| Recurrencia
de los iconos |
| Por primera vez desde que el hombre es
un ser social y produce cultura, nos encontramos situados en un momento
en el cual podemos acceder a la historia del arte universal de forma
visual y no sólo escrita. Diversas herramientas tecnológicas,
desde las innegables mejoras en la calidad de impresión de
los libros, las postales, las revistas y los carteles, así
como los magníficos documentales para televisión y video
que sobre temas culturales están al alcance de todos, nos permiten
acercarnos con nitidez a las obras pictóricas, arquitectónicas,
gráficas, escultóricas y en general artísticas
de todos los tiempos y todas las culturas. Para un artista del siglo
XIX o principios del XX en México, el acercamiento al arte
antiguo de Egipto o Perú era prácticamente imposible,
a menos que se trasladara directamente a esos países o que
tuviera contacto con algunos grabados incluidos en libros de arqueología
o viajes. Hoy en día, cualquiera puede consultar un libro sobre
esas culturas en una biblioteca, ver un programa en un canal de televisión
educativa e incluso portar una camiseta o recibir una postal con una
fiel fotografía a color de un edificio o una vasija incaica.
Este proceso de divulgación y masificación del patrimonio
cultural de la humanidad, hace que el artista de mediados del siglo
XX a la fecha, haya ampliado sus referentes visuales y culturales
a niveles antes insospechados. El perfeccionamiento de la imagen fotográfica,
ya sea estática o en movimiento, y la invención de herramientas
tecnológicas como el video, la computadora casera y el internet,
no sólo han impulsado el nacimiento de nuevos géneros
artísticos (videoarte, gráfica digital, etc.) sino que
también modificaron los lenguajes y las prácticas artísticas
tradicionales. En la exposición que nos ocupa, se hace evidente
que cada uno de los artistas participantes tiene preocupaciones e
intereses específicos en diversos momentos del arte universal,
pero también en iconografías pertenecientes al mundo
mediático o a la cultura popular. Si mencionáramos los
referentes de cada uno, de entrada pensaríamos que la exposición
es una reunión forzada de preocupaciones disímbolas,
sin embargo, lo que une a este conjunto de pintores, es precisamente
que hay en ellos una sensibilidad similar para dialogar creativamente
con obras o imágenes previas, sumando el hecho de que no buscan
ocultar esos referentes, sino que los despliegan abiertamente como
parte estructural de su imaginería y su lenguaje plástico,
agregándoles iconos o tratamientos que las convierten en trabajos
de arte contemporáneo, de otra forma serían meras glosas. |
Es cierto que la paráfrasis tiene raíces
lejanas, que incluso el personaje paradigmático del arte
moderno, Pablo Picasso, nos dejó series memorables de sus
confrontaciones con cuadros como Las Meninas de Velázquez
o El Desayuno en la Hierba de Manet, y que un movimiento como
el arte Pop se basó en la glosa de la imagen publicitaria,
cinematográfica y popular. También es cierto que
el mismo Picasso fue la flecha que señaló el rumbo
para convertir la pintura en una licuadora de referentes culturales
y visuales, no sólo a través de sus recuperaciones
del arte tribal de Oceanía y África, sino también
por el uso insistente del collage y el ensamblaje. Hoy día
estamos viviendo un éxtasis de la estética del collage,
ya no necesariamente pegando distintos objetos físicos,
sino apelando al ensamble de imágenes, lenguajes y culturas
(este tratamiento de la imagen híbrida, es connatural a
la época del escáner y la computadora). No estoy
de acuerdo en llamar a este fenómeno posmodernidad, puesto
que los defensores de este término difunden la idea del
fin de la Historia, cuando lo que sucede es una consciencia más
plena de la historia pasada y un aceleramiento de los procesos
históricos en el presente.
