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Si hubiera escrito este texto hace diez años ó hace
diez días hubiera sido otro. Afortunadamente lo escribí
hasta ahora, con las vivencias de las chicanas y los comentarios útiles
de mis colegas frescos en la memoria. Así pude darme cuenta
de que entre las chilangas de la ciudad de México y entre las
chicanas se están implantando dos estrategias de sobrevivencia
diametralmente opuestas. |
Cuando las chicanas usan su arte como herramienta
de sobrevivencia, por medio de ello construyen su territorio,
sanan su heridas, definen sus existencias, y se rescatan mutuamente
en el contexto de sus raíces y de su comunidad. Desde
ahí pueden lidiar, fortalecidas, con la sociedad en general.
La situación para las artistas de la ciudad de México
es bastante distinta. Somos participantes en el mundo del arte
de una ciudad grande del tercer mundo. Estamos insertas en una
situación de élites, relativamente aisladas, y
tratando de mantenernos a flote.
De repente a alguien se le ocurre hacerte daño,
escribe el artista. En esta línea, otra de las piezas
de piso se compone de una imagen enigmática con una franja
que la censura junto a un texto, probablemente tomado de los
medios, que, tras mencionar la muerte de 116 mujeres, ensaya
una reflexión absurdamente académica sobre la
indefensión de los débiles frente a los más
fuertes.
México en este siglo ha tenido dos proyectos culturales
paralelos, cada uno privilegiado en su momento. Uno se enfoca
en establecer una identidad cultural nacional y a veces, latinoamericana.
El otro intenta integrar a México a los movimientos culturales
internacionales.
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Yolanda López: Autorretrato como
la Virgen de Guadalupe, 1978.
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Magali Lara: Arde por el Nacimiento,
1997
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Astrid Haddad
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Quisiera subrrayar tres ideas que me han servido como
metáforas para organizar el caos de este ensayo,
y por ende, el asunto de la sobrevivencia. Estas son:
la espiral ascendente, la pared de la historia y la maldición
del segundo milenio.
La espiral ascendente. Este es un concepto probablemente
emanado de la sicología estadounidense, que postula
que en general la gente, léase, la gente de clase
media, imagina su existencia como un proceso continuo
de mejoramiento en todos los niveles. Cada vez trabajarán
más, a sus hijos les irá mejor y juntos
irán muy lejos. Pero en algún momento de
la vida se tropiezan, se dan cuenta de su vulnerabilidad,
y se vuelven fuente de ingreso para los terapeutas.
La Pared de la historia es un término utilizado
por Michael Ondaatje en su novela "El Paciente Inglés".
Los protagonistas son derrotados no por sus idiosincrasias
personales pero por su inserción en su coyuntura.
La historia, su inmersión en la guerra, interviene
en sus vidas de manera devastadora.
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La maldición del segundo milenio. Leí
hace muchos años un libro bastante original, llamado
"El origen de la conciencia en la ruptura de la mente
bicameral," de Julian Jaynes. El autor pretende probar
que los humanos, antes del segundo milenio antes de Cristo,
operábamos con el cerebro dividido orgánicamente
de forma más tajante que hoy en día, entonces,
para que el lado cognitivo se comunicara con el lado instintivo,
tenía que gritar. Así es que la gente de esa
época escuchaba voces, un poco al modo de los esquizofrénicos
de ahora. Según Jaynes, en el segundo milenio hubo
una serie de desastres naturales, incluyendo la erupción
de un volcán en el Mediterráneo seguida por
una inundación de las regiones costeras, seguida
por una época de guerra y barbarie por todas partes
protagonizado por los asirios. En el caos que siguió,
las civilizaciones estables pero frágiles se derrumbaron
y la gente que sobrevivió bajo el estrés de
las nuevas condiciones fue la que logró coordinar
los dos lados de su cerebro lo suficiente para poder pensar
de formar subjetiva y así reaccionar con más
rapidez e inteligencia.
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Carla Rippey: No
tiene nombre, es oriunda del mar.1979
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Los setenta
Ahora, para entrar en materia, y
desarrollar el concepto del espiral ascendente, les platico
como lo experimenté en mi propia vida en México...Cuando
llegué a México en 1973 casi nadie se interesaba
por los jóvenes, a diferencia de ahora. Donde los
jóvenes podíamos verter nuestra energía
fue en el movimiento de los grupos, colectivos de artistas
que fueron creados con la intención de hacer arte
público con un trasfondo político. No sé
si realmente en algún momento los grupos tuvieron
un impacto político, pero lo dudo mucho. Pero sí
sirvieron para juntar a los artistas y ponerlos a experimentar
con formas de trabajar en comunidad. Al terminar la década,
se iban acabando los grupos-- el momento político
y económico ya era otro, y mi generación empezó
a entrar en las galerías.
