MACO, la feria de arte; lo contemporáneo definido desde el mercado

Christoph DraegerChristoph Draeger

Guillermo García

Jannis KounellisJannis Kounellis.

El mercado del arte es uno de los sectores de la industria cultural de mayor dinamismo y crecimiento. Es un nicho de la economía globalizada que maneja enormes cantidades de dinero para generar utilidades a los inversionistas, los vendedores y, acaso, algunos artistas.

A pesar de la forma tan profesional de presentar la feria, en un estacionamiento de un edificio semiconstruido en un barrio elegante de la capital mexicana, y de su imagen de glamour empolvado, la verdad es que la sede de la feria MACO de este año es una buena metáfora de su precariedad (nadie sabe si la próxima edición se va a realizar) y de su ensordecedora presencia en una subcultura que confunde la estética con el salón de belleza. Pese a que la feria es flor de un día, casi todo el mundo del arte (museos, curadores, funcionarios culturales, espacios alternativos) programó y explotó todos sus recursos durante cuatro días para hacer ruido y llevarse una tajada del pastel o las migajas.

La forma en que opera el mercado no es un secreto. La suya es la especulación pura entre la oferta y la demanda. La feria de arte recuerdan los históricos escenarios de la venta de esclavos, el moderno piso de remates de la casa de bolsa o el global table dance, todos juntos al mismo tiempo. El arte como mercancía es la última forma de consumo suntuoso de objetos exclusivos, al que se llega de la misma forma en que se satisfacen otras necesidades de estatus. Cuando se poseen todos los símbolos materiales de poder, lo único que resta es el coleccionismo de objetos raros y únicos, entre ellos el arte y sobretodo el arte contemporáneo. La misma etiqueta contemporáneo resulta tan ambigua, que año con año resulta muy fácil cambiar su definición para pontificar: esto es lo contemporáneo o aquello ha dejado de ser contemporáneo. La ambigüedad e inestabilidad del término es el factor que genera la carrera frenética entre los que dictan qué es lo contemporáneo y los que pueden estar "al día" o a la vanguardia.

Natalia EguiluzNatalia Eguiluz.

La feria MACO nos ofrece un ejemplo de cómo funciona esa definición de lo contemporáneo. Por principio, y dado que se trata de un evento de reciente aparición en este país y es subsidiaria de ferias similares, los grandes nombres comerciales consagrados no aparecen (no hay Warhols, ni Koons, ni Hirsts), el visitante seencuentra con algunas piezas excepcionales de artistas internacionales que pasan desapercibidos: obras de gente como el brasileño Helio Oiticica (en la galería Nara Roesler), el griego-italiano Jannis Kounellis, o gráfica del estadunidense Richard Serra (en la Caja Negra). Lo regular es encontrar obra de los llamados artistas emergentes, cuyas acciones en el mercado de valores artísticos se encuentran todavía en un nivel accesible (entre mil y cinco mil dólares), pero, sobra decirlo, inaccesible para la mayoría de los curiosos visitantes de la feria. El mercado del arte es un lugar de exclusión y por tal motivo sus productos parecen extravagantes, aun cuando sus referencias visuales sean tan comunes como la muñeca Barbie o los personajes de Star Wars; no obstante, el gusto que genera el arte entre su clientela es una demostración significativa de la frivolidad de la clase en el poder y de la hegemonía que ejerce el mercado sobre la producción de los jóvenes. En el primer piso de la feria, el imaginario adolescente está a la alza (referencias a la pornografía, las historietas sórdidas y cándidas) y los símbolos animales (sean burros, vacas, coyotes o bestias humanoides) abundan por toda la llamada sección Emergente de la feria. El reciclado de la cultura televisiva y cinematográfica, aderezado con las distorsiones que pululan por Internet, consigue el interés de la generación Pepsi. Algunos de los jóvenes asistentes opinaron que ver obras de arte de esta manera (en cubículos y aparadores, rodeados de curiosos) resulta mucho más atractivo que asistir a un exhibición formal. Razón de más para suponer que el mall le está ganando al museo. Eso es lo de hoy .

Para muchos la feria de arte es una oportunidad de asomarse al acto creativo. Lejos de la estructuración de las exhibiciones de museos o del ámbito cerrado de la galería. El público quiere ver el exotismo y la bohemia, alternando con anuncios de Michelin que recorren los pasillos de la feria manejados por chicas en monociclos eléctricos. Los consultores de arte y coleccionistas que pasean por los pasillos buscan el talento desconocido que pueda dar la sorpresa y convertirse en un hit en cuestión de 24 meses. Los coleccionistas invitados por la feria actúan con la seguridad de que el mercado es un lugar que puede ser manipulado. Basta con que un súper coleccionista como Eugenio López, Agustín Copel o Aurelio López Rocha, compre una obra para que surja el rumor de que ese artista es el talento a seguir.

