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LLos Juegos desde la locura
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Para Michel Foucault, la exlusión es una forma distinta
de comunión. La locura como forma considerable de separación
rigurosa, es exclusión social, pero reintegración
espiritual. Desde el Renacimiento existe una especie de morbosa
fascinación por la locura. Foucault explica que por locura
se entendía esta renuncia al mundo; locura, el abandono
total a la voluntad oscura de Dios; locura, esta búsqueda
de la que se deconoce el fin... Sin embargo, es difícil
sentir un desapego total ante los desbordamientos de locura existentes
en la sociedad actual.
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Partiendo de la premisa foucaultiana
de que no siempre se está seguro de no soñar,
nunca se está cierto de no estar loco, se perciben las
primeras sensaciones frente a la instalación Bedlam (I'm
happy because everyone loves me) de Javier Téllez (Venezuela,
1961), al entrar en una habitación totalmente oscura,
salvo por un leve reflejo de luz que vemos es un video que se
proyecta en la pared. Una vez acostumbrados a la escasa luminosidad,
una construcción con techo en forma de dos aguas se impone
casi a la mitad de la sala de exhibiciones. De una pequeña
ventana sale la luz que habíamos percibido y al asomarnos,
entendemos que se trata de una enorme caja de pájaros
en cuyo interior se cuelgan unas más pequeñas
de sus paredes, además de ofrecer una puerta de entrada
y un asiento al espectador.
Una vez dentro de la casa, miramos a través de la ventana
por la que se permite ver la proyección fílmica
de escenas sumamente violentas, pero poco claras. Al cabo de
un rato y al repetirse las escenas pues el video está
grabado en loop, nos percatamos que en realidad, se trata de
una especie de ejercicio de entrenamiento para controlar a posibles
enfermos rebeldes o presos amotinados.
Foucault ya había concluído que el poder físico
y el sometimiento de la víctima garantizan el orden en
un sistema de vigilancia absoluta y constante:
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Interior de la instalación Bedlam
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Instalación Bedlam
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Exterior de la instalación
Bedlam |
"...si los detenidos son unos condenados,
no hay peligro de que exista un complot...; si son enfermos,
no hay peligro de contagio; si locos, no hay riesgo de violencias
recíprocas; si niños, ausencia de copia subrepticia,
ausencia de ruido, ausencia de charla, ausencia de disipación.
Si son obreros, ausencia de riñas, de robos, de contubernios,
de esas distracciones que retrasan el trabajo, lo hacen menos
perfecto o provocan los accidentes..."
Así, los espectadores nos encontramos como parte de ese
poder subrepticio que otorga el vigilar sin ser visto, al mismo
tiempo que nos apabulle la ambigüedad tan evidente al estar
sentados dentro de esa caja, rodeados de más cajas (el
pájaro como símbolo de libertad, ausente), viendo
un crudo episodio de amordazamiento y escuchando una tenue tonada
de Volaré.
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El video visto desde el interior de
Bedlam
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Más perturbadora
aun, resulta la videoproyección titulada La última
cena ya que nos obliga a reparar en los rostros de unas personas
--presumimos que enfermos mentales-- sentadas alrededor de una
mesa, con sobreros de fiesta en sus cabezas, algún platillo
para comer frente a ellas y de fondo, una triste canción
entonada por otra integrante del festejo, con un rostro visiblemente
afectado. Es frente a esta realidad flagrante de olvido y ausencia
cuando la locura pierde su glamour. Téllez no retrata al
genio, al sabio o al amante desdichado que ha perdido la razón,
no nos da a conocer al artista incomprendido, ni a la estrella
que no pudo con el peso de la fama, ni al soñador empedernido
que no ve construída su empresa; vemos, en cambio, rostros
distorsionados por el dolor, muecas de desgana, miradas de abandono
y gesticulaciones de que efectivamente, la vida está en
otra parte.
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Escena del vidéo en la instalación
Bedlam
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