
Jean Dubuffet, "El
citadino"
1974. Acrílico sobre tela |
Renault
mecenas
El coleccionismo corporativo, relativamente reciente en México,
anda de capa caída. Pasada la bonanza de los ochenta,
más de un acervo acabó refundido en una bodega
climatizada. Dos ejemplos: el de la Fundación Cultural
Televisa, principalmente estadounidense, cuando cerró
su Centro Cultural/Arte Contemporáneo en 1998; y la
embotelladora regiomontana FEMSA, que sigue convocando a su
bienal desde 1993 pero carece de sede para mostrar al público
sus depósitos de arte mexicano y latinoamericano desde
la clausura del Museo de Monterrey en el 2000. En Francia,
a falta de espacio de exhibición permanente, poca gente
sabe que de 1967 a 1985 la firma Renault conformó un
considerable fondo de arte según una fórmula
pionera en el mecenazgo de Estado. Nacionalizada al término
de la segunda guerra mundial porque Louis Renault, su fundador,
había colaborado con los alemanes, la empresa encarnó
el paso adelante de una sociedad sacudida por “la era
de la sospecha” (dixit Nathalie Sarraute),
por el cuestionamiento tajante de las instituciones y los
valores colectivos que éstas representaban, el cual
se expandía como pólvora gracias a la revolución
mediática de la televisión. Florecían
las utopías más o menos cándidas, “fermentos”
sin embargo de muchas interrogantes que nos siguen acometiendo
hoy: las finalidades de la comunicación, los recursos
y las trampas de las tecnociencias, las hibridaciones entre
campos y disciplinas, entre otros debates, tienen su origen
en aquellos años 60 y 70. |
Renault resulta ser todo
un emblema en el imaginario francés: no sólo
compendió las aptitudes industriales de una nación
que se recuperaba del conflicto bélico, sino que, debido
a su fuerza sindical, cristalizó en las memorias el
protagonismo de la clase obrera (sólo recordemos las
arengas de Jean-Paul Sartre en las huelgas de la planta de
Boulogne-Billancourt). Pero más allá de sus
connotaciones políticas, Renault también es
el carro barato. Un buen francés compraba un Renault
16 o un Renault 5 –acaso un Peugeot o un Citroën,
pero con el riesgo de enriquecer al gran capital–, lo
cual explica que esa firma fuera durante mucho tiempo el proveedor
del Estado.
La exposición “La máquina y el juglar.
Obras de la colección Renault”, bajo la curaduría
de Ann Hindry y Tobias Ostrander (Museo Rufino Tamayo, hasta
el 26 de febrero 2006), puede interpretarse como una estrategia
de mercado (las Mégane y Clio engrosando los embotellamientos
defeños) y no sólo como un mero revival de la
moda setentera. La nostalgia no cambia la naturaleza de las
obras, y hay que admitir que las pinturas y esculturas de
Dubuffet, Tinguely, Michaux y Arman reflejan aún la
audacia del proyecto original. Al brindar a los artistas las
herramientas para diversificar sus recursos creativos, el
departamento Recherches, Art et Industrie de la compañía
los incitó a experimentar con materiales, técnicas
y formatos que les eran inaccesibles. El programa financió
primero la producción de los artistas y luego dio prioridad
a comisiones especiales para oficinas, comedores y otras instalaciones
de la fábrica, involucrando su fuerza de trabajo. Los
obreros serrucharon los frenos, pistones y ventiladores de
las Acumulaciones de Arman; Takis siempre recordó la
elaboración colectiva de sus esculturas magnéticas
(siendo soldado manejaba el radar y los explosivos, y a finales
de los cincuenta se hizo famoso con una serie de obras en
las que empleaba motores y campos magnéticos); a su
vez, los equipos de ingenieros y técnicos inventaron
una máquina para amplificar las maquetas de Dubuffet.
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Arman, "La pequeña
avaricia".
Acumulación. Cubiertas de caramelo de aliminio en caja
de vidrio. |
| Imaginemos por un instante este tipo de
“mecenazgo dirigido” asumido por una empresa mexicana
afín, en términos económicos y políticos,
a Renault: Petróleos Mexicanos, por ejemplo. Si bien
habría resultado la firma indicada para conformar un
importante fondo de obras de arte –estimulando así
la producción y el mercado local–, sus iniciativas
en la materia se limitaron al encargo a Abel Quesada de una
enorme pintura para la Sala de Consejo (un tren de varios cabúes
en que viajan los directores sucesivos), y series de fotografías
a Enrique Bostelman para registrar las plantas y plataformas
de extracción petrolífera en el territorio. Cierto
es que las inversiones debían generar un impacto directo
en el aprovechamiento de la distribución de los hidrocarburos.