Marcel DzamaMarcel Dzama.

Si alguna vez el arte contemporáneo representó una ruptura de normas o una actitud de rebeldía presente, hoy está claro que la feria existe para servir a los intereses del consumismo, que se expresa en esa mezcla de fiesta, o pasarela de moda, donde ritualmente se reúnen los comerciantes y productores con sus clientes para establecer qué es y cómo debe consumirse el arte contemporáneo a la carte. Los artistas son peones del tablero, pero, como señala Pablo Helguera en su muy disfrutable Manual de estilo del arte contemporáneo, también los hay que son las reinas del ajedrez, que tienen la capacidad de moverse en cualquier dirección y ser representados por varias galerías simultáneamente. Marcel Dzama, el artista canadiense que forma parte de la colección Jumex, está presente con instalaciones y sus ya conocidas acuarelas de un tenebrismo ingenuo, en varias galerías.

Renato GarzaRenato Garza.

El poder de convocatoria de los galeristas, los caballos del tablero, se mide en el segundo piso, donde están las más importantes obras del mercado nacional e internacional. Ahí se estableció una estrategia doble, cada galería cuenta con una muestra en el piso de la feria y en su sede. OMR presentó una pieza de Eric Beltrán, uno de los nuevos consagrados, y a la vez presenta la exposición de Iñaki Bonillas en su galería en la colonia Roma, además de una colectiva de sus artistas de sangre azul en un espacio alterno. Alfredo Ginochio, habiendo dejado atrás su asociación con el grupo internacional de galerías Praxis, estrena nuevos artistas, más objetuales, menos pictóricos y expone dibujos y pinturas del cubano Offil Echeverría en su local de la zona de Polanco. La galería EDS también hace lo propio y presenta obras de Joaquín Segura, quien simultáneamente realiza una instalación en la galería Trolebús, frente al Hotel Condesa. En el stand de esta galería las efigies de Cuauhtémoc Medina, gurú del arte posconceptual, posnacional, postodo, se venden a 500 dólares (se han comercializado más de cien) y hay incluso amuletos miniatura con la misma efigie del buda dorado de lentes a sólo 200 pesitos, probablemente lo más accesible de la feria. El sistema artístico crea sus propias estrellas guiado por el marketing.

El sobrecargado ambiente de la feria está modificando la forma en que pensamos y vemos el arte. Nos hace pensar la propuesta de los artistas en términos de fama, jerarquía y recursos de producción. Muchos artistas globalizados realizan su obra mediante subcontrataciones de talleres, y México se ha convertido en el lugar propicio, pues la subsistencia de medios artesanales de producción (cerámica, vidrio, gobelinos), lo convierten en un lugar de maquila de bajo costo. Este sistema de producción sin fronteras realiza productos que aparecen en cualquier mercado del mundo sin llevar la impronta de quien lo hizo o los concibió. La obra de arte se homogeniza y todo se parece, no importa si se trata de una galería austriaca como Krinzinger (que en los 90 representó a los accionistas vieneses en la difunta Feria de Guadalajara), la galería Luis Adelantado de Valencia, que representa a la nueva generación de artistas jóvenes mexicanos (Marcos Castro, Emilio Valdés), o la galería de Enrique Guerrero, donde el burro cervecero de Artemio fue producido en un taller en México. Los productos artísticos de la feria subsidian estilos muy visibles y cancelan autonomías invisibles. Cabe preguntarse si el gusto del público es producto de una decisión personal consciente o de lo que vemos en los aparadores del mercado. La respuesta es sencilla: hasta el más escéptico encuentra difícil sustraerse a la idea de que esos productos que alguna vez valieron cientos de dólares, hoy alcancen cifras de siete dígitos. Hay algo que resulta mágico y perturbador en esos precios, sobretodo cuando se les relaciona con la mediocridad de contenidos que representan algunos de esos objetos.

Agustin PortilloAgustín Portillo.
Erwin WurmErwin Wurm.

El tema ya no es importante para fijar la calidad estética y ética de la pieza y su contemporaneidad. Caricaturas pintadas al óleo por Agustín Portillo (galería Oscar Román) de la influyente dealer Patricia Ortiz Monasterio o de Zelika García, directora de la feria MACO, encuentran rápidamente compradores, pues ellas son los íconos y los power brokers de la actualidad. Si en algún momento el arte emitió juicios y representó a los invisibles, actualmente su palabra está condicionada por una sola pregunta: ¿es o no contemporáneo?

Ver la otra versión: Crónica de una feria anunciada

Antoni Muntadas Antoni Muntadas.

Fotografías de Gabriela Galindo

 

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Fecha de publicación: 06.05.2007