El arte de criticar el arte

Keith ArnattKeith Arnatt, I'm A real Artist.

Gabriela Galindo

Con altas y bajas, unas cuantas risas, muchos debates, discusiones y uno que otro disgusto, concluyó el pasado 18 de julio el primer Encuentro Iberoamericano de Crítica de Arte, en las sedes del Museo del Palacio de Bellas Artes, el Museo de San Carlos y el Museo de Arte Moderno, en la Ciudad de México.

Posiblemente el mayor acierto de este evento, iniciativa del crítico y curador José Manuel Springer y articulado por Carmen Gaitán directora del Museo de San Carlos, fue el haber convocado a nuevas voces a reflexionar y discutir sobre el papel de la crítica de arte dentro del contexto de la transformación de la práctica artística actual, los cambios sociales y políticos que la intersectan, así como la reflexión de la influencia de los medios y herramientas que hoy se tienen disponibles para publicar y difundir los textos críticos. Con algunos saltos en el orden de las mesas y ponencias que se presentaron, abordaré algunos temas que durante los tres días del encuentro fueron recurrentes, pero por razones de espacio tendré que dejar muchos otros fuera.

Ask the criticEl primer encuentro tuvo por tema La crítica como medio de legitimación que abrió con la ponencia de José Springer con una reflexión acerca de la crítica, no sólo en su papel de interpretación o mediación, sino fundamentalmente como un acto creativo. La crítica de arte debe avanzar hacia la reformulación de las estrategias críticas preestablecidas y crear un puente entre las experiencias de ámbitos distintos, entre los que están primordialmente el visual y el lingüístico. Se trata de una crítica que deje de lado la calificación y descalificación, y esté sustentada en la escritura creativa y la argumentación clara. Puntos, que en parte, fueron apoyados por las dos participantes de esta mesa, la ensayista española Estrella de Diego y la curadora argentina Diana Wechsler, aunque cada una presentó algunas objeciones al respecto. Este primer debate abrió la puerta para el planteamiento de una idea que posteriormente se repetirá en varias de las discusiones de los siguientes días: la idea de la crítica como un relato, una narración que nos atrape en la red que se entreteje entre la obra de arte, la experiencia y el texto crítico. La crítica, según Springer, debe procurar alejarse de construcciones ideológicas preestablecidas y partir de un relato que contextualice a la obra con el fin de ampliar los límites de interpretación de la misma. Punto que fue secundado (aunque de manera lateral) por Estrella de Diego quien consideró que la crítica debe abandonar el papel taxativo y abordarla desde el terreno de la narración, es decir como una acción de “narrar narrando”. Desde esta perspectiva la crítica será vista entonces como un relato de su tiempo, punto que la ensayista española consideró clave tanto en la labor del crítico como en la del curador.

Por otro lado, Diana Wechsler, aunque insistió varias veces en que disentía con Springer, en su presentación apoyó de igual manera la idea de que la acción crítica debe presentarse como un montaje narrativo que provoque un encuentro con las imágenes y contribuya al pensar (un pensar que yo interpreto también como un acto creativo).

Norman RockwellMe pareció interesante, aunque en algunos sentidos discutible, esta propuesta como un intento de plantear la narración crítica del arte desde la perspectiva de una acción en la que la imaginación se impone como una articulación de la conciencia de forma libre (o relativamente libre en tanto que la crítica estará siempre ligada a la obra de arte),  vista desde la relación entre el pensamiento, la obra de arte y el lenguaje.

En cuanto al tema de la legitimación, mientras que Weschler propuso que habría que empoderar al espectador bajo la sentencia de que “debemos cederle la voz al público”; García Canclini en su conferencia magistral titulada La crítica como legitimidad y disidencia, nos remitió a una pregunta anterior: ¿qué es lo que hay que legitimar?. García Canclini nos hace reflexionar sobre el debilitamiento del impulso de la acción develadora y reveladora de la crítica y consecuentemente cómo ha ido perdiendo parte de su propia legitimidad. Propone ir más allá de la crítica de las estructuras de dominación a partir del destronamiento de la noción de estructura, ya que es necesario considerar que el anterior predominio de la idea de clase, hoy ha sido sustituido por la pertenencia, ya no necesariamente a una clase social, sino a la red tecnológica. Actualmente, el excluido es aquel que no cuenta con una conexión a Internet, si no está en Facebook o no tiene el Whatsapp en su teléfono.

