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En el Exilio
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Este texto fue escrito por Ceslaw Milosz como introducción
para el libro "Exilio"de Joseph Koudelka.
El Palacio de Bellas Artes presenta una restrospectiva de este fotógrafo
checo que permanecerá abierta desde el 5 de junio hasta el
10 de octubre de 2003. |
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Mientras escribía este
ensayo tenía ante mis ojos las fotografías de Joseph
Koudelka.
Dejaré que sean mis palabras un tributo a su arte de contar
historias sin palabras. (CM)
El ritmo está en la base de la vida humana.
Es, ante todo, el ritmo del organismo, gobernado por el latido del
corazón y la circulación de la sangre. Como si viviéramos
en un mundo de pulsaciones, en un mundo que vibra. Respondemos a
él y alternadamente estamos limitados a su ritmo. Sin detener
nuestras reflexiones en la dependencia que existe entre las sístoles
y las dístoles del tiempo. Tiempo que fluye entre los amaneceres
y atardeceres, y en secuencias de cuatro estaciones. La repetición
nos permite formar hábitos y aceptar el mundo a manera de
un “quizás” muy familiar; la necesidad de una
rutina está profundamente arraigada a la propia estructura
de nuestros cuerpos. |
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En una ciudad o una aldea que conocemos desde nuestra niñez nos movemos
en un espacio domesticado, nuestras ocupaciones encuentran señales
por todas partes que favorecen la rutina. Transplantado a un espacio
extranjero, nos oprime la ansiedad debido a la indeterminación,
a la inseguridad. Existe ahí una enorme cantidad de nuevas
formas que fluyen, porque el principio de su orden, de su rutina,
no puede ser descubierto. Lo que digo es posiblemente una generalización
de mi propia experiencia, pero tengo la esperanza que se entienda
como la experiencia que ha sido compartida por muchos, especialmente
en este siglo.
Entre los infortunios del exilio, la ansiedad que produce lo desconocido
ocupa un lugar predominante. Cualquiera que se haya encontrado como
inmigrante en una ciudad extranjera, ha tenido que hacerle frente
a esa clase de envidia que produce ver a sus habitantes enfrascados
en sus diarias ocupaciones, conduciéndose con absoluta confianza
a rumbos seguros, definidos y cononcidos, a tiendas u oficinas,
en un mundo que se teje dentro de una enorme fábrica de alboroto
cotidiano. Es posible que tal observador tenga el recurso de crear
estrategias especiales, desde el exterior, para disminuir su sensación
de enajenación. Viviendo en París, dibujaba durante
mucho tiempo una línea alrededor de algunas calles en el
barrio latino, de modo que pudiera reconocer una cierta área
como mía. Un restaurante en la esquina, una librería
pequeña, un lavadero, un café seguido de otro. Reconocer
por adelantado la presencia de estas secuencias en los puntos esperados,
me procuraba cierta seguridad en mis caminatas cotidianas.
Perderse en una ciudad extranjera. Quizás hay algo más
profundo implicado en esto que una simple incapacidad de encontrar
el camino. Me sucedió una vez, también en París
–ciudad de muchos de mis momentos felices y de muchas de mis
desgracias– cuando salía del Metro en una parte de
la ciudad que conocía, pero no demasiado bien. Comencé
a caminar y de pronto noté que no encontraba un punto claro
o uniforme que me sirviera de guía, en ese momento me invadió
un gran temor, una especie de repentina acrofobia. Las casas parecían
darse la vuelta y amenazaban con caer. Perdí la orientación
y estaba completamente conciente de mi indecisión de cual
calle tomar, hecho que provocó que fuera más profunda
mi sensación de pérdida de orientación. El
exilio nos priva de los puntos de referencia que nos ayudan a llevar
a cabo nuestros proyectos, a elegir nuestras metas, a organizar
nuestras actividades. En nuestros países nativos mantenemos
una relación puntual con nuestros precursores y ancestros,
con los escritores si éramos escritores, con los pintores
si éramos pintores, y ésa es una relación tanto
de respeto como de oposición; nuestra fuerza impulsora es
superarlos de una u otra manera y agregar nuestro nombre a la lista
de los nombres recordados en nuestra aldea, nuestra ciudad, o nuestro
país. Aquí, en el extranjero, nada de eso existe,
hemos sido arrojados fuera de la historia, que es siempre la historia
de un área específica en el mapa, y tenemos que hacer
frente a utilizar la expresión de un escritor exiliado, "la
insoportable levedad del ser."
