Ultrabarroco: Un catecismo para criollos
conversos
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cabe duda, vivimos la historia de nueva cuenta aun con la conciencia
de la repetición. Volvemos al barroco, o sería más
preciso decir que no hemos salido de él, excepto para darnos
cuenta de cuán barrocos somos cuando nos vemos con ojos de
europeos y norteamericanos. Por ende, no deja de asombrar que finalmente,
en este siglo que empieza, hayamos decidido hacer del barroco nuestra
propia escuela artística, pues finalmente la cultura de Latinoamérica
es y ha sido barroca en su exhuberancia, tensión, enfrentamiento,
barbarie, mediana civilidad (según estándares ajenos),
y en su caprichosa autoafirmación. |
La exposición Ultrabarroco, aspectos del
arte post latinoamericano, parece descubrir una esencia, quizá
no para los propios (esperemos) sino para los extraños,
que siempre nos han visto como un subcontinente exótico,
rico, incomprensible, mágico. Sus curadores, Elizabeth
Armstrong y Víctor Zamudio-Taylor (qué barroco resulta
el guión entre apellidos), se dan a la tarea de hacer obvio
lo evidente: para Norteamérica, donde el barroco nunca
existió, América Latina es una caja de Pandora,
llena de hechos y costumbres incomprensibles pero atractivos a
los sentidos. Simultáneamente, la exposición parece
embriagada por el deseo de asumir lo que la región es desde
siempre: barroca. En la presente coyuntura global este hecho tautológico
parece dar sentido a una identidad, pues si bien es cierto que
Latinoamérica es inclasificable (de ahí que se sugiriera
el fin de la coordenada histórica, al utilizar el prefijo
post), los post latinoamericanos puede ser apreciado desde la
óptica estética barroca, que hoy día conecta
perfectamente con la exhuberancia de imágenes, canales
de comunicación y vinculaciones momentáneas.
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Rubén Ortiz: Bart Sánchez,
1991
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Rochelle Costi: Cuartos, San
Pablo, 1998.
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Al ver la exposición, como
post latinoamericano, uno se siente más a gusto con su
modus vivendi. Sentimos que en este espacio geográfico
se han reinventado formas de vida particulares, se crearon costumbres
extrañas pero muy nuestras (valga la paradoja) y, quizá
lo más fortalecedor, es que nada ni nadie puede explicarlas
porque equivaldría a desmoronarlas. En otras palabras,
el producto jamás sería explicado por la suma de
las partes.
No obstante, como buenos latinos
preocupados por el peso del qué dirá la historia,
no salimos tan bien librados de la exposición. Inmediatamente
al abandonar el museo nuestra mente barroca nos lleva a pensar
en problemas de la representación, de lo políticamente
correcto, de la falta de pudor que conlleva el desnudarnos ante
los ojos de cualquier gringo que no sabe ni siquiera que Texas,
Arizona, Nuevo México y California eran parte de Hispanomérica. |

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Es entonces cuando la exposición
falla porque quizá lo que trata de hacer es recoger los
pedazos de una historia demasiado viciada, demasiado narcisista.
Es precisamente eso lo que no queremos ver; la exagerada importancia
que le ponemos a nuestra identidad. Quizá un japonés
o un talibán no estén tan preocupados por decirle
al mundo que son producto de una mezcla o choque de culturas.
Quizá para ellos su historia es producto de la misma hibridez
que la de un panameño o un regiomontano, pero ellos no
andan por ahí haciendo exposiciones de sus debilidades
y fortalezas. Se dedican a conquistar el mundo con lo que tienen:
la electrónica o los aviones secuestrados al imperialismo.
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Einar y Jamex de la Torre: El Fix, 1997
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José Antonio Hernández: Kant, 2000.