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Aquí es preciso señalar
que no es únicamente la cultura del ayer la que está
a nuestro alcance, sino que hoy día podemos ver vía
internet las imágenes de una exposición que se inauguró
ayer en Oslo, o la página electrónica de un artista
tailandés. Es frecuente que lleguen a nuestras manos catálogos
de galerías y museos de distintas partes del mundo, ya que
gracias a los aviones, los artistas y promotores culturales viajan
velozmente y dejan tras de sí una estela de información
visual en los lugares que visitan. Pienso en varios de los participantes
de esta exposición, quienes han tenido muestras en Suiza
o Florida, y que han llevado con ellos carpetas y catálogos
de amigos suyos, buscando ayudarles a difundir su obra o proponiendo
muestras colectivas para distintos espacios. Estos fenómenos,
sumados al inconmensurable volumen de imágenes que consume
cualquier habitante urbano del siglo XXI, hacen que la presente
generación de creadores sea la que más estímulos
visuales ha recibido en la historia de la humanidad, si tomamos
en cuenta la publicidad callejera, la televisión, los videocasetes,
el cine, los periódicos, las revistas, las etiquetas y paquetes
de los productos, la masificación del libro con imágenes,
la ropa y los objetos serigrafiados, los posters, las
portadas de los discos, internet, los cd interactivos, los dvd,
el grafitti, etcétera. Creo que es fehaciente que artistas
como Armando Romero o Heriberto Quesnel serían inexplicables
sacándolos de este contexto de una metarrealidad visual paralela
a la realidad, lo que algunos estudiosos han bautizado como la iconósfera.
Esa atmósfera conformada por la totalidad de imágenes
que circulan por el mundo, es determinante para entender al grupo
de artistas que ahora analizamos, ya que sin esa nueva realidad,
sería impensable que Mauricio Cervantes hubiese tenido a
su alcance tanta información visual en torno a manuscritos
medievales ilustrados, frescos románicos o novohispanos,
lo cual le ha permitido desarrollar en poco tiempo un conocimiento
de la iconografía e imaginería de diversas fases de
la historia del arte y de distintas regiones del mundo; más
allá de si Cervantes ha viajado a conocer directamente algunas
de sus fuentes, su surtidor mayoritario y primigenio de motivos
lo ha encontrado en libros, revistas y postales de arte. Esto nos
plantea que la cultura visual del artista contemporáneo se
crea básicamente a través de reproducciones fotográficas,
y que no obstante la calidad que han alcanzado las mismas, siempre
habrá un filtro entre las texturas y los colores reales y
el artista. No quiero caer en el lugar común de decir que
esto genera una cultura visual deformada, simplemente quiero decir
que es otro tipo de cultura la que se generaría si el artista
se limitar a ver originales. Lo mismo sucedió durante los
siglos en que la herramienta de difusión visual predominante
era la reproducción gráfica, es decir, que un artista
que no saliera de nuestro territorio en el siglo XVIII o XIX, permanecía
atado a una cultura visual del arte, la arquitectura y la geografía
europea, basada principalmente en grabados y dibujos, es decir,
que conocía la obra pictórica de Velázquez
por medio de reproducciones gráficas y quizá, de algunas
copias pictóricas de mediana calidad. Siempre me he preguntado
¿qué tanto influyó este flujo de información
visual por medio de la gráfica en que México se posicionara
como uno de los países con una tradición artística
más sólida en las distintas técnicas del grabado?
Me parece que la respuesta es: tanto como influye la fotografía
en los artistas de nuestro tiempo alrededor del mundo.
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Mauricio Cervantes
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Fidel Figueroa
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Jesús Lugo
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Veo como una característica
común en casi todos los incluidos en la exposición,
el que sus pinturas tienen diversos planos, como si estos artistas
quisieran enfatizar la suma de distintas realidades y al mismo tiempo,
subrayar la bidimensionalidad de su universo creativo. No quiero
decir con esto que todos escapen a generar efectos de tridimensionalidad
y perspectiva, sino que con ciertos elementos, como calcomanías
pintadas en primer plano, se burlan de su capacidad o dominio técnico
para generar esos efectos, como son los caso de Lugo, Romero y Quesnel.
Es decir, los artistas ya no quieren generar una ilusión
de realidad, simplemente quieren subrayar que la tercera dimensión
en pintura es, efectivamente, mera ilusión pictórica.
Pero además, al plantearse todos estos planos bidimensionales,
parecieran aludir también a todo ese bagaje de cultura fotográfica,
ajena a los objetos artísticos físicos y cercana a
una cultura de la reproducción. Parece haber un común
acuerdo silencioso entre varios de los participantes, el cual plantea
que en el mundo actual parecen tener un mismo peso, por lo menos
dentro de la sociedad de consumo, un cuadro de Miguel Ángel
que un parche de Piolín, y por otra parte, que el motivo
pictórico no importa cual sea, se transforma por igual en
pintura así sea un referente elevado, una simple caricatura
o el emblema de una franquicia comercial. Es seguro que el encuentro
primero que cada uno de los expositores tuvo con muchas de las obras
clásicas de la pintura, fuera a través de una cajetilla
de cerillos Clásicos, una monografía
escolar, una enciclopedia, un programa del canal Once de televisión,
un calendario, etcétera.
