Destruir para (intentar) construir

Vicente reyes razo
Vicente Reyes Razo, De la Serie: Public Address.

Carolina Magis Weinberg

Martí AnsonMartí Anson, Beep-beep.

El deseo, el dinero, la obsesión, el objeto, el símbolo, la magia, el secreto. Todos estos son conceptos que rodean y dan forma a la noción de fetiche. Todos ellos, también, han sido explorados y puestos en diálogo en la exposición  Fetiches Críticos, Residuos de la economía general en el Museo de la Ciudad de México. El fetiche como tema central, pero también como punto de partida para una sucesión de aproximaciones eruditas al tema desde el arte. Artistas de distintas edades y grados de reconocimiento internacional se enfrentan y dialogan en la muestra, cada uno con su particular aproximación al tema del fetiche y, en lo particular, de lo económico, que van siempre de la mano.

A primera vista, la muestra parece estar inerte, algo interesante pero difícil de entender, el visitante poco enterado del medio artístico pasaría rápidamente por ella. Este visitante (considerando que no leyera las larguísimas fichas técnicas) saldría confundido, recordando tal vez al técnico que explica y describe cómo funciona su negocio de bocinas portátiles para vendedores ambulantes en la pieza de Capitalismo Amarillo. Pero si ese observador fuera alguien dispuesto a indagar, a leer, a cuestionarse y a tener una postura crítica (claro, el visitante modelo de una exposición), saldría con una idea del mundo del arte absolutamente desequilibrada, puesta en debate, cuestionada y renovada. Me interesa hacer, pues, un recuento de la manera en la que uno ve la exposición, su recorrido, en un intento de desmenuzar los intereses de tan celebrados curadores al hacer la muestra.

Martí AnsonMartí Anson, Beep-beep.

La exposición inicia por la literalidad de la idea de lo que se entiende como “economía general”. El recorrido comienza con una pieza de Martí Anson, Beep, Beep-Slot, Mobiliario Para Museos, que el museo tiene que rentar: el puro y claro intercambio de dinero, el intercambio mismo por un objeto de utilidad. El museo renta sillas y muebles rodantes, como quién alquila mesas para un banquete. El banquete es la exposición, las sillas son útiles dentro de la misma: implican una comodidad transportable. Pero, cosa que me parece hecha con absoluta intencionalidad, el mobiliario se queda afuera, como si estos asientos elementos castigados no merecieran participar. Adentro se exponen los documentos que atestiguan el intercambio comercial, documentos hechos a mano, como con una muestra de la necesidad del artista de regresar (aunque sea un poco) a los esquemas del “arte”. Imágenes enmarcadas, hechas por él, una demostración de técnica mimética; los documentos sí caben adentro de las salas de la exposición, el mobiliario no. En la primera sala se atestigua la presencia de los curadores en un primerísimo nivel, a manera de fachada o portada. No se han ocultado sus nombres al final de la muestra, en  las letras pequeñas que nadie lee, sino que se impone inmediatamente al entrar la presencia de El Espectro Rojo, nombre del colectivo de curaduría, en el que participan Cuauhtémoc Medina,  Elena Sánchez McGregor y Mariana Botey. En la misma sala se exhibe una colección de billetes auténticos de varios países: Cuba, Zimbabwe, etc.

A mi parecer, aquí se enfatiza la intención que tenían las sillas: si se va a hablar de dinero, se exhibe el papel moneda, literalmente, sobre la mesa.  Sin embargo, éste es ya un segundo nivel pues se empieza a enmarcar en un contexto de simbolización. Los billetes, todos ajenos y extraños para el espectador, conviven con unas semillas de girasol que recuerdan la instalación del artista chino Ai Weiwei. Algo nos da la sensación de que no es cualquier selección de billetes; se sabe que tienen algo más que establecer, quizás el valor del dinero, el papel, el trueque. Nos dejan esperando. Como testigo del proceso de simbolización, el visitante entra a la primera sala. Ahí, a mi parecer, es donde empieza y acaba la exposición. Un acto de purificación: quemar el museo. Más drásticamente todavía, construir el museo, inaugurar el museo, elogiar el museo, criticar el museo, clausurar el museo y después quemarlo, hacerlo desaparecer. Así empieza Fetiches Críticos, con un acto de purificación. Primero lo destruyen y luego construyen sobre un nuevo espacio, que, después de la pieza inicial, resulta renovado. Ver un vídeo sobre cómo se quema un museo en un museo: me fascina la tautología presentada, la ironía, la totalidad de la pieza. Empezando así, la muestra no puede más que intentar restablecer su pertinencia en un museo. Un museo sin sede es como un billete sin respaldo de oro, no existe más que en lo simbólico. Como Hernán Cortés quemando las naves, Alfredo Jarr quema lo que se tiene que calcinar para no volver nunca atrás. A mi manera de ver, simbólicamente, lo que siga a semejante acto sólo puede ser algo que renazca purificado de entre las llamas.