García Canclini coloca al arte en un espacio de inminencia borgiana, es decir como un entramado que busca comprender la inmediatez del pasado, el presente y el futuro de lo que es, entendido como una totalidad. La inminencia de una revelación, que entiendo como una especie de eternidad distinta, no separada de la existencia, pero entrecruzada con ella. Se trata pues de comprender el arte con una función distinta al ordinario, con usos y significados distintos al original. En este orden, el compromiso de la crítica deberá asimilarse como experiencia de lo inminente que le impide enunciarse como poseedora del conocimiento y debe operar ya no sobre las obras solas, sino sobre los acontecimientos que ocurren en las interacciones de públicos diversos.

El problema de la legitimación del crítico, como bien lo apuntó García Canclini, sobrepasa el tema de las instituciones que detentan el poder o las hegemonías culturales predominantes. Aunque algunos de los asistentes insistieron en esa idea, ya casi anacrónica, del derrocamiento de los poderosos, Estrella de Diego se proclamó foucaultiana aseverando que es imposible salirse del sistema y que más vale disentir desde dentro de la propia institución, que revelarse fuera de ella y que nadie te escuche.

The CriticSigue siendo una realidad que mucha de la legitimación del crítico proviene de los medios en los que publica. Los mismos ponentes presentaron como cartas legitimadoras el hecho de haber publicado o ser parte de los equipos editoriales de revistas y periódicos como Art Forum, El País o medios locales como, Letras Libres, El Financiero, La Jornada, etc. Pero lo cierto es que hoy esa legitimación está en entredicho, no sólo por la proliferación de medios independientes y la facilidad que nos dan los medios electrónicos, sino por la propia crisis que vive la crítica y su decantación por las competencias dentro de las propias instituciones museísticas. El pensamiento crítico, apuntó García Canclini, se forma tanto en papel como en la web, de forma que el reto de legitimación de la crítica no se encuentra más que en sí misma.

Era de esperarse que el tema de las ya viejas “nuevas tecnologías” fuese mencionado en la mayoría de las discusiones, además de la mesa específicamente dedicada a la reflexión sobre medios y plataformas para la crítica de arte. En el siguiente encuentro, el crítico y curador español Orlando Brito abrió con una ponencia titulada En las distancias cortas y desató cierta polémica al hacer un llamado a los jóvenes para desprenderse por momentos de esa avasallante vida virtual y volver la mirada a la experiencia de lo real. Punto que Ramón Almela, quien además de crítico cuenta con un blog desde hace 15 años, debatió con cierta firmeza, apoyado por el más joven de la mesa, el regiomontano Alberto García Rico.

La pregunta que sostuvo el debate podría resumirse en torno a qué tan real es lo virtual y si la experiencia de la virtualidad es igual o distinta a la del mundo. El tema daba para una larga discusión, empezando por la necesidad de definir los límites entre lo real y lo virtual, tan tenues como la diferencia entre lo ficticio y la realidad; sin embargo, a pesar de que la presentación de García Rico fue, un tanto oscura, pero con mucha información sobre la influencia que la tecnología ha ejercido en la transformación de la escritura misma de la crítica, la discusión posterior no fue tan fructífera como prometía.

