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Bienes
raíces, la pintura de Alberto Castro Leñero |
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La relación pintura-concepto en el arte de los
últimos diez años puede ser ejemplificada con el
vínculo casero-inquilino por la que estoy pasando desde
hace tres años. De alguna forma la pintura ha estado imponiendo
sus tiempos y agendas a los problemas de la representación
problemas en su mayoría conceptuales. La pintura
es una vieja casera que es dueña del espacio desde hace
años, el concepto tiene que pagar renta para hacerse visible
y ocupar un espacio, aunque sea por solo un año.
Sirva esta metáfora doméstica para echar un ojo
a uno de los pintores cuya obra se mueve entre la representación
y la expresión, entre que sí hacemos de la pintura
un objeto con una superficie activa o la convertimos en una ilusión
llena de sensibilidad y color. Me refiero a Alberto Castro y la
exposición de sus pinturas y esculturas Forma, que se expone
en el Museo de la ciudad de México.
Casi todos los egresados de La Esmeralda, donde yo doy clases
de teoría del arte, abominan de la pintura. Todos ellos
también parecen guiarse por una regla escrita por Andy
Warhol: reconocer el potencial de los objetos encontrados cuando
se trabaja dentro de una cultura consumista. Para Alberto Castro
no hay objetos encontrados, más bien son formas. En la
exposición existen algunos epígrafes que subrayan
la intención del autor (1). Por tanto la regla de Warhol
no se aplica a este pintor, quien se ha liberado de la tiranía
de las ideas y se ha trazado una ruta figurativa expresiva.
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Mandala, óleo sobre tela 2002
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La pintura de Alberto Castro está
muy alejada de la idea del artista como obra de arte en sí
mismo (otro principio Warholiano), la sustitución de la
metáfora por el concepto, y la importancia de este último
sobre la primera. Sus obras son odiseas espaciales dentro de su
propia mente, sin ser puramente mentales o exclusivamente percepciones
formales. En la primera sala de la exposición se encuentra
un vitral, cuya producción demuestra la concentración
en el trabajo de gestación de la obra. El proceso de cómo
se crea una pintura, ha guiado casi toda la carrera de Alberto
Castro, y aunque su obra tiene todavía como soporte una
tela o un pedazo de madera, en el cual se ha untado pintura, los
conceptos no pueden encontrar mejor lugar para asentarse en su
búsqueda de visibilidad.No digo que Alberto haya inventado
el hilo negro o el agua tibia del arte postnacional. No, simplemente
quiero apelar al lector a leer las formas y la semántica
de un pintor que tiene un lenguaje visual bien estructurado. Quizá
lo único que le falta a Alberto es ser mejor auto-publicista
de su trabajo.
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Mancha gris, óleo sobre tela
2002
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El arte actual tiene algo
en deuda con este artista; yo les diría a mis alumnos de
segundo semestre de La Esmeralda que se fijaran en Alberto para
entender lo que es la democratización de la forma. Cómo
una pintura se puede convertir lo mismo en una mancha, que una silueta,
que en un signo: cada pintura es una constancia de la transformación
de la materia en idea.
En la medida en que un pintor puede liberar su propia creación
y formar un público enteramente nuevo para su trabajo, el
artista puede sentir la satisfacción de que su arte no
importa qué sea o cómo sea - se convertirá
en una influencia para las generaciones por venir. Dos de las pinturas
que se encuentran en la segunda sala del museo de la Ciudad parecen
advertirnos sobre el peligro de la inmersión en la pintura
y en el mundo de las ideas. Una de esas obras inmensas (Mandala,
2002) semeja la mandíbula de un tiburón, por llamarle
de una manera, que nos traga en su túnel del tiempo.
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A pesar de que la superficie pictórica
sigue siendo un campo de batalla (donde se gana y pierde todos
los días), para Alberto su capacidad para generar temas
a partir de elementos extra pictóricos como formas arquitectónicas
o máquinas, coloca a su pintura en una posición
referencial para entender la actualidad. En lo que toca al arte
visual la intensidad de su obra es solo entendible en términos
de una ciudad y de una vida tan caótica como llena de estímulos.
Esa armonía discordante entre el vivir sumergido en una
amalgama informe y producir pinturas que ordenan nuestra experiencia,
es un mérito que hay que reconocerle al pintor.
Muchas de las obras de Alberto son intraducibles a la escena internacional
del arte, estoy de acuerdo. Sus pinturas están asociadas
a un ámbito que pertenece a los que habitamos este cenotafio,
por el cual pagamos renta todos los días. Pero también
quien quisiera una Ciudad de México físicamente
parecida a Chicago o París?
Ojalá y su obra encontrará un espacio propio para
mostrarnos la extensión y anchura de su carrera sin tener
que pagar renta en los museos. Ojalá pudiera encontrar
un lugar fijo donde hacerse visible.
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Forma orgánica, oléo sobre tela 2002
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En la última sala Alberto Castro Leñero seleccionó
una serie de obras de artistas que son puntos de contacto con
su investigación plástica y visual. Esta Orozco
(José Clemente, claro) con su pintura Paisaje metafísico
(1948), varias vértebras de ballena del Museo de historia
natural, una escultura de Kyoto Ota (Madre tierra, 2001), una
escultura en bronce de Manuel Felguérez, Mujer de Sallagos
(1997), la escultura Cráneo (2001) de Santiago Borja; de
Oveis Sabe, la escultura en piedra Ángel (1992), Casa en
Construcción de Gabriel Macotela y un objeto escultórico
de Antonio Mena Pacheco de la serie México. Esta sorpresiva
parte de la exposición, fue lo que me motivo a escribir
estas líneas, porque caí cuenta de que lo que pretende
hacer Alberto es establecer un diálogo con una diversidad
de artistas de su tiempo. No está casado con una idea plástica
o conceptual del arte. Lo que es crucial para Alberto es consignar
la centralidad de un proceso informativo en el desarrollo del
artista, la necesidad de abrevar en el pasado y también
mandar al pasado al averno. El equilibrio entre metáfora
y literalidad que es visible tanto en su obra escultórica
y pictórica es el resultado de esta mesura.
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De rodillas, bronce, 200
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(1) Uno de los epígrafes colocados en la segunda
sala dice: La experimentación plástica lleva
al artista a representar algo inmaterial e irreducible: la forma.
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