Betsabée estaciona su vocho frente al Carrillo Gil

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Dianne Pearce

El prestigio asociado a los automòviles es algo baffling, debido a que es algo que frecuentmente asociamos con ciertos tipos de hombre. Sin embargo, el Vocho 1 Trama transurbana de Betsabée Romero contradice mi afirmación. El vocho estacionado en la banqueta  del museo evoca inequivocamente imágenes de una maternidad ideal:  está amorosamente arropado con una cobija tejida con colores que simbolizan el género de los niños -azul cielo, rosa, amarillo pastel y verde menta. La cobija se angosta y se extiende por la rampa de acceso hacia el museo y concluye en el segundo piso con cuatro bolas de estrambre acrílico y un par de agujas de tejer que están sobre una silla.

Betsabée RomeroDos cosas me molestaron de esta instalación. En primer lugar la silla. No se trata de una silla cómoda -como una mecedora- de las que se usan cuando se teje cómodamente en casa durante los nueve meses del embarazo, sino que se trata de una típica silla de las que se usan los vigilantes del museo. Tuve la perturbante sensación de que fueron las guardias quienes habían estado tejiendo arduamente la cobijita del bebe, cambiando turnos, y que la que estaba tejiendo en el momento en que yo pasé había salido para tomarse su coffe break, autorizada por el sindicato.

El segundo hecho perturbante fue  la cobija tejida que cubre al vocho y lo conecta al museo. Tal símbolo de masculinidad (el auto) que pretende dormir como un bebé arropado en su cobija me recordó a los "niños de mami", esos hombres solteros que, en lugar de vivir independientemente, todavía  viven en casa  y a esas madres que no son capaces de liberarse de sus hijos. La percepción anterior fue reforzada por la creencia de Romero de que un automóvil no es sólamente un vehículo que nos transporta con seguridad, sino que también tiene su personalidad. Ahorramos, los llenamos de imágenes de la guadalupana y cruces, y lo llevamos al  mecánico. Y cuando finalmente tenemos que vender la carcachita, nos acordamos, con los ojos llenos de làgrimas, de los viajes y las aventuras en las que nos ha acompañado. Si el museo representa a la madre, el hogar y la tierra, como pretende Romero, entonces el arte objeto puede ser leido como el niño-adulto que está para siempre destinado a estar junto a su madre o controlado por ella, relación que no resulta benéfica para cualquiera de los dos.

Betsabée RomeroCreo que el problema del Vocho 1 Trama transurbana  es que el museo, para mi, no es la madre y tampoco el niño; no es el lugar donde se concibe milagrosamente al arte, o donde nace con dolor o se le alimenta pacientemente. Frecuentmente es el museo donde objetos curiosos y extraños están expuestos y son sacudidos una vez al mes, donde un guardia vigilante y sospechoso nos llama la atención para recordarnos "Está prohibido tocar", justo cuando el deseo nos doblega. El museo es como aquel  sótano húmedo prohibido de mis abuelos que inspiraba mi temor, donde los objetos  asumen un aura terrorífica en virtud del proceso de envejecimiento, donde los artistas se convierten en mito a través de la exhibición repetitiva.

El Vocho 2 Auto-construcción se encuentra en la Sala de Proyectos, pintado de color limón intenso y adornado por una banda de texto  a nivel de la vista para homenajear al más mexicano de los automóviles: el vocho. Sin embargo, el que está expuesto es una reconstrucción casera realizada con pedazos y llantas lisas. Al estar sentada sola en el centro de la habitación con una elegía que servía de memoria y epitafio, nuevamente me puse a pensar : este antiguo Volkswagen ,  tristemente armado con pedazos de materiales, había vivido mejores días y ahora  estaba abandonado en un lugar tranquilo donde pasaría el fin de sus días recibiendo visitas de los esporádicos visitantes de museos.

La propuesta de Romero me volvió a confundir: el automóvil ya no era el arte objeto conectado umbilicalmente al museo, se había convertido en símbolo de una identidad  y por tanto en justo acreedor de tal veneración y una celebración beatífica. Cuando era niña, el vocho tenia cierta fascinación para mí. Mí hermano y yo jugamos algo para mantenernos ocupados en el asietno de aáras durante los viajes familiares: punchy bug. El primero que viera un sedán volkswagen  tenía que pegarle en el brazo al otro y gritar "punchy bug". Este juego resultaría aburrido en México dada la cantidad de vochos, pero hace años era difícil ver tres vochos durante un viaje. Estoy de acuerdo con Romero en que el sedán es probablmente el auto más popular, pero me rehuso a considerarlo un símbolo de la actualidad mexicana.

Betsabée RomeroParece que Betsabee está mezclando dos o tres temas diferentes, los cualen solo pueden estar remotamente relacionados en el mejor de los casos. Su comentario sobre el papel del museo parece la repetición de un discurso repetido hasta la saciedad durante el pasado siglo: el contraste entre los objetos no artísticos y los que existen fuera del museo, y cómo el aislamiento de estos mismos objetos promueve una lectura distinta de ellos. La conexión de este vehículo con el museo, al cubrirlo con la enorme cobija que penetra en la institución, es una manera fácil de darle forma a esta idea. Todavía más cuestionable es el papel no resuelto del vocho en su exposición: ¿acaso escogió a éste como el objeto no artístico que debemos de contemplar como arte debido a que se encuentra en un ambiente museístico? O se trata de un ícono nacional  cuya lealtad para con sus usuarios mexicanos, a pesar de las repetidas reparaciones, y los méritos que pueda tener como objeto reconocible dentro de un museo?

Dianne Pearce es artista visual, maestra de la Esmeralda, la Universidad Iberoamericana, y la universidad Endicot.

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Fecha de publicación: 05.11.2000