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La cosa es que a los latinoamericanos
nos gusta ir por la vida diciendo que somos mestizos, sobretodo
cuando tenemos una audiencia de criollos norteamericanos que nos
miran con curiosidad. Pero cuando no estamos entre extranjeros,
en el laberinto de nuestra soledad, entonces nos sentimos más
criollos que cualquier indio jijoesú mala madre. Ultrabarroco tendría que ser
por necesidad una exageración de la exageración
y esa es su meta expresa. Veamos cómo lo logra. En primer
lugar tiene que subrayar el oropel de la cultura para filtrar
entrelíneas el resentimiento de la conquista. La obra de
Einar y Jamex de la Torre, dos artistas barrocos del reino de
la Baja California, nos muestra las dos sendas a seguir: la vagina
(apertura oprobiosa, herida sangrante, locus del placer, vergonzante
pieza de la anatomía femenina, poema barroco carnal)
y la cruz (falo aterrizado, espada del español, garrote
del clero, poste de los lamentos, faro de las de buenas intenciones,
locus del sufrimiento, tortura hecha delicia). Sobre un fondo
de peluche blanco brillante, están colocadas vaginas multicolores
sopladas en vidrio con infinidad de añadidos simbólicos,
por supuesto guadalupanos y tonantzianos; por cada representación
semiológica de los genitales femeninos hay una cruz también
de vidrio bulboso y semitransparente, incrustada con clavos enormes,
refulgente y aerodinámica, asimétrica y desproporcionada,
pero a fin de cuentas inequívoca. Por aquí entramos
al barroco. |
Al final de la exposición llegamos
al neobarroco: un payaso pintado nos mira con su cara de idiota
y un enfermo mental, representados en las pinturas ilusionistas
del mexicano Yishai Jusidman, también nos mira con cara
de interrogación. Pareciera como si entre el principio
y el fin de la muestra, los curadores hubieran trazado una epifanía
psicoanalítica, como una gracia recibida de La pietá,
esa virgen del venezolano-ucraniano Meyer Vaisman (todos estos
nombres resultan tan barrocos), que está vestida con un
velo rosa mexicano y ocupando el lugar del Cristo, un uniforme
de milico en su regazo. -Qué buen guión museográfico,
me siento como todo un neobarroco regenerado- fue lo primero que
me dije al salir. |

Yishai Judsidman: Mutatis Mutandis, RH, 1999. |
Si bien es cierto que en ese descubrimiento o desdoblamiento
de nuestra latina personalidad nos sentimos reflejados, también
es cierto que nuestro platonismo reaccionario, nos impide ver
ese reflejo. Los latinoamericanos son así, suelen explicar
a Latinoamérica como al otro, no como a sí mismo.
A menos de que se trate de arte conceptual o de una versión
degenerada del modernismo de Duchamp, tenemos facilidad para usar
la fenomenología para encontrar rastros del espíritu
que nos identifica. Prueba de ello es la obra Kant (Emmanuel Kant,
filósofo que dio a luz a la "mothernidad" de
todas las representaciones virtuales) del animista venezolano
José Antonio Hernández-Diez (nuevamente con guión).
¿Quién podría imaginarse siquiera que la
clave de toda filosofía latinoamericana estaría
conceptualizada en unos tenis apilados, una patineta con 18 pares
de ruedas o en el video de un puño derecho cabalgante sobre
ruedas?
El barroquismo en que vivimos conspira contra
cualquier plan que podamos hacer. Nuestra interpretación
de la historia suele ser descarnada, como un costal de vísceras
sobre el cual sobreponemos la cara elegante de la civilidad, la
buena educación y el realismo mágico, como sucede
en las pinturas de la brasileña Adriana Verejão.
A través de una metáfora constante -unas tripas
que quedan al descubierto sobre superficies de azulejos pulidos
o bajo el lienzo de cuadros dieciochescos- la pintora expurga
el abismo rojo de nuestra entraña. Lo revela, pero sin
explicar nada, solo mostrándolo. Por mucho que nos la demos
de conceptuales globalifílicos, las viejas estrategias
del barroco pictórico siguen influyendo el proceder simbólico
de los artistas contemporáneos.