Si miramos de cerca los cuadros de Jesús Lugo, podremos ver
que varios de ellos simulan una colección de postales pegadas,
logrando esto mediante recuadros que incluso tienen pintados pequeños
clavos que supuestamente los fijan al fondo del cuadro. Por su parte,
Demián Flores, pinta frecuentemente sobre un collage de imágenes
publicitarias. Mientras que Heriberto Quesnel también llega
a pegar alguna estampa japonesa, pero además, en varios cuadros
utiliza como fondo un papel tapiz para muros. En el caso de Fidel
Figueroa y Mauricio Cervantes, los juegos compositivos y las alusiones
tienen un origen menos evidente, pero en ambos hay un planteamiento
de recorte de los elementos que les interesan de ciertos periodos
del arte. Figueroa retoma siluetas arquitectónicas que aparecen
en cuadros o retablos medievales, estos elementos no aluden a la
tridimensión, son totalmente planos y van codificando una
reflexión eminentemente plástica y compositiva. Cervantes
por su lado, utiliza cenefas, marcos pintados y otros aspectos que
toma de ilustraciones de libros o frescos medievales, aislando ciertos
motivos, recortándolos en medio de sus composiciones, para
generar cuadros abstractos, y también remarcando lo plano.
Pero a pesar de lo que hemos venido reflexionando, todos estos pintores
también tienen una inclinación por resaltar el carácter
eminentemente pictórico de sus creaciones. Esto es, se plantean
un trabajo sobre el cuadro con soluciones plásticas y estilísticas,
regodeándose dentro de su oficio con los problemas técnicos
y compositivos del mundo pictórico. Algunos de ellos aceptan
que el arte conceptual les abrió la puerta a una pintura
cargada de significantes, otros se espantan del súbito dominio
de instalacionistas y videoastas en los circuítos internacionales
del arte, pero todos son seres pictóricos y se abocan a demostrarlo
en sus trabajos. Las posiciones y estilos pictóricos sí
difieren: Flores es un neoexpresionista y deja que la brocha se
manifieste alrededor de sus figuras de raigambre gráfica;
Cervantes superpone capas de pintura, raspa, gotea sobre la superficie,
saca colores de abajo y vuelve a trabajar para llegar a texturas
y vibraciones visuales emparentadas con el expresionismo abstracto
y con las superficies desgastadas de sus referentes medievales,
utilizando la textura de un extraño modo que la convierte
en un puente temporal que al mismo tiempo que simula avejentamiento,
refiere a un momento paradigmático del arte moderno; Fidel
Figueroa hace pintura eminentemente mental como predicaba Leonardo
Da Vinci, es un manierista intelectual que deconstruye las pinturas
que lo inspiran, luego las desdobla y va generando alargados polípticos
a los cuales él se refiere como párrafos pictóricos
conformados por renglones visuales; Heriberto Quesnel, hace humorísticas
asociaciones formales entre obras clásicas de Occidente y
Oriente, trabaja una pátina pictórica aplanada pero
laboriosamente armada, sitúa seres del comic en relación
con cuadros de Rubens, y con insistencia, despliega su universo
sobre papel tapiz para muros. Armando Romero recorta santos de cuadros
de Zurbarán, los traslada con pincel virtuoso a su tela,
madura la pintura sometiéndola a un tratamiento que podríamos
llamar agresivo, dejándola a la intemperie, raspando y aplicando
otras capas pictóricas para darle una texturación
más rica y menos plana, y en el caso de estas series, las
coloca detrás de vitrinas que nos permiten una visión
parcial de la pieza original, pues las vidrieras han sido recubiertas
con brochazos de pintura blanca, como cuando los aparadores son
cancelados durante el montaje de los nuevos productos o el traspaso
de un negocio; en estas vitrinas de Romero, se suman grafismos sobre
la pintura blanca, que devienen en letras e iconografías
groseras y translúcidas, además de calcomanías
que el artista trajera de un viaje reciente a Egipto y que son el
equivalente musulmán de las calcomanías que utilizan
en México taxistas y choferes de microbuses para decorar
sus parabrisas y medallones.