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Pensando en mis colegas de jóvenes,
les voy a platicar una teoría seguramente nada científica
pero que aplicada a mis experiencias en México me
ha funcionado bien. Ahí les va...Los pintores hombres,
provenían en general de hogares en los cuales el
padre era débil o ausente. Supongo que al estar presente,
habría dirigido al hijo hacia otra profesión
más razonable como arquitecto. El único artista
que conozco que es hijo de empresario está peleado
a muerte con su papá. Las mujeres artistas, por el
otro lado, tendían a venir de familias logradas,
con un padre presente y exitoso. No sé si la cultura
y la seguridad económica de su familia les daba un
apoyo crítico, o si heredaron la energía de
sus padres, pero al parecer a sus familias no les molestaba
que una mujer fuera a embarcarse en una carrera poco práctica.
Por ende, en mi generación, las mujeres ostentaban
a menudo un origen social más privilegiado que los
hombres. Yo por mi parte soy otra historia, y mi padre es
un desmadre simpático, pero entre tanto, en 1979
me divorcié, en un país extranjero, sin apoyo
mas que moral de mi familia lejana, y con la responsabilidad
de mantener y cuidar a mis dos pequeños hijos.
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Los
ochenta
Curiosamente nunca dudaba de la viabilidad
de vivir de comercializar el producto no adulterado de
mi imaginación, es decir, de la venta de mi obra.
Además, aunque estar sin marido me creó
broncas económicas y culpas emocionales, me resolvió
varios asuntos. Uno, ya no me sentía en conflicto
en cuanto a mis prioridades y en mi identidad como artista
versus madre versus esposa. Si no trabajaba yo, mis hijos
no comían, o por lo menos así les hice creer.
Esta fue mi solución particular a este conflicto,
no quizás el mejor, pero lo que es indudable es
que combinar la maternidad con ser artista es problemático
y, por ende, las artistas tenemos menos hijos que las
mujeres en general. En fin.
Durante cinco años sobreviví enseñando
grabado en la Universidad Veracruzana. A partir de 1985
volví al DF, en plena época del terremoto
y, efectivamente, en adelante viví, modestamente,
de vender mi obra. Mi método en particular fue
vender mucho grabado, tanto suelto como en ediciones,
y cultivar una serie de coleccionistas que accedían
a comprar mis dibujos. Exponía en galerías
a veces, pero ninguna me manejaba. El sistema de mercado
"típico del modernismo europeo," como
se ha caracterizado, todavía estaba en vigor en
México.
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Dulce María
Núñez: La Virgen y el Niño, 1990. |
Por aquellos años Mónica
Mayer hizo una encuesta entre los artistas de mi generación:
resulta que la mayoría de ellos, de ambos sexos,
complementaban sus ingresos de alguna forma. Mónica
me comentó que en el último censo hubo 17
mil mujeres dedicadas a la cultura de alguna forma, y 16
mil de ellas ganaban menos del salario mínimo. Pero
en aquel entonces la posibilidad de vivir de "eso"
existía, y era fácil imaginarse (y tengo mucha
imaginación) siguiendo los pasos de Tamayo y Toledo.
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Beatriz Milhazes:
Niño Pescando, 1997
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Quisiera hacer un paréntesis para
comentar algo de la obra de mujeres en esa época.
Existían esfuerzos valientes para hacer un arte o
comunitario o feminista o las dos cosas, notablemente de
parte de Mónica Mayer y Maris Bustamante, pero el
tono en general que recuerdo era más bien intimista.
Este intimismo a veces se acercaba a tendencias como el
Neomexicanismo, como en el caso de Dulce María Núñez.
Pero en general, aunque hubo coqueteo, no hubo casamiento.
De paso, me parece interesante como Betsabé Romero
ha retomado esta iconografía recientemente de modo
muy propio. Como es sabido, cuando estaba vigente el Neomexicanismo
la iconografía mexicana se acercaba a la chicana.
