Si en las teorías formalistas del arte, una pintura
es ante todo un lienzo que cubre un bastidor y que a la vez
es cubierto por pigmentos que pueden representar imágenes
o simplemente colores, y si se hace una analogía con
la fotografía --que se trata de un papel con gelatina
de plata que al ser expuesto a la luz puede recrear elementos
de la realidad circundante--, la obra de Tim Nash se encuentra
justamente en un estado intermedio entre estas dos definiciones.
Aunque sin perder su distinción como fotógrafo,
el artista se convierte también en pintor al transgredir
los límites impuestos por alguna de las dos técnicas.
No sabemos si el resultado se catalogaría como una
fotografía pintada o una pintura fotografiada; en esta
ambigüedad Nash trasciende las nociones tradicionales
de purismo formal y se sumerge en una constante transición
entre ambas categorías.
En este campo de fértiles exploraciones que permiten
las fotografías intervenidas, el artista tiene la libertad
de ahondar en distintas realidades encontrándose en
una constante mutación que será más rica
entre menos límites oponga. La ambigüedad será
un atributo loable que creará nuevas posibilidades
de lectura en la que lo mutable, inestable e híbrido
serán los soportes de un sentido de identificación
mucho más flexible.