.03, 2003.

¿Qué significaba esto en la naciente trayectoria de un pintor mexicano avecindado en España? Sencillamente que ese alimento visual que consumía con avidez tendría resonancia en la obra que actualmente produce y que, al margen de las fuentes que pudieran originarla, hoy es totalmente autónoma e independiente de aquella que le dio origen.

En su pintura no hay paz, no hay sosiego; todo está en movimiento, pasando como pasan los días, nuestros seres queridos, las horas, las noches, como llegan los hijos, como nos encontramos con un destino. Todo pasa con la misma simultaneidad con la que podemos aprehender aquello que nos sucede, con la diferencia que expresarlo como lo hace Mazal requiere de largos periodos de introspección, extensos tramos de vida para darle forma a las formas que, a la vuelta de unas cuantas miradas nos remitirán a una intimidad pocas veces develada de manera tan intensa.

Quizá esta sea una de las más visibles peculiaridades de Ricardo Mazal; la existencia de una estrecha reciprocidad entre su realidad cotidiana y la necesidad de atar su trabajo a ella. De esta manera, tal vez sin desearlo, ha venido creando una suerte de diario íntimo en el que leemos algunas de las más intensas vivencias de su existir: la pérdida de su madre, la revelación de una vidente, la edad cumplida, la correspondencia con su esposa, el nacimiento de sus hijas... Todo esto, de suyo fuerte y de matizadas sensaciones, ha sido traducido a un lenguaje que, a primera vista, parecería críptico, pero que al poco de abrir el diálogo, se torna diáfano y directo. Ricardo Mazal es igualmente sensible a la influencia de la música. Cuando vemos su obra nos encontramos generalmente en silencio, sin embargo mucha de la pintura que ha salido de su mano ha nacido acompañada de escogencias auditivas rigurosas. Suele acercarse con frecuencia a los cuartetos de Beethoven, Gustav Mahler, a Tábula Rasa, Miserere, Arbos o Passio de Arvo Pärt e intuyo que a trabajos igualmente potentes como Officium, de Jan Garbarek y algunas de las aventajadas piezas para orquesta o piano solo de Keith Jarret. ¿Por qué hago este recuento? Sencillamente porque a partir de que sé que eso ha motivado las horas creativas de Ricardo Mazal, me habita el deseo de andar el camino en contrasentido, es decir acercarme a la música pero esta vez acompañándolo con el mundo visual de Ricardo, como si escoltase esos ritmos e intensidades sonoras con los otros, con los cromáticos que él ha creado.

ricardo mazalAh K'una 2, 2004.

Entiendo ahora que enfrentarse a la obra de Mazal en silencio es como transitar el camino a medias. Estamos ante un autor que no descarta aquellas expresiones que pueden producirle algo en su interior para derivar en una obra sólida, de largo aliento y, al final del cuento, profundamente emotiva. Es por ello que la conjunción de estas dos expresiones, la pintura y la música, derivan en lazos que muchas veces quedan ocultos a la primera mirada pero que se desentrañan al confrontar la una con la otra.

Si me preguntasen, diría que una de las obras musicales que en mi sentir más representan el trabajo de Ricardo Mazal es "Cantus in memory of Benjamin Britten", de Pärt, porque al poco de iniciar con el sonido de unas campanas la orquesta de cuerdas va ganando en intensidad, estirando y haciendo tenso el sonido hasta que pareciera que ya no dará más; y dá. Da tanto que los grupos de cuerdas se superponen unos a otros, como en su pintura los colores, que van lejos en trazos tan largos que parecería que no resistirán más, y siguen, avanzan incluso más allá de nuestra mirada, hasta que, como en la obra de Pärt, terminan con una campanada que identificamos cuando la orquesta guarda silencio y queda ella sola, única nota que nos permite estar presentes más que de su delicada desaparición, en el inicio de su viaje infinito. Somos testigos, como en la obra de Ricardo, del paso frente a nosotros de un fragmento de tiempo, ahora sonoro, ahora cromático...

reicardo mazalE-series Red 1, 1998.

Y no siempre es Mazal el que pinta escuchando música compuesta por otros; mientras escribo este texto escucho lo que Molly Sturges y Christopher Jonas escribieron para el proyecto La Tumba de la Reina Roja. La duración de la obra de poco menos de cincuenta minutos, es insuficiente para transitar visualmente ya no a lo largo del trabajo de uno de los autores contemporáneos más prolíficos e inquietos, sino que apenas ilustra el notable proyecto de La Tumba... que tantas y tan ricas lecturas nos otorga.

