
Ping Pong Table; 1998 |
La exposición que recientemente
inauguró Gabriel Orozco en el Museo Tamayo, desató una
ferviente ola de alborotos que más se asemeja al sentimiento
que se tenía ante la proximidad de una fiesta adolescente o
la presentación del último disco de tu ídolo
de rock. Aun antes de la noche de estreno (todo un evento, en el que
no podía faltar nadie) se respiraba nerviosismo y excitación
entre el personal del museo, así como de gente más o
menos enterada, que sabía que próximamente se presentaba
"el pájaro" en salas mexicanas. Incluso gente que
nunca había visto nada de Gabriel, pero que se había
enterado por una razón u otra, de la existencia del artista
conceptual mexicano más famoso en el extranjero, exclamaba
lo importante que era no perderse la exposición. |
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¿Por qué
tanto revuelo? Es posible imaginar dos respuestas: por un lado,
saber de arte te da caché (saber de arte conceptual, da aún
más caché); y entenderle a la obra de Gabriel Orozco,
definitivamente te da un status muy alto, tanto en sociedad, como
en el medio artístico. Nadie se atreve a decir que Gabriel
es un mal artista, que su obra es floja, que ya está muy
visto lo que presenta o incluso, que francamente no ve por qué
es considerado tan grande artista.
A mí en lo particular
me gustan mucho varias obras de Gabriel (como La DS -o sea el Citroen-,
la mesa de billar redonda o la serie de los atomistas); a unas no
les encuentro sentido o simplemente no las entiendo (como el vaho
sobre el piano o las ramas de árbol con trocitos de plástico
blancos) y otras no me gustan en absoluto (como la multicitada y
famosa caja de zapatos). Claro que todas sus obras tienen una razón
de ser, se pensaron, reflexionaron y con un aire de meditación
profunda y crítica que ha ido adquiriendo Gabriel a través
de los años, se creó la pieza que, guste o no, indiscutiblemente
ha traspasado las fronteras. |

Papalotes Negros; 1997
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La DS; 1993 |

Elevador; 1996
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Oval con Péndulo; 1996
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Gabriel tiene el mérito
de tener por lo menos diez años trabajando lenguajes conceptuales;
es una persona leída y enterada (que es lo mínimo
que se le puede pedir a un artista, pero que yo encuentro excepcional);
tiene prácticamente toda la década de los 90 viviendo
en el extranjero y conociendo más allá del mundillo
ultraencerrado que se ofrece en México… En fin, Gabriel
tiene muchas herramientas a su favor que lo hacen un buen artista;
la mayoría de sus obras son fuertes, contestatarias o por
lo menos, aparentan estar fundamentadas.
A mí me molestan
dos cosas: una, que en torno a sus obras haya tanta literatura
que hacen de unas simples y absurdas tapas de yoghurt un discurso
alrededor de la perfección de la creación divina
y del círculo como la imagen más perfecta de las
formas celestiales. La otra parte que me repatea de todo el evento,
es la "orozcomanía" que despierta esta exposición
y que provoca los comentarios más vomitivos de personas
que jamás en su vida van a museos, pero que de ninguna
manera se pierden la de Gabriel Orozco. Una cosa positiva del
bajo presupuesto del Tamayo: que si tuviera fondos, tendríamos
posters, plumas, calendarios, postales, morrales, libros, agendas,
cuadernos y cuanta más parafernalia del consumo impuesta
por el MOMA de NY.
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