La Pintura de César Rangel y el X Aniversario de La Gloria

Raplica21

Fernando Islas

Cisco JiménezCisco Jiménez, De la serie “Chingaderas”:
Pinche Escalera
. Talla y collage sobre
madera, 1996.

El panorama más reciente de la pintura local resulta confuso. Hay muchos pintores de sobrada calidad, aunque da la impresión de que la mayoría no sabe hacia dónde ir o qué hacer hoy en día. Les asusta que otras disciplinas del arte cuenten cada vez con más exponentes, espacios, acaso seguidores. Se creen el cuento de que la pintura perdió el lugar de privilegio que gozaba hasta hace algunos años. Aún celebran que en 2001 lo que suponen fue una victoria del pintor Arturo Rivera sobre al entonces director del Museo Rufino Tamayo, Oswaldo Sánchez, quien se opuso a la presentacion del libro de Rivera en el museo. Les entusiasma la exposición vigente de la poderosa Charles Saatchi Gallery, The Triumph of Painting, como si el mundo del arte fuera una guerra de buenos contra malos… de pintores contra no pintores. Mientras estas cosas suceden, la pintura local no cesa en producciones que se generan al margen de la controversia artística, como se puede advertir en la más reciente exposición de César Rangel la galeria Praxis, o en proyectos independientes como el libro-catálogo-recetario, editado por el cumpleaños número 10 del Café La Gloria, propiedad de los pintores Boris Viskin y Ernesto Zeivy.

José Antonio HernándezJosé Antonio Hernández, Dinosaurios.
Collage al vidrio, 21.5 X 28 cms., 1992.

Quién sabe en qué piense Rangel al pintar. Sea lo que sea, sabe lo que quiere y actúa sin más ambición que el placer de hacerlo. Lo cierto es que cada cuadro de su autoría es un intento por rendir tributo a sus maestros; Miguel Ángel, el que más menciona. Aprendió el oficio de manera autodidacta (como muchos) y se las ha arreglado para gestionar las cuatro exposiciones individuales con las que cuenta, sin ni siquiera procurar apoyos oficiales ni relaciones en el medio (como pocos). Si de algo sirvieron esas exhibiciones fue para gestar su quinta y más reciente muestra, curiosamente titulada Transformaciones, pues se trata de una evolución, un reajuste, una mutación con respecto a cómo había trabajado. Basta echarle un vistazo a ésta para imaginar lo presentado en las anteriores, celebradas durante el periodo comprendido entre los años 2002-2003. Ahora posee mayor solidez técnica y antes era más travieso con ciertas concepciones formales. En todo caso, mantiene fija su mirada en el pasado, en la escuela renacentista, principalmente; y cualquiera de sus cuadros, recientes o anteriores, presenta un trazo que muy temprano se supo definitivo. En ese sentido, las obras de Rangel centran su fuerza en el delineado que se mantiene adrede, aún con la pintura que les aplica. En principio, según recuerdo, le obsesionaba el lápiz sobre cartón o papel. Poco después, quiso dominar los rojos y los rojizos para más tarde probar suerte con los cafés. Ahora, en Transformaciones, el color fijo y eterno es el azul. Alguna explicación personal tendrá. El resultado, para quien gusta del dibujo “invadido” (las marcas y líneas que sobresalen no obstante la pintura) es por demás elocuente. Hay rostros bien dibujados, barcos cuyos personajes a bordo reposan a modo de “estudios del cuerpo humano”, acercamientos a manos y pies, algunos objetos, todo con las marcas de los pelos del pincel que le dan a los cuadros una plasticidad afable, además de que los grandes formatos siempre resultan atractivos.

El trabajo de César Rangel (1977) poco tiene que ver con las controversias actuales del arte, o con las inclinaciones de otros artistas de su edad; si todo sale bien, va a ser muy raro que le ubiquen dentro de algún espectro generacional. Lo importante es que hasta el momento, su obra breve y sustancial no necesita entrometerse con las cuestiones de logística y estéticas políticamente correctas que rigen el calendario oficial. Gusten o no, sus cuadros logran sostenerse por sí solos. Lo demás, es simple retórica o pleonasmos en plena época de vacíos. De existir este escenario, me parece significativo que de la nada aparezca un muchacho que sólo sabe que quiere pintar, quizás para siempre.

Cocina y pinceles

La grandeza está en los detalles. La frase permite resaltar dos aspectos que reflejan cualidades de nuestro tiempo: alguien dijo que el artista nace, el problema es saber cuándo; y un empresario se hace, sólo basta que lo dejen. Además de notables artistas, Biskin y Zeivy resultaron buenos para el negocio de servir la mesa. Las palabras del escritor Naief Yehya redondean mucho mejor la idea inicial de este párrafo: “La Gloria es en parte responsable de que el Apocalipsis de los chilangos parezca hoy menos trágico y más cómico, menos agrio y más amable, y que una ciudad brutalizada como la nuestra haya adquirido una faz más humana. Obviamente que un restaurante no puede salvar a una megaurbe como el DF, pero sí contribuye a la formación de una nueva identidad en la que comercio y arte no tengan que estar divorciados”. Sobra decir que hace diez años, la ciudad de México era muy distinta. En la colonia Condesa, por ejemplo, donde antes había una ferretería, ahora hay un café hindú.

César RangelCésar Rangel, Dos naves. Óleo sobre tela,
120 X 120 cms., 2005.

César RangelCésar Rangel, Transformación N° 1.
Carbón, grafito y esmalte sobre tela, 2005.

Los cambios se anunciaron a tal grado que Guillermo Sheridan escribió que decir que el DF es la ciudad de la esperanza, “es como referirse a un leprosario como ‘el futuro del cutis’”; y si uno escucha al azar conversaciones en los lugares de ocio e intelecto de la Condesa, francamente no se entiende porqué al país le va tan mal, si está lleno de genios. En los primeros apartados del libro por los diez años de La Gloria, escritores como Sergio Gonzalez Rodríguez, Miguel Adriá o Rogelio Villarreal esbozan perfiles que van de las mesas de este café-galería al fenómeno del barrio de la Condesa, en donde se dan cita no pocos personajes de la cultura mexicana.

Sin embargo, más allá de sus cualidades culinarias, La Gloria es un espacio definitivo para la pintura. En 1994, recuerda Sylvia Navarrete, “la novedad se hallaba también en las paredes. En contados restaurantes de la ciudad de México se veía entonces obra de arte de calidad, hecha por autores contemporáneos. Hay que reconocer que La Gloria ha hecho lo suyo en materia de promoción de las artes visuales, y con el mérito de haber mantenido una actitud abierta e incluyente”. Es verdad que también se ha expuesto algo de foto, incluso escultura, pero ahí los pintores tienen un foro en verdad representativo y, sobre todo, generoso. Se trata de un lugar de pintores para pintores y una alternativa no sólo para quien gusta apreciar y coleccionar pintura, sino también para quien reniega de ella e insiste en volver a matarla: un panteón que pretende actualizarse, quizás para siempre. Resulta por demás trascendente que un pequeño espacio para el arte le dé el ejemplo improbable a un aparato cultural monstruoso. La grandeza está en los detalles.

Germán VenegasGermán Venegas, Viejo Monje.
Tinta sobre papel arroz, 2000.

Jorge ÁlvarezJorge Álvarez, Sin título. Madera, objeto y óleo, 1998.

César Rangel, Transformaciones, galera Praxis. Arquímides 175, col. Polanco.
Catálogo del X Aniversario del Café La Gloria, 2004, 223 pp.

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Fecha de publicación: 31.07.2005