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Siniestra Belleza. Obra de Eduardo Médici
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Eduardo Médici; Julia, 110x76,
fotografia/Tela
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No hace falta ser un agente del "recontraespionaje"
para dar con la obra de Eduardo Médici. Basta conectarse
a Internet, encontrar un buscador, y tipear esto: "E-d-u-a-r-d-o-M-é-d-i-c-i".
La clave está en colocarle el acento a la "é"
porque de lo contrario -por lo menos en Yahoo.com.ar- la cantidad
de sitios detectados será igual a cero. La etapa siguiente
es sencilla pero requiere paciencia: determinar en qué
paginas se muestra su obra, en cuál se habla de su obra
y cuáles otras el artista ofrece un curso: "Los secretos
del arte", por ejemplo. Los que no pertenecen a esta suerte
de cofradía de "internautas" pudieron conocer
su trabajo en el Museo de Bellas Artes de Tandil donde se montó
una muestra retrospectiva que incluyó trabajos de los 70,
80 y 90.
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Los amantes de las vasijas de barro
cocido, bodegones y naturalezas muertas: abstenerse. La pintura
de Médici es desmesuradamente viva. Viva al punto de escapar
a cualquier intento de razonamiento, viva al punto de huir a toda
lectura sencilla que agrupe ideas en términos de opuestos
y engendre con ellas el concepto de "contradicción".
Médici dice en un reportaje que "la imagen que un
artista transporta a la tela es el emergente de un desequilibrio
interno y que, como todo conflicto, conlleva angustia y placer"
antes de citar a Eugenio Trías: "En la obra deben
convivir lo bello y lo siniestro; lo bello sin lo siniestro, no
alcanza la plenitud de su belleza; lo siniestro sin lo bello,
sólo provoca espanto".
Los opuestos en un punto donde se anulan y expresan intensamente
lo "humano" es el terreno donde se mueve a gusto este
artista. Cede la contradicción y asoma la paradoja: "La
fuerza de las paradojas reside en esto, en que no son contradictorias
sino que nos hacen asistir a la génesis de la contradicción",
dice Gilles Deleuze, quien en el mismo libro ("Lógica
del Sentido") distingue el sentido "común",
que determina en todas las cosas un sentido, de la "paradoja",
que afirma los dos sentidos a la vez.
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Eduardo Médici; Cuando tomé la comunicación
pense que me casaba, Negativos fotográficos y emulsión
s/madera, 1995, 100X100 cm
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Por eso no son contradictorias la escenas de sexo y la iconografía
religiosa, muerte y vida, placer y sufrimiento, amor y odio, el
otro y el yo, en las grandes telas de Médici, porque dan
cuenta de un misma entidad: el hombre en su verdadera escala.
Si no les molesta y sin que suene demasiado pretenciosa: se podría
decir que dan cuenta de la vida, idea que desborda cualquier razonamiento
y que siempre se conserva secreta a pesar de las excursiones que
hacia ella emprenden filósofos, científicos y artistas,
ávidos de una respuesta satisfactoria.
A pesar de las limitaciones, de este grupo de expedicionarios,
el artista es el único conserva alguna chance. Quizás
porque construye a partir de las debilidades y no se somete a
las intransigentes reglas de la lógica, sino que provoca
con su lenguaje y obliga a mirar desde un ojo colectivo, el ojo
del hombre despojado de la forma, pero jamás desde el mirador
de la ciencia, sociedad, religión o institución
semejante que imponga a priori su forma de ver.
Médici apuesta a la idea que luego despertará
desconcierto en el receptor.Lo alude constantemente porque como
en un gran "mandala" toda su cosmología se ordenará
en torno a un centro, al cuerpo, el propio en muchos casos. El
cuerpo humano como principio y fin de una búsqueda siempre
inclusa y por lo tanto viva. El secreto perseguido se une a la
obra a través de la insatisfacción y nace el pretexto
para la nueva búsqueda. Otra tela manchada. Este camino
lo llevó desde la pintura a la fotografía, desde
los trajes y las corbatas a la imagen de cristo.
El poder de su obra no radica en lo que muestra sino en lo que
oculta, en el misterio que rehuye cualquier lectura y se muestra
a medida que decaen las pretensiones. Revela en su desconcierto,
en su agresión-seducción, la incapacidad de llegar
al centro.
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Eduardo Médici; Sin título, acrílico
sobre tela, 120 x 120 cm.
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Oscar del Barco, filósofo y poeta argentino, se refiere
a esta búsqueda: "El arte va en dirección de
eso que precede como "prius"y este sería, dicho
sin énfasis, su misterio: que sea pura presencia y que,
al mismo tiempo, manifieste lo otro que es innombrable, no conceptual
porque excede incluso la posibilidad del lenguaje".
Médici dice: "Me parecía que no podía
movilizar a la gente. La obra de este período es el fruto
de haber seguido al azar como método y haber perforado
los realismos, tratando de que lo subjetivo sobreviva y exprese
su primacía".
Lo subjetivo, que es el hombre, revela su poder hacia el mundo
-"todo cuanto existe, sólo existe para el sujeto"
anunció Arturo Schopenhauer en su libro más conocido
"El Mundo como Voluntad y Representación"- cuando
advierte que es posible atravesar los realismos, construcciones
que jerarquizan los criterios de verdad y belleza. El imperio
de la forma ¿les suena a los gombrowiczianos?
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Pero a diferencia de los postulados
que se refieren al hombre con mayúsculas -no es el caso,
justamente de Witoldo Gombrowicz- Médici redobla su apuesta
y en el lugar del sujeto pone su propio cuerpo, lo quita del "mundo
celeste" y lo somete a la inmadurez y a las miserias, lo
coloca en un extremo que relata inmejorablemente Del Barco: "En
el mayor de los silencios, en el despojo y el abandono, en el
momento más aterido y doloroso, cuando se ha tocado el
extremo de los mísero, en la última de las horas,
allí se puede, es posible que algún día,
en alguna hora, como lo más débil y efímero
de lo débil y efímero se encuentre el sentido".
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Eduardo Médici; Sin título, técnica
mixta/tela
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