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Habitar el libro de Rosario García Crespo por un instante
breve o solamente con hojearlo, nos daremos cuenta que está
tejido con el mismo hilo, largo, sinuoso, sorpresivo y resistente
con el que están tejidos los caminos. Atravesar la satinada
sucesión de sus páginas con la mirada, detenernos
en las fotografías o los textos nos invitan, nos inducen
a recorrer el camino, el largo camino que todos, o cada uno de ustedes,
o yo, deberíamos recorrer, con la alegría del gamo
o con la elegancia parsimoniosa del unicornio, caminando sin intencionalidad
ninguna, sin finalidad, por el solo placer de caminar, por el solo
placer de besar con las plantas de nuestros pies esta Tierra tan
injuriada, ofendida, hollada.
Decía apenas unas líneas arriba, que la mejor manera
de entrar en este camino-libro, sería sin una previa explicación,
porque éste es un camino-libro abierto, abierto a tantas
posibilidades, que intentar una explicación sería
falsear la entrada al camino, arrojar un puñado de tierra
a los ojos del caminante. Pero aquí estoy para comentarlo.
Voy a intentar una breve, espero que sea breve, suscinta explicación,
un comentario desde mi muy particular y falible punto de vista.
Para empezar, no quiero abordar este libro-camino desde una perspectiva
artística, es decir, con una visión que se sirva de
conceptos, prejuicios, lugares comunes, vana palabrería,
provenientes de eso que llamamos, con bien cuidado eufemismo, "Mundo
del Arte", y que tal vez sería más correcto
llamarlo "Industria de la Cultura". Así, no precisaré
posibles influencias, antecedentes o coincidencias en el trabajo
de Rosario, ni la etiquetaré, ni la enmarcaré en la
posible tendencia en la que se situaría su obra. Esto sería,
para mí, y desde mi muy particular punto de vista falible,
no sólo echar un puñado de tierra a los ojos del caminante-lector,
sino una torta de lodo. Trataré de abordarlo desde una perspectiva
(y perdónenme la pedantería de los términos)
desde una perspectiva vitalista o experiencial. |
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| Es decir, como y de que manera me
afecta el libro, que acciones o transgresiones me impulsan a cometer
sus páginas, como incide en mi ámbito vital, cómo
podría trastocar mi cotidianidad o enriquecerla, que me aporta
como habitante de este planeta tan ofendido, tan injuriado, hollado.
Que me aporta el libro, no como artista (palabra tan dudosa como
hipotética) sino como persona, a mí o a ustedes, cualesquieran
sean sus conocimientos del Arte, del Arte con A mayúscula
(término tan extenso y vago como pocos). Trataré,
por tanto, de prescindir de algunos aspectos que sugieran la lectura
del libro, para reconcentrarme en lo que a mi particular modo de
ver, falible, pudiera ser lo esencial.
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Si el arte está al servicio de la vida,
¿porqué nos empeñamos en convertir el arte
en un fetiche?. Todos los justos intentos por desfetichizar el
arte a lo largo del siglo XX pareciera que a principios del XXI
solo ha conducido a convertirlo en un Super Fetiche. Pradojas
de la vida, que no se deja apresar. En este contexto Rosario García
Crespo se nos planta enfrente con su libro y parece decirnos,
con atinada sencillez: caminen, y al caminar estaremos al servicio
de la vida. ¿y luego? Emprendemos entonces el camino olvidado
y así redescubrimos tal vez el filo de la roca en el que
el viento se corta, y oímos la música de los pinos
cuando el viento hecho jirones los hace cantar, y así,
aquí, caminando y viendo como se deshilvana o se desdobla
la nube, recobramos el arte, no sé si el arte con a mayúscula
o minúscula, pero el arte, el arte como sinónimo
de la vida, la vida como camino. El arte, la vida, el camino,
¿no se parecen tanto que pudiera decirse que son lo mismo?.
