Boleto de ida sin regreso, un recorrido con
Phil Kelly
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Lunes 16 de julio
de 2001.- Estuve en el estudio de Phil Kelly localizado
entre la calle de Río Nazas y la avenida Melchor Ocampo
-hoy parte del Circuito Interior. El lugar es departamento de
dos recamaras y alberga no menos de cien telas desde formatos
enormes hasta pequeñas cajas de óleo pegadas a la
pared. Un reconocible olor de aceite y trementina impregna el
ambiente que no es tan pesado como se ve: montículos de
papel periódico, cerros de tubos de óleo vacíos,
cerros de óleos a medio usar; latas pequeñas y grandes
con mezclas y soluciones de color, una inmensa pila de discos
compactos arrojados al piso con el mayor descuido, decenas de
botellas de vino vacías en las esquinas de cada cuarto. |

Angel Tiber, 2001, Óleo y Carbón/Tela,
100 X 120 cms.
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El piso de madera esta cubierto
de manchas y pedazos de dibujos en papel, hay un sofá
que debió ser blanco alguna vez; en la sala principal
existen varias mesas, mesitas y cajas donde descansan paletas
atiborradas de costras de colores brillantes. No faltan los
envases vacíos de cerveza Victoria, pínceles y
brochas enfangados de óleo; quienquiera que entre ahí
tiene dificultad para salir inmaculado. El lugar está
perfectamente ambientado, hay frases y sentencias escritas en
la pared por doquier, dibujos a medio hacer, notas pegadas,
instantáneas de paisajes, buena luz, buen vino, la compañía
sonriente de Phil, con un fondo musical de Thelonious Monk o
Miles Davis, o Van Morrison. No se puede pedir algo más
placentero.
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Miércoles
18.- Estuve escribiendo un texto sobre la Bienal de Venecia,
pensé que todo lo que vi allá giraba en torno
a la diferencia entre realidad y ficción. Las pinturas
de Phil me han hecho penetrar aún más en esa idea.
Algunas de sus frases, escritas con carboncillo en la pared,
sobre la lucha por atrapar el momento presente que se nos escapa
o el caminar por la calle para apresar lo material ahí
donde todo es cambio y nada es igual, me hacen pensar que todo
lo que nos rodea es una ficción de la mente y la realidad
o no existe o no la podemos atrapar; las partes se mueven, la
luz cambia, los colores también. Todo está en
estado de permanente transformación y las pinturas son
solo estados de la materia en movimiento.
Jueves 19.- Si nada está fijo, todo es cambio, luego
entonces la realidad no es una sino es la suma de visiones o
la descomposición de el instante, como sucede en el Cubismo.
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Santa Julia Mercado, 2001 Óleo/Tela
100 X 120
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Viernes
20.- Desde la cantina del hotel Pánuco que está
en la esquina de la calle Ayuntamiento, a las tres de la tarde,
con el alboroto de la sinfonola y tres televisores encendidos,
me he puesto a pensar en que vivimos rodeados de representaciones
visuales, auditivas, escenarios del mundo cotidiano. Las meseras,
los hombres de traje y corbata, las etiquetas e impresos de
todos los productos que nos rodean son parte del teatro de lo
real, aunque esta última frase sea un paradoja, pues
implica que todo sigue un guión preestablecido y que
no hay lugar para el hecho fortuito o el decir impredecible.
Será entonces que la pintura de Phil es la representación
de un escenario o, por el contrario, que se trata del guión
que jerarquiza lo que sucede en nuestro caótico entorno.
O es una fijación de lo real dado que ordena el tiempo,
la manera en que una a una se suman las cosas, los personajes,
los escenarios. Más música, más imágenes,
más cerveza, más vino, menos tiempo para pensar,
más tiempo para alejarnos de esa realidad que nos contiene.
Pienso en Magritte y sus enigmas visuales.
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Coche rojo con bocho, Centro Histórico,
2001, Óleo/Tela, 100 X 120 cms.
