La historia de los festivales y muestras de performance en México
está llena de sabor, pleitos y polémicas. Se iniciaron
en el Museo Universitario del Chopo en 1992 y posteriormente
ha continuado en lo que hoy conocemos como ExTeresa: Arte Actual,
institución que ha pasado por tantos nombres como directores.
En cada una de ellas se han recorrido los lugares comunes del
performance (sangre, desnudo, una que otra tele, viseras, confesiones
dolorosas, acrobacias peligrosas, etc.) con mayor o menor éxito,
pero también se han presentado obras de espléndidos
artistas internacionales como Bartolomé Ferrnado (España),
Ron Athey (EUA) o Franco B (Gran Bretaña) y la de performanceros
nacionales de reconocida trayectoria como Guillermo Gómez
Peña, Maris Bustamante y César Martínez.
La Octava Muestra, como toda colectiva en cualquier género,
tuvo sus altas y sus bajas. Pero he decidido centrarme en tres
de los performances que se llevaron a cabo en la inclinada nave
central del ex-Templo de Santa Teresa la Antigua, precisamente
porque me llamó la atención la relación
que establecieron con el público. Y, dentro del marco
de una muestra cuyo tema central era la utopía/distopía,
me parece interesante analizar esta relación que es precisamente
una de las grandes utopías implícitas en el performance:
la eliminación de la frontera entre el artista y su público,
que no es más que un eco del añorado y hoy un
tanto despreciado del encuentro entre la vida y el arte.
AGRESIÓN
El jueves 14 se presentó la obra de Nikolaj Recke de
Dinamarca y casi ni siquiera nos dimos cuenta. Su obra, titulada
PARTY NEXT DOOR (La fiesta de al lado),consistió en organizar
un reventón en una sala adjunta a la nave principal con
música, luces y bebidas. Se suponía que el performance
se daría gracias a la tensión que surgiría
entre los que estábamos afuera y que, de acuerdo a una
preconcepción muy limitada del artista sobre su público,
supuso que empezaríamos a desgarrarnos las vestiduras
al no poder contarnos entre los "elegidos" invitados
a la fiesta. El problema es que ni siquiera nos dimos cuenta
que había reventón, aunque si estábamos
molestos por lo que creíamos nos tenían esperando
la próxima obra gracias a la desorganización en
Ex-Teresa. Cuando por fin nos avisarnos de qué se trataba
el numerito, pocos mostraron interés en dar un portazo
y prefirieron echarse una chela en el patio y dejar que los
de adentro sudaran la gota gorda tratando de hacernos creer
que se la estaban pasando a todo dar. La verdad es que un video
de lo que sucede afuera de tantas discotecas en nuestra ciudad
en las que por desgracia muchos jóvenes se arremolinan
para ver si son suficientemente güeritos para entrar, hubiera
sido más interesante La vida le ganó al arte.

Party Next Door
Muestra (utopia/distopia) 1999.
DISTANCIA
Por su parte, Paul Couillard (Canadá) realizó
una pieza ritualista sin título de 21 horas de duración
en la que el público presenció solo algunos momentos
porque dudo que haya habido algún valiente que quisiera
compartir este ritual personal, esta manda estética.
Paul delimitó un área rectangular con un tendedero.
En el suelo había una enorme pila de ropa de todos tipos.
También había cerca de 20 kilos de especias de
deliciosos olores y colores. Couillard se ponía cada
vestimenta, fuera un vestidito de niña, un saco de hombre,
un sweater de mujer o unos pantalones de mezclilla, lo embarraba
de alguna especia, la cortaba con unas tijeras hasta desgarrarla
y la colgaba en el tendedero. Este desfile de pieles, de historias
y de formas resultó evocadora y la transformación
de un objeto útil a una forma convertida en esencia cromática
y en textura fue seductora. Lo único difícil fue
verlo destruir toda esta ropa precisamente durante una emergencia
nacional en la que tantos de nuestros compatriotas se quedaron
sin absolutamente nada que ponerse por las inundaciones. El
arte no quiso acercarse a la vida.
COMUNIÓN
La tercer pieza es AMBUSH FROM ALL DIRECTIONS (Emboscada de
todas direcciones) del artista chino Sheng Qi, precursor del
performance en su país, en donde este género joven
es rechazado violentamente. La obra de Sheng Qi, quien fuera
miembro del grupo Concept 21 en Beijing en los ochenta antes
de exiliarse en Europa después de ver morir a sus compañeros
en la Plaza de Tianamen, se apropió del espacio y del
público. Formó un inmenso óvalo de tierra
sobre el piso del cual emergían cabezas que recordaban
a las famosas esculturas en barro de la tumba de Qin Shi, el
primer emperador chino que parecían observarnos, con
un fondo de música China tradicional. En el centro había
un círculo de suave seda roja sobre el que Sheng Qi se
paró, sosteniendo con la mano derecha un cartel que muestra
su mano izquierda cuyo dedo meñique se mutiló
poco antes de su exilio, durante una acción que pretendía
reflejar su dolor por la masacre y por su inminente partida.
En los otros dedos se veían los números 1989.
En la palma de la mano, un listón rojo. En el cartel
se leía el siguiente texto en inglés: ¿Te
atreves a darme la mano? Sheng Qi extendió la mano izquierda
y girando lentamente, esperó a que el público
se le acercara y la obra sucediera. En un principio todos dudamos,
pero una vez que el primer voluntario saltó al ruedo,
el flujo fue constante. Equilibrio entre la vida y el arte.
No me atrevería a juzgar un performance por su relación
con el público, porque no necesariamente es un elemento
importante para todos los que hacemos performance. En esta ocasión
sucedió, para mi deleite, que el artista
que quiso hacer sentir mal al público como estrategia
para hablar de la utopía, tuvo tan poco control sobre
su obra que su pieza fue casi invisible. Pero la obra de Culliard
y la de Sheng Qi, esencialmente ritualistas, polisémicas,
cargadas de referencias históricas y sociales, fueron
una delicia. Como público me siento satisfecha.
Sheng Qi, Re-imaginando
el cuerpo.