Pero regresemos por un momento a la idea de lo que he llamado una
cultura dominante del collage, porque si hay otro rasgo que une
a estos creadores es el haber crecido y desarrollado su actividad
artística en la Ciudad de México, una ciudad que es
miles de ciudades a la vez, que por su carácter de metrópolis
descomunal se convierte en el collage por excelencia: la suma de
más de veinte millones de realidades individuales conviviendo
en un espacio físico donde se suman además las construcciones
de distintos momentos históricos y de varias culturas: la
indígena, la novohispana, la criolla, la del México
independiente y pos revolucionario. Bástenos traer a colación
un sitio como la Plaza de la Constitución, popularmente conocida
como el zócalo. Vemos cómo en una de sus
esquinas cercanas ha vuelto a aparecer la ruina de lo que fue el
Templo Mayor, cómo los palacios y la catedral colonial la
circundan, cómo los andenes del metro se hunden en el sitio
de donde fue extraída la llamada Coatlicue mayor, cómo
los vendedores de casetes piratas se ubican en sus márgenes
sonando a veces a ritmo de música tex-mex y a veces tocando
canciones revolucionarias de la llamada trova cubana, cómo
los concheros bailan y difunden el regreso a las culturas prehispánicas
a un lado de los vendedores de peluches y fayuca china, cómo
los desempleados hacen filas para empeñar sus últimas
posesiones afuera del Monte de Piedad a un lado de joyerías
y cafés turísticos. La suma, la superposición
de realidades que esta urbe conlleva es definitoria para los artistas
que nos ocupan y en especial, para la serie de trabajos que hoy
despliegan, aún en los casos menos evidentes, como los de
Fidel Figueroa y Mauricio Cervantes. Con las líneas anteriores
no he buscado hacer una explicación total de las obras artísticas
a partir de la sociedad y el momento histórico en que nacen,
pero me parece ineludible remarcar el carácter contemporáneo
de este conjunto de pinturas a partir de estar imbuidas de una realidad
que nos ayuda a entenderlas. Cito a Octavio Paz en su prólogo
a Sor Juana Inés de la Cruz o Las Trampas de la Fe y pido
al lector que traslade el vocablo pintura en donde Paz
escribió literatura o poesía:
No pretendo explicar la literatura por la historia. El valor
de las interpretaciones sociológicas e históricas
de las obras de arte es indudablemente limitado. Al mismo tiempo,
sería absurdo cerrar los ojos ante esta verdad elemental:
la poesía es un producto social, histórico.
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Heriberto Quesnel
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Demián Flores
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Ahora bien, los productos artísticos que tenemos ante
nuestros ojos contienen un rasgo común: son manierismos
de estilos o corrientes artísticas previas. Demián
Flores ha hecho un cruce de caminos para que se encontraran los
dos movimientos plásticos más destacados del arte
moderno norteamericano: el Pop y el Expresionismo Abstracto. Armando
Romero apela a la iconografía de Zurbarán, sometida
a un tratamiento pictórico que sumerge a los personajes
bajo una neblina de texturas y manchas que plantean un desgaste,
el paso del tiempo, y que lo separan de la pátina tersa
y elegante de su referente español. Mauricio Cervantes,
toma elementos de manuscritos ilustrados, los Beatos españoles,
los combina con las texturas que con el tiempo adquirieron los
frescos románicos y novohispanos, y llega a un abstraccionismo
de reverberaciones simbólicas. Fidel Figueroa entabla un
diálogo y una reflexión formal en torno al ate medieval
italiano, no sólo en el plano estrictamente pictórico,
sino reflexionando en las formas mismas de los enmarcados de la
época, las predelas y los altares. Jesús Lugo hace
una evolución en serie de un conjunto de cuadros, pintores
y problemas plásticos, situando como eje a Manet, pero
utilizándolo para poner bajo su metralla al arte occidental
en general. Heriberto Quesnel prefiere unir tradiciones arbitrariamente,
estableciendo reuniones insólitas con base en el humor,
como al colocar una estampa japonesa donde una mujer se está
lavando la vulva en el mismo cuadro en que aparece uno de los
pescadores incluidos en un cuadro célebre de Rubens, flotando
ambos en su estilo original, entre una nebulosa que parece grafitteada
sobre el papel tapiz de un muro. Insisto, todas la obras de esta
exposición son manierismos y con la excepción de
Cervantes, los demás artistas se han planteado un manierismo
afilado por el humor. Yendo de la ironía a la burla ácida
e irreverente, pasando por el albur visual y la transgresión
lúdica, estas obras se presentan con una doble cara: por
una parte plantean un homenaje a sus referentes, el reconocimiento
implícito que está en dedicarle tiempo a estudiar
determinada obra o periodo artístico, pero por otra parte,
en todos los casos se transgrede radicalmente la obra de referencia:
Romero después de repintar al monje de un cuadro de Zurbarán,
le encaja un cuchillo en la yugular y lo convierte en uno de los
santos mártires, pero además, el tipo mira de reojo
el cuchillo, como si observara un mosquito que le pica el cuello.