Antonio Espinoza, crítico de arte de larga carrera, amenizó la mesa con su teoría de que los críticos han devenido en una especie de muertos vivientes tipo zombis que luchan con un monstruo de nueve cabezas (aunque nunca me quedó claro quién realmente era ese monstruo). Apartándose por completo del tema de las tecnologías, nos remitió casi con un tono nostálgico hacia la historia de la crítica en México desde la década de los 70, cuando Teresa del Conde y Raquel Tibol resaltaban como figuras estelares; sin duda su ponencia estaba muy bien articulada y con tintes de un humor que todos agradecimos; sin embargo, rompió la fluidez del debate que apuntaba a una interesante discusión sobre la necesaria transformación que la tecnología ha impulsado en el modo en que se escribe, se publica y se piensa la crítica de arte en la actualidad; dejándonos al final con la amarga sensación de que en papel, en la red o en una tableta, la crítica de arte está en problemas y no existen fórmulas mágicas (mucho menos virtuales) para mejorar la calidad de los textos y contar con más lectores.

El siguiente encuentro,  aunque fue donde se dio la discusión más acalorada del evento, desde mi punto de vista, fue el debate más desafortunado. Inició con la ponencia del crítico valenciano Joan Peiró con el sugestivo título de Matar al mensajero (la obra es el mensaje). Peiró alude a la famosa sentencia para enunciar el equívoco de creer que el responsable de la mala noticia es el portador del mensaje, entendido como una analogía donde el mensajero es el crítico y el mensaje es la obra. Esto, al menos así lo entendí yo, no quiere decir que el mensaje (o sea la obra), es necesariamente una mala noticia, sino que muchas veces se responsabiliza al crítico de un mensaje, que aunque propio, está en la obra.

Recurriendo a Oscar Wilde y a  Marshall McLuhan reflexionó sobre el papel del crítico en esta función de mediador/traductor, así como del arte mismo, la imaginación, la belleza y, el punto que desató la polémica, sobre la emoción. Peiró señaló la importancia de la emoción, tanto en la apreciación del arte como en el acto de la reflexión crítica, punto que fue secundado por la participación de Luis Rius, y que posteriormente desató cierto arrebato de la crítica María Minera quien, efusivamente disintió argumentando que incluir el tema de la emoción era una cosa casi ñoña y de la era pasada.

El desatino de Minera, quien participó con una intervención espontánea y un tanto desarticulada, fue confundir el término emoción con algo como sensiblería o cursilería. Baste señalar que es imposible pensar que existe una línea claramente definida que separe la emoción de la razón; el filósofo Richard Wolheim[1] sostiene que toda acción humana implica un grupo de disposiciones mentales que están “coloreadas” por las emociones y que éstas son las que le darán un determinado teñido a todo lo que pensamos. Asimismo, el arte es una actividad subjetiva, por tanto es imposible sostener, como lo apuntó Minera, que uno puede escribir un texto crítico sobre arte aludiendo a una pura objetividad racional.

Y como era de esperarse, a un desatino le siguió otro más. El error de considerar la emoción como sinónimo de cursilería, trajo consigo la respuesta de varias participantes (ojo, dije varias y no varios) que defendieron el territorio de la emoción como espacio propio, como si los hombres no tuvieran derecho a hablar de emociones, o incluso porqué no, a ser tantito cursis. De ahí que la discusión final se alejó por completo del tema original que prometía ser interesante sobre la crítica como práctica teórica y de escritura; y acabara en una especie de batalla entre géneros, donde los hombres se disculpaban por ser emotivos y las mujeres arremetían desde posiciones anticuadamente feministas.

El día cerró con una complicada ponencia de Pilar Villela que haciendo analogías con teorías provenientes del campo de la administración y la mercadotecnia; y terminó por reconocer que era difícil que entendiéramos de qué estaba hablando, pues su argumento requería de muchas más explicaciones que no le daba tiempo de exponer (?)

Pablo HelgueraPablo Helguera, Artoon.

El tercer y último día del encuentro inició con la conferencia magistral de José Luis Barrios La crítica de la crítica que nos hizo hacer gimnasia mental con sus argumentaciones filosóficas a manera de triples mortales hacia adelante y hacia atrás, con giros benjaminianos incluidos. Desgraciadamente creo que no existen condiciones de posibilidad para que yo pueda expresar algo coherente sobre lo mucho que dijo en su extensa plática. Cómo podría resumir un texto en que de tirón citó a Kant, Adorno, Benjamin, Foucault, Deleuze, Gadamer, Heidegger  e incluso  la poesía de Paul Celan. Sólo puedo decir que mi maestría en filosofía aún no me da el nivel requerido para comprender todo lo que dijo Barrios; quizá lo logre cuando me anime a entrarle al doctorado.

