La XIII Bienal Rufino Tamayo: Los buenos, los malos y los feos

XIII Bienal del Pintura en el Tamayo

Fernando Islas

Quizás no exista en el mundo actual una disciplina estética tan denostada y celebrada como la pintura. Supera en polémicas a la novela moderna, demonio y diosa del arte narrativo. La pintura tiene un embrujo esencial del que casi nadie sale invicto, por eso mismo se presta para el uso y el abuso del comentario crítico, a favor y en contra... o a saber. ¿Cómo presentar un certamen de pintura como la XIII Bienal Rufino Tamayo bajo la consigna de atender el desarrollo del arte visual en un punto infausto de la globalización? Tal como se advierte en un comunicado de prensa del Museo Tamayo, un jurado integrado por José Bedia, Karen Cordero Patrick Charpenel, Ana Elena Mallet y Betsabeé Romero decidió justificar su elección con apostillas comatosas. De esta manera, llegaron al tercer y último criterio de selección, que a la letra señala "que la propuesta del artista reafirme críticamente el paradigma de nuestra época, en lugar de reproducir una obra de arte estrictamente retiniana". Ahora bien, como sólo Dios sabe lo que el jurado quiso decir con eso, pasemos a la exposición.

Al margen de cualquier circunstancia, la XIII Bienal Tamayo muestra algunos tesoros en los que reconocemos de inmediato el trabajo de grandes artistas, algunos de probada trayectoria y otros que participan en sus primeras muestras con el compromiso ya inminente de presentar más de su producción, como el caso de la pareja formada por Jorge Ornelas y Anabel Quirarte, que exhiben imágenes domésticas comunes y corrientes, en diversos ángulos y tiempos. Son muy jóvenes y han "empezado" desde buena altura su aventura visual, justo como debería iniciar cualquier artista: con la propuesta de su obra que habla por sí misma.

Anabel QuirarteAnabel Quirarte Jiménez y Jorge Ornelas Bustamante, Café 2, 2006
Acuarela sobre papel. Políptico de 5 piezas, 29 x 170 cm

Marco Arce es un infatigable hacedor de antihéroes. De una pintura que puede verse como tradicional irrumpen protagonistas tremendamente populares: monstruos y vampiros asociados a la subcultura del gore . La estrategia de Arce consiste en recrear una divertida lectura del entorno fantástico y habitualmente en su obra se aprecian situaciones límite, dispuestas de manera secuencial, parientes del relato gráfico.

Eric Pérez comparte más que "un sueño", una desaforada alegoría de lo que dice que es un sueño. Con un desbordado sentido práctico hace evidente lo extraño y su cuadro roba la atención de la sala, no obstante su relegada ubicación. Pérez es un pintor que describe una realidad que sólo es posible en cada uno de sus cuadros, que son una invitación a penetrar ese mundo y, en este sentido, es el maestro incómodo de todos los demás seleccionados de esta Bienal.

Espejos espesos

En un ejercicio de reflejos, esta Bienal concede un par de careos que vale la pena destacar. Por demás está decir que el apoyo de herramientas digitales a favor de la pintura ha sido una angustia latente. Sin embargo, para Álvaro Castillo y Saúl Villa el recurso digital es un aliado que les permite generar paletas hechas de filtros de luz artificial. Mientras Castillo se vale de la oferta satelital de la información que ha hecho del periodismo televisivo que cubre conflictos o tragedias una decidida oferta de "estar ahí, en el momento de los hechos", Villa aprovecha las ventajas del ordenador para acomodar a placer los píxeles. Sorprende, sin embargo, que ambos artistas hayan sido elegidos con obras menores, casi desenfados pictóricos de lo que les conocemos.