La recuperación es lenta y nunca completa. Hay un período
en que rechazamos el reconocimiento de que nuestra dislocación
es irrevocable y ningún cambio político o económico
en nuestro país de origen puede ser motivo para regresar.
Entonces, lentamente reconocemos que el exilio no es sólo
el fenómeno físico de cruzar las fronteras del estado.
El sentimiento crece en nosotros, nos transforma desde dentro, y
se convierte en nuestro destino. La gran masa humana que nos pareció
indeferenciable en un primer día, las calles, los monumentos,
las maneras y los modos que nos fueron deconocidos, van adquiriendo
nuevas características. Lo que fue extraño se transforma
gradualmente en familiar, sin embargo, la memoria preserva una topografía
de nuestro pasado, y esta doble observación nos mantendrá
siempre a un paso aparte de nuestros conciudadanos.
“Habiendo salido de su tierra natal, no mire hacia atrás,
las Erinyes* están detrás de usted”. Éste
es uno de los principios pitagóricos. El consejo es bueno
pero difícil de seguir. Es verdad, las Erinyes están
allí, a la espalda, y con sólo un vistazo pueden pertificar
a un mortal. Algunos dicen que son las hijas de la tierra, otros,
las hijas de la noche, en cualquier caso vienen de la profundidad
del mundo terrenal, portan un par de grandes alas y de su cabello
se deslizan horribles serpientes. Son el castigo de ofensas pasadas
y se sabe bien que nadie es capaz de clamar pureza, aún sin
ser consciente de las faltas cometidas. La mejor protección
contra las Erinyes sería, de hecho, nunca mirar hacia atrás.
Pero es imposible no mirar. Allá, en la tierra de los antepasados,
de la lengua, de la familia, se ha dejado un tesoro más valioso
que cualquier riqueza pesada en oro. Un tesoro formado por los colores,
las formas, las entonaciones, los detalles arquitectónicos,
la gente, todo lo que formó nuestra niñez. Cuando
se deja que la memoria hable, se despierta el pasado y de la misma
manera se atrae a las Erinyes; todo hombre carente de memoria es
apenas humano, o representa solamente una humanidad empobrecida.
Pero entonces, nos enfrentamos a una contradicción y hay
que aprender a vivir con ella.
Existe otro aspecto del exilio que es considerado como una aflicción,
específicamente del siglo XX; Dante, uno de los más
famosos escritores exiliados, después de dejar su natal Florencia,
vagó toda su vida de una ciudad a otra, pero hoy esas ciudades
pueden apenas significar "el exterior" dado que todas
se sitúan dentro de Italia. Al morir, Dante fue enterrado
en Ravena, ciudad que actualmente no nos parece en absoluto, demasiado
lejana a su lugar de nacimiento.
¿Podría acaso suceder que con eso de la contracción
del planeta, las distancias de la tierra están cambiando?
¿Que las distancias entre los países se hacen más
y más pequeñas? ¿Quizá es posible visualizar
los anhelos de un peregrino moderno que parte de un lugar a otro
dentro de un país, llámese Europa, un continente,
o el mundo sin llegar a sentir esa alienación? Si esto no
es así el día de hoy, existe un dinamismo latente,
inherente en el progreso de la tecnología, que empuja hacia
esa dirección. El siglo XX trae también un cambio
cuantitativo conveniente para la era de la explosión demográfica.
En el tiempo de Dante, el número de gente que salía
de las ciudades o de su aldea de origen era muy pequeño.
Ahora son cientos de miles, e incluso millones, los que emigran,
expulsados de sus hogares por la guerra, por necesidades económicas,
o huyendo de la persecución política. Un expatriado,
por ejemplo un escritor, un artista o un intelectual que abandona
su país por voluntad propia, no tiene como argumento de su
exilio éstas ásperas razones, causas como el hambre
o el miedo a la policía, pero aún así, él
no podrá aislar su destino del destino de las masas exiliadas.
