Gustave Moreau, Salomé bailando frente a Herodes

Más que un viaje a Medio Oriente, la exposición
nos presenta una ilusión de este mundo. Porque los artistas,
de cierta manera, sabían lo que encontrarían,
sus sueños perdidos y una diferente manera de ser. Viajeros
del tiempo, los pintores orientalistas conservaron la memoria
de una vida tradicional y de la historia de sus propias creencias.
Oriente fue como la otra parte que Europa reprime y oculta como
otra parte de su ser. De 1830 a 1930, los pintores, como todo
Europa, se fascinaron por ese mundo desconocido, prohibido o
a veces peligroso. Los antecedentes que explican, en parte,
el interés por el Medio Oriente son las expediciones
de Napoleón a Egipto en 1798, de donde surge una nueva
ciencia: la egiptología y una moda: la egiptomanía.
Toda la cultura europea fue invadida por esta moda, muchos escritores
abordaron el tema orientalista, como Thomas Moore, Victor Hugo
o Chateaubriand. Además, acontecimientos bélicos
como la invasión de Argelia por los franceses en 1830
acrecentaron no sólo un interés cultural sino
político y económico.
Los pintores europeos, en primer lugar los franceses, luego
los ingleses, españoles, italianos y alemanes, viajaron
a Medio Oriente casi siempre como acompañantes de una
misión diplomática, científica o militar.
Los artistas plasmaron sus impresiones, destacando las cualidades
de evasión y nostalgia que el Medio Oriente otorga a
la imaginación. Pero no todos hicieron el viaje iniciático.
Los románticos, que pusieron en primer lugar la imaginación,
fueron sólo escenógrafos de sueños.
Gustave Moreau (1826-1898) inventó el Oriente, con
gran sensualidad y suntuosidad, a través de relatos de
viaje y de las imágenes que encontró en París.
En efecto, para aquellos que no tenían la posibilidad
de viajar, la literatura servía de base a la imaginación.
A menudo, el arte acabado, hasta por quienes hicieron la travesía,
era un arte de taller. Con frecuencia se piensa en David Roberts,
pintor inglés, como un artista que plasmó sus
impresiones y su experiencia del Oriente durante su viaje a
Tierra Santa hacia 1840, pero, en realidad, se basó mucho
en imágenes que había visto en láminas
de libros que se publicaron en la época. Creo que estos
primeros puntos certifican que las pinturas orientalistas son
apariencias atractivas pero engañosas de este mundo.
Las pinturas de paisaje consisten tanto en la elección
de temas que inspiren evasión, las pirámides y
un paisaje idílico, como en la ejecución de un
intenso cromatismo, resumen la fantasía que surge del
Oriente. La fascinación por este mundo fue como una necesidad,
en un momento en el que Europa estaba invadida por un racionalismo
excesivo. Faltaba en la Europa del siglo XIX, y para mí
todavía en el siglo XX, los colores y los sentimientos,
empobrecidos por la industrialización y los principios
de la sociedad de consumo. El viaje a Medio Oriente fue como
un descubrimiento de los cinco sentidos, porque la vida en los
países musulmanes levanta la imaginación y exacerba
los sentidos. De la misma manera, para nosostros, la exposición
presenta una atracción sensorial inmediata.
El paisaje es una de las vertientes más intensas del
orientalismo. Los pintores plasmaron la luminosidad y la fuerza
de los colores. Bajo el mismo apelativo de azul y ocre descubrieron
dos colores totalmente diferentes de lo que habían conocido
en Europa. Se puede decir, entonces, que los colores no tienen
la misma esencia en todas las partes del mundo. La naturaleza
en Oriente es tan vibrante, tan emocionante cuando se ve por
primera vez, que los pintores fueron cautivados y atraídos.
Todos experimentaron un nuevo sentido de los colores y del paisaje.
Ferdinand Victor Eugène Delacroix (1798-1863), durante
su viaje, descubrió los colores que vibraban bajo la
luz de Marruecos. Una luz intensa que Artur Melville expresa
perfectamente en su Interior árabe, 1881, muestra la
luz filtrándose hacia el interior a través de
las celosías. Los rayos del sol parecen penetrar en el
espacio del espectador. Las representaciones de los paisajes
y de la luminosidad procedieron de una experiencia sensorial.
