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Las Artes Visuales en los Años
90 |
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teórico de la comunicación Régis Debray define
la presente etapa de producción, distribución y recepción
de la obra artística como la era de lo visual o videosfera2,
que se caracteriza por el continuo flujo de sus productos que saben
que cuentan con una difusión planetaria, que están determinados
por la tecnocracia global y económica de los Estados Unidos,
que han sido facturados mediante estereotipos para estimular, embelesar
o distraer, a quien los desee poseer, y que sobre todo, pueden ser
adquiridos, consumidos, reproducidos y desechados con suma facilidad.
El serio problema al que nos enfrentamos al estar inmersos en la abundancia
de la producción visual es el de la desvalorización.
Entre más cantidad, menos calidad, entre más terreno
abarca, menos contundente será su resultado y su significado
será más vacío: los 100 artistas del mundo más
famosos están en todas partes. |
La variedad y heterogeneidad de obras expuestas actualmente
en algunos museos de la ciudad de México son los factores
que primeramente saltan a la vista al encontrar en un espacio
homólogo y en un tiempo simultáneo pintura, escultura,
objetos, ensamblaje, arte digital, video e instalación.
El ciclo de cambio (deseo de renovación de formas y lenguajes)
es tan veloz que da origen a una superposición de estilos,
intenciones, materiales, figuras y resultados al mismo tiempo
sin justificación aparente. Esto trae como consecuencia
que se tenga la impresión de hallarse en una era barroca,
fenómeno acentuado por el eclecticismo evidente en la
producción artística desde hace más de
20 años.
El artista multimedia Josu Aguinaga afirma que si se considera
el arte desde la Revolución Industrial hasta nuestros
días, se puede hablar de distintas fases por las que
ha atravesado la producción artística. Así,
el movimiento inglés Arts & Crafts que cuestiona
la incorporación de los procesos industriales al arte
y por ello explora las posibilidades de técnicas manuales,
se denominaría la fase arcaica. Las vanguardias artísticas
de principios del siglo XX se considerarían como una
fase clásica en donde el modelo que predomina es el del
arte entendido como avanzada de un nuevo orden social. Las neovanguardias
de la posguerra sería la fase manierista, ya que se retoma
la idea de vanguardia pero de una manera más banalizadora
y conformista. Y la etapa de la transvanguardia y posmodernidad
sería el actual momento (neo-) barroco en el que existe
una crisis de los valores modernos, tanto en lo social, como
en lo estético.
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Marc Quinn, Autorretrato
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Actualmente, más que objetos o mensajes,
se tiende a crear contextos que posibilitan la comunicación
(el intercambio de información). El problema es cuando
estos contextos carecen de un marco crítico; a lo mejor
la obra seduce por su material, factura y colocación museográfica,
pero su significado se desvanece sin prestar atención a
la relación afectiva que debe efectuarse entre la obra
de arte y el espectador. Ante tales circunstancias, se deben tomar
las precauciones necesarias para no caer en el vacío. En
ocasiones, el artista toma algún modelo del pasado, lo
cual es sumamente válido, sin embargo, debemos formular
como espectadores, un contexto crítico ante tales obras,
para no ser reiterativos. Además, debemos valorar la pieza
por su ingenio conceptual, así como por su factura material,
si no, la obra pasará a ser uno más de los objetos
que se hacen, se exponen y se desechan.
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Las artes de los años 90 han absorbido lenguajes
de las décadas precedentes. Por ejemplo, son válidas
en las muestras actuales las formas referidas a los medios masivos
de comunicación, cuyos orígenes -o por lo menos
su legitimación- se remontan a los años 60 con el
arte Pop; figuras que hacen referencia al tratamiento hiperrealista
de los 70; añoranzas por formas expresionistas, surrealistas
o abstractas; arte de acción cuya raíz es diferente
a los principios postulados en el arte conceptual de los 60 y
70, pero cuyo desenvolvimiento -sobre todo en el aspecto visual-
es muy similar al del pasado. Un aspecto sobresaliente de las
artes plásticas de los 90 es que los artistas parecen estar
verdaderamente en contra de las formas empleadas por sus colegas
del decenio anterior.
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El arte de los años 80
fue uno que prefirió un lenguaje plural, heterogéneo,
mixto, ecléctico y abundante. Y, aunque existen muchas
similitudes, los factores que yacen bajo las formulaciones conceptuales
optan por ser redefinidas en el arte actual. Los artistas en los
años 90 se inclinan por un lenguaje menos rebuscado, por
formas y materiales más limpios, por temáticas igualmente
apocalípticas, pero con resultados mucho menos escatológicos.
