A
sus ya casi 75 años de edad Jean-Luc Godard sigue dando lecciones
de cómo hacer y escribir una película. Su más
reciente filme Notre Musique (Nuestra Música) nos envuelve
una vez más en un mundo de metáforas, alegorías
y poesía.
La película es una secuencia de breves momentos que forman
una unidad. Hay que esforzarse para encontrar el hilo narrativo
y no confundir la historia central de las anécdotas que surgen
y desaparecen a lo largo de la película. Algunas de las secuencias
podrían ser vistas casi como un clip o un video digno de
cualquier muestra de videoarte de un joven vanguardista y atrevido.
La película comienza en el reino del Infierno con una brutal
secuencia de imágenes irregulares, algunas irreconocibles,
pero todas violentas. Nos introduce en el ánimo de la muerte
con una breve frase: “La muerte puede ser vista de dos formas:
como lo posible de lo imposible, o bien, como lo imposible de lo
posible”. Guerra, dolor, llanto, niños mutilados, tanques,
explosiones, fusilamientos, ejecuciones, campos devastados, ciudades
destruidas. Violencia pura de todas clases, en todas las épocas,
a color, en blanco y negro.
En unos cuantos minutos Godard recorre una historia de muertes
inclementes, una imagen sórdida de lo que ha sido capaz de
hacer el ser humano en contra de su misma humanidad. Acompañadas
de fragmentos musicales extraordinariamente bien seleccionados,
nos hace vivir un auténtico infierno durante 10 larguísimos
minutos, sin palabras, sin explicaciones, puro infierno.
Luego
viene el Purgatorio, casi aliviados nos econtramos en la ciudad
de Sarajevo. Ciudad devastada por la guerra, la capital de Bosnia
Herzegovina, se nos presenta como la alegoría de un mártir.
Entre la culpa y el perdón, el símbólico puente
de Mostar (obra de la arquitectura islámica, destruido durante
la guerra y reconstruido recientemente) corona un encuentro de escritores
que se reúnen para debatir sobre política, arte y
literatura. Con la aparición de los mismos poetas y escritores
como Goytisolo, Mahmud Darwich y Godard mismo, los textos nos conducen
a un estado de reflexión por momentos denso y complejo.
Olga Brodsky es uno de los personajes que nos guiará por
las calles de la ciudad y nos hará conversar con los escritores.
Olga ama la vida, pero no teme morir. Esta joven judía, francesa
de nacimiento e israelita por elección; se ha impuesto como
tarea buscar respuestas con respecto al conflicto entre la Patria
que ha elegido y Palestina, con la esperanza de que Sarajevo será
el lugar donde podrá encontrar la armonía de los pueblos.
Mientras ella discute con notables personajes, el mismo Godard aparece
dando una lección a unos estudiantes. Con un juego inaudito
de cámaras nos va mostrando imágenes, fotografías
de pueblos, de gente, de culturas. Imágenes que nos conducen
a reflexionar en que, al final de la historia, parecen ser mucho
más notables las diferencias que existen entre los pueblos
del mundo, que sus similitudes. En cierto punto de la lección
Godard dice que en 1948 cuando los judíos caminaron por en
medio de las aguas para llegar a la Tierra Prometida, los Palestinos
tuvieron que caminar hacia las aguas. Y es así como los judíos
pasaron a ser sujetos de la ficción, mientras los palestinos
se convertían en materia de documentales.
Olga
nos recuerda con dolor el sentimiento de culpa que se mantiene latente
entre los pueblos: alemanes y judíos, judíos y palestinos,
europa y medio oriente. Ella es el ejemplo vivo del resultado de
la cultura del miedo:“Un sobreviviente no solamente cambia,
se convierte en otra persona”. Olga es asesinada, casi de
forma irónica, por un grupo de policías israelíes
que, creyendo que es una terrorista que está a punto de hacerse
explotar, la ejecutan a balazos. Al recuperar el bolso que traía
consigo, donde deberían haber encontrado los explosivos,
había sólo libros.
El Purgatorio es el espacio filosófico donde Godard presentará
los estatutos fundamentales de su alegoría contra la guerra.
Goytisolo lo manifiesta con vehemencia declarando: “matar
a un hombre para defender una idea, no es defender una idea, es
matar a un hombre”.
Notre Musique tiene algunos momentos de sarcasmo sutil entremezclados
dentro del ritmo poético que la mantiene. Hay una escena
donde están mostrando fotografías de ciudades devastadas
y destruidas por la guerra: Hiroshima, Vietnam, Irak, Sarajevo,
de pronto aparece una fotografía que los espectadores tratan
de adivinar si se trata de alguna ciudad del Europa del este, y
no, resulta ser la ciudad de Richmond Virginia en 1865 después
de que ha sido destruída por el fuego. La destrucción
resulta ser muy parecida en todas partes.
A lo largo de este purgatorio aparecen muchos más personajes,
algunos aislados, otros que permanecen. Estos sujetos son representaciones
de distintos elementos que completan el cuadro alegórico:
Indios pieles rojas que pelean por el derecho de hablar “frente
a frente” con el hombre blanco que los despojó de sus
tierras, un traductor de origen egipcio que habla hebreo, francés,
ruso y portugués, una periodista israelita que entrevista
al embajador de Israel en Francia quien en la Segunda Guerra Mundial
escondió y salvó a su familia de morir en un campo
de concentración.
La imágenes que acompañan estas historias son tan
elocuentes como las historias mismas. Hay momentos de la narración
que me hicieron recordar los experimentos de algunos cineastas surrealistas,
como esa escena donde aparece un gran salón de un castillo
medio destruído, no hay nada más que barriles de los
que emana un fuego ardiente, una silla y una pequeña mesa
donde se encuentra uno de los escritores revisando unos libros,
en el suelo, frente a él se ve una gran pila de libros que
han sido arrojados como si fueran a prender una fogata con ellos.
Una señora entra al recinto y recoge un libro de la pila
y lo coloca en la mesa, al tiempo que otra, toma un par de libros
de la mesa y los arroja a la pila. Uno de esos actos infinitos de
hacer y deshacer. La escena se prolonga sin razón alguna,
casi podría extraerse de la película y hacer con ella
una secuencia independiente.

Siguiendo con el modelo dantesco, la tercera parte de la película,
nos lleva hacia el paraíso. Después de la muerte de
Olga, nos encontramos en un bosque, cerca de una playa, hay gente
jugando y sonriendo, todo es calma. No parece haber un estado de
felicidad total como bien debería ser un paraíso,
pero no hay guerras. Con evidente sarcasmo, vemos que este pacífico
lugar está custodiado por un grupo de, bien armados, Marines
estadounidenses.
En Notre Musique encontramos la melancolía de un Godard
experimentado, triste pero sereno y sabio. Con maestría mezcla
imágenes, poesía, filosofía y ficciones para
crear un cuadro poético de imágenes abrumadoramente
contemporáneas. La guerra está destruyendo nuestras
ciudades, la intolerancia, nuestras almas. |