En él, a diferencia de otras series, Mazal abre su espectro expresivo como pocas veces. Lo ambicioso de esta empresa así lo pedía, de ahí que desde su presencia en Palenque para conocer la tumba prehispánica cuyos secretos recién empezaban a develarse, se convirtiera en una especie de cronista visual de todo cuanto ve: las ramas y vegetación que rodean las ruinas, las paredes del edificio donde se ubica la tumba, el interior del sepulcro, las piedras apiladas desde hace cientos de años y por supuesto, el venerable y misterioso espacio en el que por siglos descansaron los restos de esta mujer, cubierta de cinabrio y rodeada como pocos enterramientos, de un importante número de valiosas ofrendas llenas de simbologías. Ya en su estudio, cargado de esa invaluable información visual, dio a luz lo que conformó meses después su exposición La Tumba de la Reina Roja en el Museo Nacional de Antropología e Historia.

Ahora, en esta exposición encontramos algunas de las piezas que han nacido de ese proyecto. Sin él apuradamente podríamos asir gran parte de su trabajo reciente pues aglutina experiencias visuales y formales que se fueron gestando a lo largo de los años. Por ejemplo, la recopilación del espacio selvático por medio de fotografías es quizá una de las maneras más claras con las que Mazal nos previene y alerta de que aquello constatado, aquello central que es la tumba y la mujer dentro de ella, que eso maravilloso y enigmático que es el conjunto arquitectónico, de suyo altamente atractivo, es inexplicable en otro entorno que no sea ese que él ha mirado con tan especial profundidad y constatado como parte de un todo que nos inserta de lleno en esta suerte de viaje virtual.

mazal-mankusRicardo Mazal y Gary Mankus, de la serie
Body Parts
, 2001.

Los acercamientos que Mazal realiza frente a cada una de las etapas de su interés, nos van describiendo no sólo qué sucede en ese espacio selvático y húmedo, sino qué es todo eso que pasa dentro de quien ahora lo mira, lo deforma, lo retrabaja y le reinterpreta.

Nos va descubriendo así una ruta personal, íntima que nos revela sus intereses, sus deseos, sus descartes y aceptaciones y como un editor de la realidad, selecciona para nosotros lo más relevante de aquello que a él le mueve y que se ha convertido en centro fundamental de su interés. Sabemos que Mazal viaja con gran agilidad de un medio de expresión visual a otro usando en su obra aquellas posibilidades que le otorgan las tecnologías más recientes. En esta etapa de su producción, cuando Mazal se acerca mediante la alta tecnología digital a los objetos y los derredores del conjunto arqueológico en Palenque, lo hace no sólo con el ojo de una cámara y los sofisticados programas de una computadora, sino esencialmente desde su plataforma de pintor, de creador que aborda la bidimensionalidad y que ahora por primera vez incursiona en la tridimensionalidad reconstruyendo evocativamente sobre el suelo el espacio que ocupa la tumba y el sarcófago donde se encontraba la Reina.

Esta parte, es verdad, al estar sobre el suelo también es bidimensional, aunque digamos que el suelo hace las veces de un soporte plano que bien podría ser similar al de los muros, pero al ubicarla Mazal en el piso, y utilizar la direccionalidad horizontal del entierro, le concede otra lectura evocativa que alude de manera directa lo simbólico y lo ritual.

Agréguese a esto la decidida y contrastante combinación del rojo sobre el negro, de un rojo que no acaba de ser sangre pero que es muerte, y de un negro que sin ser noche hace esfuerzos por devorar todo aquello que no se le parezca. El rojo cinabrio es ahora no sólo la reminiscencia de uno de colores con mayor carga emotiva y simbólica de la paleta cromática de Mazal, sino el color del manto fatal que cubrió letalmente los restos de esta noble mujer.

Aquí se desvela en gran parte la importancia del uso de los nuevos medios sobre su obra, que en este caso va de lo digital a lo pictórico. Siempre he sentido que es como hacer el camino a la inversa. Viajar de las nuevas tecnologías a una de las más ancestrales maneras expresivas que es en este caso la pintura.