Marco ArceMarco Arce. Monstruos, 2006
Óleo sobre papel, (Tríptico de 12.7 x 17.8 cm cada pieza)

Emuladores de su hermano mayor (Pablo Vargas Lugo), Fernanda Brunet y Armando Fraga practican una suerte de abstracción que se agrupa con formas reconocibles pero que de manera lúdica se anulan, privilegiando los delirios plásticos merced a las manchas, los colores, los fragmentos sobre el lienzo que arrojan un incesante torbellino de colores. No es difícil asociarlos, confundirlos sobre quién pintó cuál, quién sería artista y quién, simplemente, pinta. Frente a estas representaciones semiabstractas, los cuadros de Mario Rangel Faz –hombre oscilante en exploraciones y tendencias– denotan un orden impecable, un severo ejercicio de horizontes y columnas, hebra y trama bidimensional que rinden culto a Piet Mondrian y que merecían mejor suerte museográfica.

Malos por escasos

Desde luego me refiero a la sustancia, no a la cantidad. Se trata de las obras de Roberto Arcaute, Manuel Mathar y Adrián Porcel. Indudablemente estos tres pintores tienen capacidad, la técnica está ahí, el oficio aspira a la perfección, pero faltaría ver más obra suya. Aunque todas y cada una de estas piezas resultan evidencias de herederos aventajados del foto-realismo, siguen siendo discípulos de esta escuela. Hay algo que les impide formar parte de esta tradición, por lo que al momento dejan la sensación de ser productos de bien informados plagios.

Patitos feos

Roberto TirnbullRoberto Turnbull, Banderas y televisores, 2006.
Óleo y lápiz sobre papel y tela.

Las piezas de tradición abstracta de esta Bienal reflejan una selección políticamente correcta, un acto de moralina de parte del jurado que buscaría sanar la ambivalencia de sus pronunciamientos. Feos en lo visual y débiles en temáticas –salvo el caso de Rangel Faz–, lo que unifica a la abstracción en esta Bienal es el aburrimiento. Quién no pasa indiferente ante los ejercicios milimétricos de Fernando García Correa, o Caída de agua, de Rubén Méndez. Si bien Arquitectónica, de Emilio Said, pelea la medalla soporífera, los más aburridos sin duda son los del premiado Roberto Turnbull.

Por su parte, Alejandra Estopier se me hace pretenciosa. Quiso reflejar cierta contaminación visual, pero sólo consigue enredarse en una plasticidad caótica, a muy bajo nivel. En cambio, Marcos Castro, Álvaro Alcocer y Rubén Gutiérrez Garza han sido víctimas de una mala decisión. Es una lástima que los hayan seleccionado cuando su único pecado es tratar de ser pintores. En fin, no hay mucho que agregar cuando el trabajo central de un jurado consiste en fallar.

 

La más fea

En el folleto de esta Bienal, la curadora Ana Elena Mallet realiza una defectuosa exposición de motivos sobre las razones actuales de pintura. Ni la mata ni la deja vivir. Sus argumentos no pasan de simples notas con ideas frívolas y flojos hilos conductores. No parecen los comentarios de un miembro del jurado de una Bienal tan importante como ésta, sino los de una cretina estudiante de la materia de historia del arte contemporáneo, sin brújula teórica ni capacidad de síntesis, lo que la hace víctima de sus propios dichos. Veamos:

Lamenta que la experiencia estética se reduzca a la pura contemplación, pero no explica los términos o las condiciones que harían de la pintura otra cosa más allá de la pintura. Refiere que la vigencia práctica de este arte debería reflejar "nuestro tiempo y la constante evolución del mundo", y nada tan antiguo como la cosmovisión. Se queja de "la ignorancia y la complacencia de públicos poco exigentes o mal informados", pero ¿qué ha hecho Mallet para que la Bienal de la que fue jurado y por la que le pagaron con recursos públicos posea un matiz más atractivo, pero sobre todo mejor informado? Me acordé del ex presidente López Portillo: La pintura en México está al borde del precipicio, pero con Ana Elena Mallet ya dimos un paso adelante.

Leer la otra versión por Luz Sepúlveda

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Fecha de publicación: 10.09.2006