En la penúltima sesión del encuentro, dedicada a Pensar y escribir desde  el arte  se atendieron temas que, si bien parecían un tanto inconexos, resultaron en discusiones interesantes.  Los artistas Mónica Mayer, Eduardo Abaroa y el crítico Erik Castillo abordaron el tema de la crítica desde la posición del artista. Como lo había apuntado Springer desde la primera ponencia, el mejor crítico de un artista es nada menos que otro artista. Mientras Abaroa se burlaba del museo que nos deja con el “ojo cuadrado”[2], Mayer con su estilo ligero y desenfadado atinó en poner el dedo en la llaga sobre la falta de reconocimiento de la labor de muchos (algunos de ellos artistas, otros críticos y curadores) en el trabajo de recopilación y clasificación de textos críticos, materiales documentales y reseñas; como la invaluable labor de su propio colectivo llamado Pinto mi Raya, que cuenta con el mejor archivo en México de documentación de performance.

Mafalda

Castillo nos sorprendió con un discurso muy bien armado, cerrando la mesa con una cita del poeta El Conde de Lautremount quien sostuvo que el progreso que nos interesa es el que tiene que echar mano de todo lo dicho en la medida de los intereses de cada quien, pero donde la tarea difícil es hacer buen uso de eso que han dicho los otros. Castillo entonces, propone que la tarea del crítico es hacer un uso “promiscuo” de esos discursos y producir una escritura libre pero comprometida con el arte; donde ya no se trata de la reconstrucción de las imágenes a través del lenguaje, sino de la construcción de un discurso que se piensa al lado de las imágenes pero que no esté limitado por ellas.

Finalmente el último encuentro dirigió la atención hacia la Crítica en Latinoamérica en la que participaron ponentes de Argentina, Colombia y Cuba (mesa que, para los que dijeron que había minoría femenina, estaba conformada solo por mujeres). La sesión abrió con la ponencia de Graciela Speranza titulada Tiempo transfigurado, un ensayo sobre la manera de abordar el arte no desde la perspectiva del lugar donde se produce sino de sus implicaciones temporales.

Lo más destacado de esta mesa fue la presentación de la investigadora Ana Longoni quien habló del proyecto Perder la forma humana. Una imagen sísmica de los años ochenta en América Latina, que se trata de una exposición producto de una ambiciosa investigación que reunió varios cientos de documentos entre los que se encuentran fotografías, videos, material gráfico y sonoro, que señalan ciertos acontecimientos políticos y su manifestación artística en América Latina en los años 80.

Esta visión desde lo latinoamericano, se vio un tanto cuestionada (aunque no en el debate) por Carolina Ponce de León quien sostuvo que hay ya un agotamiento del pensar la crítica desde América Latina, es decir que es necesario comprender el arte desde el arte y ya no desde esa visión de “lo latinoamericano”. Débil en cambio, me pareció la intervención de la curadora cubana Taiyana Pimentel que se limitó a promover un nuevo proyecto de una escuela de crítica de arte, aunque al momento de la discusión presentó buenas argumentaciones para defender algunas objeciones que se dieron por parte del público con respecto a la relación inherente que existe entre el arte y la política.

Este truncado e incompleto panorama es solo una probadita de lo que fueron tres intensos días de discusión sobre crítica de arte. No sé si este evento va a estimular a alguien a escribir o leer más sobre este tema, pero lo que es patente es que habemos muchos interesados y ya nos estamos apuntando para el siguiente encuentro que anunciaron se realizará en  2016.

 


[1] Wolheim, Richard, On the Emotions, Yale University Press, 1999.
[2] Una alusión a la reciente y bastante mala campaña publicitaria del Museo Universitario de Arte Contemporáneo MUAC.

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Fecha de publicación: 30.07.2014