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Meyer Vaisman: Bárbara Fischer / Psicoanálisis
y Psicoterapia, 2000
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Adriana Varejao: Azulejos como tapete en carne
viva, 1999.
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Y es que en realidad la modernidad iluminada, kantiana
en lo espiritual y cartesiana en lo material, nunca se dio de
manera completa en Latinoamérica. El arte moderno fue una
burbuja de jabón en un campo de magueyes. El cubismo a
la Diego Rivera era un simbolismo mal acomodado, como lo demuestra
el Bart Sánchez cubista de Rubén Ortiz, un óleo
que por cierto es de lo más viejo del autor (1991). Pero
lo bonito es que aunque fuera una burbuja, el arte moderno tenía
el encanto de ser tropicalizado para que fuera del gusto del burgués
local, y así fue como vimos surgir el abstraccionismo tropical
o el minimalismo guadalupano, interpretaciones autóctonas
de algo que estaba pasando en el Norte. |
Entre la contrarreforma vaticana y el evolucionismo
darwinista existe una distancia que en Latinoamérica sigue
siendo de un paso. Pasamos de ser guadalupanos aparicionistas
convencidos, que se hinchan como guajolotes con la canonización
de San Juan Diego, a ser los ejemplos de la praxis
política neoliberal, una mezcla económica del boldness
que inspira la moda británica con la doctrina salinista
cínica, agresiva y ramplona. Anfibios, axolotes, como nos
describe Roger Bartra desde su Jaula de la melancolía,
utilizamos el festejo, el colorido y la simulación, como
Franco Modini Ruiz usa la mesa de una boda para representar nuestro
gusto estético por el cristal cortado, el plástico
de colores y las flores artificiales. La contradicción
es nuestro signo, lo sabemos y lo disimulamos.
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Franco Mondini: High Yellow, 1999.
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Por otro lado (hay tantos lados que explorar),
seguimos siendo víctimas devotas de nuestros verdugos.
Para presentarnos ante el otro escogemos medios que pueda entender.
Nos dedicamos a la pintura con una vocación que hace dudar
sobre quiénes fueron los albañiles que hicieron
las pirámides y las catedrales o los talladores que concibieron
a la Coatlicue o la Malgré Tout (una escultura de Chucho
Contreras, que se encuentra desnuda y arrodillada en La Alameda).
Sinceramente nos gustan las imágenes y entre más
rápido podamos producirlas y consumirlas, pues qué
mejor. La pintura (escuchen esto instaladores) tiene fe de bautismo
desde 1531, es imposible pensar que un rotulista deje de pintar
con brocha porque ya tiene una computadora con impresora de ploter.
Arturo Duclós, pintor chileno que saltó
a la fama en los 90, nos presenta ese ilusionismo simbolista que
tanto gusta por debajo del Trópico de cáncer. Sus
obras son un dechado de signos oscuros para el novato, pero que
comparten el atractivo visual de la mejor decoración de
una ostionería mexicana, repleta de tipografía,
criaturas marítimas, rostros de la farándula, frases
sentenciosas y representaciones infames de las musas culinarias.
