La Noche de las Piezas. Exposición de Gabriel Orozco

Réplica21

José Manuel Springer

Gabriel OrozcoInstalación en el Museo de Arte de Filadelfia, 1999.

El martes 3 de octubre marcó un hito en México. La inauguración de la exposición de Gabriel Orozco señaló el fin de una época de transición. Con su obra y la presencia que ha tenido desde iniciados los 90 Gabriel Orozco se ha convertido en el fiel de la balanza, la referencia obligada en las conversaciones, el ejemplo, el imán misterioso que atrae a gente de todos los signos políticos y las tendencias artísticas.

El museo Rufino Tamayo fue el escenario de esa comedia de encuentros tan paradójicos como símbolicos. Ahí estaban las autoridades del Conaculta y el Inba, Rafael Tovar y de Teresa y Gerardo Estrada sonrientes, simulando la preocupación por su próximo reemplazo, sería esta la última cena de semejantes proporciones en su carrera burocrática. Porque el evento era la ceremonia de graduación o el aniversario de bodas de dos instituciones que modificaron y adecuaron a una forma de promover y difundir un arte distinto en un contexto cambiante. Lejos están los días de las exposiciones enciclopédicas que definieron lo mexicano, confundiendo lo indígena con lo europeo, lo moderno con lo arcaíco, el realismo social con la magia oaxaqueña. Esa noche lo autóctono tomó la forma de una avanzada conceptual de un artista que dejó México para ser reconocido antes en el extranjero.

Gabriel OrozcoHome-Run, 1998.

Jamás en otra inauguración se dieron cita tantas generaciones de creadores para ver la coronación del artista que tiene en su haber más exposiciones internacionales en los principales museos del mundo: Gabriel Orozco. Ahí estaba Fanny Rabel, última representante de la izquierdista Escuela Mexicana, colega de Mario Ororzco Rivera, padre de Gabriel, cuyos murales envejecen en el palacio municipal de Xalapa. Helen Escobedo, artista y exfuncionaria que abrió espacios a las primeras, escasas, instalaciones, propuestas conceptuales en México, esa noche estaba sola, paseándose entre las obras con una mirada inquieta, apneas terminó de recorrer la exposición abandonó el recinto. Arnaldo Cohen, participante de las primeras asonadas pictóricas callejeras de la Zona Rosa en los 60, seguramente estaba ahí para decir que fue su generación la que abrió el camino para que gente como Gabriel Orozco salte a la fama mundial en tan solo una década, desde 1990 a la fecha.

El curador de la generación que le hizo el feo a la pintura, Guillermo Santamarina, Abraham Cruzvillegas, brazo derecho de Orozco y autor de uno de los ensayos del catálogo de la exposición, que el día anterior Olivier Debroise criticara en su artículo del Reforma (Gabriel Orozco no tiene la culpa, 2 de octubre, 2000), y miembros de la galería que se ha convertido de la noche a la mañana en el cenáculo del arte postconceptual, Kurimanzuto, se recreaban con la mesa oval de carambola y el juego de ping pong con estanque en el centro, derrochando el optimismo desenfadado con que se sepultó para siempre a lo mexicano, el humanismo y el énfasis en la factura, paradigmas del arte de otros tiempos.

Gabriel OrozcoCabeza de elefante.

Tres reconocidos pintores de la generación de los 50: Francisco Castro Leñero, Irma Palacios y Gilda Castillo, hacían juntos un reconocimiento de las piezas que todos hemos visto en los últimos años en la portada de revistas internacionales o catálogos y que por vez primera se exponían en México. Mientras tanto, los alumnos de los alumnos de Orozco deambulaban por el bar con el extraño Citröen DS (1993) en mente, veían al automóvil como una metáfora futurista de una visión dividida y reunificada del arte y su circunstancia.

Los coleccionistas hicieron gala de protagonismo, para Eugenio López la ocasión se les presentó como el momento para ufanarse de su ojo para comprar la mejor obra. Para otros el mérito consistió en adquirir cibachromes, impresiones digitales o una caja de zapatos. Seguramente hubiera sido de mal gusto preguntarse cómo integrar lo efímero y lo suntuoso, con lo fundamental y lo accesorio, especialmente cuando todos estos vienen acompañados de una etiqueta de miles de dólares.

Varias obras de la exposición del Museo Tamayo, que se inició en el Museo del Condado de Los Ángeles, seguramente pasarán a formar parte del acervo de museos o colecciones privadas pese a que son intercambiables por objetos o imágenes preexistentes. Gabriel Orozco apostó al objeto y su circunstancia, lo que vemos en esta exposición es una traducción de contextos al espacio del museo y la presencia de objetos que ostentan su fidelidad al territorio de lo no-artístico. ¿Cómo se verá una fotografía tomada de la prensa deportiva en unos diez años?

La crítica no se mantuvo al margen de la pasarela. Aunque algunas ausencias fueron notorias, como la de Cuauhtémoc Medina y Olvivier Debroise, que desde años en Curare impulsaron a Orozco. Algunos no se permitieron faltar aunque su posición respecto al arte nuevo es poco menos que escéptica, como la de Jorge Juanes, defensor a ultranza de la pintura. Yishai Jusidman, pintor y cronista crítico de las artes sentía la obligación de ver la exposición, lo mismo que Carlos Aranda, para quien no existe nada nuevo bajo el sol.

Gabriel OrozcoElevador, 1994.

Rito de transición, evento que marcó el paso de una época, la inauguración de la exposición de Orozco podría ser comparada con aquella recepción que le prodigó José Vanconselos a Diego Rivera cuando lo invitará regresar a México en 1922. Este, que ya gozaba de una fama que le permitía hablarse de tu con Picasso o Modigliani, llegó para ser descubierto por su sociedad, en un momento de cambio político que imprimiría al arte, la cultura y la sociedad un dinamismo nunca visto. Orozco regresa colmado de obras y reconocimientos pero el programa cultural que dará continuidad a una oleada de cambios y mitos todavía no alcanzado el momento. Dentro del museo las circunstancias parecían augurar cambios, afuera la vida sigue su curso ajena al vaivén.

 

 

 

 

 

Gabriel OrozcoEl sillón de mi perro, 1997.

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Fecha de publicación: 20.01.2001