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el nuevo milenio por llegar, los museos y galerías
han empezado a reflexionar sobre la identidad norteamericana
en el siglo que termina, el siglo americano, como gustan
llamarlo aquí. El Whitney Museum precisamente dedica
una exposición en dos partes sobre el tema, y en
otros lugares aparecen investigaciones similares. En una
tierra hecha de influencias externas e internas, parece
que la búsqueda de identidad deberá tener
lugar no sólo en rincones tradicionales como los
museos y galerías de los Estados Unidos, sino también
en el extranjero. |
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Mientras el Whitney y otros museos intentan clarificar
el asunto buscando en sus colecciones, las calles y las galerías
de Nueva York, llenas de los lenguajes de todos los rincones del
mundo, emplean otro método, semejante y a la vez totalmente
opuesto. El flujo de idiomas resulta tan descriptivo de esta ciudad
como un retrato de los Yankees, el equipo de béisbol local.
El verano termina paulatinamente para el mundillo del arte. Ya
es la tercera semana de septiembre y la mitad de las galerías
apenas inauguran sus exposiciones. Se sabe que está de
moda lo que viene del extranjero, pero esto no significa que se
trate de una tendencia vacía y sin frutos. Por las calles
de Soho y Chelsea se encuentran exposiciones de alemanes, franceses,
coreanos, de todos los países; hay hasta norteamericanos.
En el exterior de la Ronald Feldman Gallery se encuentra el video
de un hombre negro pintado de blanco intentando lavarse la cara,
o bien un hombre blanco pintado de negro haciendo lo mismo, obra
de Pepín Osorio. Este artista puertorriqueño, radicado
en Nueva York desde hace varios años, trabaja con instalación
y video de manera casi siempre pública; así interroga
a la comunidad en donde vive y trabaja. En el interior de la galería
se encuentran tres pantallas grandes con las imágenes del
hombre lavándose la cara; en el centro hay un coche que
circula sobre carriles con dos muñecas, una rubia y la
otra morena, de tamaño natural, mientras se oyen sus gritos:
"¡Papy!". Un letrero explica que son Las Twines (las gemelas) que buscan a su padre.
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Wei Dong: Dos mujeres
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Osorio desafía a su comunidad, analizando el racismo
y odio de aquélla contra los que no son puros, sea su
sangre latina o su tez blanca. En un principio instalada en
el barrio donde ese discurso tiene gran relevancia, la obra
parece perder un poco de fuerza dentro de una galería
tan distante de su lugar original, pero retiene su poder de
otra forma. En lugar de retar a una comunidad desde su interior,
cuestiona al espectador su propio racismo y sus prejuicios.
Las ideas de la representación y la intolerancia racial,
tanto como la identidad y el sexismo, son el centro del trabajo
de la joven Su-en Wong, expuesto en la Stefan Stux Gallery.
Esta artista, que nació en Singapur y actualmente reside
en Nueva York, se representa a sí misma en una serie
de autorretratos, dibujos sobre papel y tela que juegan con
imágenes de mujeres asiáticas. Mostrándose
en poses de niña a veces seductora, a veces inocente,
o bien desnuda, la artista propone diversas maneras de representar
a la joven asiática por medio de obras de gran formato
en colores pastel, que suavizan la fuerza de su ataque sin reblandecerlo.
Aunque a veces el dibujo es desmañado, se perdona al
contemplar la totalidad de la imagen.
Después de Inside Out, la exposición del año
pasado sobre los jóvenes de China, los artistas provenientes
de aquellas latitudes que crean dentro y fuera de su país
han tenido una buena acogida. En su primera exhibición
en Norteamérica, Wei Dong expone en la Jack Tilton Gallery
cuadros que tienen todas las cualidades de la pintura china
tradicional. Utilizando la tinta china y el método del
paisaje oriental como base, el artista sobreimpone una colección
de imágenes que van desde el erotismo hasta la historia
del arte, pasando por el cómic. Sus figuras aparecen
sensuales o grotescas, politizadas o sexualizadas, pero casi
siempre cargadas de una subversión política, del
género, del sexo o de lo social. Su método, entre
el tradicional de oriente (en tinta china) y el de occidente
(con figuras en color), ofrece un acertijo para el espectador.
Este método, y la elegancia formal de la obra, causan
una suerte de desubicación, en tanto las imágenes
aparecen llenas de referentes desconocidos, aunque hay que destacar
que no por eso se pierde el sabor de los cuadros.
La revisión de la historia del arte, desde el punto
de vista del artista no occidental, es también el tema
de la exposición Daughter of Art History (Hija de la
historia del arte), del fotógrafo japonés Yasumasa
Morimura, que se presenta en la Luhring Augustine Gallery. Apropiándose
de obras maestras que van del renacimiento hasta la época
contemporánea, el artista se incluye como figura central
en imágenes conocidísimas de Rembrandt, DaVinci,
Manet y hasta Cindy Sherman. Estas fotos digitales de gran tamaño
(hasta dos metros) tienen un aspecto circense, y aunque en ellas
se pretende cuestionar la penetración de la cultura occidental
en la japonesa por medio de una japonización de las obras
maestras, la crítica resulta flaca. El trabajo anterior
de Morimura, en el que se mostraba a sí mismo en el papel
de Marilyn Monroe y otras estrellas blancas del cine internacional,
tenía más peso por ser un análisis, tanto
de la mirada masculina, como de la heterosexual y la occidental.
Morimura intenta ocupar la misma línea de investigación
visual, pero por la obviedad del resultado y de las propias
imágenes pierde mucha de su fuerza. Su perspectiva de
la hegemonía de occidente tiene fundamento y raíz
para mucho trabajo, pero también la posibilidad de caer
en clichés que no ofrecen mucho interés.
Desde el otro lado del mundo, Argentina, Leandro Ehrlich con
su instalación El living, en la Kent Gallery, rinde un
buen homenaje a su paisano, el escritor y poeta Jorge Luis Borges.
La instalación contiene un living (sala) construido completamente
en la galería. Este cuarto tiene dos sofás, un
reloj de pared, una lámpara, y básicamente todo
lo que requiere una sala cualquiera. La diferencia consiste
en que la habitación tiene dos espejos en lugar de ventanas,
lo cual a primera vista es entendible, si se toma en cuenta
que se ubica dentro de una galería. Pero este detalle
no es tan simple. Uno de los espejos es una ventana de cristal
que da a un cuarto exactamente igual al primero, con la diferencia
de que todo está al revés: hasta el reloj va en
sentido contrario y los carteles están impresos a contramano.
El detalle de Ehrlich fascina (hasta el segundero va al mismo
segundo del otro), y la sencillez de la instalación me
causa una sonrisa semejante a la que a veces me llega después
de leer un cuento de Borges.
En una ciudad como Nueva York (o cualquier otra metrópoli
como Tokio, Berlín o la ciudad de México) el espejo
resulta un aparato adecuado para interpretar la realidad contemporánea.
Pero la sencillez del espejo aparece como algo de suyo básico
y directo para la reproducción exacta y contraria de
la realidad, y no es así. La obviedad se convierte en
el sustento de potenciales mentiras, y más que aclarar,
introduce nuevas dudas sobre la naturaleza de la realidad. Con
mareas de xenofobia en todas partes del mundo, las olas reflejadas
de los intercambios y el vaivén histórico sin
precedente, con un intercambio tan intenso y fluido de ideas,
parece que los que pueden interrogar al mundo no tienen que
ser los que están en su interior, sino los que vengan
de afuera. Tal vez sean los de afuera quienes mejor hablen del
interior.
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