Entrarle a explicar las pinturas es desplegar la capacidad de
argumento para definir porque el castellano nunca ha sido lingua
franca de Hispanoamérica. Las imágenes del pintor
dicen mucho más que un discurso encendido del presidente
venezolano Chávez, o quizá dicen lo mismo pero se
ven más bonitas. En última instancia comparten la
saturación de significados. |
En la muy barroca ciudad de Tijuana
hay un salón, cantina de reconocida reputación que
se llama La estrella. Es una verdadera academia de baile de cartoncito
de cerveza y de la ética profesional. Decenas de mujeres
se alinean en los cuatro costados de un enrome salón, en
espera de ser solicitadas por la asistencia masculina. Los clientes,
jóvenes candidatos a la emigración en su mayoría,
suelen encontrar en las carnes viejas y abultadas de las bailarinas,
un rato de solaz esparcimiento salpicado de alcohol. Ningún
hombre osaría romper el contrato social de esa noche tratando
de sobrepasarse con las de vestido entallado, ni tampoco estas
dejarían que un cliente se fuera sin consentir maternalmente
a sus caricias. Eso es algo que para la mente cartesiana equivaldría
a una hoguera de la teoría empresarial del costo-beneficio,
o sea la ética protestante. Para la mente barroca es una
oportunidad de regatearle a la vida un atisbo al paraíso.
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Guiado por paradigma similar
al que gobierna en La estrella, el artista post-latino no tendría
que ser esclavo de la representación de un principio (cualquiera
que fuera éste: filosófico, artístico, estético),
sino que puede jugar y divertirse, aullar de locura y pitorrearse
de cualquier cosa que huela a arte. Es el caso de nuestro Miguel
Calderón, un crápula con buenas ideas que suelen
converger en obras maestras de la acidez. Sus fotografías
toman como punto de partida el cliché del empleado del
mes y retratan a los afanadores (as) del Museo Nacional de Arte
en poses tomadas de cuadros de Rubens, Velásquez o de cualquiera
de ellos. La estética resultante es complaciente con el
imaginario Barroco, incluso podría decirse condescendiente,
si no fuera porque en México los museos son las jaulas
de las locas y esto, sospecho, podría ser el contexto al
que se refiere Calderón..
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Y para hacer de esta exposición
el paño de lágrimas de la búsqueda de identidad,
nada más oportuno que ofrecer al público una alternativa
individual decorosa, casi casi decorativa. La obra de la carioca
Lia Menna Barreto, que estaba colocada frente a la de su paisano
Nuno Ramos, presenta la imagen emblemática de la muestra:
una muñeca de peluche rosa, de esas en las que son más
bien como un pijama de tamaño familiar (que me recordó
a los trajes espaciales que hacía Lygia Clark para que
el público se metiera en ellos), con una cabecita de muñeca
de hule que cuelga con los brazos en cruz sobre el muro. Parece
que después de todo la personalidad barroca es individualista,
toma lo que le conviene y se apropia de lo que no. La misma Lía
reconstruye sobre velos la fauna y flora tropical, con muñecos
y juguetes de plásticos adheridos a la tela. Qué
elegantes y qué sublimes resultan estos cortinajes, dignos
de cualquier partenón latinoamericano. Frente a estas obras,
el barroco abstracto de Nuno Ramos, un retablo que muestra toda
una filigrana de desperdicios industriales, espejos rotos y retazos
de tela, se ve francamente decadente, como una imitación
barata de los ensamblajes de Frank Stella o Robert Raushenberg.
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Quisiera llegar al final de esta nota,
aunque falten tantos otros temas barrocos que reseñar,
pero antes de tener la obligación con los artistas y curadores
de la muestra mi deber es concluir. Podría seguir hablando
de las habitaciones que retrata Rochelle Costi, las covachas donde
no puede llegar ni siquiera el Big Brother porque sale corriendo,
o los ramos de flores de María Fernanda Cardoso, homenaje
póstumo al buen gusto clásico, o los ambientes tecnológicos
de Iñigo Manglano-Ovalle (también con guión).
Pero nada podría igualar un domingo en la Alameda de la
ciudad de México, como experiencia límite del Barroco.
Me siento bien a pesar dejar este texto a medias, inacabado, repujado
de dudas, ese es en sí mismo la mejor explicación
de algunos aspectos del Barroco, que parece inacabable.
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Lía
Barreto: Sin Título, 1999
Galería de Arte
de Ontario, Canadá
Neobarroco, Aspectos del
Arte Post Latinoamericano |
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