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"...si güey, hubieras ido.
Abajo vendían coca y mota, y arriba el chingo de chavitas bien
mamacitas y sus papás entre sacados de onda y con la sonrisa
de oreja a oreja, presumiendo de la obra de sus hijas. Era una instalación
sonora, con luces y toda la cosa. Creo que eran de la Esmeralda. Había
hasta la madre de gente."
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Palabras más, palabras menos, así fue el primer
comentario que escuché, hace ya casi un año, de
una exposición en el Epicentro, espacio alternativo de
arte contemporáneo creado por Doris Steinbichler en la
calle de Camelia, en la supuestamente popular y brava colonia
Guerrero, eterna adversaria del no menos supuestamente inhóspito
barrio de Tepito.
La segunda vez fue en una mañana dominguera a mitad del
Zócalo, a la sombra del asta bandera. Doris había
acompañado a Pancho López en un extraño performance
en el que Pancho había metido periódicos y agua
en una licuadora para preparar un licuado de noticias que repartía
entre los paseantes. Ahí estuvimos platicando un rato y
quedé en ir al epicentro al día siguiente. Nuevamente
se sucedieron varias semanas hasta que, otra vez en el centro,
me encontré a Doris caminando con Ramón Almela y
Joe Springer, iban al Epicentro y ahí si ya no me pude
zafar.
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En realidad la Guerrero no es nada
del otro mundo, al igual que Tepito, la Santa María ó
incluso la Roma ó Polanco, es más la fama que lo
que verdaderamente es: tienditas, casas, edificios y gente. Lo
que en realidad si viene a ser alucinante es el Epicentro y el
edificio de la antigua mueblería que ocupa; en el primer
piso está un salón-de-fiestas-infantiles-bodas-XV-años-y-eventos-sociales
y, una descomunal escalera, con inservibles rejas de aluminio
a cada paso, lleva hasta el Epicentro: un descomunal galerón
de más de mil metros cuadrados al servicio de la visión
"dorisiana" del arte contemporáneo. Esa tarde,
no había ninguna exposición montada, sólo
una inmensa pantalla a mitad del galerón que servía
cómo biombo para separar el cuarto de trabajo y habitación
de Doris del resto de la Galería.
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Las que si estaban eran las también
"mamacitas" de Shelley Cook y otra gringa tomando
tés de jazmín. Shelley resultó ser una
performancista de San Francisco que venía a presentarse
en el festival del performance de X-Teresa y ahí, en
medio de la soleada y tranquila tarde del Epicentro, nos mostró
varios videos con escenas de sus obras anteriores; vestida con
un overol de obrero y corriendo por interminables pasillos de
malla de alambre, lavando una infinidad de ganchos de ropa,
sumergida desnuda en un descomunal frasco.
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No recuerdo de qué, pero todos platicábamos
cómo si estuviésemos pasados. Poco antes de salir,
Ramón le dijo a Doris que quería exponer ahí
y, dicho y hecho, ella comenzó a ojear una libreta y
decidieron que la exposición fuese en un mes más.
No habían pasado ni quince dias cuando me llegó
un e-mail de Doris anunciando un performance de Shelley Cook
y Pancho López en el epicentro al viernes siguiente,
a las 8:00 PM.
De noche todas las calles de la Guerrero
son iguales, sobre todo cuando casi ninguna tiene letrero. Después
de perdernos por más de media hora, Ramón, Joe,
Pilar y yo por fin dimos con el letrero luminoso del salón
de fiestas que está abajo del epicentro. A la entrada
del edificio no vendían ni coca ni mota, pero si recuerdo
que al subir las escaleras, delante de nosotros iba un cuate
trastabillando y sujetando una bolsa de plástico llena
de ¿sangre?, que de repente se perdió por uno
de los pasillos-hacia-quién-sabe-dónde del edificio.