Después de haber iniciado una compleja deconstrucción
de los elementos arquitectónicos de las pinturas medievales,
de plantearse las relaciones entre espacio interior y exterior
dentro de la iconografía de esas obras, Fidel Figueroa,
apenas en su segundo políptico, incluye una forma que recuerda
sus trabajos basados en botes de tetra-pack y con ello le quita
toda la solemnidad a su acuciosa investigación de estructuras
y composiciones. Este humorismo como forma de trabajo, esta visión
inclemente de la historia del arte pero también del momento
actual, surge en un periodo histórico en que los filósofos
de la posmodernidad (tan útiles para el neoliberalismo)
pregonan que no hay más ideologías, no existe ya
la historia, no hay nada nuevo bajo el sol, todo en arte está
hecho. La respuesta de estos artistas es una sonora carcajada,
una ridiculización del ayer y el hoy que se encuentran
sobre una misma obra, donde una Virgen Inmaculada de Zurbarán
es casi una mancha beatificada detrás de una vitrina de
panadería, en la que alguien pegó unas estampitas
con los ojos de Santa Lucía y raspando en la pintura blanca
del vidrio otro alguien escribió: El hombre no es
un error de Dios. Octavio Paz también señaló
que los manierismos coinciden con épocas de crisis. Resulta
que hoy en día estamos viviendo la madre de las crisis,
por vez primera, el hombre se encuentra peligrosamente cerca de
acabar con su hábitat, el mundo. Había vivido el
hombre cientos de guerras, miles de catástrofes naturales,
enfermedades, plagas, inmensas quiebras económicas, interminables
injusticias sociales, pero nunca había estado tan cerca
y tan encarrerado hacia una catástrofe ecológica,
atizada además por un sistema político global totalmente
enajenado por la dictadura del capital, sumergido en una guerra
colosal encabezada por los Estados Unidos contra lo que se mueva
en el horizonte de sus intereses, y en un contexto de recesión
económica global, con la segunda economía del planeta
(Japón) al borde de declararse ya no en crisis sino en
quiebra total. Ante este panorama desolador, casi todos los artistas
contemporáneos, a pesar de la multiplicidad de corrientes
y disciplinas, están abocados a alguna forma de manierismo,
pero mientras que algunos se plantean su manierismo como un refinamiento
o un encadenamiento de meras ocurrencias, otros, como los aquí
expuestos, se lo plantean como una de las formas del pensamiento
crítico o analítico, el único que podrá
plantear salidas a la crisis desde todos los campos del quehacer
humano. Los artistas y sus obras
En las páginas siguientes me acercaré de modo individual
a los artistas, revisando un poco su trayectoria y discurriendo
en torno a la obra que presentan en esta exposición. Para
no generar categorías falsas, me ocupé de ellos
en un orden estrictamente alfabético.
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Mauricio Cervantes (1965)
A lo largo de su carrera, Mauricio Cervantes ha desarrollado
una obra de estirpe abstracta pero con referencias concretas a
ciertos elementos reales. En series anteriores, como Zona Liminal
o Papageno y el Mar, solía tener como ingredientes básicos
de su iconografía, formas que surgían de empaques
de piezas automotrices o mecánicas y también coladeras
o tapas de las mismas. Esos elementos, que en ocasiones él
pegaba sobre las pinturas, le ayudaban a dar un carácter
simbólico a las formas de la cotidianidad. Así,
un cuadro de 1996, como Resurrección de los signos primordiales
# 3, parecía convertir el mosaico del piso del baño,
con sus coladeras y con la súbita aparición de una
forma de empaque superpuesta, en un espacio cósmico y ritual
dentro del espacio hogareño. El baño se convertía
poéticamente en el sitio donde nacía a diario el
ritual del agua sin que siquiera hubiese una referencia acuática
en la composición, más allá del óxido
de las tapas de coladera.
