Recorridos Míticos por el Espacio : Obra de Ofelia Márquez Huitzil
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cuadros de Ofelia Márquez Huitzil fueron conocidos por el público
a partir de una exposición de 1978, en el Salón de Pintura
que organizara el INBA. Entonces, Ofelia presentó una visión
híbrida que enlaza dos tradiciones casi opuestas que confluyen
en el arte popular de manera extraña. Me refiero a los cuadros
cuyo tema central fueron las sirenas; una mezcla de imágenes
ingenuas de vivos colores en fondos neutros y de tonos apastelados.
La artista reinterpretó estas figuras, pertenecientes a la
mitología griega originalmente, a partir de una costumbre popular
mexicana, que las ha representado en tallas en madera, como decoraciones
cerámicas y como parte de una memoria colectiva expresada,
por ejemplo, en rótulos y cartas de la lotería; estas
lecturas provienen de la tradición oral de los Nahuas y de
la tradición dancística de la cuenca del río
Balsas. |
 Estas
figuras emanaban un sentido de sensualidad y de fantasía.
El ambiente hacía creíble estas escenas como una
actualización no estereotipada de esas criaturas que volvían
locos con sus cantos a los marineros de la mitología clásica.
En los cuadros, los semblantes eran, lejos de lo que podría
esperarse, de una dulzura que rayaba en lo infantil. Los ojos
rasgados y los gestos hacían recordar a las figuras de
barro de muñecas sonrientes típicas de La Venta,
pero su colorido y sobretodo el tratamiento corporal, a base de
ricos enjambres de colores oscuros y algunos acentos brillantes,
les daban una presencia artística no convencional. La referencia
hacia la seducción letal fue sustituida en los cuadros
de Márquez por una asociación erótica-amorosa-femenina.
Es importante hacer esta referencia a obras pretéritas
que no figuran en esta exposición, dado que esa interrelación
entre mitologías, con la distancia temporal y geográfica
que implica, se ha hecho todavía más patente en
su producción de los últimos dos años. ¿Qué
sucede entre la obra pintada en los 80 y la de finales de los
90? Ofelia viajó en un par de ocasiones a Francia. La primera
en 1982 por espacio de tres años, en donde lejos de participar
en el ambiente artístico parisino, ya para entonces dominado
por una búsqueda de valores primigenios (el Neoexpresionismo
alemán, la Transvanguardia italiana, por citar a dos de
las tendencias predominantes de la época), Ofelia se dedica
a recorrer los bosques y la campiña francesa. Estas travesías
en bicicleta y a pie por paisajes y pueblos tan pequeños
como desconocidos, que cuentan con fascinantes ejemplos de la
tradición mitológica medieval, tienen una influencia
definitiva en la obra de la autora que habría de venir
después.
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A
partir de entonces, Ofelia enfoca su atención en la cerámica
griega. Vasos, ánforas, platones, le revelan el uso de
la imagen humana y mitológica. Cada artefacto reproduce
en forma menos virtuosa, pero igualmente expresiva, fragmentos
y personajes de las tragedias y las epopeyas griegas. Lejos
de abundar en ese dibujo lineal majestuoso, cuya influencia
es patente en los grabados y dibujos de Picasso, Ofelia se interesa
por la inserción de figuras dentro de un espacio reducido,
concreto, limitado por el soporte cerámico y la forma
de los objetos. Es aquí donde hay un punto de contacto
con la cerámica popular mexicana, en la que se recurre
a la figura como un pretexto decorativo (pienso en las figuras
de las Culturas de Occidente), y también como elemento
central de una creencia (aquí habría que pensar
en las figuras de diablos de Ocumicho), que se convierte en
tema reiterativo y dominante.
La experiencia del paisaje como espacio puro, cuasi-abstracto,
pletórico de atmósferas intangibles y de referencias
a grandes formaciones naturales -horizontes oceánicos
y celajes compactos- deja su impronta. Poco a poco el espacio
domina a la figura y ésta se despoja de la concreción
que tenía en las sirenas, para dar origen a formas antropomórficas
apenas dibujadas sobre la tela. En estas composiciones, el color
va cediendo, también; deja de ser el cálido reflejo
del cielo azul o de la montaña color tierra, para volverse
antinatural. Las pinturas presentan entonaciones moradas, amarillas,
rojizas, verdes pthalo. La referencia visual del color cambia
de lo natural a lo cerámico. Envuelve los resquicios,
elimina la distinción entre el arriba y el abajo, la
profundidad y la cercanía, negando así el papel
de la imagen como una construcción puramente decorativa
o narrativa. Sin embargo, existe un detalle que permanece: fiel
a su vocación por la mitología: Márquez
ha conservado diminutas figuras casi imperceptibles para el
ojo apresurado. Envueltos en la bruma de colores reducidos por
el blanco, sin sombras o contornos cerrados, aparecen como líneas
apuntadas con suavidad y delicadeza, la barcaza de los argonautas,
la diana cazadora, Ariadna y tantos otros.
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Estas pinturas, que son la respuesta a una necesidad
de abrir vías de reflexión hacia temas recurrentes
en el arte como el espacio, el tiempo y la humanidad, facilitan
el deslizamiento desde la figura decorativa a la y al arte abstracto.
La necesidad de trabajar en un espacio -tanto histórico
como natural, como del soporte físico mismo- y la reminiscencia
de las mitologías como parte integral de una memoria, conforman
la voluntad de la autora por reunir experiencias individuales
y culturales. La pintura de caballete es el medio por excelencia
para tratar estos terrenos híbridos. Márquez deja
de lado los aspectos folclorizantes -a los que tantos artistas
recurren como herencia del arte prehispánico- y explora
con destreza el mestizaje de las culturas en pro de la construcción
de un estilo propio. Lejos de seguir el precepto clásico
griego, en el sentido de que la pintura debe imitar a la naturaleza
para llegar a la verdad; las imágenes de Ofelia Márquez
pueden tornarse en verdaderas o falsas -hoy en día reconocemos
que el arte no es el terreno de estas especulaciones-,son antes
que nada creatividad que invita a creer en el principio de que
todas las imágenes están ligadas unas con otras
y son, paradójicamente, una: la imagen de nosotros mismos.
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