Al contrario, el interés por las culturas musulmanas
me parece, frecuentemente, más cerca de lo típico
o de lo etnográfico.
Antonio María Fabrés, La joven músico
Los retratos son, a veces, verdaderos estudios etnográficos
como Flores de Jericó de Antonio María Fabrés,
pintor catalán que se estableció en México
como maestro de la Academia de San Carlos en 1910. Muchas veces
se orientaron hacia lo pintoresco y lo exótico porque
la atracción es más curiosidad que sensualidad
estética. El artista inglés William Holman Hunt
que viajó con el fin de plasmar las costumbres orientales,
alude a la prohibición islámica de que el rostro
de las mujeres no podía verse descubierto en su Escena
callejera en El Cairo: el cortejo del fabricante de linternas
, hacia 1855..
Las imágenes de la vida cotidiana y de la cultura musulmana
en general van más allá del exotismo. En las obras
es destacable la nostalgía de la modernidad, los europeos
del siglo XIX buscaban en Medio Oriente sus sueños perdidos,
encontrando el sueño de un lugar ajeno de la industrialización.
En este sentido, el contacto con una vida campesina, tradicional
y más cercana a la naturaleza fue como una necesitad
existencial. En Argelia sobre todo, los franceses tenían
un interés similar a aquel que tenían por los
campesinos franceses. Gustave Guillaumet, hacia 1870, 1880,
en el sur del país, fue impresionado por la dureza de
la vida al igual que Jean-François Millet, en el campo
francés. Pinta grandes pinceladas grises y pardas plasmando
las condiciones de la vida tradicional argelina en las Tejedoras
de Bou-Saâda. El origen europeo y ciudadano de los pintores
tiene un papel prominente en sus trabajos. Fueron cautivados
por la vida en el desierto, una vida nómada en la cual
el tiempo no tiene la misma definición que en la ciudades
modernas. En Caravana en las dunas de Bou-Saâda, Eugène
Girardet recurre a la dureza del paisaje para reforzar las condiciones
de la vida nómada. Los personajes parecen minúsculos
con relación a la naturaleza, viven en un ambiente hostíl
e inmenso que aceptan y no quieren dominar.
Los pintores ingleses necesitaban, más que los otros,
un regreso a las fuentes bíblicas. David Roberts, hacia
1840, viajó a la Tierra Santa de dónde sacó
134 placas que plasmaría después sobre el lienzo,
como en La iglesia de la Natividad, en Belén, 1840. Los
paisajes le parecieron los mismos que en los tiempos bíblicos.
James Tissot, al final del XIX, dedicó gran parte de
su vida a pintar escenas del Antiguo Testamento, como en Jesús
compartiendo la cena con Mateo, para lo cual viajó a
Tierra Santa con la finalidad de encontrar los lugares exactos
y detalles de los acontecimientos bíblicos. Representa
la cena como una escena contemporánea, Mateo no presenta
ninguno de sus atributos y vemos a dos personas pasando delante
de Jesús y saludándole. El viaje a Medio Oriente
se puede entender, en parte, como un regreso a las raíces
del hombre católico occidental. Pero, de manera más
fuerte por los ingleses, porque como protestantes y de hecho
historicamente "iconoclastas", necesitaban una nueva
forma de arte religioso. Es claro que el mundo industrial, aún
nuevo, buscaba su identidad y sus referencias. Para aceptar
su modernidad, Europa tenía que regresar a sus raíces
religiosas e históricas. Como lo dice Octavio Paz "Para
ser verdaderamente modernos tenemos que reconciliarnos con nuestras
tradiciones.".
Delacroix reencontró en Marruecos una "antigüedad
viva". Veía en las calles unos "Catons"
y "Brutus". Creo que estos encuentros raros fueron
un juego de su inconsciente, una invención mental de
lo que necesitó ver en Medio Oriente. Porque esta visión
satisfizo la nostalgia del héroe individual que había
desaparecido en Europa con el surgimiento de los ejércitos
modernos. El caíd marroquí, 1837, es un cuadro
inspirado en un incidente que tuvo lugar durante el viaje que
realizó en una misión diplomática. Esta
escena evoca la dignidad y el dominio de los guerreros árabes
que tanto impactó a Delacroix, a quienes comparó
con jerarcas romanos de la Antigüedad. Europa trataba de
encontrar en los países musulmanes lo que ya no existía
en su ser pero también lo que nunca existió en
su mentalidad.