Lograr la emotividad en su obra delata el gran trecho que hubo que andar. Al abstracto no se llega en línea recta, mucho menos a esta suerte de figuración cifrada que Mazal doma. Quizá sea un camino sinuoso llegar a esto desde el abstracto, sin embargo, aquí están a la vista momentos de gran intensidad y fuerza, pero sobre todo una mirada profundamente humana e inquisitiva de los cambios que puede sufrir una imagen en su proceso de alteración hasta llegar a presentarse ante nosotros como un aparente rayón, un barrido o una línea ilusoriamente despojada de su volumen, pero que han nacido de una rama, una piedra enmohecida por los años o una noche profanada por el flash de una cámara...

mazal-mankusRicardo Mazal y Gary Mankus, de la serie
Body Parts
, 2001.

Así también sucede con las piezas que hizo en colaboración con Gary Mankus en 1993, en donde vemos en primer plano partes de cuerpos siempre borrosos pero atrás, en perfecta definición y como algo reconocible, algunas de sus pinturas. Junto a estas fotografías están dibujos suyos, hechos con luz a larga exposición de la cámara y cuya duración es idéntica a la de la toma de los cuerpos frente a los cuadros. El ritmo que se genera entre las tres partes, cuerpo, luz en movimiento, y dibujo en el aire, hacen que ingrese a su trabajo uno de los temas quizá hasta ahora menos explorados en el análisis y lectura de su trayectoria: el sentido del tiempo.

Cuando Mazal lanza una mirada detrás de su cámara fotográfica en dirección a las piedras de un muro prehispánico en Palenque, en realidad está desandando las rutas que cualquier otro creador hubiese aprovechado para hacer, en la inmediatez, una obra reconstructiva de ese muro. Ricardo en cambio es ahí donde inicia un camino sustancialmente más largo y complejo. Esa mirada desde la contemporaneidad e incluso hecha desde sofisticadas plataformas tecnológicas, recaerá después de largos procesos de trabajo en la recreación de un nuevo espacio que, para nuestra sorpresa, conserva tanto en su nueva forma pictórica de aquello que se vio originalmente, como cuando una noche estalló el flash de una cámara frente a delgadas ramas que no habían recibido nunca antes sino la cotidiana luz del sol.

Cuando Ricardo Mazal se enfrenta entonces a la pintura, desafía con ese hecho el tema del tiempo lineal en el que estamos acostumbrados a leer nuestra historia. Si bien es sabido que en la literatura el tiempo está adelante y atrás, según se avanza en el texto, en la pintura el tiempo está arriba y abajo, según se van poniendo las capas de color sobre la tela. Me pregunto en el caso de Mazal que viaja, como en la literatura por sobre las imágenes en un atrás y adelante temporal y en su producción narrativa en un arriba y un abajo emocional que delata su vida íntima, ¿dónde más puede estar el tema del tiempo sino en una constante circulación interior de un trabajo a otro, un intenso fluir de referencias cruzadas que delatan aquello que le ha pasado, en algún momento de su vida -es decir en el tiempo- al autor de estas obras?

Quizá una vez abierta esta vertiente entendamos por qué por ejemplo en la serie de My brother doesn't talk lo que vemos frente a nosotros en forma de enigmáticos dípticos que apelan a los colores primarios, sean también puertas. No es gratuito; las puertas no son sólo para ser traspasadas, sino también para quedarnos frente a ellas aguardando a que alguien las cruce desde el otro lado.

Altamente reveladora de sus preocupaciones formales, esta serie se hermana con otras de características aparentemente distintas compartiendo con ellas una especie de columna vertebral, un centro que, más visible en los dípticos, parte por el centro al tiempo que sostiene, composiciones diversas que tienen su origen referencial en el cuerpo humano.

El trabajo de Ricardo Mazal es uno de los más reveladores cuando se trata de enfrentar temas como el de la vigencia de lo bidimensional y la pertinencia de la pintura. Una poética estructurada y de larga meditación como esta, no riñe con la ortodoxia visual que ahora vemos que no puede prescindir de la utilización de nuevos medios. La obra no está condicionada a los caprichos tecnológicos; la pintura por su parte no está al servicio de las alteraciones digitales. Todo llega a buen fin gracias al espíritu dispuesto de Mazal por servirse de herramientas más actuales cuidando que la emotividad y aquello que existe sólo en su intimidad no desaparezca. Ya lo dice a partir de una obra que hace referencia al nacimiento de su hija Julia: veo cómo el aire pasa a través de los colores.

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Fecha de publicación: 09.10.2006