Vicente Reyes RazoVicente Reyes Razo, De la Serie:
Public Addres.
Coreografía museográfica

 

La obra  Public Address, de Vicente Razo, se pierde en lo múltiple, hubiera bastado  con sólo exhibir  alguna de sus revistas, sólo uno de los guiños de las etiquetas; a mi parecer se pierde en el ansia de ser documental y monumental. Sin pensarlo dos veces, pasaría de largo la instalación de Guillermo Santamarina, Lisarb y Astrabal, a mi parecer casi tan ininteligible como sus libros. De inmediato se siente la distancia del espectador con lo mostrado. La situación me resulta irónica, considerando que al arrojar chorros de pegamento amarillo en las paredes pretende incluir a las otras economías, los sistemas de los “otros”. La pieza en sí es tan marginal como los marginados a los que quiere aludir en el poderoso lugar de la pared del museo. Fallidas también, a mi parecer, las pinturas sobre los muros con los nombres de filósofos y pensadores europeos sobre un mapa de África y el símbolo del dólar, (Usar internet es actuar en complicidad con el ciber-capitalismo) obra de Bea Schlingelhoff, que resultan de una prepotencia y de un carácter críptico fastidioso.  Entre estas piezas se pierden las joyas, pulsera y pendiente, de Teresa Margolles,  hechas a un lado por la misma museografía. Incluso el video de Francis Alÿs y Medina, Política del Ensayo,  no destaca. Todas las obras anteriores dentro de la misma sala sirven de perfecto umbral de paso, después de la quema simbólica del museo en la primera sala a un planteamiento renovado en las salas siguientes. Excepcionalmente, el video de Judi Werthein, This Funcitional Family,  tiene una presencia importante en la primera sección de la exposición. Wertheim nos adentra en una casa habitada por migrantes, en un contexto que no les corresponde. Una familia de Surinam en una casa funcionalista holandesa. El humor de este video ofrece una chispa de vida en el carácter intelectual de algunas de las otras piezas. Claro, hay que conocer todas las referencias para reírse. El video, sin ese sentido irónico poscolonial, podría resultar sumamente inaccesible.

En la siguiente sala, el fondo amarillo de la instalación y video de Jota Izquierdo, Capitalismo Amarillo, se convierte en un imán visual que atrae nuestra atención. Las obras a su alrededor resaltan inmediatamente. Por un lado se encuentra una antigua aspiradora, obra de Karmelo Bermejo, que literalmente oculta el secreto de su valor, pues a simple vista no es más que una aparato anticuado –en el que uno de sus componentes ha sido sustituido por una pieza de oro- pero que nadie puede atestiguar, Lo mismo sucede en el premio oculto en una rifa de la pieza de Fritzia Irizar Fe de Azar.  Ambos fetichizan el valor de lo oculto y de la suerte.

Jota Izquierdo, Capitalismo AmarilloJota Izquierdo, Capitalismo Amarillo.

Destaca también, el registro del contrato de un intercambio sexual entre Andrea Fraser y el coleccionista que paga por un acostón con la artista, registrado en video. Puede ser este un punto central y de particular importancia dentro de la muestra. El fetiche del arte y el fetiche sexual encontrados con el fetiche de lo económico. Sin duda, a diferencia de la sala anterior,  en este núcleo de la exposición se ve más claramente  el desarrollo temático. 

En la siguiente sala se realizan puntualizaciones importantes. Me gustaría destacar el papel de los curadores Cuauhtémoc Medina y Mariana Botey como creadores y autores de una de las piezas que ahí se exhiben. Cabe destacarse además el hecho de que las dos fotografías de millones de billetes (otra vez el fetiche del papel moneda) que vistos de lado semejan edificios contemporáneos, y que resultan ser las únicas obras  firmadas en la exposición. Los curadores como personajes protagónicos de la muestra no pasan inadvertidos.  Al lado de esta pieza, tal vez como comentario, se exhibe una segunda imagen de fuego. En este caso se trata de Karmelo Bermejo, que quema una pila de libros de Bakunin comprados por el artista con fondos públicos. Me interesa el espejeo que se genera con la pieza del chileno Alfredo Jaar, ese círculo que se empieza a cerrar con el aspecto formal del fuego como rito purificador.

Andrea FraserAndrea Fraser, Untitled.

La muestra concluye de manera poco contundente pero sí bastante incómoda con las proyecciones en una habitación de máquinas cíclicas y sus respectivos sonidos. Al salir hay un momento de confusión en la última sala, pareciera que la muestra se cierra de repente, como si no hubiera una conclusión. Incluso hay una mesa con una serie de documentos, catálogos y libros fetchizados que uno no puede tomar, cuestión que me resultó absolutamente violenta. Pero ahí, en la esquina, como escondida, está la pieza que me hizo ver la exposición, que pertenece a una de las artistas más jóvenes del grupo; se trata de decenas de costales de sal de Fritzia Irizar acumulados en una esquina. Es con ellos que se cierra la muestra. Los costales constituyen una lectura de la relación entre el valor de la obra, el valor oculto (un diamante se colocó en uno de los costales) y la validez de la obra como tal. Se puede comprar uno de ellos por muy poco dinero, unos $30.00. Al comprar el costal de sal se compra también la posibilidad (que nunca dejará de ser una posibilidad) de haber adquirido un diamante. Si se abre el paquete, la pieza pierde su valor como obra artística, la autora ya no la reconocería como tal, y uno se quedará con una gran cantidad de sal (a no ser que se tenga la suerte de que aparezca un diamante).

Vicente Reyes RazoVicente Reyes Razo, De la Serie: Public Address.

Entonces considero que podemos encontrar dos momentos lineales, desde la explosión de símbolos y sentidos del video de Alfredo Jaar, pasando por el los objetos de oro y el diamante ocultos, la familia que no encaja en su contexto, el intercambio sexual entre la artista y el coleccionista, la piratería como consumo desvalorizador, el valor del papel moneda y el conjunto de lenguajes mistificadores de la mercancia, se llega hasta un final no conclusivo, no impositivo, como el letrero inicial, sino como expresión de lo posible dentro lo poético. Después  del estallido se intenta contener lo que viene,  concluyendo  con una suerte de síntesis posible del vínculo  entre valor económico y la magia que se potencia por medio de la idea de fetiche.

 

 

 

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Fecha de publicación: 25.04.2012