| Cuando
digo eco suenan muchas más cosas de las que digo. Porque,
al acercarse a la obra de César Martínez, uno se queda
en la mera superficie si no es capaz de abrirse al juego sutil de
resonancias y reverberaciones abiertas que fluye en todas sus piezas.
Así que, de entrada, conviene inventarse una palabra, como
él hace casi a cada momento, una palabra que en su caso,
como en las disputas teológicas medievales acerca del carácter
de los ángeles, pretende establecer la coincidencia entre
individuo y especie: ecoperformer.
Ecoperformer, es decir: caso único e irrepetible
de un artista de la acción, del, como dicen en México,
o de la, como decimos en España, performance, un
artista cuyas acciones tienen su eje de gravedad en los deslizamientos
sutiles del lenguaje, en las reverberaciones de la palabra, en sus
ecos semióticos, a la vez que sitúan su objetivo
artístico fundamental en la regeneración ecológica
del tipo de vida absurdamente contaminada que llevamos en el mundo
de hoy.
De verdad que hay algo de ángel en este ser especial,
como sabemos todos los que le hemos tratado. Algo que implica pureza
y voluntad de elevación. Algo que supone, sobre todo, un
deseo de recuperar los instrumentos esenciales de la comunicación
con el otro, la capacidad de compartir vida y experiencia con los
demás, restituyendo así lo que debiera ser
la condición humana en el espejo del ideal, en el nicho ecológico
de sentidos al que pertenecemos, pero que la deriva destructiva
de la tecnología y la violencia de masas hace inviable.
Se trata de una propuesta altamente subversiva, como todo lo que
tiene que ver con la pretensión de darle la vuelta al lenguaje,
propósito inscrito en la revuelta de los ángeles rebeldes,
e inevitablemente ligado a su caída. Ya desde el inicio de
su trayectoria artística, en la segunda mitad de los años
ochenta, César Martínez procede dándole la
vuelta a las cosas y a sus sentidos inmediatos: comienza utilizando
fuegos artificiales en la producción de sus obras, y después
emplea dinamita y nitroglicerina para la realización de sus
esculturas de acero inoxidable. El carácter destructor del
explosivo se convierte en llama de luz, de forma muy similar a lo
que se expresa en uno de los más hermosos poemas de Octavio
Paz: “son llamas/ los ojos y son llamas lo que miran”
(Piedra de sol, 1957).

En efecto, las imágenes que los explosivos provocan en
la aleación de hierro y carbón iluminan esa situación
de pérdida, esa condición escindida y doliente, que,
como en un eco de destrucción, atraviesa nuestro mundo. Piezas
que expresan, sobre todo, la incertidumbre ante el tiempo que vendrá,
ante un futuro lleno de amenazas, como en Pasado del futuro
(1993), El sacrificio de la inteligencia (1993), Icarus
de fin de milenio (1993), o La impresión del futuro
(1993). O también la comprensión, de raíz barroca,
de la muerte como algo vivo en nosotros, tan intensamente
ligada al destino de esa síntesis de culturas que constituye
lo mexicano, como nos supo hacer ver mejor que nadie también
Octavio Paz, y que podemos apreciar en obras como ¡Viva
la muerte! (1993) o La santísima muerte (1993),
auténticas alegorías, inscritas en el género
de la vanitas, de las derivas tanáticas de nuestra
civilización.
Esa línea, a través de la cual el fuego destructivo
se transforma en llama de iluminación, pero en este caso
también en aroma de los sentidos, conduce a sus
distintas producciones de grupos escultóricos realizados
con cera y copal, concebidos como obras dinámicas y en proceso:
las figuras arden, desprenden el olor del fuego al quemar la cera
y el aroma del copal, y van produciendo un impresionante flujo laberíntico
de canales y surcos que nos habla de la inevitable descomposición
del cuerpo y, a pesar de ello, de la extraña belleza de ese
proceso. Cuerpos. Figuras humanas: imágenes duales, expresiones
del vuelo del espíritu donde germinan las palabras y de la
irreversible fugacidad que nos liga a la tierra.
Si se trata de regenerar y de volver a compartir, lo mejor quizás
sea entonces invitar a comer a los demás. Pero,
de nuevo, en ese giro de la acción, César Martínez,
a la vez cocinero y sacerdote laico, hace jugar las voces de los
ecos. Comer juntos, pero comer figuras como las nuestras. Invitar
a comerse a los demás, al otro: el cuerpo de gelatina
o de chocolate. La ceremonia compartida, como los aztecas antes
de ir a las guerras floridas, y a la vez el signo del canibalismo,
de la ingestión devoradora de lo humano, sedimentado o no
en cuerpo, inseparable siempre de los procesos de cultura.
