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El espejo de la vida |
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| Mapas geográficos
del ser |
La
edad media, ese período de la vida humana en el que o se
renace a un futuro o se comienzan a redimir las culpas del pasado,
es un período que ha dejado una resaca en todos los que hemos
pasado la marca de los 40. Antonio Gritón no ha sido la excepción.
Desde que lo conocí en 1985, su obra ha sido un receptáculo,
en ocasiones ingenuo, en otras perverso, de una serie de ideas que
van desde la tecnología y la ecología hasta el misticismo
y la expiación religiosa de las culpas. |
La obra de este artista dio
un violento giro después de haber conseguido realizar
un proyecto casi utópico: pintar la sede del gobierno
comunitario de Santa María Alotepec Mixe, Oaxaca. Lo
que pasó ahí no me consta, sólo pude atestiguarlo
por una serie de fotografías que documentan todo el proceso.
La idea partió del anhelo del artista de proponerse como
medio ó vehículo al servicio de una causa: contar
la historia y tradiciones de un pueblo indígena autogobernado
por el sistema de usos y costumbres. El resultado es un mural
que cubre paredes, techo y fachada de este recinto comunitario.
La arquitectura es, cómo puede imaginarse, vernácula;
la obra pictórica tiene un carácter similar. Cómo
en la obras de arte popular (pensemos en los diablitos de Ocumicho
ó las pinturas sobre amate de San Pablito, en guerrero),
la narrativa se resuelve en una fusión entre el mito
y la realidad, los hechos y su interpretación, añadiendo
a las tradiciones los sucesos políticos de relevancia
(la defensa de las costumbres indígenas ante los embates
de la "civilización occidental") e incluso
la representación de un partido de básquetbol,
crucial en la guerra contra el caciquismo de los años
cincuenta.
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Éste es el árbol de la
vida y de la muerte;
acrílico/tela, 150x120 cms.1999
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MAMÁ: Dime que
me quieres;
juguete de vinyl y acrílico/tela, 120x150 cms. 1999
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Incluso ahora soy una
carga para mi mismo;
acrílico/tela, 120x150 cms., 1999
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A partir de ahí, la obra
de El Gritón, que formalmente conservaba la factura ingenua
y salvaje, incorpora una serie de elementos narrativos y textuales
que hablan de la experiencia del artista. Toda obra de arte
debe ser una filosofía, una reflexión sobre lo
vivído a través del discurso de imágenes.
El Gritón ha hecho de su propia experiencia una lectura
filosófica (influída por la lectura de las obras
de Haiddeger y Sánchez Vásquez) que recorre el
mundo visual popular para encontrar los amarres de su discurso.
Máscaras de plástico, juguetes de toda procedencia,
collage de mapas geográficos y la parafernalia seudoanimal
que habita en cada bolsa de frituras o pastelitos industrializados,
entran a formar parte de un discurso sobre el significado de
la propia existencia, el hogar, la pareja, los hijos, la comunión
amorosa y la pérdida.
No se puede explicitar verbalmente
el significado de la obra de arte porque la trastorna en su
intento por definirla. Sólo puedo comprender lo que mis
ojos ven y llevar las imágenes a mi propia intimidad,
dónde encuentran una coherencia tan vehemente como inarticulable.
Son, a fin de cuentas el reflejo de un espejo.
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AQUÍ; acrílico/tela,
150x120 cms. 1999
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Gente de cabeza; acrílico/tela,
150x120 cms. 1999
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