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El hecho de que esa iconografía
perduró entre los del norte mientras que entre los
del sur cayó en el olvido, resalta como la iconografía
de los chicanos es una parte indeleble de su identidad,
mientras que en el resto de los mexicanos fue una forma
de abordar la identidad que fue impulsada y luego agotada
por el mercado, para ser finalmente víctima de la
época.
Los noventa
Recuerdo los últimos años
de los ochenta y los primeros de los noventa como tiempos
de efervescencia y acercamiento entre los artistas. Aparte
de muchas galerías nuevas, surgieron espacios manejados
por artistas-- Zona, El Gheto, La Agencia, La Quiñonera,
El Salón des Aztecas(sic). Ninguno ha sobrevivido,
pero otra generación retomó el principio con
los espacios de Temístocles y la Panadería,
entre otros. Empezaron a llegar muchos artistas extranjeros
en esa época. Particularmente del 90 en adelante,
de Bélgica, Inglaterra, Canadá, Austria y
Texas, entre otros lugares. Habíamos recibido cubanos
a principios de los ochenta y chilenos, argentinos y colombianos
en todos momentos, pero de repente el medioambiente de las
artes visuales en la ciudad de México estaba cambiando;
la presencia extranjera pesaba más.
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Carla Rippey: Cinco historias
V, 1997 grafito y prismacolor
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Así, primero lentamente
y luego con más rapidez, se fue construyendo la pared
de la historia. La pared de la historia fue en esta instancia
la llegada de la globalización a México, el
cambio radical de soportes preferidos de pintura, a video,
instalación, y sus variantes, y la reconformación
del mundo de la cultura en su imagen. Como toda pared de
la historia fue un hecho histórico que no se pudo
evitar y que cambió el curso de muchísimas
vidas. No la he estudiado formalmente, pero la he observado.
Lo pude observar, por ejemplo, en la reinauguración
del museo Rufino Tamayo bajo la dirección de Osvaldo
Sánchez, hace unos meses. Se presentaron dos exposiciones
mayores. Una, "Arte Operativo", op-art contemporáneo,
piezas grandes y vistosas. Otra, una retrospectiva de escultura
contemporánea, con explicaciones muy detalladas en
las paredes sobre el significado de las piezas. Además,
el lugar que antes estaba destinado a los cócteles
había sido felizmente transformado en un centro de
difusión de información, donde se puede consultar
computadoras con información especializada en las
artes u hojear cómodamente, sentado en un sofá,
una gran diversidad de revistas de arte. Ahora hay una cafetería
con tienda de regalos y librería. Y todo con excelente
gusto. Fue tan vistoso como la entrada de Cristo a Bruselas.
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Fue la entrada del primer mundo museístico a México.
La verdad, me gustó. Pero me dejó con algunas
inquietudes. El museo ya es didáctico, y no templo.
Bien. Pero, me fijé, no había ni un objeto
expuesto que pudiera colgarse o ponerse en una casa particular
sin violentar el espacio.
Esto me puso a reflexionar sobre arte público
y arte privado. O mejor, arte basado en idiosincrasia
personal. Es uno de los extremos del espectro del arte
actual. Ahí se encuentra el arte de los manicomios,
de los niños, de las etnias, más lo kitsch,
lo naïf, lo primitivo, y a veces, el arte de las
mujeres. Es lo que también se ha denominado outsider
art. En los años ochenta en México, no había
mucha diferencia entre este arte y el arte "mainstream",
favorecido por los críticos, galerías y
museos.
Al otro extremo del espectro está el arte conceptual,
el arte de lectura sofisticada, el arte de las nueva tecnologías.
Recuerdo un cuento de ciencia ficción-- se llamaba
"Tiger by the Tail"-- en que se encuentra una
bolsa de mano que adentro conduce a otra dimensión.
Los científicos tratan de enganchar a la otra dimensión
para jalarla para fuera, pero son jalados para adentro
por una fuerza superior. Sospecho que esta bolsa está
por este lado del espectro, y que adentro del la bolsa
está nuestro futuro. Este es el lado de la luz.
Pero también es el lado más estéril.
Y sospecho que hay otra bolsa por el lado de la idiosincrasia,
que también conduce a otra dimensión, pero
esa vez a la del pasado, a los orígenes. Y este
es el lado denso, fértil, oscuro, ¿femenino?
Siempre habrá una dialéctica entre los dos
lados. Hay que ver con atención cómo se
desarrolla.
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Carla Rippey portando un estandarte con
su obra en Oaxaca, 2001
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Dennis Callwood:
Carla Rippey, 1994
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