Parábolas de una generación

Marcos Castro LeñeroMarcos Castro Leñero, Árbol Vendolobo.

Paula López Zambrano

bayrol JiménezBaryrol Jiménez.

Al indagar en torno a esta inquietante selección de imágenes producidas por artistas emergentes, es posible pensar que una de las preocupaciones universales que se ha manifestado a lo largo de la producción plástica sigue latiendo en el espíritu del arte: la ineludible búsqueda por entender un contexto y una identidad propia.

Para los casi treintañeros Marcos Castro, Emilio Valdés, Omero Leyva y Baryrol Jiménez, el tema central continúa siendo el hombre, el individuo, envuelto en contrastantes, confusas y contradictorias pasiones, instintos salvajes y relaciones que forman parte de una cotidianeidad y de una sociedad individualista. Las experiencias personales, aún las puramente estéticas, constituyen la base de inspiración para la creación de estos artistas, así nos enfrentamos con una variedad de estilos que titubean entre lo individual y una tendencia más genérica que generacional.

Estos testimonios personales son una reminiscencia de la cultura visual mainstream, del mundo cotidiano y a los paisajes temporales; sin embargo, cada atmósfera es única y, uno a uno, los trazos y composiciones hacen notar la búsqueda por un tipo de belleza, definida a manera subjetiva y personal.

Marcos Castro LeñeroMarcos Castro Leñero.

Es común encontrar en estas obras seres híbridos que entremezclan elementos de la naturaleza y animales, figuras humanas distorsionadas y seres fantásticos, referencias a lo kitsch, seres grotescos y escenas oníricas, algunas a manera de alucinación de ensueño otras a manera de delirios y pesadillas autoeróticas. La pintura, el dibujo y la fotografía se han transformado en plataformas de algún ritual inclasificable del hombre que explora la naturaleza y que, de esta manera, se sitúa en un camino de reencuentro consigo mismo.

Hay  la exaltación de una belleza pérdida, una tristeza sutil y melódica en las atmósferas oníricas de las pinturas de Marcos Castro. La sensibilidad con la que dota a sus animales misantropitos. Seres imaginarios que surgen entre el sueño y la vigilia a manera de historia o fábula, nos recuerdan aquellos dibujos de los simbolistas como Julio Ruelas y Odilón Redón, cuando no a los dibujos de la ilustradora canadiense Beatrix Potter y el énfant terrible Marcel Dzama.

Pero si el estilo es reconocible, los contenidos tienen algo propio de sí mismo. Sus imágenes podrían estar cargadas de significados diversos debido al fuerte simbolismo de una fauna propia del septentrión: venados, lobos, osos, árboles. Pero esta nostalgia por la naturaleza sólo existe y se justifica a partir de un opuesto, es decir, de la ciudad. Irremediablemente las bestias en tinta y acuarela de Marcos son personajes sublimados del inconsciente del mundo urbano y contemporáneo e instrumentos de las pasiones del artista. El rito de comunión del arte con la naturaleza deja entrever aquellos otros rituales que forman parte de nuestras vidas cotidianas, como individuos y como miembros de una sociedad.

En la obra de Castro hay un equilibrio entre el miedo y la audacia, la violencia y la ternura; existe un punto intermedio capaz de albergar al cazador y a la presa en un espacio. Fuerzas opuestas se enfrentan y coexisten en un mismo cuerpo. Tal es el caso de  Árbol Vendolobo: Los cuernos de un venado levantan las ramas que lo coronan y los colmillos y las fauces de un grupo de lobos, que se oculta en un sótano de la galería que los alberga [1], construyen sus raíces. Aunque estén divididos en dos espacios separados, los dos conforman una misma pieza.

Marcos Castro leñeroMarcos Castro Leñero, Árbol Vendolobo.

Con un humor melancólico introduce personajes que, con posturas híbridas entre lo animal y lo humano, cuentan una historia narrada con una variedad de estados de ánimo. Expone la complejidad del hombre a través de actitudes animales, y animales con actitudes de otras bestias, o del hombre mismo. El oculto inconsciente está lleno de máscaras que, a su vez, asumen nuevas actitudes y se ocultan con nuevos velos. El artista expone un fragmento del laberinto incomprensible de nuestras mentes, así como los sentimientos contradictorios y la dificultad de conocernos.