En algunas obras de los 90, al igual que se hace en varias ocasiones
en los 80, se emplea la sangre, el excremento o se hace una alusión
directa a temáticas de índole social y sexual; sin
embargo, se denota cierta búsqueda por elementos más
pacíficos, menos escandalosos. El empleo de los materiales
es más sutil, el discurso más discreto. Aun cuando
hay un elemento de desacuerdo, se trata de una manera más
madura, menos adolescente.
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Sofía Tabóas
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Demian Hirst
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Esto parecería
mentira si se estudiaran ciertas obras como el sofá envuelto
en vísceras, de Semefo, o el cerdo partido y empacado en acrílico
de Demian Hirst, la cabeza con sangre congelada de Marc Quinn o las
fotografías de líquido peritoneal de Marianna Dellekamp.
No obstante estos ejemplos "impactantes", existe una resolución
tanto teórica como un compromiso con la obra y el discurso,
así las obras van más allá del mero escándalo
y hallamos en ellas cierto deleite. Y en los 80 no era así:
las fotografías pornográficas de Jeff Koons con la Cicciolina
causaron impacto y enojo, al igual que las fotos de pizzas y pastelitos
podridos con hongos de Cindy Sherman causaron repulsión. En
cambio, a principios de los 90 las tapas de yoghurt de Gabriel Orozco
nada más asombraron, mientras que los mosaicos con muestras
de excremento formando diseños decorativos de Wim Delvoye,
provocaron casi un sentimiento generalizado de reverencia hacia el
artista por su buen gusto al moldear y acomodar el material visualmente
muy atractivo. Lo escatológico se acepta como una forma que
puede ser sublime sin caer en lo meramente sensacionalista, perverso
o repelente. |
Parafraseando al artista californiano Tyler
Stallings, el trinomio "sexo, violencia y anarquía",
ha sido transmutado al de "amor, muerte y libertad".
El verdadero reto es mantener una expresión integral en
una sociedad que ha sido lisiada por una estética institucional.
Uno de los factores que se repite tanto en el arte de los 80 como
el de los 90 es que, en la mayoría de los casos, los artistas
eligen temas autodescriptivos. Es decir, la apropiación
de objetos, imágenes y conceptos dentro de las obras, obedecen
a la norma de la auto-expresión y la autobiografía.
Otra cuestión es la preferencia por la mezcla de lo culto
y lo popular aunque no se trata de la exaltación del Kitsch
que se dió en los años 80. Si bien en los 80 el
arte se insinuó como perfectamente compatible con la sociedad
del consumo y la industria del entretenimiento, ahora se presenta
de una manera muy franca como mercancía. No obstante, las
formas artísticas en ocasiones se disfrazan y las encontramos
con materiales deseables, deslumbrantes a la vista, con colores
y formas llamativas (basta recordar algunas piezas de Sofía
Táboas) pero al mismo tiempo busca diferenciarse de la
sociedad que la produjo mediante un discurso de crítica
superficial e incluso trivial. Por otro lado, también hay
un constante empleo del humor, el cinismo o la ironía,
aunque en ocasiones si bien las obras son visualmente atractivas,
su argumento está muy visto. Por ejemplo, piezas que atacan
al neoliberalismo y ridiculizan a Salinas (Vicente Razo), o que
defienden la libertad sexual y con ello crean formas aberrantes
que únicamente exaltan lo gay (Reynaldo Velázquez,
Nahum Zenil), o el también trillado tema mal enfocado de
la lucha de la mujer por ocupar un lugar en la sociedad a fuerza
de ridiculizar su contraparte masculina, entre otros temas.
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Pareciera que desde hace 20 años, no se
acierta a codificar el presente en cuanto estilos en las artes
visuales. No existe una sola corriente o movimiento que se dé
de manera única o siquiera de forma homogénea: todos
los estilos coexisten simultáneamente y son aceptados,
apropiados, recontextualizados y mezclados entre sí para
crear obras complejas y llenas de nuevas significaciones. Por
otro lado, las artes visuales de los últimos años,
han tomado un rumbo que se acopla perfectamente a los factores
que las generan en la sociedad actual. Los artistas contemporáneos
reflejan en su obra lo que podría considerarse el factor
más sustancial de fin de siglo: la obsesión con
la velocidad. Si antes, palabras tales como desarrollo, evolución
o progreso, quedaban fuera del ámbito de las artes, ahora
el tiempo se perfila como un factor determinante y global. La
saturación de información visual que reciben los
artistas rebota de manera directa en sus obras que deben ser difundidas
(expuestas) lo antes posible, para no ser obsoletas, para que
su discurso sea vigente aunque sea por 15 minutos. Los valores
modernos de la novedad y la autenticidad, vuelven a ser abordados
por los artistas finiseculares, pero con un sentido de juego,
con capacidad para ser reproducida, que responde a un tiempo puntual
(el aquí y el ahora) y, en ocasiones, inmaterial (efímera,
conceptual o electrónica).
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