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La Noche de las Piezas. Exposición
de Gabriel Orozco |
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El martes 3 de octubre marcó
un hito en México. La inauguración de la exposición
de Gabriel Orozco señaló el fin de una época
de transición. Con su obra y la presencia que ha tenido desde
iniciados los 90 Gabriel Orozco se ha convertido en el fiel de la
balanza, la referencia obligada en las conversaciones, el ejemplo,
el imán misterioso que atrae a gente de todos los signos políticos
y las tendencias artísticas. |
El museo Rufino Tamayo fue el escenario
de esa comedia de encuentros tan paradójicos como símbolicos.
Ahí estaban las autoridades del Conaculta y el Inba, Rafael
Tovar y de Teresa y Gerardo Estrada sonrientes, simulando la preocupación
por su próximo reemplazo, sería esta la última
cena de semejantes proporciones en su carrera burocrática.
Porque el evento era la ceremonia de graduación o el aniversario
de bodas de dos instituciones que modificaron y adecuaron a una
forma de promover y difundir un arte distinto en un contexto cambiante.
Lejos están los días de las exposiciones enciclopédicas
que definieron lo mexicano, confundiendo lo indígena con
lo europeo, lo moderno con lo arcaíco, el realismo social
con la magia oaxaqueña. Esa noche lo autóctono tomó
la forma de una avanzada conceptual de un artista que dejó
México para ser reconocido antes en el extranjero. |

Instalación en el
Museo de Arte de Filadelfia, 1999 |

Home-Run, 1998
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Jamás en otra inauguración
se dieron cita tantas generaciones de creadores para ver la coronación
del artista que tiene en su haber más exposiciones internacionales
en los principales museos del mundo: Gabriel Orozco. Ahí estaba
Fanny Rabel, última representante de la izquierdista Escuela
Mexicana, colega de Mario Ororzco Rivera, padre de Gabriel, cuyos
murales envejecen en el palacio municipal de Xalapa. Helen Escobedo,
artista y exfuncionaria que abrió espacios a las primeras,
escasas, instalaciones, propuestas conceptuales en México,
esa noche estaba sola, paseándose entre las obras con una mirada
inquieta, apneas terminó de recorrer la exposición abandonó
el recinto. Arnaldo Cohen, participante de las primeras asonadas pictóricas
callejeras de la Zona Rosa en los 60, seguramente estaba ahí
para decir que fue su generación la que abrió el camino
para que gente como Gabriel Orozco salte a la fama mundial en tan
solo una década, desde 1990 a la fecha. |
El curador de la generación que le hizo
el feo a la pintura, Guillermo Santamarina, Abraham Cruzvillegas,
brazo derecho de Orozco y autor de uno de los ensayos del catálogo
de la exposición, que el día anterior Olivier Debroise
criticara en su artículo del Reforma (Gabriel Orozco no tiene
la culpa, 2 de octubre, 2000), y miembros de la galería que
se ha convertido de la noche a la mañana en el cenáculo
del arte postconceptual, Kurimanzuto, se recreaban con la mesa oval
de carambola y el juego de ping pong con estanque en el centro,
derrochando el optimismo desenfadado con que se sepultó para
siempre a lo mexicano, el humanismo y el énfasis en la factura,
paradigmas del arte de otros tiempos. |

Cabeza de elefante |
Tres reconocidos pintores de la generación
de los 50: Francisco Castro Leñero, Irma Palacios y Gilda
Castillo, hacían juntos un reconocimiento de las piezas que
todos hemos visto en los últimos años en la portada
de revistas internacionales o catálogos y que por vez primera
se exponían en México. Mientras tanto, los alumnos
de los alumnos de Orozco deambulaban por el bar con el extraño
Citröen DS (1993) en mente, veían al automóvil
como una metáfora futurista de una visión dividida
y reunificada del arte y su circunstancia.
Los coleccionistas hicieron gala de protagonismo, para Eugenio
López la ocasión se les presentó como el momento
para ufanarse de su ojo para comprar la mejor obra. Para otros el
mérito consistió en adquirir cibachromes, impresiones
digitales o una caja de zapatos. Seguramente hubiera sido de mal
gusto preguntarse cómo integrar lo efímero y lo suntuoso,
con lo fundamental y lo accesorio, especialmente cuando todos estos
vienen acompañados de una etiqueta de miles de dólares.
Varias obras de la exposición del Museo Tamayo, que se inició
en el Museo del Condado de Los Ángeles, seguramente pasarán
a formar parte del acervo de museos o colecciones privadas pese
a que son intercambiables por objetos o imágenes preexistentes.
Gabriel Orozco apostó al objeto y su circunstancia, lo que
vemos en esta exposición es una traducción de contextos
al espacio del museo y la presencia de objetos que ostentan su fidelidad
al territorio de lo no-artístico. ¿Cómo se
verá una fotografía tomada de la prensa deportiva
en unos diez años? |
| La crítica
no se mantuvo al margen de la pasarela. Aunque algunas ausencias fueron
notorias, como la de Cuauhtémoc Medina y Olvivier Debroise,
que desde años en Curare impulsaron a Orozco. Algunos no se
permitieron faltar aunque su posición respecto al arte nuevo
es poco menos que escéptica, como la de Jorge Juanes, defensor
a ultranza de la pintura. Yishai Jusidman, pintor y cronista crítico
de las artes sentía la obligación de ver la exposición,
lo mismo que Carlos Aranda, para quien no existe nada nuevo bajo el
Sol.
Rito de transición, evento que marcó
el paso de una época, la inauguración de la exposición
de Orozco podría ser comparada con aquella recepción
que le prodigó José Vanconselos a Diego Rivera cuando
lo invitará regresar a México en 1922. Este, que ya
gozaba de una fama que le permitía hablarse de tu con Picasso
o Modigliani, llegó para ser descubierto por su sociedad,
en un momento de cambio político que imprimiría al
arte, la cultura y la sociedad un dinamismo nunca visto. Orozco
regresa colmado de obras y reconocimientos pero el programa cultural
que dará continuidad a una oleada de cambios y mitos todavía
no alcanzado el momento. Dentro del museo las circunstancias parecían
augurar cambios, afuera la vida sigue su curso ajena al vaivén.
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Elevador, 1994
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El sillón de mi perro,
1997 |
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