Orozcomanía

Réplica21

Luz María Sepúlveda

Gabriel Orozco
Gabriel Orozco
Gabriel Orozco
Gabriel Orozco
Gabriel Orozco
La exposición que recientemente inauguró Gabriel Orozco en el Museo Tamayo, desató una ferviente ola de alborotos que más se asemeja al sentimiento que se tenía ante la proximidad de una fiesta adolescente o la presentación del último disco de tu ídolo de rock. Aun antes de la noche de estreno (todo un evento, en el que no podía faltar nadie) se respiraba nerviosismo y excitación entre el personal del museo, así como de gente más o menos enterada, que sabía que próximamente se presentaba "el pájaro" en salas mexicanas. Incluso gente que nunca había visto nada de Gabriel, pero que se había enterado por una razón u otra, de la existencia del artista conceptual mexicano más famoso en el extranjero, exclamaba lo importante que era no perderse la exposición.

¿Por qué tanto revuelo? Es posible imaginar dos respuestas: por un lado, saber de arte te da caché (saber de arte conceptual, da aún más caché); y entenderle a la obra de Gabriel Orozco, definitivamente te da un status muy alto, tanto en sociedad, como en el medio artístico. Nadie se atreve a decir que Gabriel es un mal artista, que su obra es floja, que ya está muy visto lo que presenta o incluso, que francamente no ve por qué es considerado tan grande artista.

A mí en lo particular me gustan mucho varias obras de Gabriel (como La DS -o sea el Citroen-, la mesa de billar redonda o la serie de los atomistas); a unas no les encuentro sentido o simplemente no las entiendo (como el vaho sobre el piano o las ramas de árbol con trocitos de plástico blancos) y otras no me gustan en absoluto (como la multicitada y famosa caja de zapatos). Claro que todas sus obras tienen una razón de ser, se pensaron, reflexionaron y con un aire de meditación profunda y crítica que ha ido adquiriendo Gabriel a través de los años, se creó la pieza que, guste o no, indiscutiblemente ha traspasado las fronteras.

Gabriel tiene el mérito de tener por lo menos diez años trabajando lenguajes conceptuales; es una persona leída y enterada (que es lo mínimo que se le puede pedir a un artista, pero que yo encuentro excepcional); tiene prácticamente toda la década de los 90 viviendo en el extranjero y conociendo más allá del mundillo ultraencerrado que se ofrece en México… En fin, Gabriel tiene muchas herramientas a su favor que lo hacen un buen artista; la mayoría de sus obras son fuertes, contestatarias o por lo menos, aparentan estar fundamentadas.

A mí me molestan dos cosas: una, que en torno a sus obras haya tanta literatura que hacen de unas simples y absurdas tapas de yoghurt un discurso alrededor de la perfección de la creación divina y del círculo como la imagen más perfecta de las formas celestiales. La otra parte que me repatea de todo el evento, es la "orozcomanía" que despierta esta exposición y que provoca los comentarios más vomitivos de personas que jamás en su vida van a museos, pero que de ninguna manera se pierden la de Gabriel Orozco. Una cosa positiva del bajo presupuesto del Tamayo: que si tuviera fondos, tendríamos posters, plumas, calendarios, postales, morrales, libros, agendas, cuadernos y cuanta más parafernalia del consumo impuesta por el MOMA de NY.

 

 

 

 

 

 

 

 
Fotografías:
1. Gabriel Orozco, Ping Pong Table; 1998.
2. Gabriel Orozco, Oval con Péndulo; 1996.
3. Gabriel Orozco, Papalotes Negros; 1997.
4. Gabriel Orozco, Elevador; 1996.
5. Gabriel Orozco, La DS; 1993.

 

Comentarios

Comenta esta nota.
Envía tu mensaje en la sección CONTACTO

 

Fecha de publicación: 20.04.2002