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Mauricio Cervantes
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Después, a partir
de su exposición titulada XVI por su diálogo con las
pinturas conventuales de ese siglo de la Nueva España, Mauricio
entrará en un reciclamiento de motivos ornamentales de estos
murales pero aislándolos para quitarles el carácter
decorativo y transformarlos en signos expresivos, abiertos a interpretaciones
múltiples. De aquella serie deriva naturalmente en los cuadros
presentes, en su inquietud por los frescos románicos y las
ilustraciones de libros medievales. Su tratamiento pictórico
les asigna a las formas un carácter que es una flecha de
dos sentidos: por una parte, la texturación, los raspados
y el manchado parecen darles un tono añejo a las obras, un
rasgo de desgaste temporal, por otra parte, este mismo tratamiento
los enlaza con el expresionismo abstracto y les confiere contemporaneidad.
De pronto algunos de los cuadros parecieran quererse arrancar del
abstraccionismo y saltar al campo del paisajismo, en otras obras
como El monte arrojado al mar, una forma se hunde en una verdadera
sinfonía abstraccionista, la clara estructuración
del motivo central, nada en un mar de trazos y colores que se ven
recortados por un marco azul y que sin embargo se prolongan a la
franja inferior de la tela, en un choque espectacular entre geometría
y algarabía de trazos. Sin duda, la anterior es la mejor
obra de las que incluye Cervantes, tanto por sus contrapuntos visuales,
como por su riqueza plástica y su expresividad visual. Este
pintor retoma elementos gráficos que durante generaciones
de ilustradores medievales de escrituras judaicas o cristianas significaron
cosas específicas, creando un universo codificado y coherente
en el que sistemáticamente una aglomeración de líneas
concéntricas, como en gajos amontonados, resumieron una montaña
o una aglomeración de nube, a las que Cervantes vuelve otra
vez un mero grafismo, reabre las formas y así define la historia
del arte y la historia del hombre, como una paráfrasis perpetua.
Es decir, la paráfrasis como una expresión de honestidad
en que se devela el origen y al mismo tiempo se subraya la diferencia.
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Fidel Figueroa (1966)
Cuando Fidel Figueroa se para frente a un cuadro de Sasseta,
Vechietta, Lorenzeti o Fray Angélico, su imaginación
empieza a jugar origami con las formas e inicia una reflexión
profunda en la que el espacio íntimo y público,
interiores y exteriores, se funden y se transforman en un desdoblamiento
poético y compositivo. En su pintura el ritmo estructural
de una arcada, se prolonga en el perfil de una cadena montañosa
que se vuelve a alargar en ventanal, que regresa a ser paisaje
y que deviene en una sucesión de cabezas, de rostros hundidos
en la cera de sus cuadros. Dice Figueroa que ve sus polípticos
como párrafos constituidos por extendidas frases pictóricas.
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Fidel Figueroa |
Yo los veo más como
encadenaciones de versos que forman estrofas de imágenes,
o mejor, como una melodía y sus variaciones. Composiciones
en apariencia sencillas, desplegadas como multiplicación
de motivos, pero producto de hondas y complejas reflexiones en torno
al espacio, la composición pictórica, el dibujo, la
arquitectura dentro de la pintura, el diálogo entre forma
abstracta representada por la forma arquitectónica y el figurativismo
representado por el paisaje y la forma humana. Figueroa sin embargo
aligera esta serie con gestos humorísticos, como el tetra-pack
y embudo incluidos en la parte baja del segundo políptico.
Hay también refinamientos poéticos deslumbrantes,
como la sencillez para resumir la muerte, representada en un pequeño
rectangulito negro que flota en una atmósfera de azules y
blancos. Figueroa ha conseguido cuajar en estas encáusticas
sus investigaciones y preocupaciones de varios años de reflexión
en torno a la forma y la composición, pero además
lo ha hecho paralelamente al alcanzar un dominio deslumbrante de
la cera, con lo cual su trabajo se potencia porque ha aprovechado
hasta el límite las cualidades de su material de trabajo.
Al hablar de sus referentes medievales Figueroa nos da pistas también
sobre su quehacer, cito: Las arcadas se definen en la obra
como la zona iconográfica que integra los sucesos de la narración.
Una narración basada más en instantes (instantes congelados)
que van sobreponiéndose a fin de generar nuevas lecturas.
Asombra la inteligencia de la mirada de este artista, insisto, un
artista mental puro, como pedía Leonardo que se caracterizara
a los pintores. Esa inteligencia lo hace incluir referencias fotográficas
de iconos televisivos como el de Señorita Cometa
para darle ese toque híbrido y contemporáneo a su
trabajo. |
Demián Flores (1971)
Arraigado en un origen de artista del grabado, Demián
ha entablado en todas las series y exposiciones pictóricas,
un intercambio con tradiciones gráficas del pasado y el
presente, pero también del imaginario popular y de la alta
cultura. En algunas series se centró en los códices
prehispánicos y en las pintaderas o sellos de esas culturas.