La existencia nómada, los tugurios que a menudo habitan,
los desiertos de calles sucias donde juegan los niños son,
en cierto modo, también suyos; se sentirá en solidaridad
con ellos y se preguntará si esto no es sólo una imagen
más y generalizada, de la condición humana. La vida
en el exilio no es más que una transplantación de
un país a otro. Los centros industriales atraen a gente que
sale de sus pacíficos pero empobrecidos distritos rurales
y las ciudades nuevas crecen donde hace algunas décadas solamente
pastaban los ganados, incrementándose así, los cinturones
de misería que rodean a las grandes capitales.
Cuando caracterizamos la indeterminación y la inseguridad
inherentes en el exilio, se nota que prácticamente todo que
se dice sobre el tema es aplicable a los nuevos habitantes del paisaje
urbano, incluso aún para aquellos que no han llegado de tierras
extranjeras. La enajenación se convierte en un predicamento
de muchos seres humanos que serán considerados, muy a su
pesar, dentro de una categoría especial; la auto-estima del
inmigrante se reflejará en ese fenómeno, y se irá
minando lentamente.
Quizá la pérdida de armonía con el espacio
circundante, la inhabilidad de sentirse en casa dentro del mundo,
es demasiado opresiva para un expatriado, un refugiado, o un inmigrante,
y no obstante lo llamamos, paradójicamente, a integrarse
en nuestra sociedad contemporánea y lo hacemos creer, si
él es artista, que es entendido por todos. Y aún más,
para poder expresar la situación existencial del hombre moderno,
uno debe vivir en un exilio de cierta clase. ¿No es acaso
el exilio el tema de muchas de las obras de Samuel Beckett? El tiempo
en ellas no se percibe como una serena repetición que favorece
la rutina cómoda y alegre; por el contrario, es un tiempo
vacío y destructivo, acomete hacia adelante en dirección
a una meta ilusoria y se cierra en sí mismo en una exhibición
del hombre vanal. En esas obras no se puede entrar en contacto con
el espacio, ya que es abstracto, uniforme, privado de objetos específicos,
y con toda probabilidad, un desierto.
Escribiendo esto, escuché casualmente una vieja canción
religiosa de origen polaco, que comienza diciendo: "Exilio
de Eva, te suplicamos Señor, ayuda para ella". Sin duda,
el arquetipo del jardín del Edén se repite en nuestras
vidas, sea Edén la matriz de nuestra madre o el jardín
encantado de nuestra niñez temprana. Siglos de tradición
están detrás de la imagen de la tierra madre, como
tierra de los exiliados, presentada generalmente como un paisaje
desértico, estéril, en el cual Adán y Eva marchan
con la cabeza descomunalmente baja. Fueron expulsados de su reino
nativo, su hogar verdadero, donde el mismo ritmo había gobernado
sobre sus cuerpos y sus alrededores, donde no se ha sabido de ninguna
separación y de ninguna nostalgia. Al mirar hacia atrás,
pudieron ver las espadas ardientes que guardaban las puertas del
paraíso. La nostalgia del regreso a donde una vez tuvieron
una existencia plena y feliz se ve intensificada por la conciencia
de la prohibición. Y aún así, nunca abandonarán
por completo el pensamiento de que un día su exilio terminará.
Más tarde, mucho más tarde, quizás ese sueño
tomará la forma de una ciudad de oro que prevalecerá
más allá de esta época, la idea de una Jerusalén
divina.
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| La imagen bíblica favorece un cliché
en el que “exilio” significa permanecer mirando hacia
el país de origen. Es muy cierto que en este siglo muchos
autores han escrito poemas y novelas donde describen la región
del mundo de donde han venido, mucho más hermosa de lo que
era en realidad; simplemente porque es un espacio que está
perdido para siempre. Sin embargo, en este punto, es posible hacer
una objeción. El desplazamiento crea una distancia que se
mide por kilómetros o millas, cientos y miles de millas.
