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| La cosa se dice en su inutilidad. Su nombre, misterio de lo genérico, contiene al mundo. La cosa es una apuesta de comprensión ahí donde alcanza con palabras el decirlo, por discreción, por olvido, por no tener a la mano otra palabra u otro gesto para ese espacio vacío que se significa en su inminencia. |
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Un objeto es siempre un objeto de afecto; es una forma de pertenencia;
una obligatoriedad.
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El objeto se hace desde la mirada. No es un qué en el
mundo, sino un cómo, un dónde.
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La disposición y uso del objeto son aleatorios. Su verdadera
naturaleza siempre está en potencia.
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Marcel Duchamp, Fuente (1917)
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John Cage nos dice que por tanto, todo lo visto (lo dicho, todo
objeto más el proceso de mirarlo) es un Duchamp.
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John Cage nos dice que digamos que no es un Duchamp, con voltearlo
se tiene un Duchamp.
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Parrafrasear a Cage en lugar de citarlo arma un objeto distinto,
no muestra la idea de manzana tal y como puede ser vista sino
que muestra la idea que la aproxima a su imagen real. Esto último
se acerca más a nuestra percepción de la realidad,
una invención dada en lo sensual que se asume como lo
real.
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En su veintiseis textos sobre Duchamp, Cage hace Cages para
Duchamp, se lee "El aire" y ese es uno de sus textos,
con nombrarlo dice (y re-dice) al Duchamp,hace un objeto nuevo.
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Retrato de John Cage
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En el asumido de lo real acecha el objeto (de lo poético).
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Es un seno, aparece en la portada de un libro, contrario a los
pudores exigidos en todo museo, exhibe la leyenda: Se ruega tocar.
Es una invitación para hacer al mundo.
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Es un migitorio, vuelto de cabeza (y firmado) se asume fuente.
En el prejucio de las formas y modos aprendidos se revela la naturaleza
de los materiales.
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Descubrir a Duchamp es descubrir una forma de ver al mundo. Una
forma de mirar, de la idea misma de mirada, que se sabe una amenaza.
Se revela como una providencia, una nueva forma de percepción,
trangresora de los límites domésticos de lo sensible
y su comprensión, y ante su evidencia resulta difícil
no caer en el homenaje. Y es que, una vez que se ha visto trascendida
la realidad no queda más que celebrarlo.
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Fotografía de Marcel Duchamp
vestido de mujer
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Duchamp llega a Nueva York en 1915 con un regalo para su
amigo Walter Arensberg, un objeto que se significa desde su potencia
poética: una ampolla de vidrio con aire de París
(esto, según versión de Hans Richter, según
Juan Antonio Ramírez, la ampolla fue hecha en diciembre
de 1919). La idea misma de lo moderno (su forma de envase) viaja
en tal recipiente; es el gran contenedor que en su contenido asumido
hace al mundo.
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Todo en Duchamp guarda tensión sexual. Todo comentario
al respecto de Duchamp acaba en la cama. Es la cama.
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En la noción misma de objeto queda inferido su deseo.
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La máquina: la sucesión de actos repetidos, el bombeo,
el principio neumático, los pistones acciondos por el vapor,
la idea misma de movimiento. La mera idea de lo industrial supone
una magna celebración del sexo.
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| Calder
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El juguete se dice como sucedáneo, guarda la verdad del
simulacro.
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La pregunta al respecto de la muñeca de Hans Bellmer
es más sobre su entorno que sobre sí misma. Su
naturaleza es la del resabio ritual, y aún, lo que persiste
es la sensación de un monstruo sexual en turismo. La
memoria más de los lugares que visita que de sí
misma. Es un recuerdo emocional, una noción familiar,
un habitante del mundo exterior que, expuesto en el espacio
museográfico queda suspendida en la nada, casi tanto
como la asepsia crítica que inspira de la duela que la
rodea.
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Es el lugar donde caen, es el color del lugar donde caen, es
la tensión compositiva que se descubre en el tiradero
policrómatico de lineas y volúmenes. Después
de Hans Arp se volverá una práctica normal en
el kindergarten, ese último reducto.
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Con Man Ray no hay que olvidar los labios, no hay olvidar la
lágrima, no hay que olvidar que todo tiene abertura,
que todo tiene forma de entrar y de salir, que el ojo se apercibe
de las cosas y las guarda, que la mano lleva pero el ojo guarda.
Man Ray es hacedor de instrumentos, lo que hace es una disección.
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Joan Brossa es un terrorista refinado. Dice al blanco con el
revólver, es decir, los dice juntos como si uno hubiera
una distancia entre ellos. Hace máquinas imposibles y
busca, entre los signos que pueblan al mundo, aquello que diga
el misterio de cada día, la forma de mirarlo, de encontrar
su hebra, de jalarla como un gatillo.
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Hans Bellmer. La Muñeca.
1933-49
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Calder nunca creció, hizo partícipe al mundo de
sus juegos y el mundo, lleno de sospecha, hizo inventario de
sus juguetes para mostrar, a manera de consuelo, que al menos
Calder jugaba. Las piezas de Calder están hechas de aire,
están ahí para hacer ver que el aire dice al moverse,
en su hacia donde, en su hacia allá.
***
En Christos se da el reflejo de la realidad industrial que lo
rodea. Todo necesita un empaque, todo debe ser envuelto para
su entrega. ¿A qué gigante entregar las islas,
los puentes, el reichstag, los árboles? Ante lo rídiculo
que puede ser este tremendismo poético queda el mérito
de las gestiones que le permitieron, al final, darle vestido
a su entorno.
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Calder
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En la obra Josep Ponsatí se dice el perene atentado humano
contra el paisaje, pero sólo queda su recuerdo. A partir
de triángulos rojos inflables se construye una figura
gigantesca, sobreposición que altera al mundo durante
un sólo momento de transgresión; su permanencia
sólo queda en la memoria de quienes lo vieron y pueden
narrarlo, en las imágenes fotográficas de su momento,
a la manera de los afiches sentimentales, las postales, los
pequeños recados, el wish-you-were-here.
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Richard Long es la mirada que sale al campo, la mirada que descubre
los trazos aleatorios de toda trama terrestre, el tamaño
de todo gesto mínimo, su lugar y representación.
Dice lo sagrado con círculos de piedras, con ramas apiladas,
con la huella de manos sobre paredes.
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La cosa dice a la cosa, la aferra en su mano, la abraza, se rinde
a ella, la hace suya. Queda suponer que, al final, atomizado,
de la cosa que fue y ya no es, persiste como una inclinación,
una tendencia, una gravedad, una orientación.

Richard Long
Asia circle stones, Mongolia, 1996
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