En otros trabajos, ha reflexionando en torno a la historia pero
significándola con elementos gráficos como las monografías
escolares que venden en las papelerías o los periódicos
de circulación nacional. Ahora su discurso visual parte
de la iconografía de las etiquetas de ciertos productos,
los comics y el trabajo de los rotulistas de locales comerciales.
Para reafirmar este diálogo, Flores practica en diversas
obras una técnica que combina la serigrafía con
el óleo. En ciertas composiciones, sus brochazos, aunque
enmarcados por cuadrados definidos, tienen gestos del expresionismo
abstracto al no hacer totalmente uniforme la superficie.
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Demián Flores |
En otros, asistimos a una
especie de collage que inventa varios planos y en el que descubrimos
también una tensión entre los dibujos que le conocemos
a Flores en su trayectoria y los iconos comerciales, como en el
caso de El Hombre Increíble, en el cual un personaje que
recuerda el logotipo de los refrescos Lulú, se burla de una
cabeza ensimismada de la cual surgen raíces, raíces
que deben ser culturales para un zapoteco de Juchitán, como
lo es Flores. Esta tensión se hace aún más
evidente en Ofrenda Propiciatoria, donde la estructura de una pirámide
de Monte Albán, se ve asediada por diversos personajes de
tira cómica, incluido Popeye que se contorsiona en su cima,
quizá esperando el sacrificio ritual por medio del pedernal
que aparece en el extremo izquierdo del cuadro. Otra característica
de varias de estas pinturas, es que incluyen franjas cromáticas
que parecen propias del diseño gráfico, y que por
cierto, el diseñador Euriel Hernández captó
perfectamente y las trasladó como parte del lenguaje visual
del catálogo de la exposición Monte Albán,
en la que Flores incluyó por primera vez este grupo de telas.
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Jesús Lugo (1963)
Es sin lugar a dudas uno de los pintores más completos
y complejos de su generación. Al escucharlo hablar sobre
algunos de sus cuadros, comprendí que no había
en ellos una saturación arbitraria de estructuras, personajes
y objetos, sino una obsesiva y deslumbrante reflexión
sobre la historia del arte, el oficio pictórico y la
realidad misma. Cada pincelada en sus cuadros, aunque cada uno
contenga miles y miles de pinceladas, ha sido colocada ahí
por una razón específica. Las construcciones fantásticas
que a menudo se incluyen en sus trabajos pictóricos,
ya sea en su serie dedicada a las bibliotecas o en la que lo
motivaron los museos, son para mí verdaderas instalaciones
dentro del espacio pictórico y por cierto, de las instalaciones
más interesantes que he visto en el ámbito mexicano.
En el caso de los trabajos que presenta en esta muestra, las
dos batallas que se incluyen, contienen estructuras de madera
derruidas que aunque podrían ser vestigios de un fuerte,
más bien son una instalación incendiándose
para subrayar el absurdo de la guerra, de las batallas entre
los grupúsculos artísticos e intelectuales, para
evidenciar la ilógica de una sociedad occidental que
como dice un poema de Álvaro Mutis, avanza ordenadamente
hacia el desastre.
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Jesús Lugo
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Los patos de caricatura
bombardeando desde el cielo a los ejércitos, parecieran aludir
a la cultura norteamericana despedazando al mundo, ayer a Yugoslavia
y Afganistán, mañana a Colombia y pasado, si lo deciden,
a México o a Francia. Lugo cita cuadros como el Fusilamiento
de Maximiliano de Manet, pero el pelotón fusila al célebre
Manet pintando que incluyó Fantin-Latour en su célebre
Atelier en Batignolles (1870). En otro cuadro, el mismo pelotón
fusila a sus propias sombras proyectadas en un paredón que
parece salido más de una foto de Casasola que de un cuadro
francés del XIX. Podríamos pasarnos horas hablando
de la cantidad de ideas, imágenes, paráfrasis, alteraciones
y citas que estos cuadros contienen, pero es preciso decir que con
toda esta densidad, Jesús Lugo no se toma en serio, tiene
la capacidad de burlarse de sí mismo, pintar florecitas de
cortinas de baño sobre sus cuadros para dejar en claro que
cualquier cosa pintada encaja en el arte. Lugo se divierte colocando
personajes de cuadros clásicos alineados con personajes de
caricaturas y vaquitas, como situándolas en las hileras del
tiro al blanco, el cual practicará demoliendo muchas de las
estructuras de la cultura occidental. |
Heriberto Quesnel (1971)
Sobre la superficie de un papel tapiz, estampado de cursilería
floreada, no ha crecido una mancha de humedad o pegamento, sino
un pescador de Rubens y una estampa erótica japonesa.