Pero la imagen bíblica se expresa mediante el movimiento
que separa al hombre de las puertas del Edén o, traduciendo
esto en nociones modernas, de las fronteras de un estado protegido
por soldados armados. Sin embargo, la distancia se puede medir no
sólo en millas, sino también en meses, en años,
o en las docenas de años. Asumiendo esto, podemos considerar
la vida de cada ser humano como un movimiento inexorable de la niñez
hacia las fases de la juventud, para llegar a la madurez, y más
tarde a la vejez. El pasado de cada individuo experimenta transformaciones
constantes en su memoria y la mayoría de las veces adquiere
las características de una tierra irrecuperable que se hace
cada vez más y más extraña por el flujo del
tiempo. Así, la diferencia entre el desplazamiento en el
espacio y en el tiempo se desvanece. Podemos imaginar a un viejo
expatriado quien, al meditar en el país de su juventud, se
da cuenta de que la separación no sólo se debe a la
distancia, sino también por las arrugas en su cara y su cabello
gris. Marcas dejadas por un severo guardia fronterizo: el tiempo.
¿Entonces qué es el exilio si, en este sentido, todos
comparten esa condición?
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Checoslovaquia
Tres hermanas, 1966 |

Checoslovaquia
Tres hermanas, 1966
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Checoslovaquia
Tres hermanas, 1966
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No obstante, la condición del exilio en su
sentido geográfico es suficientemente verdadera y aquellos
que la han experimentado han utilizado diversos consuelos para hacerla
menos deprimente. La conciencia de su carácter universal
en este siglo puede proporcionar un alivio considerable e incluso
inducir un orgullo por pertenencer a un gurpo selecto que va a la
vanguardia. Además, esa conciencia despierta el valor, por
el hecho de que la historia ha revelado que los grandes países,
entre ellos América, han sido fundados por errantes y vagabundos.
Sin embargo, sucede que los artistas o escritores en el exilio son,
con frecuencia confrontados con preguntas insidiosas sobre su creatividad
o la falta de ella. Un argumento que suele salir como respuesta
es que existe una conexión misteriosa entre la tierra de
nuestros antepasados, su luz y los sonidos de su idioma, con los
poderes creadores del individuo. Se dice que nuestras fuentes de
inspiración corren el riesgo de secarse en el exterior. Y
de hecho encontramos, un gran número de escritores y poetas
talentosos, pintores brillantes o músicos prometedores, que
salieron de sus países buscando la fortuna, para sólo
sufrir la derrota y hundirse en un anonimato que cubrirá
sus nombres para siempre. Es muy cierta la afirmación que
sostiene que la tierra natal posee una fuerza que vivifica, incluso
si ponemos lo obvio a un lado, a saber, la lengua materna y sus
matices irreemplazables. El temor de la esterilidad es un compañero
de cada artista expatriado y aunque acostumbre rodearse de otros
artistas, su presencia en ese caso le hace sentir más fuertemente
el miedo. Para calmarlo, lo más útil es invocar los
nombres de todos los que, a pesar de las probabilidades, no han
perdido el juego. Ciertos trabajos fundamentales de la poesía
en algunos idiomas, por ejemplo en polaco y armenio, han sido escritos
en el exterior, debido a persecuciones políticas practicadas
por poderes extranjeros que ocupan sus propios países.
Las décadas que Marc Chagall pasó
en París, lejos de su pueblo natal en Witebsk, no desalentó
su inspiración original y continuó su vuelo en el
cielo junto con los techos de chozas, con las cabras y vacas de
su niñez y juventud temprana. El cantante Isaac Bashevis,
recreó en América gracias a la memoria y la imaginación
la vida que estaba perdida para los judíos polacos. Es dudoso
si el Ulises de Joyce pudiera haber sido escrito en Dublín,
es más probable asumir que su enajenación y su negativa
para servir las metas patrióticas irlandesas eran precondiciones
necesarias para la descripción de Irlanda desde lejos. Y
Stravinsky, a pesar de rumores maliciosos, según los cuales
se decía, que después de componer “La Consagración
de la Primavera” su talento estaba disminuyendo, debido a
su alejamiento de Rusia. Sin embargo, continuó siendo muy
productivo –y muy ruso– a pesar de su largo exilio.
En cada uno de estos ejemplos, y pueden ser multiplicados,
existe una pauta notable. La despedida del país de origen,
de sus paisajes y costumbres lo llevan a uno a la tierra de nadie,
y es comparable quizá a la elección del desierto como
lugar de contemplación de los ermitaños cristianos.
