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La muestra de Vanguardia Rusa exhibida en el
Centro Cultural Recoleta, de Buenos Aires, Argentina, se ha tornado
en uno de los sucesos culturales más importantes del año.
Con una iniciativa de Teresa de Bulgheroni
y la colaboración de la Dirección de Asuntos Culturales
de la Cancillería Argentina, la secretaría de Cultura
de la Ciudad de Buenos Aires, el Ministerio de Cultura de Rusia,
el Centro Estatal de Museos y Exposiciones Rosizo de Moscú,
hicieron posible que se recolectaran obras maestras de 31 artistas
de la vanguardia rusa, pertenecientes a 16 colecciones, mayoritariamente
provinciales.
Esta peculiaridad no es menor, ya que los
patrimonios de los museos provinciales permiten transitar senderos
secundarios de los grandes movimientos rusos que revolucionaron
la historia del arte occidental y, de esa forma, enriquecen cualquier
"selección oficial" compuesta por obras capitales
que son citas obligadas de los libros de historia del arte. |
Génesis
A principios de siglo, las corrientes
de los nuevos tiempos que se gestaban en París, faro cultural
indiscutible del mundo, el fauvismo y el cubismo, entre ellas,
viajaron hasta Moscú y encontraron allí un clima
inmejorable para seguir la mutación hacia la abstracción
total propuesta en germen por el manifiesto del arte moderno.
Lo hicieron adaptando sus propuestas a proyectos nacionales, trabajaron
sobre íconos de la tradición rusa o adoptando como
modelos escenas del campesinado e introdujeron así conceptos
propios que les permitieron avanzar por los caminos de la subjetividad
en oposición al objetivismo que transmitían las
pinturas hasta entonces.
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Kandinsky, Río en
verano, óleo sobre madera terciada, 19.5 x 25.5 cms.
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Los círculos casi herméticos que formaron los
artistas rusos permitieron un desarrollo particular del espíritu
revolucionario hasta que la vitalidad de este movimiento (multidireccional
por cierto) ya no pudo ocultarse. Las primeras muestras en París
hicieron que desde 1910 la vanguardia rusa fuese recibida como
una de las fuerzas más vivas y dinámicas del arte
moderno europeo y, sus exponentes, como los primeros expedicionarios
e intelectuales del arte abstracto.
Esta última aseveración resulta tautológica
para quien recorrió las 64 obras dispuestas en el centro
cultural porteño. Obras correspondientes al postimpresionismo,
el neoprivitivismo, el suprematismo y el constructivismo se
encuentran representados en esta selección y dan testimonio
del comienzo mismo del arte moderno, hijo de la originalidad
de estos trabajos.
Las críticas comenzaron a desplegarse en torno a la
muestra, antes y durante la vigencia de la exposición.
Dos fueron los aspectos sobre los que recalaron la mayor parte
de los críticos: el poco espacio en el que fueron dispuestas
las obras, la mayoría de ellas de grandes dimensiones,
y el montaje escenográfico construido sobre la base de
paneles oblicuos monocromáticos. En este punto hubo diferencias
entre los analistas: Fabián Lebenglik dice que el montaje
es "acertado" porque el recorrido se asemeja a "una
garganta" o "túnel", mientras que Fermín
Fèvre entiende que la escenografía no sirvió
para dar "relieve a las obras". Otra posición,
complementaria a esta última es que señala que
la estridencia de los paneles compite con el colorido de las
obras expuestas. Detalles que nadie utiliza para desmerecer
una empresa extraordinaria, especialmente para el público
argentino que por distintos factores, culturales o políticos,
muy pocas veces tuvo acceso directo al trabajo de los maestros
rusos.
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A los cuadros se anexaron otras manifestaciones del arte revolucionario
tales como utensilios, ropa y carteles políticos utilizados
para promover y luego fortalecer la revolución.
Se expuso una maqueta del monumento a la Tercera Internacional
que nunca llegó a construir Vladimir Tatlin pero que
místicamente se transformó en uno de los proyectos
más destacados de la historia de la arquitectura.
Los primeros años del siglo XX en el terreno artístico
ruso fueron marcados decididamente por hechos políticos
y sociales de trascendencia internacional, tales como la Revolución
de 1905, la Primera Guerra Mundial iniciada en 1914 y la Revolución
de Octubre de 1917.
