De la banalidad de la acción

Guillermo Santamarina, Frei Von jedem Schaden (2006-2013)Guillermo Santamarina, Frei Von jedem Schaden (2006-2013).

María Antonia González Valerio

Guillermo SantamarinaSe ríe cínica y burlonamente. Lo ha hecho siempre así. Un desencanto gozoso, una crudeza ruda y muy necesaria. Aunque parezca lo contrario, no adorna nada, el acicate sería excesivo, ridículo incluso. El personaje ya es, de hecho, bastante robusto, denso, difícil, engañoso (un trompe l’oeil por sí mismo).

A veces me da miedo (lo confieso apenas, por haber atestiguado exabruptos coléricos, derrames de ira con justificación anexa –e intensa). Pero cuando ríe se deja ir, aunque sin inocencia, aunque sin cálculo también, es en todo caso su risa producto de la crítica bruta y de filigrana a la vez; no se cree nada, disidente de todo, empezando por sí mismo, vive sin embargo para el espectáculo que él mismo se ha montado para sí, en torno a sí. Una mismidad, no obstante, resquebrajada en producción, en acción; años de hacer estallar el cuerpo propio en lo que fabrica: sus instantes de banalidad (del arte).

Guillermo SantamarinaLas cajitas de vanidad le tienen sin cuidado –aunque aquí también podría parecer lo contrario.

Se entrega al placer de lo efímero, disfruta el personaje, lo encarna, lo vive con desenfado –completamente poseído, posesionado por este afán de ser otro, de ser aquel que con un movimiento cuidadoso, estudiadísimo de la mano hace surgir la música y la hace también callar.

Guillermo Santamarina se da en esta acción en la que se afirma con contundencia, el titubeo queda en otro lado, no sé en cual, pero en otro. La pieza que se exhibe en el MUAC como parte de la exposición Pulso alterado es una muestra precisa de la banalidad de la acción y sus movimientos:

Un muro blanco en espera de ser alterado. Un hombre que realiza un performance, como debe ser, en vivo. Deviene parte de la representación. Después queda el video, el registro que se exhibe sobre la pared también blanca. Pero el performance es en la consumación de la acción. Quién sabe qué es lo que queda de eso, quién sabe cómo se pueda leer la huella insertada punzantemente sobre el muro blanco. ¿Huella de qué?

Santamarina tiene ante sí tremenda colección de discos en acetato. Me asegura que no es la suya, aunque alguna vez se dijo que era así (este performance ya había aparecido antes). Selecciona con gestos indiscutibles. Elegantemente vestido realiza una y otra vez el mismo movimiento de tomar el disco y decidir su destrucción o su conservación. La destrucción es estridente. Se le arroja –reminiscencia infantil de los platillos voladores- contra el muro blanco, se clava allí y/o se rompe en muchos pedazos que van decorando el piso con los restos de vinil. La acción dura unas cuantas horas en las que él se actúa a sí mismo, se colma de sí, ¡ay que ver tanto placer en una mirada, tanto regocijo en el trazo sudoroso con el que ya después de repetirlo cansinamente pero con un entusiasmo inagotable sigue arrojando con toda la fuerza de la que es capaz disco tras disco sobre un muro que es lacerado con el vinil musical! ¿La significación de la acción?

Guillermo Santamarina, Frei Von jedem Schaden (2006-2013)
Guillermo Santamarina, Frei Von jedem Schaden (2006-2013)

Esta acción me ha parecido tan bella porque se consuma en sí misma, porque no pide ser repetida ni conservada, porque deja ver de manera nítida a qué punto el arte y su representación es la posibilidad de jugar con la acción y no sólo con la materia, de jugar con la acción sin intención, sin meta. Rompe la lógica de la razón instrumental, de la que quiere medios y fines delineados. De la que espera ver en el arte, sí, también en el arte, algo justificable, algo que sirva para el bien, la moral, la justicia, la educación, la política, la libertad y la alegría de todos los pueblos. La razón instrumental, que ha dominado certeramente el mundo de la tecnociencia, que ha dominado la producción de conocimientos en las ciencias y en las humanidades, aparece rampantemente en el mundo del arte y se lo va llevando de a poco haciéndole creer que aquella autotelia decimonónica era un aburguesamiento vergonzoso y que tendría también que convertirse el arte en productividad aunque fuera de otro modo, aunque fuera ese ya de por sí reducido ámbito de la educación estética o de la apertura de visiones del mundo distintas o de la transformación de las condiciones sociales de existencia o de la manifestación del ser en su luminosidad enceguecedora.

Guillermo SantamarinaGuillermo Santamarina escoge de entre todas esas funcionalidades con su mano de movimientos estudiadísimos y displicentemente –este es el gesto que mejor le sale, sin ensayo alguno, con vocación toda- las va arrojando contra el muro. Se ríe, a carcajadas, y afirma la banalidad de la acción. El disco que vuela se siente, se goza en esa consumación momentánea, ¡ay que reír con él! Pues el arte sigue siendo la manipulación y la generación de la acción sin conceptos, sin ideologías, sin programas. Un puro fluir.

Me acuerdo de pronto de las acciones sinsentido de Martin Kippenberger, de lo contestatario que hay en sus producciones, precisamente por inútiles, por ser para nada. Repetir un mismo movimiento un cierto número de veces y ya. Porque sí. La subversión a veces está en la nada. Está en la falta de explicación. En la falta de programa. La subversión es a veces la banalidad. Hay que mirarla con demora sin esperar a cambio renacer iluminada tras la experiencia del arte. Hay que burlarse de eso también. Hay que aprender, siguiendo a Santamarina, el nacimiento y la muerte del instante y dejar ir, eso simplemente, dejar ir, sin aferrarse para que se quede. Disfrutar la acción (porque todo está tan lleno de objetos). La acción porque sí. Fotografías de Gabriela Galindo

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Fecha de publicación: 20.12.2013