Llegamos así a que el único remedio contra la pérdida
de la orientación será crear una propia orientación,
un nuevo norte, un este, un oeste, y sur propios; y postular, en
ese espacio nuevo, un Witebsk o Dublín elevados a la segunda
potencia. Lo que se ha perdido hay que recuperarlo en un nivel más
alto de experiencia y presencia.
El exilio es una prueba de la libertad interna y
esa libertad aterroriza. Todo depende de nuestros propios recursos,
de que somos, en su mayor parte, ignorantes y aún así,
tomamos decisiones al asumir que nuestra fuerza será suficiente.
El riesgo es total, no lo calma ni el calor de una entidad donde
el segundo lugar es generalmente tolerado, es considerado como útil
e incluso honorable. Ahora ganar o perder aparece a plena luz, porque
estamos solos y la soledad es una aflicción permanente del
exilio. Una vez Friedrich Nietzsche exaltó la libertad de
la altura, de la soledad, del desierto. La libertad del exilio es
de ese tipo, aunque es impuesta por circunstancias y, por lo tanto,
carente de bathos**. Una fórmula breve puede encapsular el
resultado de esa lucha con nuestra propia debilidad: el exilio destruye,
pero si falla en el intento, te hará más fuerte.
El éxodo de la gente hacia sus países
de origen es una característica familiar en nuestro siglo
y se ha clasificado bajo varios nombres. La Revolución Rusa
tuvo como resultado la aparición de cientos de emigrados
rusos en las ciudades grandes del Oeste. Pronto, se unieron los
refugiados de la Alemania de Hitler y los ex soldados del Ejército
Republicano Español. Hacia el fin de la Segunda Guerra Mundial,
la Alemania derrotada estaba repleta de los llamados D.F.'s, que
eran los que habían sido sometidos en calidad de esclavos
a trabajar, los sobrevivientes de campos de concentración,
y los alemanes expulsados de las provincias orientales. En las décadas
subsiguientes aparece una ola de migraciones provenientes de la
Europa Oriental Central que se había enfrentado a diversos
espasmos políticos (el aplastamiento del levantamiento húngaro,
la invasión de Checoslovaquia, la ley marcial en Polonia)
o por la atracción económica hacia el capitalismo
de occidente. Nombres y categorías semejantes se pueden encontrar
también en Africa y Asia, el éxodo de la “Gente
del Barco” de Vietnam es el caso más famoso. Y aún
cuando los oficiales encargados de la tarea de permitir o negar,
a un recién llegado, el derecho de permanecer, distinguen
perfectamente los motivos ideológicos y económicos,
la realidad es mucho más compleja que eso y pueden ser miles
las razones por las que una persona se vea obligada a emigrar. Una
cosa es cierta: la gente sale sus patrias porque la vida ahí
es difícil de soportar.
¿Podemos imaginarnos un mundo en que
el fenómeno del exilio desaparece por ser innecesario? Para
prever tal posibilidad significaría descartar lo conocido,
lo que parece llevarnos en la dirección opuesta. Lo que es
probable es el aumento en la conciencia de que, quienquiera que
busca la felicidad en tierras distantes se debe preparar para la
desilusión o más aún para la recompensa dudosa
del que salta de la sartén al fuego. Pero este hecho, no
desalentaría nadie, ya que el dolor que sentimos en un momento
dado es más real que el dolor que podemos aguantar en el
futuro. Esta tierra con todos sus encantos e infinta belleza es,
a fin de cuentas, también la tierra del "Exilio de Eva".
Nos sigue gustando aquella vieja anécdota
acerca de un refugiado en una agencia de viajes, que tratando de
escapar de una Europa devastada por la guerra, está indeciso
sobre qué continente y qué estado elegir, cuál
es el que está más lejos de la guerra y dónde
es más seguro vivir. Minutos después de reflexionar,
girando un globo terráqueo al que apuntaba con el índice.
Se detiene y le pregunta entonces al agente, “¿Disculpe,
acaso no tiene algo más?”
* Erinyes : 3 diosas de la mitología griega.
Son consideradas como unas divinidades infernales capaces de vengarse
del crimen
** Bathos : estilo bajo en poesía.
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