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En este clima se engendraron las vanguardias, que según
Eric Hobsbawm se legitimaban sobre la base de dos supuestos:
que las relaciones arte-sociedad habían cambiado y que
las maneras de mirar el mundo no eran las adecuadas. Según
el mismo historiador, el fracaso de las vanguardias es evidente
a la luz de que "no pudieron encontrar la expresión
de su tiempo". Finalmente, el razonamiento de Hobsbawm
señala que el "arte nuevo" era inseparable
de la construcción de una "sociedad nueva"
que jamás llegaron a condicionar y es ese el fracaso
más estruendoso, por lo menos, de los movimientos más
comprometidos con el nuevo orden político social.
Hobsbawm insiste una y otra vez en juzgar los fracasos en
el terreno social pero ni siquiera sugiere que estos movimientos,
al margen de las ideas políticas de sus autores, se emanciparon
rápidamente de su origen y se encolumnaron tras un objetivo:
cuestionar la manera misma de mirar. No mirar una sociedad o
el futuro que le aguarda a su gente, sino el hecho, escandaloso
para los menos teóricos, de mirar a secas.
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Vladimir Tatlin; maqueta del monumento
a la Tercera Internacional
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El caso-símbolo de esta nueva
manera de pararse ante el mundo y traducirlo al arte, dos esferas
que según Kandinsky nada tenían que ver una con
la otra, la aporta Kasimir Malèvich. Las primeras obras
de Malièvich están influidas por el neoimpresionismo,
el fauvismo y finalmente por el cubismo, período al que
pertenece "El segador". Pero pronto, cerca de 1912,
comienza a desarrollar su propio estilo que le llevó a
fundar el suprematismo y a crear el famoso "Cuadrado negro
sobre fondo blanco".
Con el suprematismo buscaba la reducción de la pintura
a elementos geométricos, pero no con la intención
del cubismo que todavía conservaba ese interés por
mantener la representación, sino con el propósito
de ganar una independencia absoluta por entender que la realidad
carece un "verdadero significado". Su abstracción
geométrica llega a la culminación con la composición
suprematista "Cuadrado blanco sobre fondo blanco" y
luego se traduce en un manifiesto, desenlace esperable en esa
época.
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La abstracción cuya manifestación
más extrema es el suprematismo se caracteriza por la total
destrucción de la imagen artística a partir de la
distorsión extrema de las formas reales, la mudanza de
las imágenes en un caos de manchas, líneas, puntos,
planos y volúmenes sin significación alguna fuera
del sentido estético que se asemeja a la composición
musical (música cromática).
En 1970, Theodor Adorno (Teoría Estética) llegaba
a la conclusión que estos movimientos se habían
"adentrado audazmente en el mar de lo insospechado"
sin que este mar les proporcionara "la prometida felicidad
de su aventura".
La búsqueda de lenguajes "asemióticos"
fue parte del desafío de este grupo que buscó, muchas
veces en el misticismo o en movimientos teosóficos, la
razón de ser del arte en oposición a los valores
de progreso que definieron la modernidad y los productos más
representativos de ella, tal como lo señala Gombrich en
su Historia del Arte.
Juan José Sebrelli aporta datos precisos sobre la inspiración
mística de estos creadores: "Los tres creadores del
arte abstracto, Mondrian, Kandinsky y Malevich eran teósofos.
La teosofía era una especie de New Age de esa época".
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La damas rusas
Un capítulo
especial dentro de la exposición lo constituyen las mujeres
de la vanguardia, artistas que jugaron un papel decisivo en formación
de tan difícil empresa cultural y que a pesar de desarrollar
un espíritu común al objetivo destructor-creador
del arte pocas veces caminaron los mismos caminos.
Alexadra Exter, gracias a sus permanentes viajes, se constituyó
en uno de los canales de comunicación más fluidos
con los artitas de Europa occidental. Hacia allí llevó
trabajos y en ellos las imágenes geográficas y culturales
más relevantes de su tierra. Incursionó, como lo
hicieron otras artistas de vanguardia, en la lustración
de libros, el diseño para teatro y el cine.
Compartió con Natalia Goncharova el interés por
los motivos populares representados en objetos populares, por
ejemplo en los bordados. Goncharova tomó modelos del arte
medieval ruso (íconos) y los "lubok" láminas
coloreadas a mano. El campo de manifestación fue infinito
para esta artista que provocó a la sociedad de la época
haciendo pública su convivencia con el artista (también
presente en la muestra) Mikhail Larionov y pintando hasta su propio
cuerpo. A la censura recibida, la provocadora rusa respondía
con más trabajo.