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Sábado
21.- Me preparo para salir a Cuernavaca. Subo al coche,
cargo gasolina, checo el aceite del motor, la presión
de las llantas. Voy manejando por Tlalpan junto a otros miles
de chilangos abandonamos la ciudad. Salgo por la carretera libre,
los anuncios espectaculares bloquean mi vista, detrás
de ellos están las montañas que rodean al valle,
pero las imágenes se imponen, se recortan sobre el paisaje
o son parte de un panorama que ya de suyo es irreal, absurdamente
real.
Me quedo con los paisajes de Phil, me parecen más atractivos,
sus colores más brillantes que los que se pueden ver
desde las montañas que rodean a México. Son como
la Arcadia, lugares imaginarios por su belleza y organización
del espacio, son visiones ideales de lo que un citadino espera
encontrar en el campo. Una vez que uno ha visto la pintura de
paisaje el campo real ya no se puede ver igual, aparece desorganizado.
En el pueblo de Parres, cruzando del cinturón suburbano
de la ciudad, las orillas de la carretera están flanqueadas
por automovilistas que se han detenido a dejar rastros de la
cultura: botellas de refresco, bolsas de plástico, cajas
de poliuretano; fragmentos de lo real que irrumpen en lo natural.
Si la realidad existe está aquí, corrompiendo
a lo natural, que parece intemporal como los paisajes pintados
por Phil.
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T.N. 25-6-98, Óleo/Tela,
198 X 147 cms. |
Sábado
21.- horas más tarde, Cuernavaca.- Desde joven
he visitado esta ciudad, como muchos otros que ven en ella una
especie de Jardín de las Delicias, lleno de paisajes
de color de la buganvilea, el tule, el laurel, y la palma. Desde
1985, después del temblor que devastó la ciudad
de México, los chilangos comenzaron a destruir la eterna
primavera cuernavaquense y la convierten en la ciudad de los
excesos, como la pintura del Bosco, saturada de figuras lascivas,
seres humanos monstruosos, construcciones imaginarias, lúgubres
ocasos . Las primeras torres de condominios surgieron en los
alrededores, fraccionamientos de casas como palomares inundaron
Civac, Jiutepec, Ocotepec. Automóviles de lujo recorren
sus maltrechas calles empedradas, hoy transformadas en avenidas
estrechas y sinuosas. Las barrancas son hoy desechos de aguas
negras y basureros adornados por una moribunda vegetación.
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San Antonio, Jardín Japonés,
2001, Óleo/Tela, 100 X 120 cms.
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Domingo
22, Cuernavaca.- Vuelvo en mi mente a las pinturas de
Phil, en ellas hasta el caos de Reforma y sus árboles
se antojan deseables; la trama de colores y formas tiene una
coherencia óptica de puntos de color, líneas y
manchas. Las pinturas de los ingenios azucareros, rodeados de
cañaverales y haciendas de ladrillo rojo, tienen la nostalgia
del paraíso perdido, ese que se encuentra a solo una
hora de aquí. Cuernavaca, aquel sitio que los nahuas
llamaron "el lugar cerca del bosque", ya no puede
inspirar a un artista como Phil porque no es ni ciudad ni campo,
no tiene el ritmo be bop de la metrópoli ni la desconcertante
algarabía de los sonidos de la selva. Aquel hotel llamado
Casino de la Selva se ha transformado en el cimiento de un nuevo
centro comercial que no inspirará pintura alguna. El
mall es demasiado insulso visualmente, sus interiores pueden
solo pueden provocar la ironía en un artista conceptual,
si acaso.