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Contra todo lo esperado, el Epicentro
estaba totalmente transformado en una suerte de capilla monacal:
iluminados por una tenue luz y algunas velas se encontraban sentados
frente a frente Shelley y Pancho López, ella desnuda y
el vestido con un blusón blanco, observándose quedamente,
casi sin moverse. Junto a ellos, pendía del techo un molde
translúcido de cera del cuerpo de Shelley y en un extremo
de la galería un vitrol de miel escurriendo sobre una tina
de lámina llena de leche.
Los 50 ó 70 espectadores observaban el desarrollo del performance
en un ¿religioso? silencio y rodeados por el olor de la
miel, la cera y la leche. En un momernto dado, Shelley se levantó
para remojarse por unos minutos en la tina de leche y luego desaparecer
tras uno de los extremos de la galería, al tiempo que Pancho
hacía lo mismo por el extremo contrario. Nos habíamos
perdido casi todo el performance.
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Sobre una mesa cubierta con una sábana blanca
estaba el "coctel": decenas de vasos con leche, panes
y tarritos de miel. No sé si por el mismo carácter
del performance ó por efecto de la leche y la miel, pero
el caso es que todas las conversaciones transcurrían en
voz baja, dejándose escuchar el continuo goteo de la leche
del molde translúcido al piso cubierto por un plástico
blanco. Con un pan con miel en la mano, Ramón le comentó
a Shelley que habíamos llegado tarde y ella le señaló
una cámara de vidéo que, sobre un tripié
había grabado todo el performance. Casi todos pasamos al
cuarto de Doris y, después de varios intentos, finalmente
Ramón pudo conectar la cámara a la videocasetera
y al televisor.
Aún y cuando el performance Miel y Leche
de Shelley y Pancho López se encuentra conformado por una
infinidad de bellas imágenes oníricas, resulta ser
sumamente narrativo, sin ser ello un detrimento, al presentar
el problema de la imposibilidad de la pareja en nuestros días,
en tanto que relación perdurable, y reduciéndolo
al hecho de que su origen se encuentra en la adopción de
los moldes de comportamiento que nos ofrece y obliga, hasta cierto
punto, a adoptar la sociedad.
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Siendo referencias a esto, entre muchas otras, el momento en
el que Pancho se pone a construir una edificación con
las cajas de leche ó cuando Shelley se coloca debajo
del molde translúcido, intentando semejarse a éste,
al bañar su cuerpo con la leche que escurre y tocando,
a la manera que Adán toca apenas los dedos de Dios en
la capilla sixtina, los dedos del molde mismo.
Ya afuera del epicentro, Joe hizo un comentario que muy bien
podría definir a lo que es un verdadero espacio alternativo
hoy en día: No sé cuánto dinero se hayan
gastado Shelley, Doris y Pancho en esto, pero lo cierto es que
no hubo apoyo de institución alguna, vinimos aquí,
vimos un excelente performance, nadie nos intentó vender
nada ahí dentro y ahora estamos otra vez aquí,
en la calle, sin haber gastado un solo peso y ya cenados.
Semana y media después, otra vez en la Guerrero y de
noche; pero ahora Pilar se había pasado la tarde localizando
en la guía roji la calle de camelia y estudiando el mejor
camino para ir de Coyoacán hasta allá. Al coche
de Claudia no le servían los seguros de las puertas y,
bueno, aquí ó en las Lomas una puerta sin seguro
es toda una invitación al desvalijamiento; afortunadamente
a una cuadra del Epicentro está la típica pensión-de-24-horas-abierta-día-y-noche-toque-en-el-zahuán-pulido-y-encerado.
Otra vez no vendían ni coca ni mota a la entrada del
edificio y en lugar del cuate trastabillando, dos niñas
de unos seis años, entre grititos de alegría y
agarraditas de la mano, iban subiendo las escaleras delante
de nosotros, perdiéndose de repente en el mismo pasillo-que-conduce-a-quién-sabe-dónde.