Los sueños del pincel producen monstruos y encuentros
insólitos, más cuando el humor de Quesnel desata
asociaciones que rayan el teatro del absurdo, o bien, como dije
anteriormente, albures visuales, picaresca pura. Otra vez recuerdo
al gran Leonardo, con sus consejos para el pintor novel, recomendando
para estímulo de la imaginación visual, encontrarle
formas a las manchas de los muros salitrosos y enmohecidos;
Quesnel también se ríe de este comentario con
sus atmósferas o fondos empapelados. Si en series anteriores
se burló del machismo con un ácido humor, colocando
al aficionado del fútbol televisado como el arquetipo
del macho, ahora el humor no es tan negro y como dije, raya
en lo pícaro.
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Heriberto Quesnel |
Los trabajos sobre hojas de libros que le valieron premios como
el Arte Joven, eran en cambio obras de una poesía refinada.
No había ahí sino una sublimación de las
artes visuales, un regodeo en la belleza de las hojas impresas,
un alarde de virtuosismo para crear una atmósfera congelada
o citar a Giotto pero desde el estilo propio. Ahora el virtuosismo
se limita a tres o cuatro figuras, se da mayor peso a los elementos
del collage, la ironía se lleva al extremo, no hay más
poesía que la risa y su ritmo descarado. Y ya que hablamos
de poesía, podríamos decir que Quesnel saltó
de la poética preciosista de un Rubén Darío,
a la chispa candente de los poemínimos de Efraín
Huerta.
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Armando Romero (1964)
Si alguien conoce en México a fondo Las Meninas de Velázquez,
es su transgresor Armando Romero, quien a la muerte de Gironella
quedó posicionado como el interlocutor más pictórico
que en nuestro país tiene ese cuadro. La lección
más obvia de aquella genial composición, es que
el pintor está pintando a los reyes quienes aparecen reflejados
en un espejo a espaldas del pintor, por lo que se deduce que se
encuentran parados en el lugar de quien observe el cuadro, gesto
pictórico con el cual Velázquez parece querer decirle
a los espectadores: Ustedes también son los reyes.
Pero además, con esta sola idea pictórica, Velázquez
subrayó el tema de la relación entre el observador
y la obra de arte. El mismo tema y quizá surgido del mismo
cuadro, llevó a Marcel Duchamp a plantear de forma extrema
esa capa invisible que divide al cuadro y al espectador, pero
que a la vez los fusiona por acto y gracia de la mirada voyeurista,
la mirada de quien se hipnotiza por la sensualidad de la obra
artística. En su obra Ètan Donnés, Duchamp
materializa ese umbral, esa frontera, es decir la acota convirtiéndola
en una agujerito hecho en un apolillado portón, por el
cual se mira a una mujer desnuda tirada en el césped, con
una lámpara en la mano y frente a una cascada. Ahora Romero
regresa a esta reflexión, utilizando como motivos para
el mirón, cuadros de Zurbarán, pero colocándoles
un triple filtro: el primero, es una forma de parafrasear que
lo vuelve todo texturas, luces y raspados, muy de la cocina de
Romero, lo cual hace que Zurbarán deje de serlo inmediatamente,
pues si algo tenían sus cuadros era un limpio tratamiento
de la superficie; en segundo término, le ha agregado a
las pinturas una vitrina y en tercero, ha pintado esa vitrina
con pintura blanca y luego ha raspado en ella muñequitos
que parecen haber surgido de un baño público y frases
que ciertamente no son de un albañil.
En su perpetuo reciclaje de la iconografía del siglo de
oro español, Romero ha llegado a posturas que lo acercan
a los dos extremos, es decir, cada día es más pintor
y sus soluciones y preocupaciones tienen cada vez más una
inclinación hacia lo conceptual. Y es que ¿podría
haber otra obra pictórica que encajara tan bien en los
términos del arte conceptual, como la composición
de Las Meninas? Pero también ¿podría haber
un cuadro más pictórico que éste? Ese es
el punto que las interacciones con cuadros del pasado le han regalado
a Romero: el punto en que la serpiente se muerde la cola.
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Armando Romero |
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