Se suman a su producción utensilios cotidianos y el diseño
de ropa sobre el modelo de las formas geométricas y los
colores plenos, semejantes a los que ella misma desfiló
para una sesión de fotos.
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Ródchenko, Composición
(Naturaleza muerta)
óleo/tela, 71x62 cms. 1918
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Arte utilitario
En el grupo ganaba terreno la idea de darle
al nuevo sistema político en gestación, sistema
que proponía no sólo un orden social nuevo sino
el nacimiento de un "hombre nuevo", una imagen propia,
un aspecto visual al orden político en germen. Así
nació una corriente "utilitarista" del arte en
la etapa posrevolucionaria.
En las puertas de la revolución pusieron sus energías
en la propaganda masiva para poder apoyar a los bolcheviques y
pocos años después hicieron lo propio para difundir
las bondades del nuevo orden. A diferencia de Kandinsky que elevaba
al arte por encima de cualquier idea social o política,
artistas como Tatlin pasaron de la escultura al diseño
de una estufa que daría el máximo de calor con un
mínimo de combustible.
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Natalia Goncharova, El Ciclista, 1913,
óleo/tela, 780 x 1050 cms.
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Sólo algunos años después
de la revolución de octubre, el Gobierno llegaría
a la conclusión de que el lenguaje de la vanguardia era
poco efectivo para difundir los principios de la revolución
y que el lenguaje llano y las imágenes "realistas"
eran mucho más efectivos a los fines de la propaganda adoctrinadora.
Fueron años de desengaño para los artistas que pensaron
alguna vez que el constructivismo y el orden político propuesto
por la revolución eran parte de una misma moneda.
Aunque el constructivismo persistió como una influencia
en los gráficos soviéticos y el diseño industrial,
pintores como Malevich fueron arrastrados a la pobreza y la oscuridad.
Algunos artistas desaparecieron en el Gulag y las innovaciones
de este florecimiento artístico encontraron su desarrollo
ulterior en Occidente, en tierras que para los creadores rusos
simbolizaban el "arte viejo".
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Sebrelli, en "Las aventuras de la Vanguardia"
no sólo plantea que el arte moderno, producto de la creación
de la mayor parte de los artistas que pasaron por Recoleta, atenta
contra las ideas de la modernidad sino que al mismo tiempo remarca
el servicio prestado a los sistemas totalitarios.
Esta detalle abre las puertas a un capítulo ineludible
en la consideración de las vanguardias: su relación
con el concepto de "libertad". Relación que parece
ser constitutiva del gran movimiento, al margen del apoyo que,
en la posrevolución, prestaban al totalitarismo. Tal como
lo señala el venezolano Carlos Silva , las vanguardias
exponen una "doble faz", como la bestia bifronte que
pintó Goncharova. Por un lado anunciaban aires de innovación,
pero por el otro no dejaban espacio a quienes no asumían
su postura.
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Tatlin, Relieve en una esquina, técnica
mixta, 1917
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"La libertad del arte se había conseguido
para el individuo pero entraba en contradicción con la
perenne falta de libertad de la totalidad: en ésta el lugar
del arte se ha vuelto incierto", dice Adorno en la primera
hoja de su Teoría.
Decididamente, el primer contacto con las obras no permite hacer
tantas elucubraciones y con ellas tejer hipótesis complejas
que salen a la luz con el paso de los días y a partir de
lecturas viejas y nuevas. Será porque gana el asombro y
el éxtasis como si un atajo de la vida nos permitiera ver
por un instante el "big bang", la explosión en
donde nació la ola que todavía nos arrastra, arrebatándonos
de la historia para atestiguar su "movimiento" desde
un punto milagrosamente estable.
Por un segundo, cuando los sentidos ofrecen más de lo que
la razón puede asimilar en el instante ver-pensar parece
más clara que nunca la definición del genio que
aporta Manuel Kant en su "Crítica del juicio":
"El genio es un talento de producir aquello para lo cual
no puede darse regla determinada, por lo que la originalidad debe
ser su primera cualidad".
Artistas expuestos: Deineko, Exter, Falk, Filónov, Gavris,
Gonchárova, Kandinsky, Kliun, Konchalovsky, Krávchenko,
Kuprin, Lariónov, Lébedev, Le Dantiu, Lentúlov,
Levin, Malévich, Medunetsky, Menkov, Morgunov, Péstel,
Popova, Ródchenko, Rozánova, Pozhdéstvensky,
Sháposnikov, Shevchenko, Shtérenberg, Tatlin, Udaltdsoa
y Vesnín.
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Popova, Composición,
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