Pero si la empresa no tenía la capacidad financiera para
armar un acervo, tampoco contaba su nómina con quien
tuviera el olfato y la dedicación para hacerlo. (Se dice
que Jorge Díaz Serrano, su director de 1976 a 1981, poseía
ya una considerable colección privada que años
atrás había reunido en una compañía
de explotación de minas de azufre.) |

Jean Dubuffet, "Chateau
de vent souffle"
1971, pintura epóxica y polietileno |
Si PEMEX hubiera adoptado
un programa de adquisición y patrocinio para alentar
una estética de la máquina entre los artistas
del momento, ¿a quién habría convocado?
Ya había sonado aquí el ocaso de la figuración
nacionalista y de raigambre surrealista. Las investigaciones
en torno a cierta sensibilidad analítica (Carlos Mérida,
Mathias Goeritz, Gunther Gerzso) se empezaban a identificar
con las morfologías y el grafismo pop: colores primarios,
planos saturados, líneas precisas y formas generalmente
orgánicas. En esta vena emerge una generación
de artistas abstractos y geométricos latinoamericanos:
Jesús Soto, Julio Le Parc, Carlos Cruz Diez (colaboradores
los tres del servicio creativo de Renault) y Fernando de Szyszlo;
y, en México, algunos de los pintores asimilados a
la Ruptura: Manuel Felguérez, Fernando García
Ponce, Vicente Rojo, Lilia Carrillo, y, lateralmente, Arnold
Belkin, Xavier Esqueda y Kazuya Sakai… Se propagan las
tendencias abstractas, viven tremendo impulso la arquitectura
mexicana (Luis Barragán, Ignacio Díaz Morales)
y la integración plástica (Goeritz), que contribuyen
a legitimar la estética constructivista hacia mediados
del siglo.
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| El Mural de hierro
(1961, Cine Diana) de Felguérez es paradigmático:
recicla materiales industriales, chatarra y cemento, y semeja
un artefacto mecánico con su acabado escultórico
y sus ensamblajes articulados como planos metálicos.
Otro encargo privado para espacio urbano es el gigantesco mural
tridimensional del Polyforum del Hotel de México, La
marcha de la humanidad, encomendado a David Alfaro Siqueiros
en 1965 por el empresario Manuel Suárez. Significó
un hito en la historia reciente de la integración plástico-arquitectónica,
tanto como una excepción en el repertorio no siempre
glorioso de nuestro arte urbano. En la escultura geométrica,
Goeritz nuevamente, Hersúa, el innombrable Sebastián,
hubieran resultado candidatos a una comisión empresarial.
No así las propuestas callejeras de los jovencitos de
Los Grupos (Suma, Mira, Proceso Pentágono), que en murales
efímeros, mantas, carteles y plantillas rudimentarias
ensayaban una nueva “comunicación crítica”
a la vuelta del 68. |

Manuel Felguérez
, "Mural de hierro" (fragmento)
1961,Ciudad de México. |
| Con todo, la relación arte-industria
sí tiene un antecedente notable en México: el
concurso de la empresa privada Cementos Tolteca para reclutar
en 1931 a pintores, grabadores y fotógrafos en su agresiva
campaña de publicidad para incrementar la demanda del
producto en la rama de la construcción (el fraccionamiento
Hipódromo-Condesa data de aquella época). Este
concurso hizo historia: la sección de fotografía,
concurridísima, arrasó con los premios (Manuel
y Lola Álvarez Bravo, Agustín Jiménez)
al inaugurar la boga de los temas fabriles; asimismo, aprovechar
el capital simbólico del arte fortaleció la imagen
progresista de la compañía, en su respaldo a las
arquitecturas art déco y funcionalista, sinónimos
de modernidad. En cuanto a las vanguardias históricas
(cubismo, futurismo, suprematismo, dadaísmo), si tuvieron
escasa resonancia en el México posrevolucionario en tanto
que pautas estéticas y estilísticas, algunas de
sus preocupaciones –el interés por la máquina
y el mundo fabril, por ejemplo– sí repercutieron
en el imaginario de los artistas que participaron en las mutaciones
políticas y culturales de la nación. En los murales
de la SEP, por ejemplo, no sólo se “forja patria”
en la conciencia de las multitudes exaltando el pasado indígena
y los sangrientos episodios de la Conquista, la Colonia y la
Independencia. También se describe el despertar de México
mediante dos nuevos héroes: el campesino y el obrero.