De manera análoga Omero Leyva voltea su mirada al paisaje apocalíptico  y al campo deshumanizado,  con la obsesión repetitiva de un outsider, aparecidos en la mayor parte de su desbordado trabajo. la unión del dibujo y la pintura le ha servido sólo para crear  seres desolados víctimas de sí,  como salidos de las  narraciones   de David Mamet. A diferencia de los animales salvajes de su compañero Castro, los personajes creados por Leyva son tremendamente domésticos y brutalmente rurales, y también hacen  alusiones a los mitos y leyendas de largo alcance, como las novelas de J.R.Tolkien.

Como corolario a su fijación por la fábula, o para lograr un extrañamiento expresivo Leyva recurre a  colores terciarios, en tonos apagados e intensos, y marca trazos que se desvanecen en los cuerpos de sus figuras. No obstante, con el estado de ánimo del espectador, la pintura se escurre, se disipa y se descompone. Afligida, parece que llora porque no llega a la plenitud.

Emilio Valdés, el más vital y proclive a la auto celebración,  despliega esa analogía entre el comportamiento humano y el animal, la vida urbana y la naturaleza, que tanto atrae a los jóvenes de hoy. En sus obras hay dos caras de la misma moneda: la sexualidad y la animalidad, y las dos son salvajemente agresivas. La característica que lo distingue es la fuerza y el nihilismo (similar al de con que acomete el dibujo Egon Schiele, otra de sus influencias), lo  que nos impide mirar por mucho tiempo sus dibujos sin llegar a la saturación visual.

Omero LeyvaOmero Leyva.

Sus imágenes son inquietantes replicas a la cacofonía de anuncios y los estrepitosos comerciales destinados a la juventud consumidora. En contraste con esas imágenes artificialmente agresivas, los dibujos graffiteados resultan evidencias de sus emociones más puras y de las pasiones más ocultas, llenas de furia, impotencia y agudos deseos. Valdés nos obliga a recordar las vivencias que experimentamos como adolescentes y aquellos dibujos casi automáticos ocultos en las últimas páginas de nuestros cuadernos escolares.

Colérico y auto exploratorio, Valdés explora innumerables sentimientos también contradictorios y muy febriles a través de retratos inacabados, con trazos abiertos, fuertes y marcas su impulso creativo personal. Hay un instinto voraz que define a una serie de personajes decompuestos y rotos. Como todo en la vida de los jóvenes, podríamos pensar que existe un impulso de destrucción en su proceso de creación artística, pues el mundo no le resulta suficiente para satisfacer su avidez.

Las figuras de sus imágenes bidimensionales son dinámicas, mutables, con un movimiento insinuado y con la carencia de una definición calculada con anterioridad. Tienen una deliberada exposición de lo accidental a través de trazos que se convierten en testimonios autobiográficos que recuerdan las novelas de la generación Beat (Jack Kerouac, Gregory Corso y Allen Ginsberg). No obstante, hay algo monótono en este alarde de visceralidad.

Emilio Valdés Emilio Valdés Bayrol Jiménez
Emilio Valdés. Bayrol Jiménez.

Más inquietantes las imágenes de Bayrol Jiménez. Agresivas, desconcertantes y violentas no son palabras que definan con exactitud su trabajo, podría encontrarse algo más cercano en palabras como crudas o cruentas. Una vez más, como sus compañeros de generación,  en sus obras hay una símil entre hombre y el animal, pero en este caso, las actitudes animales y humanas son las más grotescas, bufas cargadas de burlesco desenfado por la naturaleza humana.  

Aborda lo vulgar, la sexualidad dura, el canibalismo y la destrucción del hombre y de uno mismo. Nacho es sólo un ejemplo del instinto destructor latente en toda su producción plástica: despliega a manera sádica y siniestra algún joven común que devora, como el Saturno de Francisco Goya, su propio brazo.

En una ciudad caótica, donde la naturaleza sobrevive de forma doliente y crece entre el pavimento, el ruido, la contaminación y la atmósfera gris, estos artistas voltean a ese ambiente casi olvidado, a ese mundo que parece muy lejano con técnicas que contrastan el horror y la fantasía, la calidez y la frialdad, la pasividad y la provocación. En pocas palabras, con estilos variados delatan las pasiones más ocultas, intensas que obstaculizan el entendimiento de un contexto y de una identidad. El punto central sigue siendo el hombre y el arte como un ritual de comunión con la incomprensibilidad de sus pasiones.


[1] La exhibición está abierta al público en la Galería Luis Adelantado México hasta el 25 de febrero 2010.
(Laguna de Términos 260, Col Anahuac, México D.F.)

 

Comentarios

Comenta esta nota.
Envía tu mensaje en la sección CONTACTO

 

Fecha de publicación: 16.02.2010