Delacroix: La barca de Dante

El mundo de los harems fue, quizá, el más sugestivo
para los europeos. Los harems son míticos porque son
prohibidos. Algunas europeas tuvieron la oportunidad de acceder
a estos mundos y de regreso relataron sus impresiones. Lady
Montagu, esposa del embajador de Inglaterra en Estambul entre
1716 y 1718, pudo visitar estos lugares prohibidos por su condición
diplomática. Resulta obvio que las imágenes de
la vida en los harems son meras ilusiones. Pero, lo más
revelante para mí es el fantasma, encarnado en el cuerpo,
que surge de estos mundos femeninos. Los harems son imágenes
del deseo ardiente de los bienes terrestres y del cuerpo humano.
Placer del cuerpo y de la vida ociosa con los rituales del baño,
del disfrute gastronómico y del acto de fumar. Esa vida
de placer, seguramente exagerada, está representada en
La esclava blanca de Jean-Jules Antoine Lecomte de Nouÿ,
1888. La vida en los harems toca también la historia
de "lo femenino". En efecto, los pintores encontraron
un concepto diferente de la mujer en un momento en que Europa
estaba en lucha por los derechos de la mujer. Ya que, en los
harems, las mujeres son mujeres-objetos y la mayoría
de las esclavas elegieron intencionadamente perder su libertad
para obtener una vida de lujo.
Al ver estas pinturas orientalistas, me surge una duda: han
emitido cualquier forma de juicio sobre la cultura árabe?
Debido al fenómeno de la cultura dominante concomitante
del colonialismo, creo que las pinturas reflejan el caracter
eurocentrista del orientalismo. Por ejemplo, en su Estancia
en Egipto, James Tissot representa una mujer y su hija egipcias
con rastros europeos. Aunque otras imágenes parecen fidedignas
a la aparencia, los temas elegidos son, casí siempre,
estereotípicos. La vida en Oriente está mostrada
como exoticamente lasciva, m?s bella que lo debía de
ser o violenta. El voyeurismo cifra gran parte de las pinturas
de harems. Un lugar que no podían ver con los ojos de
carne de suerte que lo vieron con los ojos de la mente.
Otras pinturas que resumen a la perfección el carácter
estereotipado del orientalismo son las pinturas militares. Jean-Léon
Gérôme, como cronista oficial del gobierno francés,
muestra en un fotograbado, General Bonaparte en El Cairo, al
vencedor mirando la ciudad desde lo alto. José Chávez
Ortiz en La paz de los marroquíes(La paz de Wad-Ras),
1880, nos cuenta la victoria de las tropas españolas
sobre los rifeños en 1860. Su tela tenía que mostrar
la supremacía moral y política de los españoles.
El jefe marroquí baja la cabeza delante del español
como una señal de sumisión.
Delacroix: La libertad Guiando al Pueblo
De cualquier manera, fue imposible, para Europa, asimilar
totalmente la cultura árabe. Fue más bien una
confrontación de la cual surgió una interpretación
pictórica del Oriente. Aunque algunos pintores, como
John Frederick Lewis o Eugène Fromentin compartieron
la vida de las poblaciones musulmanas, respectivamente en Egipto
y en Argelia, nunca pudieron prescindir de su propia cultura.
Es más bien una confrontación entre culturas en
la cual cada una encuentra lo que le falta o lo que necesita
en su propia existencia. Los pintores se enajenaron, se sorprendieron
y mostraron curiosidad por estos paisajes lejanos. Pero, el
interés de toda Europa por la cultura oriental va más
allá del efecto que produce la moda.
Fue, básicamente, una necesitad creadora o existencial.
Algunos artistas encontraron, allí, un estímulo
y una regeneración artística. Pero Europa descubrió
la otra parte de su ser, sus sueños perdidos, sus fuentes
religiosas y una concepción diferente de la vida. El
Oriente ayudó Europa a definirse como su imagen opuesta.
Oriente es para ésta una de sus más profundas
y recurrentes imagenes del "Otro".