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Ramón Almela: Diálogos con el pasado,
2001
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Nuevamente el Epicentro se encontraba
totalmente transformado, incluso, la obra de Ramón Almela
lo hacía parecer más pequeño y semejarse
a una galería del Soho ó Chelsea. Ramón Almela
pertenece, al igual que Francis Alys, Gabriel Orozco ó
José Bedia, a ese grupo de artistas errantes que van enriqueciendo
y transformando su lenguaje visual con las imágenes, formas
de vida y contradicciones sociales que van hallando en los entornos
culturales dónde fijan su residencia por largos períodos
de tiempo, sin llegar a renunciar al debido a sus intrínsecas
raíces culturales. Nacido y formado en España, hasta
hace unos dos años Ramón estuvo viviendo y trabajando
en Nueva York, actualmente radica en Puebla y la obra que presenta
en el Epicentro reboza de la influencia que sobre su trabajo tuvo
esa parte de la cultura estadounidense que rinde un culto casi
religioso a los objetos y materiales por los que transcurre la
vida diaria.
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Esta influencia
no es gratuita al tomarse en cuenta que muchos de los artistas
españoles formados después de los años setenta,
cómo Ramón, decidieron revisar, retomar y reelaborar
aquellos lenguajes visuales prohibidos ó mal vistos durante
la dictadura franquista, encontrándose entre ellos el surrealismo
de Duchamp, Dalí y Buñuel , en dónde la descontextualización
de los objetos y la utilización de materiales no convencionales
tienen un papel primordial. Entre la obras que más llamaron
mi atención fue la sumamente rigurosa pieza formada por
un teléfono inalámbrico adosado a una gran columna
de fieltro gris; teléfono desde el cuál, según
el propio Almela, la última vez que lo utilizó,
poco antes de desmantelar su taller en Nueva York, rompió
con su esposa y acordó los términos de su separación.
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Cuando estaba contemplando la obra
Pautas de Crecimiento (un palo roto adosado a una tabla verde),
se me acercó Claudia de Teresa y me preguntó: ¿y
la gente compra esto?. No sé por qué, pero por unos
momentos acudió a mi mente la colección Jumex seguida
de una escena de gente comprando chácharas en la Lagunilla
y luego la imagen de una casota de esas que acaban siendo alquiladas
para los mini-raves sabatinos. Si, le contesté, aunque
bueno, tienes que tener un departamento bastante grande para que
quepan ó igual y no, ¿verdad?, éste si cabría
en el tuyo, porque mira, a poco no sería chingón
entrar así a tu departamento y órale: un palo roto.
Claudia se quedó pensativa por unos instantes y luego terminó
comentando algo así cómo "si, pero ahora lo
de la lana está muy cabrón". La otra obra que
me llamó la atención fue la instalación de
dos polines de madera frente a un lienzo negro, y que hacía
alusión a los ataques con aviones a las torres gemelas
de Nueva York. En el texto dibujado por el mismo Almela con plumón,
con la letra esa que acostumbran en los restaurantes tipo tasca
de Guanajuato, se leía: "...perplejo intentaba asirme
al recuerdo de las torres mientras veía las imágenes
repetirse en la pantalla..."
En fin, una serie de obras, absolutamente formales, en la que
los objetos devienen en trozos de la vida y la memoria del propio
Ramón. Ahora bien, pienso que el trabajo de Ramón,
con el transcurrir de los años que radique aquí
en México, aún y cuando conserve visos de ese surrealismo
reencontrado, dará un giro de 180 grados al verse sumergido
en una cultura dónde el informalismo es precisamente la
regla de la sobrevivencia. Y en efecto, cuando salimos del Epicentro
tardamos cerca de hora y media en sacar el coche de Claudia de
la pensión porque el velador había decidido irse
a echar unos tragos a la cantina de enfrente. Y todavía
más; cuando llegamos a la casa, Pilar marcó el teléfono
de una amiga argentina que se supone que llegaba ese día
de España y, con el auricular en la mano y una mirada inaudita
de odio me volteó a ver y me dijo: ¿no pagaste el
teléfono en la mañana?.
Si, la pareja y el actual modelo
de la familia están en crisis y su epicentro en la Guerrero.
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