García Crespo nos hace con su libro una invitación
inesperada y sencillísima: recobrar nuestros pies. Y esto
nos atañe a todos, puesto que no somos ángeles y
por tanto no poseemos alas y nuestra única posibilidad
para ser plenamente humanos es poner los pies sobre la tierra
y ...emprender el camino. Parece recordarnos con su propuesta
–disculpen ustedes por usar una palabra tan manoseada impunemente-
digo, parece recordarnos con su propuesta, que hemos olvidado
una parte esencial, importantísima del ser humano, confundidos
como estamos por nuestras ciber-existencias, rodeados por una
tecnología cada vez mas inhumana, que hace abstracción
de la vida.
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Esta parte esencial del hombre que es
lo lúdico, la capacidad de sorpresa y de juego, y el cuerpo
que la expresa. Esta capacidad innata de desenvolverse con el cuerpo
en el mundo, sintiéndolo, experimentándolo, experimentándonos.
Este cuerpo que también nuestra época quiere profanar.
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Rosario
Crespo nos quiere devolver a nuestro primer contacto, a nuestro
contacto primigenio con la tierra, nos recuerda que nuestros pies
con raíces porque hace mucho olvidamos, que en vez de columna
vertebral, tenemos un árbol dentro.
Pero los pies, nuestros pies, ¿dónde están?.
Ha, pues le hemos hecho a la vida una jugarreta insólita,
inédita, "magistral". Los hemos guardado en el
armario y ahí están empolvándose.
Hemos hablado de los pies, del caminante, pero falta hablar de el
correlato esencial de ese caminate, que es la naturaleza. Las acciones
de García Crespo van encaminadas a celebrar una reconciliación
con esa Naturaleza, a poblarla de nuevo, a resignificarla, a buscar
establecer un rito, tal vez una ceremonia que nos limpie la mirada
y nos devuelva al corazón, la capacidad para volvernos a
relacionar emotivamente, amorosamente, con un bosque, con el silencia
de ese bosque, con la vida secreta, milenaria que alberga. Nos sugiere
de nuevo el bosque como refugio.
Puede ser que en estos tiempos ya no se escriba "en busca
del tiempo perdido", pero juntando diversos autores y libros
pudiéramos reunir una serie de volúmenes bajo el título
de "en busca de la Naturaleza perdida". Independientemente
de la Ecología como moda, de su uso político, de su
tergiversación ideológica, hay una búsqueda
desesperada, aquí y allá por rehacer el cordón
umbilical que nos liga a nuestra madre naturaleza. |
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En el
libro de Rosario García Crespo, hay una búsqueda,
yo diría casi desesperada, aunque a primera vista el libro
no lo muestre, por restaurar a través de las acciones que
realiza, el vínculo primigenio, prístino, con la naturaleza,
echando mano, si es preciso, de lo que sea, Sea esto el yoga, tai
chi, o con las vestimentas cargadas de simbolismo o la sim ple desnudez
del cuerpo. Tal vez estemos muy lejos ya, por lo afectados que estamos,
viviendo en esta burbuja en la cual vivimos, convertidos en niños-burbuja
como decía Baudrillard, de la sonrisa sabia, la sonrisa como
ofrenda, que recomendaba G. Santayana para encarar el misterio o
el enigma de la naturaleza , para que ésta nos revele su
secreto.
El libro de García Crespo parece que implícitamente
nos dice con sus hermosas imágenes: inténtalo, como
tu quieras, como puedas inventa el reencuentro amoroso con este
mundo, con esta Tierra tan hollada, tan injuriada, tan ofendida.
Busca el bosque, porque el bosque es refugio, una catedral de coníferas
donde puede ser que tal vez nos encontremos de nuevo con lo sagrado.
Recorre el camino con la alegría de un gamo o con la elegancia
parsimoniosa de el unicornio y tal vez la naturaleza te abra de
nuevo sus brazos y te albergue en su seno como el hijo pródigo
que deserta de nuestras grandes urbes, dinámicas, excitantes,
pero enfermas. No creo que sea prudente ni pertinente decir más,
sólo invito al lector-espectador y caminante de este libro,
a que lo recorra sin prejuicios ni tapujos.
Texto
leído durante la presentación del libro Caminar para descifrar de Rosario García
Crespo en la librería Gandhi en Cuernavaca, Morelos.
Diciembre, 2002.
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