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Museo Carrillo Gil
Erógena |
Un
signo de estos tiempos es la relevancia fundamental que han adquirido
los curadores de museos, galerías y bienales dentro del desarrollo
del arte contemporáneo. Si entre los años setenta y
ochenta surgieron diversos artistas, cómo lo sería el
caso de Félix González Torres, Francis Alÿs ó
Anthony Gormley, que contrataban ó utilizaban el trabajo de
artesanos para la elaboración de sus obras, actualmente podemos
ver al curador colocado en una categoría que muy bien podríamos
denominar cómo meta-artista: el que crea a partir de la obra
de los artistas. Y algo que llama poderosamente la atención
es precisamente el hecho, cada vez más frecuente, de que el
discurso visual planteado por los curadores resulta ser de un interés
mayor al planteado por los propios artistas. Incluso, aún tratándose
de una exposición individual, es el discurso del curador de
mayor trascendencia que el del propio artista. Esto abre perspectivas
insospechadas tanto en la estética cómo en el arte contemporáneos:
la exposición cómo obra de arte, el fenómeno
colectivo transformado en objeto del arte, el sin sentido de la obra
individual en tanto que ajena del discurso del arte contemporáneo
y, fundamentalmente, la pérdida de la individualidad del artista.
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Marcel Duchamp decía que "millones de artistas
crean, unos cuantos miles llegan a destacar, y son apenas unos
cuantos los que serán consagrados por la posteridad".
En el caso de los curadores ahora se aplica lo mismo, basta
sustituir la palabra "artistas" por curadores. En
éstos últimos 15 años, en México
han surgido excelentes curadores: Rubén Bautista (Arte
Vivo, La Quiñonera, 1987), María Guerra (Acné,
Museo de Arte Moderno, 1997) y Guillermo Santamarina (Bienal
Internacional de Fotografía, Centro de la Imagen, 1999);
siendo el común denominador de estas tres memorables
exposiciones (obras en el sentido contemporáneo), el
paso a un segundo plano de la individualidad de cada artista
ante la fuerza del discurso visual del propio curador. Del 10
de abril al 15 de junio, la joven curadora Magali Arreola presentó
Erógena (exposición colectiva) en el Museo Alvar
Carrillo Gil, en la ciudad de México.
Erógena se constituye en una obra un tanto irregular;
desde su prólogo, en el que se nos advierte que "...es
una exposición explícita en su radicalismo";
el espectador esperaría encontrarse, ya no con una presencia
estética del sexo hard-core, sino más allá:
encontrarse con el producto de las perversiones surgidas de
una sociedad tremendamente insatisfecha, en el que incluso se
mezcla el placer con la violencia y la muerte ó, aunque
sea, con una obra de Santiago Sierra en la que hubiese contratado
a una prostituta de la merced y a unos cuantos macheteros en
medio de la sala del museo, con un letrerito al lado que dijera
"los pobres también cogen".
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En Erógena, Magali Arreola optó por conformar un
discurso un tanto superficial e irregular en torno a la temática
sexual en la sociedad contemporánea, recurriendo a un conjunto
dispar de obras que las más de las veces no pasan de ser
una triste ilustración del Penthouse ó El sexo me
da risa, en el mejor de los casos, cómo sucede con las
obras de Fernando Brunet, Daniela Rosell y Eduardo Abaroa, entre
muchas otras, u obras absolutamente prescindibles, en el contexto
de la exposición, cómo sucede con las de Edgar Olarnieta
y Julio Galán. De aquí que el discurso de la muestra
en general se torne inconexo y pobre (¿así será
la sexualidad de la sociedad mexicana?), dando pie al surgimiento
del interesante discurso individual de apenas seis de los artistas
participantes.
Agrupados bajo los juegos sexuales del fetichismo se encuentra
el pequeño y fálico "guaje", revestido
de cuero negro al más puro estilo sadomasoquista, de Thomas
Glassford; los increíbles acercamientos fotográficos
al musculoso cuerpo de un "hombre de acción"
que, sólo después de una detenida observación,
cae uno en la cuenta de que se trata de un juguete de plástico
y no de carne y hueso; y finalmente, el close-up de Maurycy Gomulicki
a la boca entreabierta, invitando a todo el erotismo posible,
de una muñeca de plástico.
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Piero Slim, Retrato del
Durango
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Una obra aún más interesante por su
discurso contemporáneo en torno al sexo es el excelente
bordado de Carlos Arias (Niña fertilizadora) que, además
de toda su carga conceptual implícita, nos muestra una
imagen, digna de todo un estudio psicoanalítico, de una
tierna niña de la que por debajo de sus enaguas emergen
unos descomunales y serpententes penes. Rodrigo Aldana participa
en esta muestra con su diario G, que se diferencia del resto
por la propositividad de su factura: un inmenso periódico
mural de formato horizontal. Aldana realiza una estupenda combinación
de textos, pantallas de color y fotografías, a manera
de página web, con los que relata las historias sexuales
sucedidas a un artista pobre y gay de Monterrey al mezclarse
por unos días con unas jóvenes y adineradas señoras
de la ciudad de México. El diario G comienza con frases
tales cómo "Ya se me había olvidado que ya
había comenzado un diario; que vacía es mi vida"
ó "Este mundo es como para retrasados mentales,
¿no?".
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Gerardo Monsiváis, El monote, 1998.
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El video de Richard Moszka se constituye en la
obra más importante de la exhibición dado su carácter
de síntesis de la sexualidad contemporánea. Si en
los años 60 un manifiesto de la exigencia de la libertad
sexual fue la película Kiss de Andy Warhol, en la que un
hombre y una mujer se besan en la boca durante poco más
de una hora. En el video de Moska, la parejea de Warhol es reemplazada
por dos hombres jóvenes que aparentemente se encuentran
en una fase terminal del sida, por las manchas en su rostro: la
libertad sexual alcanzada es ahora acotada por el fantasma del
sida. Algo que llama poderosamente la atención en este
video es el incesante sonido producido por el chasquido de las
bocas.
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Richard Moszka, Beso, 1999
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Aún cuando la presencia de estas seis obras eleva la calidad
del discurso que plantea Magali Arreola con Erógena, algo que
se subraya en esta exposición es lo que hasta ahora ha sido
el principal error de muchos curadores: no asisten a los estudios
de cuantos artistas se acercan a ellos, limitando sus posibilidades
de elección de obras a pequeños círculos formados
por compañeros de escuela ó artistas ya explotados por
otros curadores. A pesar de todo, hay que reconocer de esta exposición
la audacia de esta joven curadora (muy guapa por cierto), sobre todo
si se toma en cuenta la historia de problemas de censura que ha tenido
que enfrentar en diversas ocasiones el quehacer cultural en México;
de aquí que cabría esperar en el futuro trabajos de
excelencia realizados por Magali. |
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