Pero
si la llama ilumina, el aire cifra nuestro aliento: ese
aire, necesario para la vida, y sin embargo comprometido hasta el
extremo en las desbordantes y abigarradas acumulaciones urbanas
de nuestro tiempo, y de las que México DF constituye un caso
extremo. El propio César Martínez ha escrito, en un
estilo que constituye una buena muestra de la importancia desencadenante
del lenguaje en su obra: “El bióxido de carbono
politizado y el impuesto al oxígeno agregado han provocado
que en cada momento se adormezca y extravíe la vida al grado
de confundir a las vías respiratorias en espantosos ejes
viales como sucede en la mayoría de las anxiudades
más pobladas del mundo.”[1]
Podemos encontrar, de nuevo, aquí un sugestivo paralelo con
lo que Octavio Paz escribió, al retornar después de
muchos años a México, en su poema Vuelta,
recogido en el libro del mismo título, publicado en 1976:
“Camino sin avanzar/ estoy rodeado de ciudad/ Me falta aire/
me falta cuerpo”.
Paz lo deja claro: la falta de aire es equivalente a la falta
de cuerpo. Y es ahí, en ese núcleo, en esa raíz
expresiva, donde se sitúa el cauce de donde fluyen las
estatuas respirantes de César Martínez. Esculturas
blandas, que en su despliegue neumático alcanzan una consistencia
dolorosamente fugaz: “La vida es eso, un suspiro”,
escribe César Martínez [2].
Esculturas inflables y, por ello mismo, también
desinflables, en una dialéctica sin término
que expresa el aire que nos falta: inspirar y expirar,
pero también, una vez más, el ciclo incesante de la
elevación y la caída, la unión indisoluble
de la vida y la muerte.
El nexo que da unidad a las distintas obras de este artista irrepetible
es una dimensión moral y política, a la vez que poética
y estética: la voluntad de regeneración,
que se expresa en la búsqueda del fuego-luz, del aire que
nos falta, y también del agua, fuente de vida y de civilización.
Este último aspecto es el que se manifiesta en su intervención
Piedad Entubada, realizada en 2002, y consistente en pintar
el área entubada del popular Viaducto de México DF
con motivos gráficos relativos al agua, en una longitud de
ocho kilómetros. Con esta obra, tan costosa en su realización
como plena de intensidad pasional, César Martínez
pretende fomentar el desarrollo de lo que Juan Acha llamó
una Ecoestética, y que él
explicita, en el folleto de presentación de la propuesta,
como “una Ecología Visual Amplificada, que sea una
alternativa a la contaminación visual generada por la gran
cantidad de mensajes publicitarios y propagandísticos”
que ocupan nuestras ciudades.
Porque se trata de regenerar tanto las formas visuales como las
palabras, las palabras inscritas en el cuerpo, que en las esculturas
inflables se desvela “como metamorfosis semiótica”,
o en el que podemos ver “la insoportable brevedad del ser”
[3], en una formulación ya
claramente metafísica, que sin embargo es a la vez un rápido
guiño lingüístico a Milan Kundera. Así
que, de nuevo, pensemos en Vuelta, de Octavio Paz: “Ciudad/
montón de palabras rotas”. Pero también en los
juegos de lenguaje de ese gran iconoclasta fundador del arte de
nuestro tiempo, Marcel Duchamp, de quien precisamente Paz fue su
primer y sin duda uno de sus mejores intérpretes en nuestra
lengua.
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Si el crecimiento monstruoso de las ciudades sirve como signo
del carácter destructivo de eso que genéricamente
llamamos progreso, y si en ellas el cuerpo y la vida se
convierten en territorios asediados, habrá que ir a buscar
en las acciones que instauran y regeneran la comunidad
humana nuevo aliento, agua pura, llama iluminadora. Es decir, se
trata de dar nuevo impulso a la palabra, al lenguaje como registro
simbólico y espiritual de la vida, al anillo de las voces
y los ecos, al florecimiento de una ecología de la sensibilidad,
con la que la poesía y las artes limpien nuestro espíritu
de ese escudo negro de contaminación que lo ata a tierra
e impide su ascenso, su elevación. Como el agua que fluye.
Hacia el aire. Hacia la luz.
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