Las “fábricas levantando el brazo ardiente de sus
chimeneas, afirmales [sic] y robustas en sus muros
de sudor y esfuerzo” (Germán List Arzubide), la
lucha de clases, las movilizaciones proletarias, así
como la ideología del trabajo propagada por el Partido
Comunista al cual se afilia la mayoría de los artistas
e intelectuales de entonces, sirven de escenario y argumento
a numerosas composiciones pictóricas de Diego Rivera,
David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Fernando
Leal, Fermín Revueltas, Leopoldo Méndez, Gabriel
Fernández Ledesma, Xavier Guerrero, Jean Charlot. |

Alfredo Zalce, "Bodegón"
Acrilic / Masonite
|
En el caballete y la ilustración,
los estridentistas Manuel Maples Arce y Ramón Alva de
la Canal traducen con planos simultáneos la percepción
fragmentaria y el culto a la velocidad, asimilando recursos
formales de los encuadres fotográficos y del lenguaje
publicitario. El Rufino Tamayo temprano hace discretas referencias
al impacto de la innovación tecnológica en sus
melancólicos paisajes de los años 1930. Y, bien
entrada la década siguiente, Juan O’Gorman y Alfredo
Zalce describen a su vez los nuevos perfiles arquitectónicos
y sociales de una urbe en expansión desordenada. Dos
outsiders tendrían que señalarse: Frida
Kahlo, con su parafernalia de prótesis ortopédicas
e injertos de artefactos, y el Germán Cueto de las compactas
maquetas de engranajes mecánicos para monumentos públicos
en los años treinta, o el de las espléndidas esculturas
en láminas de aluminio. |
| En México no se desarrollaron
fórmulas de mecenazgo de Estado comparables a las que
aplicó Renault a través del servicio de Recherches,
Art et Industrie, con el fin de abrir nuevos campos de investigación
visual, reactivar la creación del momento, conformar
una colección pública de arte contemporáneo
en función de un programa consistente, y, en últimas
instancias, transmutar el capital en imagen de marca. Como agravante,
tampoco se diseñaron políticas oficiales de adquisición
de obras, lo que ha ocasionado un serio estancamiento en la
evolución de los acervos públicos desde la década
de 1970. El patrocinio corporativo ha operado aquí sólo
de manera aislada y esporádica. Cartón y Papel
de México, por ejemplo, distribuyó desde 1971
entre sus clientes una producción de 36,000 grabados
de Alechinsky, Carrington, Coronel, Cruz Diez, Cuevas, Escobedo,
Felguérez, Friedeberg, García Ponce, Gerzso, Gironella,
Glaser, Goeritz, Le Parc, Matta, Mérida, Negret, Nieto,
Nissen, O’Higgins, Rojo, Saura, Soriano, Soto, Tamayo,
Toledo, Topor, Vlady, Zalce, etc. A su vez, la representación
de la firma italiana Olivetti encargó en esa época
a los mismos artistas lotes de dos a cinco litografías
o serigrafías concebidas ex profeso y de tiraje
limitado, con el fin de ampliar el acervo internacional de la
compañía, logrado con base en comisiones exclusivas
de obras para agendas, calendarios, libros de arte y decoración
de oficinas. |

Pierre Alechinsky, "Dama de Prusia"
2005, Grabado (aguafuerte y aguatinta)
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| Inseparables del mercado
y de estrategias mercadotécnicas para acreditar la
imagen filantrópica de la firma y legitimar su función
social y educativa, las colecciones corporativas mexicanas
que no murieron en el intento optaron (a diferencia de Renault)
por la visibilidad y el consumo públicos –Jumex,
por ejemplo. El mismo Museo Tamayo, que recibe hoy esta insólita
colección Renault, arrancó bajo los auspicios
de dos empresas privadas (Grupo Alfa de Monterrey y Fundación
Televisa) antes de pasar al dominio del Estado. Se estableció
en 1981 con base en los propios fondos del artista oaxaqueño,
constituidos por obras de sus contemporáneos (entre
ellos Jean Dubuffet, Victor Vasarely y Carlos Cruz Diez, representados
en el acervo francés) que Tamayo adquirió principalmente
en galerías estadounidenses, al mismo tiempo que Renault
alborotaba a los artistas de avanzada.
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