El video que más atrae la atención del público
se encuentra en la segunda sala. En lenguage llano y agresivo
un policía de mirada torva, cachetes inflados, con la leyenda
Seguridad Publica impresa en el pecho, sostiene un enfrentamiento
con el artista. Está molesto porque se le ha convertido
en objeto de la grabación de video . Su constante movimiento
hacia adelante y atrás, tratando de initimadar al artista,
se intercala con una serie de amenzas y epítetos ofensivos
contra el de la cámara. El de azul denuncia la forma de
vestir del camarógrafo, lo señala como miembro del
grupo social culpable de la corrupción imperante. Se erige
como figura de autoridad y representante de la ley; prohibe el
uso de la cámara, amenaza y termina por dar un manotazo
sobre el artista, quien termina derribado. El rostro, la mano
con el radio, la actitud intimidatoria, son solo algunos de los
recursos histriónicos del policía, que provocan
la risa de los que observamos su ya conocida rutina.
Siguiendo la línea histriónica, Yoshua copta a
dos policías para que bailen un pasito de charleston, que
con falta de gracia y dificultad imitan las indicaciones de una
coreógrafa contratada para el efecto. Con dinero baila
el perro, dice el subtítulo de la muestra. Efectivamente,
la policía (siempre en vigilia) puede tornarse cómica
y hasta grotesca cuando se le aborda de la manera indicada: unos
cuantos billetes y una cámara bastan para transmutar la
imagen del orden.
El dinero corrompe a cualquiera, pero la corrupción no
siempre cumple propósitos delictivos. Como ejemplo Yoshua
nos muestra el video del uniformado que juega con su macana como
una porrista e inclusive adopta alguna que otra acción
erótica que combinada con el uniforme genera una imagen
alternativa de la autoridad, mezcla de ejercicio intimidatorio
y burlesque.
Como señala Fernando Gálvez en su introducción,
la caricatura de la policía que nos entrega el autor nos
hace caer en la cuenta de que estos guaridanes de la ley son solo
los títeres del sistema. Después de reir había
que reflexionar sobre quiénes son los hombres detrás
del uniforme y quiénes los que los ponen en su puesto.
Yoshua Okon está señalando una clase social y una
forma de ganarse al vida que refleja las contradicciones del sistema.
Para aquellos que solo creen que esto es una parodia que convierte
al verdugo en víctima quiero recordar lo siguiente. En
otra exposición reciente del autor (en la galería
La Panadería) los bailarines somos nosotros, la gente,
a la que Yoshua Okón invitó a dejar de lado las
inhibiciones para entrarle a este baile de máscaras que
constituyen los roles sociales y sus estereotipos.
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