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Lunes
23.- De regreso en México. La belleza en el arte
era un convencionalismo a principios del siglo XIX. Los primeros
rebeldes se manifestaron en contra de la belleza, querían
que algo provocara una reacción, moviera las entrañas
y no la retina. Los poetas malditos vieron en las nacientes
urbes decimonónicas una belleza corruptora, eso era lo
que les interesaba. El siglo XX ilumina la ciudad con luz eléctrica
y el movimiento de los primeros vehículos. Luces brillantes
y grandes edificios, movimiento ascendente de la cultura sobre
la naturaleza. El jazz es la versión citadina del blues
campirano, es la música que corre a la par de las vanguardias
del siglo XX. Phil pinta, bebe vino tinto y escucha la voz grave
de Van Morrison cantando The Bright Side of the Road. Sus pinturas
son la poesía de la ciudad, la transforman, la imitan,
la replican, le descubren su parte viva y resplandeciente.
De repente he caído en la cuenta de que lo que significa
el entramado de sus pinturas, solo con ver el mapa de la ciudad.
El circuito Interior, esa circunferencia que contiene los espacios
donde se mueve nuestro artista, es como un recorrido sin principio
ni fin, como el tiempo circular de los pueblos prehispánicos.
Dentro de su estudio estuve rodeado de pinturas que eran como
ventanas que daban a la colonia Cuauhtémoc, la Verónica
Anzures, la Hipódromo Condesa, la Roma, la San Rafael,
todas ellas parte del núcleo poético-visual de
una ciudad que se desparrama. Los cuatro puntos cardinales coinciden
con los tiempos del jazz y de los círculos concéntricos
que dibuja Phil en sus recorridos.
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Vista del taller con avión azul,
2001 , Óleo/Tela, 100 X 120 cms.
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Jueves 23.-
La casa de Phil Kelly y Ruth en la colonia Verónica Anzures
es una morada situada en una calle sin salida, donde su vida
y la pintura confluyen. Decenas de pinturas terminadas aguardan
en las habitaciones. Contornos femeninos pintados sobre cajas
de óleos se despliegan sobre el piso ante mis ojos. Forman
un rompecabezas de variables y combinaciones que pueden crecer
al infinito. Las mujeres que forman el lado íntimo del
estudio del artista que tiene dos hijas pequeñas Ana
Elena, 7.11 y María José 3.9, me recuerdan que
México es una cultura femenina. Estamos rodeados de representaciones
e imágenes tutelares de mujeres, desnudas, desmembradas,
fértiles, frontales, hieráticas. Son nuestros
ídolos más auspicios, nuestros puntos de referencia
de lo lúdico, de la embriaguez, el dolor y la pasión.
Somos una cultura sentimental más que racional, una cultura
sensual más visual que literaria. Pocos leen, todos vemos.
Las imágenes femeninas de Phil son un lenguaje de pictogramas,
una escritura de jeroglíficos que encierra un enigma
pero nos abre una puerta. La suma de las imágenes da
por resultado una sola mujer, concretamente bella en sus formas
abstracta en su decir. Recuerdo a De Kooning, a Lucien Freud
y Marcus Harvey.
El vino sigue fluyendo y con él la
conversación. Ruth me ofrece un chile ennogada que yo
acepto gustoso, el sabor de los colores verde, blanco y rojo
se confunden con la el gusto de la pintura. Pasamos al zacahuil,
un tamal originario de la Huasteca potosina elaborado para los
grandes encuentros: maíz macerado y cocido con chile
y carne. Más vino, más vida, más tiempo
para vivirla.
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Desnudos sobre papel periódico, oleo/pepel periódico.
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Viernes 24.-
Escribo mis últimas notas sobre los vestigios de la embriaguez
de los sentidos que representa vivir con Phil Kelly y sus pinturas
durante varios días. La suma de momentos efímeros
me ha dejado el sabor, el recuerdo de impresiones de espacios
y objetos que son solo materia pintada, es solo el tiempo que
uno le dedica al arte lo que en realidad nos deja algo, por
eso regresamos constantemente a la imagen. De ese tiempo recuerdo
algo que escribió Phil sobre un muro: la pintura es mezcla
o no es nada. Este arte donde se encuentran las materias con
la necesidad de detener el tiempo de la manera más espontánea
posible es la libertad imaginada en la tela.
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Desnudos sobre papel periodico, oleo/pepel
periódico. 40 x 29 cms.
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